CATOLICIDAD
Por
el R.P. Álvaro Calderón. La Reja. Argentina.
Católico
y ecuménico son dos adjetivos de origen
griego que, si miramos el diccionario, significan lo mismo: universal.
Tienen, sin embargo, matices distintos.
Católico viene de katá hólos,
algo así como “en orden a la totalidad”, de allí
que signifique general, universal. Ecuménico deriva de oíkuméne,
“toda la tierra habitada”, ya que ôikos
significa casa. Católico, entonces, significa universal en
un sentido más amplio, menos determinado, mientras que ecuménico
se refiere a una universalidad territorial.
Pero si hablamos de la catolicidad de la Iglesia, los significados
se acercan todavía más.
Porque la nota de "católica", que permite reconocer
visiblemente a la Iglesia de Cristo, señala especialmente
el hecho de que la cristiandad se ha de extender, sin interrupción,
desde los tiempos apostólicos hasta el fin de los siglos,
por toda la tierra.
¿Por
que a la Iglesia, entonces, le decimos "católica"
y no "ecuménica"?
Le
decimos “católica” y no “ecuménica”
porque esta cualidad no le pertenece a la Iglesia como alga que
se ha dado de hecho y podría no haber ocurrido así,
como podría decirse ecuménica a la Coca-Cola; sino
que es propiedad característica de un ser vivo que proviene
necesariamente de los principios de su naturaleza, al modo como
decimos del hombre que es sociable, ya que por su naturaleza racional
no puede vivir y desarrollarse humanamente sin un mínimo
de sociedad.
La
Iglesia no podía no instalarse en toda la tierra desde el
primer impulso de la predicación apostólica, “por
toda la tierra salió” su voz, y hasta el extremo del
mundo sus palabras" (Sal. mo 18, 5), por razón de la
fecundidad y potencia del principio que la anima, el Espíritu
Santo que bajó sobre Ella el día de Pentecostés.
La Iglesia es divina, y así como Dios está en todas
partes por potencia, presencia y esencia; así también
la Iglesia. Para decir algo tan enorme hacía falta, entonces,
utilizar el término que significara la universalidad en su
sentido más amplio, refiriendo no sólo el hecho de
la difusión geográfica, sino también su principio.
En el campo católico, hasta el siglo XX, no se usaba el adjetivo
“ecuménico” sino para designar los concilios
generales. Los patriarcas griegos cismáticos, sobre todo
el de Constantinopla, lo usurparon como título para entrar
en competencia con la universalidad del Papa, Patriarca romano,
autorizándose para ello en la equiparación política
que estableció el emperador Constantino entre Roma y Constantinopla.
Hasta la mitad del siglo pasado los más amplios diccionarios
de pensamiento católico no hallan más que decir sobre
el término “ecuménico”, y ni siquiera
mencionan el neologismo “ecumenismo” (1).
El ecumenismo, tanto la palabra como la cosa, apareció como
un fruto maduro del protestantismo liberal.
"Desde hace unos cincuenta años -dice en 1947 Yves Congar,
quien sería uno de los principales peritos del Concilio Vaticano
II-, un hecho nuevo se ha producido en el mundo de la desunión
cristiana, hecho que designa una palabra nueva, la de «ecumenismo»;
el movimiento ha nacido en los últimos años del siglo
XIX en el seno del protestantismo americano... [como un] impulso
hacia la unidad" (“Ecclesia”, Aigran, 1948, pág.
948).
En 1920 el Patriarca de Constantinopla se asocia a este movimiento,
pasando a ser ecuménico desde entonces con doble sentido
-no todos saben de la profunda influencia de los teólogos
del protestantismo liberal entre los ortodoxos-.
En 1928 el Papa Pío XI rechaza y condena con energía
el “pancristianismo” ecuménico, que tienta al
catolicismo liberal, por medio de su encíclica “Mortalium
arrimos”. La condena se repite muchas veces hasta que, por
justo castigo de Dios a la tibieza de los cristianos, el liberalismo
conquista el papado con Juan XXIII. Este Papa entrega el Concilio
Vaticano II en manos del modernismo, y con el Decreto "Unitatis
Redintegratio", Roma, en flagrante contradicción consigo
misma, se incorpora al anticatolicísimo movimiento ecuménico.
¿En
qué aspecto son comparables y en qué se contradicen
catolicidad y ecumenismo?
El
ecumenismo es un movimiento de agrupaciones religiosas que buscan
conformarse como partes de una corporación mundial, sin perder
sin embargo su propia identidad. La catolicidad, dijimos, no es
un movimiento sino una cualidad vital del Cuerpo Místico
de Cristo, que consiste en su incontenible extensión mundial;
pero es principio de un constante movimiento, el impulso misionero,
llamado así porque es continuación de la misión
o envío que trajo a la tierra al Hijo de Dios. El ecumenismo,
entonces, es un impulso cuyo fin es fabricar una nueva catolicidad;
mientras que la catolicidad es principio y fin vital del impulso
misionero, que algunos ahora llaman “ecumenismo verdadero”,
lo que ciertamente no conviene porque, como vimos, la palabra es
propiedad intelectual del pensamiento, liberal.
En conclusión, como hay que comparar sólo cosas del
mismo género, el moderno ecumenismo debe contrastarse con
el tradicional movimiento misionero, producto de la catolicidad
de la Iglesia.
Como ecuménico y misionero son movimientos de incorporación;
hay que comparar el principio que obra, la materia que utiliza,
la transformación que produce y el término que alcanza.
El movimiento misionero de incorporación al Cuerpo Místico
es semejante al proceso de alimentación de un cuerpo vivo.
Los principios que obran la nutrición y crecimiento son las
potencias del alma que vivifica al cuerpo; el alimento, salvo excepción,
es siempre una substancia de un orden inferior: los vegetales se
alimentan de minerales, los animales de vegetales y el hombre de
todo, menos de hombres. La transformación que sufre el alimento
es triple, disolución en sus componentes elementales, asimilación
de los elementos nutrientes y expulsión de los desechables;
y el término no es .algo superior sino la reconstitución
del mismo viviente.
Algo parecido ocurre en la Iglesia por las misiones. El principio
que las anima es totalmente divino: es la potencia del Espíritu
Santo, alma de la Iglesia desde el día de Pentecostés.
La materia o alimento de las misiones son todos los pueblos de la
tierra: “Id y enseñad a todas las gentes" (San
Mateo, 28, 19), instituciones humanas de orden totalmente inferior
a la Iglesia divina.
Ahora bien -y éste es el punto que conviene subrayar-, para
poder asimilar los elementos nobles que en cada nación pueda
hallar, no sólo personas y familias, sino también
disposiciones morales y sociales, y valores culturales, la Iglesia
debe siempre disolver en menor o mayor grado las estructuras, sistemas
e instituciones en que se hallan conformados; sobre todo debe acabar
con los sistemas religiosos, que son siempre como la forma última
que engloba y penetra a las demás. La razón es simple:
fuera de la Revelación y de la influencia de la gracia, el
principio que en menor o mayor grado anima la constitución
de los pueblos es Satanás, príncipe de este mundo.
En los pueblos de civilización grecolatina fue mucho lo que
la Iglesia pudo asimilar, en los pueblos bárbaros y americanos
poco; pero así como una manzana no puede alimentar si no
se la mastica hasta que deje de ser manzana, así tampoco
ni la familia romana ni la sabiduría griega por dar ejemplos
de lo mejor- podían hacerse cristianas sin hacerles primero
una guerra a muerte: los hijos santificados debieron desafiar una
autoridad paterna que usurpaba los derechos de Dios, ,y los Santos
Padres lucharon contra una razón que no quería someterse
a la Revelación.
Sólo después de esta tarea de demolición podían
elegirse las buenas piedras para la nueva edificación. Pero
la fuerza del Espíritu de Cristo es capaz de vencer toda
resistencia: "Confiad en Mí, Yo he vencido al mundo"
(San Juan, 16, 33); y la Iglesia es católica, pues no hay
nación de la tierra que no sea capaz de incorporar.
El ecumenismo, en cambio, es un movimiento de incorporación
por modo de asociación de semejantes. El principio que mueve
no es una forma o alma presente sino un fin futuro que todos quieren;
la materia son partes o sujetos del mismo orden; la transformación
que deben sufrir para asociarse es accidental, de manera que no
pierda cada socio su identidad; y el término es algo superior
a cualquiera de los componentes. El pensamiento liberal presupone,
contra toda la experiencia de la historia y el sentido común,
que las religiones pueden tener una vida independiente del orden
político, como parece haberse demostrado. en el democrático
paraíso americano tengamos presente que la idea del ecumenismo
sólo pudo darse allí.
Da también por supuesto que la inteligencia del hombre no
puede adecuarse de manera única a lo real, esto es, presupone
el pluralismo de la verdad; de manera que los credos de cada religión
son como las constituciones de los estados: cada uno es bueno para
la que lo posee y no tiene sentido discutir cuál es mejor.
Otorgados los presupuestos, se sigue cuál sea el principio
motor del ecumenismo: todas las religiones trabajan, unas más,
otras menos, por la constitución del Reino de Dios, reino
escatológico que no debe pretenderse alcanzar en la historia
sino sólo al fin de los tiempos, porque el principio y fundamento
del liberalismo establece que el reinado de Dios no puede ser político.
Según la doctrina católica hasta antes del último
Concilio -sólo lleva dos mil años de vigencia-, es
la Iglesia la que establece desde ahora en la tierra el Reino de
Dios cada vez que incorpora en su seno a un pueblo y lo conforma
de acuerdo a las leyes del Evangelio.
Pero
el Vaticano II ha recapacitado y descubre que la Iglesia...
...no debía inmiscuirse tanto en los regímenes políticos,
ya que el Reino de Dios pertenece necesariamente al futuro y Ella
al presente sólo debe ser semilla de ese reino: "La
Iglesia (...) constituye en la tierra el germen y el principio de
ese reino" ("Lumen Gentium ", 5).
Otro descubrimiento conciliar: "Las Iglesias y Comunidades
separadas [con mayúsculas en el original], aunque creemos
que padecen deficiencias, de ninguna manera están desprovistas
de sentido y valor en el misterio de la salvación; porque
el Espíritu de Cristo no rehúsa servirse de ellas
como medios de salvación" ("Unitatis Redintegratio",
3).
Hasta la víspera del Concilio, las religiones eran la diabólica
cáscara que impedía la asimilación de las gentes
en el seno de la Cristiandad; de ahora en más son socias
y compañeras en la obra de la Redención.
¡Ay Señor, qué amigas para tu Iglesia: la cismática
Ortodoxia, fundada en la negación de tu
Vicario; la herética Reforma, fundada en el rechazo de tus
sacerdotes; la satánica Sinagoga, fundada en el odio a tu
Persona!
Tercera novedad: "La única Iglesia de Cristo (...) subsiste
en la Iglesia católica" ("Lumen Gentium ",
8). Los católicos ayer estaban convencidos de que la Iglesia
católica era sin más la Iglesia de Cristo, y por eso
los misioneros daban su sangre por incorporar las gentes en su seno,
única Arca de salvación. Pero ahora parece que la
Iglesia católica es sólo parte de algo mayor, una
Iglesia ¿de Cristo? que incluye también a las demás
religiones como en una gran confederación.
Así como el Verbo nos sugiere "Lumen Gentium" sólo
subsiste en la naturaleza humana de Cristo por el misterio de la
encarnación, pero no deja de hacerse presente por la gracia
en los demás hombres; así también la Iglesia
de Cristo sólo subsiste en la Iglesia católica, pero
no deja de estar presente en las otras Iglesias y Comunidades, conformando
con todas su Cuerpo Místico. Muy lindo, pero uno se agarra
la cabeza: ¡la Iglesia católica no es la Iglesia de
Cristo, y ni una ni otra son el Reino de Dios!
La
confesión del Cardenal Kasper acerca del ecumenismo
En conclusión, no vayamos a creer que el ecumenismo aclara
por si acaso -el Cardenal Kasper- sigue buscando la conversión
de nadie. La nueva catolicidad consiste en que todas las religiones
en todas partes aprendan a vivir en los mismos edificios, unidas
en diálogo fraterno para procurar el futuro Reino de la Paz.
No insistan los ortodoxos en no hospedar católicos en su
territorio, que no hay que temer ya la agresividad de los viejos
misioneros; vean cómo hemos abierto las puertas de par en
par al protestantismo en Hispanoamérica y en Europa al Islam.
Pero para el final de los tiempos el único reino universal
que está profetizado, distinto efectivamente de la Iglesia
católica, es el frágil y momentáneo del Anticristo.
Y mucho es de temer que el movimiento liberal y masónico
del ecumenismo, ¡leitmotiv del Concilio Vaticano II y del
pontificado de Juan Pablo II!, esté preparando espiritualmente
su advenimiento, ya que inhibe La potencia de la catolicidad de
la Iglesia por la prédica del pluralismo, sofisma negador
de la unicidad y evidencia de la Verdad que es Cristo.
NOTAS:
(1) Cfr. DTC, Enciclopedia
de la Religión cristiana, y Enciclopedia Universal Espasa
Calpe.
IESUS
CHRISTUS Nº 93