Ateos porque la religión
tiene misterios
Hay otro tipo de hombres que no aceptan la religión
porque tiene misterios. Por ejemplo: la Eucaristía.
No entendemos la Eucaristía. Nosotros sabemos que Cristo
está en la Eucaristía, pero lo sabemos porque Él
nos lo ha dicho. No porque lo entendamos. A Cristo no se le ve
en la Eucaristía, pero sabemos que Cristo es Dios y sabemos
que Cristo tomó un pedazo de pan y dijo: «Esto es
mi cuerpo. » Como yo sé que Cristo es Dios, y que
puede hacerlo, yo me fío de Él, pero no lo entiendo. ¿Cómo
voy a entender que en la Sagrada Forma esté Dios? Lo
creo pero no lo entiendo: es un misterio.
Hay personas que no creen en la Biblia y después creen
en cosas menos evidentes. Porque hay montones de cosas en la vida
que no se entienden, y aun así se creen. Si no saben electrónica, ¿cómo
se explican que dándole a un botón de la televisión
salga un señor leyendo noticias en Madrid, o un partido
de fútbol en Valencia? Y, sin embargo, aceptan el hecho
de la televisión.
O el que sabe electrónica no sabe medicina. Le duele algo
y va al médico y le dice: ataque de apéndice. Y va
al quirófano. Y él ¿qué sabe si es
ataque de apéndice o cólico nefrítico? Se
fía del médico, que sabe si es apéndice o
cólico nefrítico. ¡Se tiene que fiar de él!
Y el médico se fía del piloto. Va en avión,
y el médico sabe medicina, pero se asoma a la cabina del
avión y empieza a ver relojes: un vacuómetro, un
tacómetro, un manómetro, un altímetro, etc.
El piloto, que los entiende, vigila la compresión del motor,
las revoluciones por minuto, la altura, la presión del aceite.
Y el piloto se fía del médico, y el médico
y el piloto se fían de la cocinera, porque no todos
sabemos distinguir las setas venenosas de las comestibles.
Si vamos a tener que analizar cada alimento que nos ponen
para saber que no está envenenado, no podríamos comer.
Tenemos que fiarnos unos de otros. Y resulta que un hombre
que se fía del médico, del piloto y de la cocinera,
después no se fía de Dios.
Pero es más. Es que el hombre que no cree en Dios tiene
que creer cosas mucho más inexplicables que los que
creemos en Dios. Los que creemos en Dios tenemos explicación
para muchas cosas que sin Dios no tienen explicación. Los
que no creen en Dios no pueden explicárselas, por eso recurren
a la salida cómoda del «no sé», propia
del agnosticismo. Como no quieren creer en Dios, rechazan la razón
que hay para creer y prefieren quedarse en la cómoda ignorancia
del «no sé». Pero esta postura del agnóstico
supone muchas más «tragaderas».
El catolicismo tiene misterios: la Eucaristía, la Trinidad,
la redención, la virginidad de María... Para
el no católico existen muchos más misterios. Porque
si quitamos a Dios, la vida tiene muchas cosas que no se explican.
Por eso dice Solzhenitsin: «Señor, qué fácil
me es creer en Ti; porque si prescindo de Ti, la vida está llena
de oscuridades, llena de incógnitas, llena de cosas inexplicables.»
De otro premio Nobel de Medicina, Alexis Carrel, es esta
frase: «No soy tan crédulo como para ser incrédulo. » Porque
el incrédulo, el que no cree en Dios, tiene que dar por
inexplicables muchas más cosas que el creyente, que el que
cree en Dios. Por lo tanto decimos que somos creyentes porque realmente
es muy razonable creer en Dios.