EL GRAN MILAGRO
(1945)
Con gran frecuencia, la gente nos pregunta hoy en día si sería posible un cristianismo desprovisto o –como dicen las personas que plantean el problema– "liberado" de sus elementos milagrosos, es decir, un cristianismo en el cual se suprimieran estos componentes. A mi modo de ver, la única religión del mundo -o al menos la única que conozco– que no admite esa posibilidad es el cristianismo. Una religión como el budismo no sufriría pérdidas si eliminamos los milagros atribuidos a Gautama Buda en algunas fuentes muy tardías; en realidad, estaría en mucho mejores condiciones, porque en gran medida los milagros contradicen sus enseñanzas. En una religión como el mahometismo, tampoco se producirían cambios esenciales suprimiendo los milagros. Tendríamos un gran profeta predicando sus dogmas sin aludir a los milagros, que sólo tienen carácter de digresión o grandes letras iluminadas. Con el cristianismo, en cambio, no existe esta posibilidad, porque su historia es la historia de un gran milagro. El cristianismo sostiene que lo no creado y eterno, lo que está más allá del espacio y el tiempo, penetró en la naturaleza –en la naturaleza humana–, descendió a Su propio universo y ascendió de nuevo, elevando con El la naturaleza. Es un gran milagro. Si lo dejamos a un lado, nada propiamente cristiano nos queda. Aun cuando en el cristianismo existen muchos aspectos humanos admirables en común con todos los sistemas del mundo, en estas condiciones desaparecería el carácter específica-mente cristiano. A la inversa, desde el momento que aceptamos este gran milagro, podremos comprender que todos los demás milagros cristianos reconocidos –porque por cierto algunos carecen de fundamento; hay leyendas cristianas, del mismo modo como hay leyendas paganas o del periodismo moderno– son parte de ese gran milagro, en cuanto son preparación, manifestación o con-secuencia de la Encarnación. Del mismo modo como todos los fenómenos naturales reflejan plenamente el carácter del universo natural en un punto específico y en un momento dado, todos los milagros muestran el carácter de la Encarnación.
Ahora bien, al preguntarnos si el gran milagro central del cristianismo es probable o improbable, no debemos aplicar el criterio de Hume. (1) No podemos hablar en este caso de probabilidades basadas en estadísticas, de acuerdo con las cuales mientras de modo más frecuente ha ocurrido un hecho, tendrá más probabilidades de repetirse (mientras más a menudo ciertos alimentos nos producen indigestión, tenemos mayores probabilidades de indigestión al comer esos alimentos). Es evidente que, desde este punto de vista, la Encarnación no es probable; dada su propia naturaleza, sólo puede haber ocurrido en una oportunidad. También la historia del mundo, dado su propio carácter, sólo puede haber sucedido una vez, y si la Encarnación en realidad ocurrió es el capítulo central de esta historia. Es improbable al igual que la totalidad de la naturaleza, porque está presente solamente una vez y sucederá únicamente en una oportunidad. Por consiguiente, en este caso debemos aplicar un criterio muy distinto.
En mi opinión, estamos en una situación como la siguiente. Supongamos que tenemos el manuscrito de una gran obra, una sinfonía o una novela, y una persona nos dice: "Tengo un trozo nuevo del manuscrito. Es el pasaje central de esa sinfonía o el capítulo central de esa novela. Sin él, el texto es incompleto. He descubierto esta parte que faltaba y constituye realmente el centro de la obra". Lo único que podríamos hacer sería observar el trozo nuevo del manuscrito en esa posición central y su relación con la totalidad de la obra. Si de este modo el resto de la obra adquiere nuevos significados y advertimos en ella cosas que antes no habíamos notado, pensaremos que estamos frente a un fragmento auténtico; de lo contrario, lo rechazaremos, aun cuando sea muy atractivo en sí mismo.
¿Cuál es, en este caso, el capítulo que falta y los cristianos están ofreciendo? La historia de la Encarnación es la historia de un descenso y una resurrección. Al decir "resurrección", no me estoy refiriendo sólo a las primeras horas ni a las primeras semanas de la Resurrección, sino a la totalidad de este inmenso descenso tan pro-fundo seguido de un nuevo ascenso. En general llamamos Resurrección únicamente al punto en el cual se inicia el movimiento ascendente, por así decir. Pensemos en el carácter de este descenso a la humanidad, que incluye el período de nueve meses anterior al nacimiento, en el cual nos dicen que todos sintetizamos formas de vida extrañas, prehumanas, subhumanas, y finalmente, aún más abajo, la condición de cadáver, en la cual el cuerpo habría perdido el carácter orgánico, volviendo a lo inorgánico, como todos los cadáveres, si no se hubiera iniciado un movimiento ascendente. Tenemos la imagen de un ser descendiendo en forma directa y rastreando en el fondo del mar. Visualizamos a un hombre fuerte tratando de levantar una carga muy pesada y compleja, que se inclina hasta quedar debajo de esa carga y desaparecer, y luego endereza la espalda y parte con todo el peso sobre sus hombros. También tenemos la imagen de un buzo que se desviste hasta quedar desnudo, despide rayos en el aire durante algunos instantes, pasa del agua verde, tibia e iluminada por el sol al agua helada y negra como la noche, sumergiéndose en el lodo, y luego, con los pulmones a punto de estallar, vuelve al agua verde, tibia e iluminada, y al fin se encuentra a la luz del sol, sosteniendo en la mano el objeto húmedo que bajó a buscar. Ese objeto es la naturaleza humana, pero junto con ella, toda la naturaleza, el nuevo universo. No puedo referirme ahora a este punto, a la relación entre la naturaleza humana y la naturaleza en general, porque se requeriría toda una disertación. Aun cuando parece sorprendente, creo que podría justificarse plenamente.
Al pensar en este descenso a las profundidades del universo y el nuevo ascenso a la luz, de inmediato advertimos una imitación y un eco en los principios del mundo natural: el descenso de la semilla al suelo y su resurgimiento en las plantas. También en nuestra vida espiritual, en muchas ocasiones, necesariamente algo debe morir y romperse para luego adquirir brillo, fuerza y esplendor. La analogía es obvia. En este sentido, la doctrina es muy apropiada, hasta el punto de despertar sospechas de inmediato. ¿No es demasiado adecuada una concordancia tan grande? En otras palabras, ¿la historia del cristianismo nos presenta este modelo de descenso y nuevo as-censo porque se encuentra en todas las religiones de la naturaleza conocidas en el mundo? Hemos visto el tema en La rama dorada (2) Todos nosotros conocemos a Adonis y las historias de todas esas personas bastante aburridas. ¿No es éste un ejemplo más de lo mismo, del "Dios que muere"? Sí, por supuesto. Ahí reside lo sutil del planteamiento. Es absolutamente cierto lo que siempre afirma la crítica antropológica del cristianismo. Cristo es una figura de ese tipo. Y aquí hay un aspecto muy curioso. Cuando leí por primera vez los Evangelios, después de la infancia, estaba empapado de historias sobre el Dios que muere, La rama dorada, etc. En esa época, para mí esta idea era muy poética, misteriosa y estimulante, y nunca olvidaré mi decepción y aversión al descubrir que casi no aparecía en los Evangelios. La metáfora de la semilla que cae al suelo está asociada con esta idea y aparece —creo— dos veces en el Nuevo Testamento, (3) que en general casi no menciona este aspecto, lo cual me parecía extraordinario. Un Dios que muere, que siempre representó el grano, lo tenía en la mano en forma de pan y decía "Este es Mi Cuerpo". (4) Para mí, como veía las cosas en esa época, El parecía no darse cuenta de lo que estaba diciendo. Sin duda, precisamente en ese contexto debía aparecer la relación entre la historia del cristianismo y el grano. Sin embargo, todo ocurre como si el actor principal y quienes se encontraban junto a El no hubieran tenido conciencia alguna de lo que estaban haciendo; como una situación en la cual hubiéramos constatado con claridad la existencia de la serpiente marina, pero el hombre que nos ha permitido comprobarlo pareciera no haber escuchado jamás hablar de serpientes marinas. En otras palabras, ¿por qué la única manifestación del "Dios que muere" en la historia se produjo en un pueblo (y el único pueblo del mundo mediterráneo) que al parecer desconocía absolutamente la religión de la naturaleza? ¿Por qué entre ellos parece ocurrir el hecho de manera repentina?
El actor principal –hablando en términos humanos– parece no tener conciencia de las repercusiones de Sus palabras (y sufrimientos) en la mente de un pagano. Podría explicarse la idea en estos términos si no se considera la siguiente hipótesis. ¿Es posible que el rey del grano no se mencione en ese Libro porque está presente Aquél del cual el rey del grano era una imagen? ¿Es posible que la representación esté ausente por-que aquí por fin lo representado está presente? ¿Están ausentes las sombras porque el objeto del cual eran sombras está presente? El grano en sí mismo siempre es una imitación de la realidad sobrenatural: lo que muere, vuelve a la vida, desciende y asciende otra vez más allá de toda la naturaleza. El principio está presente en la naturaleza porque antes estuvo en Dios Mismo. Detrás de la naturaleza y las religiones de la naturaleza, se encuentra Alguien que no es explicado por las mismas, pero explica, no en forma directa estas religiones, por cierto, pero el comportamiento característico de la naturaleza en el cual se basaron. Bueno, ésta es una de las formas en que me sorprendió el principio. Parecía muy acertado, de modo muy peculiar, mostrándome un aspecto de la naturaleza con mucho más claridad de lo que yo había visto antes, y al mismo tiempo estaba fuera y por encima de las religiones de la naturaleza.
Por otra parte, con las presuposiciones de nuestra mentalidad democrática moderna y aritmética, habríamos deseado y esperado que todos los hombres hubieran iniciado la búsqueda de Dios en igualdad de condiciones. Tenemos una imagen de grandes caminos centrípetos provenientes de todas las direcciones, con personas bien dispuestas, con las mismas intenciones, cada vez más cerca unas de otras. La historia del cristianismo es espantosamente contraria a esta imagen. Un pueblo fue elegido en la Tierra, debió purificarse y ser probado una y otra vez. Hay quienes se perdieron en el desierto antes de llegar a Palestina; otros permanecieron en Babilonia; y otros llegaron a ser indiferentes. El proceso se reduce permanentemente hasta un pequeño punto, tan pequeño como la punta de una lanza: una muchacha judía orando. Toda la naturaleza humana se ha reducido hasta ese punto antes de producirse la Encarnación. Lo ocurrido es muy diferente a nuestras expectativas, pero no es en absoluto diferente a la manera de actuar de Dios, como puede observarse en la naturaleza. El universo es una entidad espantosamente selectiva y poco democrática. La materia, en todas sus formas, es una proporción más bien diminuta del espacio infinito en apariencia. Tal vez sólo una estrella tiene planetas y es probable que la vida orgánica exista únicamente en un planeta. Entre los animales, sólo una especie es racional. Desde el punto de vista humano, la selección natural, con su asombroso desperdicio, es una cosa horrible e injusta. Sin embargo, en la selectividad de la historia del cristianismo no hay injusticia ni horror. En cierto modo, las personas son elegidas injustamente para un honor supremo; pero es también una carga suprema. El Pueblo de Israel llega a tener conciencia de que es su infortunio lo que salva al mundo. En la sociedad humana, la desigualdad hace posible todo tipo de tiranía y servilismo, pero también algunas de las mejores cosas concebibles: la humildad, la bondad y los inmensos placeres de la admiración. (No sé cómo podríamos no estar siempre aburridos en un mundo donde no pudiéramos encontrar personas más inteligentes, más hermosas o más fuertes que nosotros. La multitud que admira a los futbolistas famosos y a las estrellas del cine experimenta algo mejor que desear ese tipo de igualdad.) La historia de la Encarnación parece arrojar nueva luz sobre el principio de la desigualdad de la naturaleza, mostrándonos por primera vez que no es bueno ni malo. Es un tema común, que atraviesa la bondad y la maldad del mundo natural, y comienzo a ver que en un universo redimido puede sobrevivir como belleza suprema.
Sin darme cuenta, con esto he pasado al tercer punto. Decía que en la selectividad no existe la forma de injusticia que habíamos supuesto inicialmente, ya que los elegidos para el gran honor son también elegidos para el gran sufrimiento y con él sanan a otros. La Encarnación nos sugiere esta idea de vicariedad, en que una persona aprovecha lo que ha ganado otra. En su forma más elevada, esta idea constituye el aspecto más central del cristianismo. Y esta dependencia es también una característica o —como diría un músico— un leitmotiv de la naturaleza. Es una ley del universo natural que ningún ser puede existir con sus propios recursos. Todos los seres y todas las cosas están irremediablemente en deuda con todos los demás seres y todas las demás cosas. En el universo, como lo vemos ahora, ésta es la fuente de muchos de los horrores más grandes: todas las atrocidades de los carnívoros y los peores horrores de los parásitos, esos animales espantosos que viven bajo la piel de otros animales, entre otras cosas. Sin embargo, si de pronto observamos el fenómeno a la luz de la historia del cristianismo, nos damos cuenta de que esta dependencia en sí misma no es perjudicial y todos esos animales, insectos y atrocidades nos muestran simplemente el principio operando en una dirección, porque casi todo lo bueno de la naturaleza también es producto de la dependencia. Después de todo, la vida del niño, antes y después de nacer, depende de su madre, del mismo modo como el parásito se alimenta de su huésped. Un fenómeno es horroroso y el otro es la fuente de casi toda la bondad natural del mundo. Todo depende de nuestro enfoque de este principio. Por consiguiente, al considerar el tercer aspecto, también descubro que lo que encierra la Encarnación coincide exactamente con lo que he visto en la naturaleza, y (esto es lo importante) cada vez que le imprime una nueva peculiaridad. Si acepto este capítulo que supuestamente falta —la Encarnación—, puedo ver que comienza a iluminar todo el resto del manuscrito: el proceso de muerte y renacimiento de la naturaleza; en segundo lugar, la selectividad de la misma; y en tercer lugar, su principio de vicariedad.
Ahora bien, advierto un fenómeno muy curio-so. Todas las demás religiones del mundo que conozco son religiones de la naturaleza o contra la naturaleza. Las religiones de la naturaleza son las antiguas, de tipo pagano y simple, que ustedes conocen. En el templo de Baco, las personas se embriagaban; en el templo de Afrodita, fornicaban. La forma más moderna de religión de la naturaleza sería la iniciada en cierto modo por Bergson (5) (pero él se arrepintió y murió siendo cristiano), adoptada por Bernard Shaw en una forma más popular. Las religiones contra la naturaleza son aquéllas, como el hinduismo y el estoicismo, en que los hombres dicen "Someteré mi carne a privaciones. No me preocupa vivir o morir". Todo lo natural se deja de lado, el objetivo es el nirvana, la apatía, la espiritualidad negativa. Las religiones de la naturaleza afirman mis deseos naturales; las religiones contra la naturaleza los contradicen. Las religiones de la naturaleza sólo confirman una vez más lo que siempre he pensado sobre el universo en mis momentos de salud vigorosa y alegre brutalidad. Las religiones contra la naturaleza sólo repiten lo que siempre he pensado cuando en mi ánimo ha habido cansancio, delicadeza o compasión.
Sin embargo, aquí hay algo muy distinto. Aquí algo me está diciendo... ¿qué? Me está diciendo que nunca debo decir, como los estoicos, que la muerte no tiene importancia. Nada es menos cristiano que eso. La muerte hizo a la Vida Misma derramar lágrimas junto al sepulcro de Lázaro (6) y sudar gotas de sangre en Getsemaní. (7) Esto es horroroso y produce consternación, es una apestosa indignidad. (Recordemos la espléndida observación de Thomas Browne: "La muerte no me asusta tanto como me avergüenza".) (8) Con todo, de alguna manera, es infinitamente bueno. El cristianismo no afirma ni niega el horror de la muerte; nos dice algo nuevo sobre ella. No se limita a confirmar, como Nietzsche, mi deseo de ser más fuerte o más inteligente que otras personas. Por otra parte, no me permite decir "Señor, ¿llegará un día en que todos sean igualmente buenos?" Del mismo modo, en relación con la dependencia, no me permite en ninguna forma ser un explotador o un parásito de los demás; pero tampoco estimula en mí el sueño de vivir con mis propios recursos. Me enseñará a aceptar con alegre humildad el enorme sacrificio que otros hacen por mí y también a hacer sacrificios por los demás.
Por eso creo que este Gran Milagro es el capítulo que falta en esta novela, el capítulo en el cual cambia toda la trama; por eso creo que Dios realmente ha descendido hasta el fondo de la creación y ha subido con la totalidad de la naturaleza redimida sobre Sus hombros. Los milagros que ya han ocurrido son indudablemente, como suele decir la Biblia, los primeros frutos de ese verano cósmico que se acerca. 9 Cristo ha resucitado y nosotros también resucitaremos. San Pedro caminó sobre el agua durante algunos segundos, 10 y llegará un día en que existirá un universo hecho de nuevo, infinitamente obediente a la voluntad de hombres glorificados y obedientes, en que podremos hacer todas las cosas, en que seremos los dioses que describen las Sagradas Escrituras. Sin duda, todavía se siente bastante frío; pero así ocurre a menudo al comienzo de la primavera. Dos mil años no son más que pero tampoco estimula en mí el sueño de vivir con mis propios recursos. Me enseñará a aceptar con alegre humildad el enorme sacrificio que otros hacen por mí y también a hacer sacrificios por los demás.
Por eso creo que este Gran Milagro es el capítulo que falta en esta novela, el capítulo en el cual cambia toda la trama; por eso creo que Dios realmente ha descendido hasta el fondo de la creación y ha subido con la totalidad de la naturaleza redimida sobre Sus hombros. Los milagros que ya han ocurrido son indudablemente, como suele decir la Biblia, los primeros frutos de ese verano cósmico que se acerca. (9) Cristo ha resucitado y nosotros también resucitaremos. San Pedro caminó sobre el agua durante algunos segundos, (10) y llegará un día en que existirá un universo hecho de nuevo, infinitamente obediente a la voluntad de hombres glorificados y obedientes, en que podremos hacer todas las cosas, en que seremos los dioses que describen las Sagradas Escrituras. Sin duda, todavía se siente bastante frío; pero así ocurre a menudo al comienzo de la primavera. Dos mil años no son más que uno o dos días en esta escala. En realidad, los hombres deberían decir "La Resurrección tuvo lugar hace dos mil años" en el mismo sentido que dicen "Ayer vi un azafrán", porque sabemos qué viene detrás del azafrán. La primavera avanza con lentitud, pero lo importante es que ya hemos doblado la esquina. Existe una diferencia: en la primavera natural, el azafrán no puede elegir entre reaccionar o no hacerlo; nosotros tenemos esa posibilidad. Podemos oponer resistencia a la primavera y hundirnos en el invierno cósmico o dirigirnos hacia la "magnificencia de pleno verano", en la cual ya reside nuestro Guía, el Hijo del Hombre, y desde donde El nos está llamando. Depende de nosotros seguir o no adelante, morir en este invierno o avanzar hacia esa primavera y ese verano.
Notas:
(1) David Hume (1711-1776), filósofo e historiador escocés. Ver especialmente el "Ensayo sobre los milagros" en su obra Philoso phical Essays Concerning Human Understanding (1748).
(2) The Golden Bough, obra de Sir James George Frazer.
(3) Juan 12:24; I Corintios 15:36.
(4) Mateo 26:26; Marcos 14:22; Lucas 22:19; I Corintios 11:24.
(5) Henri Bergson (1859-1941). Su "religión de la naturaleza" . aparece en sus obras Matiére et Mémoire (1896) y L'Evolution Créatrice (1907) en forma bastante evidente.
(6) Juan 11:35.
(7) Lucas 22:44.
(8) "I am not so much afraid of death, as ashamed thereof." Religio Medici, Primera Parte, Sección 40.
(9) Romanos 8:23; 11:16; 16:5; 1 Corintios 15:20; Santiago 1:18; Apocalipsis 14:4.
(10) Mateo 14:29.