ATEÍSMO Y CIENCIA DE HOY
A Dios se le puede conocer por distintos caminos. Hay gente que
ha llegado al conocimiento de Dios por una experiencia personal,
porque lo siente, porque lo vive, por una vivencia íntima.
Lo ha tenido tan cerca, tan dentro de sí, que no puede
dudar de su existencia. Como el que ha tenido un dolor
de muelas; no necesita que le expliquen qué es.
Es el caso de san Pablo o de André Frossard, como dice
en su libro Dios existe, yo me lo encontré. Entró ateo
en una iglesia y salió católico.
Pero no es éste el único modo ni el más frecuente
de conocer a Dios.
Vamos a reflexionar sobre lo que significa conocer a Dios
por medio del entendimiento. No se trata de reducir la fe a la
razón. La fe trasciende la razón, pero es razonable.
Si no lo fuera, los creyentes seríamos unos estúpidos.
Por otra parte, ya nos lo dijo san Juan: «A Dios no lo ha
visto nadie. Dios es espíritu. » Con los ojos de la
cara, a Dios no se le ve. Eso no es nuevo. Eso lo sabemos de siempre.
A Dios no lo ha visto nadie. A Jesucristo sí, porque Jesucristo
es Dios hecho Hombre, con cuerpo de hombre; pero a Dios-Creador
no lo ha visto nadie, pero esto no significa que Dios no exista.
Los ojos no ven todo lo que existe
Hay muchas cosas que existen y no se ven con los ojos de la cara.
Los ojos no ven lo muy pequeño, y por eso necesitamos un
microscopio; ni lo muy lejano, y por eso nos servimos de unos
prismáticos. Y, desde luego, los ojos no sirven para conocer
el amor. ¿Se puede negar que existe el amor? Si sois padres
de familia, tenéis amor a vuestras esposas, a vuestros hijos.
Los solteros tienen amor a su novia. ¿Quién
ha visto el amor? ¿De qué color es el amor? ¿Es
azul? ¿Es rojo? ¿Es verde? ¿Qué forma
tiene el amor? ¿Es triangular? ¿Es cuadrado? ¿Es
rectangular? Vemos personas que se aman, pero el amor no se ve. ¡Y el amor
existe! Pero el amor es algo espiritual. El amor no se pesa con
una balanza, el amor no se mide con un metro, porque la balanza
y el metro sirven para pesar y medir cosas materiales. Existe
amor y existen grados de amor. Hay quien ama mucho y hay quien
ama poco.
Ni el telescopio sirve para ver a Dios ni el microscopio
para ver a Cristo en la Eucaristía. Tampoco el ojo
capta una sinfonía de Beethoven ni el oído admira
un cuadro de Velázquez. Para cada conocimiento es necesario
el órgano adecuado. Los sentidos son una fuente de conocimientos,
pero no son la única ni la mejor. Cuando Descartes
dice: «pienso, luego existo» hace un razonamiento
totalmente válido, aunque sea al margen de los sentidos.
Los sentidos ayudan a la inteligencia, que opera con los
datos que éstos le proporcionan. Los mismos sentidos se
complementan mutuamente para la percepción de la realidad,
pero solos no bastan.
Hay cosas que nuestros ojos no ven pero existen. Así es
Dios. Dios es algo espiritual a quien no vemos, pero lo vamos a
conocer por el entendi miento. Y lo que conocemos por el entendimiento
vale más que lo que conocemos por los ojos.
Los ojos muchas veces nos engañan. Muchas veces ves una
cosa con los ojos, y parece lo que no es. Y no sólo ocurre
con fantasmas sino también con cosas corrientes. Miramos
la luna llena, y ¿qué vemos en el horizonte? Un gran
disco rojo precioso. Los ojos, ¿qué nos dan? Un disco.
Lo que nos dan los ojos es que la luna es como un plato. Sin embargo,
la luna es esférica. Nosotros, mediante el estudio, sabemos
que la luna es esférica como una pelota. ¡Los
ojos nos engañan!
Si en invierno nos asomamos de noche a contemplar el cielo
estrellado, detrás del gigante Orión vemos la preciosidad
de Sirio, una de las estrellas más inestables que conocemos.
Pues puede que lo que estemos viendo ya no exista. Sirio ha
podido haber explotado y todavía no lo percibimos, puesto
que la luz de la explosión tardará ocho años
en llegar a nosotros. Está a ocho años luz. Podemos
estar viéndola y que ya no exista.
Muchas veces lo que vemos con los ojos es mentira, y tenemos que
usar el entendimiento para tener una noción clara de la
verdad, porque los ojos pueden engañarnos. Por eso digo
que cuando conocemos una cosa con el entendimiento tiene
más fuerza que cuando la conocemos sólo con los ojos.
Nosotros vamos a conocer a Dios por el entendimiento, porque
si conocemos algo mediante el entendimiento bien aplicado podemos
estar seguros de que no nos equivocamos. Pongamos un ejemplo.
Si alguien me demostrara matemáticamente que el hijo es
más viejo que su madre, aunque yo no supiera dónde
está el fallo de la demostración, no por eso me dejaría
convencer, pues mi entendimiento me advierte claramente que
se trata de un engaño, porque yo sé que es imposible
que el hijo sea mayor que su madre.
Si yo digo: «No he contado las estrellas del cielo,
no sé cuántas hay; pero me atrevo a afirmar que el
número de estrellas es... » ¡No las he contado!,
pero estoy convencido de que nadie me puede convencer de lo
contrario si afirmo que el número de las estrellas
es par o impar.
Claro, si no es par, es impar. Porque en vuestro entendimiento
sabéis que el número que sea, cualquiera que sea,
o será par o impar. El entendimiento lo comprende y
no hay vuelta de hoja.
Si digo: «el todo es mayor que su parte» me das la
razón. Con el entendimiento caes en la cuenta de que el
todo es siempre mayor que su parte. El conjunto de la humanidad
es siempre mayor que parte de la humanidad. Leer un libro entero
siempre es más que leer una parte del libro.
Estos conocimientos que adquirimos con el entendimiento bien aplicado
tienen mucha más fuerza, más firmeza, más
seguridad, que las cosas que vemos con los ojos. Lo comprendemos
con tanta claridad y con tanta seguridad que tenemos la certeza
de que nunca nadie puede convencernos de lo contrario.
Por lo tanto, aunque a Dios no se le ve con
los ojos de la cara, no importa. Lo conocemos con el entendimiento,
que tiene más
fuerza todavía.
Jorge Loring, S. J. “Motivos
para creer”.