Conclusión


Reconocemos el poder de jurisdicción (de régimen, de gobierno) del Papa y de los obispos nombrados por él.

Rezamos, sinceramente a Dios, todos los días en la Santa Misa: “por tu Santa Iglesia católica. Dígnate darle paz, defenderla, mantenerla unida y gobernada por toda la redondez de la tierra, juntamente con tu siervo nuestro Papa Juan Pablo II, y nuestro obispo (se nombra al obispo del lugar),... y todos los fieles que profesan la fe católica y apostólica”.

Lo mismo hacemos en la bendición del Santísimo Sacramento, y en las oraciones privadas. Rezamos también “por las intenciones del Romano Pontífice” con el fin de lucrar las indulgencias.

Colocamos en nuestras iglesias, en la sacristía, un marco con el nombre del Papa actual y del obispo diocesano.

Acatamos con entera sumisión las enseñanzas del Papa actual cuando están conformes con la doctrina de siempre. Por ejemplo la condena del aborto, los anticonceptivos, la prohibición del sacerdocio femenino y la confirmación del celibato sacerdotal.

Por nuestra parte no existe intención alguna de insumisión al Papa y a los obispos. Rechazamos profundamente toda intención, voluntad y espíritu de cisma. No formamos ningún partido “lefebrista” o “tradicionalista”. Somos católicos, apostólicos, romanos. Repetimos que nuestro enfrentamiento con las autoridades eclesiásticas es circunstancial, temporal y restringido a los puntos doctrinales de siempre de los que se apartan esas autoridades.

Cuando las autoridades eclesiásticas vuelvan incondicionalmente a enseñar y a hacer aquello que la Iglesia siempre enseñó e hizo, nosotros, obispos, sacerdotes y fieles, nuestros seminarios, nuestras casas religiosas, nuestras iglesias, capillas y colegios, todo quedará a la entera disposición de esas autoridades.

Mientras eso no ocurra, el mejor servicio que podemos prestar a la Iglesia, al Papa y a los obispos, es resistir y continuar nuestro ministerio sacerdotal conforme a la Iglesia de siempre.

Volver al índice
Anterior
STAT VERITAS