LA JUGADA MAESTRA DE
SATANÁS
Sabemos
por el Génesis y; mejor aún, por Nuestro Señor
Jesucristo mismo, que Satanás es el padre de la mentira. En
el versículo 44 cap. 8, del Evangelio de San Juan, Nuestro
Señor apostrofa a los judíos diciéndoles: "Vosotros
tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos
de vuestro padre. Él es homicida desde el principio y no se
mantuvo en la verdad, porque la verdad no estaba en él. Cuando
dice mentira habla de lo suyo propio, porque él es mentiroso
y padre de la mentira...".
Satanás es homicida en las persecuciones sangrientas, padre
de la mentira en las herejías, en todas las falsas filosofías
y en las palabras equívocas que son la base de las revoluciones,
de las guerras mundiales y de las guerras civiles.
No deja de atacar a Nuestro Señor en su cuerpo místico
que es la Iglesia. En el transcurso de la historia ha empleado todos
los medios, y uno de los últimos y más terribles ha
sido la apostasía oficial de las sociedades civiles. El laicismo
de los Estados ha sido, y sigue siendo, un inmenso escándalo
para las almas de la gente. Por este camino, Satanás ha conseguido
poco a poco secularizar y quitar la fe a muchos miembros de la Iglesia
y del Estado, hasta el punto de que esos falsos principios de separación
de la Iglesia y del Estado, de libertad religiosa, de ateísmo
político y de la autoridad como algo que emana de los individuos
han acabado por invadir los presbiterios, los curias episcopales y
hasta el Concilio Vaticano II.
Para lograrlo, Satanás ha inventado palabras clave que han
logrado que los errores modernos y modernistas entren en el Concilio:
la libertad se ha introducido a través de la libertad
religiosa o libertad de religión; la igualdad a través
de la colegialidad, que ha introducido los principios del igualitarismo
democrático en la Iglesia; y, por fin, la fraternidad
a través del ecumenismo que abraza todas las herejías
y errores y da la mano a todos los enemigos de la Iglesia.
La jugada maestra de Satanás consiste, pues, en difundir los
principios revolucionarios introducidos en la Iglesia por la autoridad
de la misma Iglesia, poniendo a esta misma autoridad en una situación
de incoherencia y de contradicción permanente. Mientras este
equívoco no se disipe, los desastres se multiplicarán
en la Iglesia. Al hacerse equívoca la liturgia, el sacerdocio
se hace igualmente equívoco; y al haberse hecho también
equívoco el catecismo, la fe, que sólo puede mantenerse
en la verdad, se disipa. La misma jerarquía de la Iglesia vive
en un equívoco permanente, entre la autoridad personal recibida
por el sacramento del orden, y la misión del Papa o del obispo
y los principios democráticos.
Hay que reconocer que la baza se ha jugado bien y que se ha usado
maravillosamente la mentira de Satanás. La Iglesia va a
destruirse a sí misma por vía de obediencia. La
Iglesia se va a convertir al mundo herético, judío y
pagano por obediencia, por medio de una liturgia equívoca,
de un catecismo ambiguo y lleno de omisiones, y de instituciones nuevas
basadas en principios democráticos.
Las órdenes, contraórdenes, circulares, constituciones
y mandatos, están tan bien manipulados, tan bien orquestados
y apoyados por los omnipotentes medios de comunicación social
y por lo que queda de los movimientos de Acción Católica
(todos marxistoides), que los fieles sencillos y los buenos sacerdotes
repetirán, con el corazón roto pero dócil: "¡Hay
que obedecer!" ¿A qué o a quién? No se sabe
muy bien: ¿A la Santa Sede, al Concilio, a las comisiones,
a las conferencias episcopales? Uno se pierde, lo mismo entre los
libros litúrgicos que entre los ordos diocesanos o la maraña
inextricable de catecismos, de "oraciones del tiempo presente",
etc. Hay que obedecer a pesar de los sacerdotes que apostatan, del
absentismo de los obispos (salvo para condenar a los que quieren conservar
la fe), del matrimonio de las personas consagrados a Dios, de la comunión
de los divorciados, de la intercomunión con los herejes, etc.
"¡Hay que obedecer!". Los seminarios se vacían
y se venden, y lo mismo los noviciados, las casas de religiosas y
las escuelas. Se saquean los tesoros de la Iglesia, los sacerdotes
se secularizan y se profanan en su modo de vestir, en su lenguaje
y en su alma... "¡Hay que obedecer! Roma, las conferencias
episcopales, el sínodo presbiterial lo quieren así!".
Es lo que repiten todos los ecos de las Iglesias, periódicos
y revistas: "aggiornamento" y apertura al mundo. Pobre del
que no esté de acuerdo. Se le puede patear, calumniar y privarle
de todo lo que le permite vivir. Es un hereje, un cismático
y sólo merece la muerte.
Realmente, Satanás ha logrado una jugada maestra: logra
que los que conservan la fe católica sean condenados por los
mismos que deberían defenderla y propagarla.
Ya es hora de recobrar el sentido común de la fe y de recobrar
la verdadera Iglesia, oculta bajo la falsa careta del equívoco
y de la mentira. La verdadera Iglesia, la verdadera Santa Sede, el
sucesor de san Pedro y los obispos, en cuanto se someten a la tradición
de la Iglesia, no nos piden ni pueden pedirnos que nos hagamos protestantes,
marxistas o comunistas. Lo cierto es que podría creerse, al
leer algunos documentos, constituciones, circulares y catecismos,
que se nos pide que abandonemos la verdadera fe en nombre del Concilio,
de Roma, etc.
Debemos
negarnos a hacernos protestantes, a perder la fe y a apostatar como
lo ha hecho la sociedad política tras los errores difundidos
por Satanás en la Revolución Francesa de 1789. Nos negamos
a apostatar, ya sea en nombre del Concilio, de Roma o de las Conferencias
episcopales.
Por encima de todo, seguimos estando unidos a todos los concilios
dogmáticos que han definido nuestra fe para siempre. Todo católico
digno de ese nombre debe rechazar todo relativismo y evolución
de su fe en el sentido dé que lo que fue definido solemnemente
en otro tiempo por los concilios ya no sea válido hoy y pueda
ser modificado por otro concilio, y con más razón si
sólo es pastoral.
La confusión, la imprecisión, las modificaciones de
los documentos sobre la liturgia y la precipitación en la aplicación,
manifiestan de modo evidente que no se trata de una reforma inspirada
por el Espíritu Santo. Esta forma de obrar es totalmente contraria
a las costumbres romanas, que actúan siempre "cum
concilio et sapientia". Es imposible que el Espíritu
Santo haya inspirado la definición de la misa según
el artículo 7 de la Constitución (1),
y más increíble es que se haya sentido la necesidad
de corregirla después. Eso es confesar que se había
deformado la más importante realidad de la Iglesia: el santo
sacrificio de la Misa.
Hay que reconocer que la presencia de protestantes en la reforma litúrgica
de la Misa plantea un dilema del que es difícil sustraerse.
Su presencia significaba o que se les invitaba a reajustar su culto
a los dogmas de la Santa Misa, o que se les preguntaba qué
les resultaba desagradable en la Misa católica, con el fin
de eliminar las expresiones dogmáticas inadmisibles para ellos.
Es evidente que esta segunda solución es la que fue adoptada,
cosa inconcebible y no inspirada, desde luego, por el Espíritu
Santo.
Cuando se sabe que esta concepción de la "misa normativa"
es la del Padre Bugnini y que se impuso tanto al Sínodo como
a la Comisión de Liturgia, cabe pensar que hay Roma y Roma:
la Roma eterna en su fe, sus dogmas, su concepción del sacrificio
de la Misa; y la Roma temporal influida por las ideas del mundo moderno,
influencia de la que no se escapó el mismo Concilio, que, de
propósito y gracias al Espíritu Santo, sólo quiso
ser pastoral.
Santo Tomás se pregunta en la cuestión de la corrección
fraterna si conviene ejercerla a veces con los superiores. Con todas
las distinciones oportunas, el Ángel de las Escuelas responde
que tiene que hacerse cuando se trata de la fe.
¿Y quién puede, en conciencia, decir que hoy la fe de
los fieles y de toda la Iglesia no está gravemente amenazada
en la liturgia, en la enseñanza del catecismo y en las instituciones
de la Iglesia?
Léase y vuélvase a leer a San Francisco de Sales, a
San Belarmino, a San Pedro Canisio y a Bossuet, y se verá con
asombro que tuvieron que luchar con los mismos extravíos. Pero
esta vez el drama extraordinario consiste en que estas desfiguraciones
de la tradición nos vienen de Roma y de las Conferencias Episcopales.
Así, pues, si se quiere conservar la fe, por fuerza hay que
admitir que algo anormal ocurre en la administración romana.
Por supuesto, hay que mantener la infalibilidad de la Iglesia y del
Sucesor de Pedro, también hay que admitir la trágica
situación en la que se encuentra nuestra fe católica
a causa de las orientaciones y documentos que nos vienen de la Iglesia.
Luego, la conclusión vuelve a lo que decíamos al principio:
el demonio reina por el equívoco y la incoherencia, que son
sus medíos de combate y que engañan a los hombres de
poca fe.
Tiene que denunciarse valientemente este equívoco con el fin
de preparar el día que la Providencia elija para señalarlo
oficialmente a través del Sucesor de Pedro. No se nos llame
rebeldes u orgullosos, porque no somos nosotros los que juzgamos.
Es el mismo Papa el que, como sucesor de Pedro, condena lo que por
otro lado aconseja. Es la Roma eterna la que condena a la Roma temporal.
Nosotros preferimos obedecer a la eterna.
Pensamos con plena conciencia que toda la legislación que se
ha puesto en práctica desde el Concilio es por lo menos dudosa
y, en consecuencia, nos remitimos al canon 23 que trata este caso
y nos pide que nos atengamos a la ley antigua.
Estas palabras les parecerán a algunos ofensivas para la autoridad,
pero muy al contrario, son las únicas que protegen la autoridad
y verdaderamente la reconocen, porque la autoridad no puede existir
más que para la Verdad y para el Bien y no para el error y
el vicio.
A 13 de octubre, en el aniversario de las apariciones de Fátima.
Año 1974.
Que María se digne bendecir estas líneas y dar frutos
de Verdad y Santidad.(2)
NOTAS:
(1) Se trata de la Institutio
generalas Missalis romani que sirve de prefacio al misal de 1969.
El artículo en cuestión dice así: "La Cena
del Señor, o Misa, es la asamblea sagrada o congregación
del pueblo de Dios, reunido bajo la presidencia del sacerdote para
cele brar el memorial del Señor. De ahí que sea eminentemente
válida, cuando se habla de la asamblea local de la Santa Iglesia,
aquella promesa de Cristo: "Donde están reunidos dos o
tres en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos' (Mt. 18,
20)".
(2) Le Coup Maitre de
Satan, págs. 5-9