2ª parte: Resistencia
Resistimos a las autoridades eclesiásticas
cuando no enseñan la doctrina de la Tradición Apostólica y permiten que sea mancillada la Fe inmaculada, o sea cuando se empeñan en la autodemolición de la Iglesia

 

Razones de nuestra resistencia:

1
Enseñanza de la Iglesia

“La Iglesia Católica no es una sociedad en la que se acepta aquel principio inmoral y despótico mediante el cual se enseña que la orden del superior exime -en cualquier caso- (a los súbditos) de responsabilidad personal”.

“La opinión según la cual el Papa, por razones de su infalibilidad es un príncipe absolutísimo, supone un concepto totalmente erróneo del dogma de la infalibilidad pontificia. Así como el Concilio Vaticano I lo anunció en términos claros y explícitos, y es evidente por la propia naturaleza de las cosas, esa infalibilidad queda restringida a lo que es propio del Supremo Magisterio Pontificio, el cual coincide con el ámbito del Magisterio infalible de la propia Iglesia y está ligado a la doctrina contenida en las Sagradas Escrituras y en la Tradición, como también las definiciones proclamadas ya por el Magisterio eclesiástico”. (Declaración colectiva de los obispos alemanes, Denz-Sch. 3116, declaración confirmada por el Papa Pío IX, en nombre de su Suprema Autoridad Apostólica).

“El Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para que éstos, bajo su inspiración, proclamasen una nueva doctrina; sino para que con su asistencia conservasen santamente y expusiesen fielmente el depósito de la Fe o lo que es lo mismo la Revelación heredada de los Apóstoles” (Concilio Vaticano I, Concilio dogmático e infalible, sesión IV, c. 4, Denz-Sch. 3070).

“La doctrina de la Fe, que Dios ha revelado, no fue propuesta al género humano como un descubrimiento filosófico que debía perfeccionar, sino que fue entregada a la Esposa de Cristo como un depósito divino para que Ella lo guardase fielmente y lo enseñase infaliblemente. De lo cual se deduce que el verdadero sentido de los dogmas es el que la Santa Madre Iglesia ha declarado de una vez por todas, no pudiendo separarse nunca de ese sentido aunque fuese con pretexto de una inteligencia superior (c. 3). Crezcan pues la inteligencia, la ciencia y la sabiduría, multiplíquense abundantemente tanto en cada uno como en todos, tanto en el hombre individual como en toda la Iglesia, de acuerdo con el progreso de las edades y de los siglos, pero solamente en su género, esto es, conforme a la misma doctrina, en el mismo sentido y el mismo pensamiento –sed in suo duntaxat genere, in eodem scilicet dogmate, eodem sensu eademque sententia-” (Concilio Vaticano I ses. III, c. 4 –Denz-Sch. 3020).

Y en el canon 3 el mismo Concilio lanzó la sentencia de anatema (excomunión): “Si alguien dijera que a veces, conforme al progreso de las ciencias, se puede atribuir a los dogmas propuestos por la Iglesia un sentido diferente del que enseña y enseñó la Iglesia, sea anatema”.

El Decreto “Lamentabili”, reiterado y confirmado por el Papa San Pío X, en nombre de su autoridad Apostólica, condena la proposición modernista que afirma: “Cristo no enseñó un cuerpo fijo de doctrina aplicable a todos los tiempos y a todos los hombres; inauguró, por el contrario, cierto movimiento religioso que se adapta o que debe adaptarse a los diversos tiempos y lugares”.

2
Afirmaciones de santos y doctores

Son innumerables las citas de santos y doctores legitimando la resistencia a las autoridades reconocidas como tales. Citadas ya en otros trabajos nuestros, recordamos solamente algunas:

San Roberto Belarmino: “Es lícito resistir al Pontífice que intentase destruir a la Iglesia. Digo que es lícito resistirle no haciendo lo que ordena e impidiendo la ejecución de su voluntad” (De Romano Pontifice, Lib.II, c.29).

Esta afirmación de un santo canonizado y proclamado doctor por la Iglesia, que examinó y aprobó todos sus escritos, nos hace ver que es factible que el Papa pueda destruir a la Iglesia y la licitud de hacerle frente.

Este mismo Santo aprobó la proposición 15ª de los teólogos de Venecia, que decía “cuando el Sumo Pontífice dictamina una sentencia de excomunión que es injusta o nula, no debe ser aceptada”. De aquí se deduce igualmente la posibilidad como la resistencia.

Papa Adriano II: “Honorio (Papa) fue anatematizado por los orientales; pero hay que recordar que fue acusado de herejía, único crimen que legitima la resistencia de los inferiores hacia los superiores, así como el rechazo de sus doctrinas perniciosas. (Aloc. III, lect. In Conc. VIII, act.VII).

VI Concilio Ecuménico, sobre las cartas del Papa Honorio I al Patriarca Sergio: “Habiendo comprobado que están en total desacuerdo con los dogmas apostólicos y las definiciones de los santos Concilios y de todos los Padres dignos de aprobación, y que por el contrario siguen las falsas doctrinas de los herejes, Nos las rechazamos de manera absoluta y las execramos como nocivas para las almas” (Denz-Sch. 550).

Papa San León II: “Anatematizamos a Honorio (Papa) que no iluminó a esta Iglesia apostólica con la doctrina de los Apóstoles, y permitió, mediante una traición sacrílega que fuese mancillada la Fe inmaculada (...) sin extinguir, como convenía a su Autoridad Apostólica, la llama incipiente de la herejía, fomentándola por su negligencia (Denz-Sch. 563 y 561).

Papa León XIII: “Desde el momento en que falta el derecho de mandar o el mandato es contrario a la razón, a la ley eterna, a la autoridad de Dios, entonces es legítimo desobedecer a los hombres con el fin de obedecer a Dios (Encíclica Libertas Praestantissimum, n.15).

Suárez: “Si el Papa promulgase una orden contraria a las buenas costumbres, no se le ha de obedecer; si intentase hacer algo manifiestamente opuesto a la justicia y al bien común, será lícito hacerle frente” (De fide, dist. X, sect.VI, n.16).

Papa Félix III: “Aprobar el error es no rechazarlo y ahogar la verdad es no defenderla... Todo aquel que no se opone a una prevaricación manifiesta puede ser calificado como un cómplice secreto” (citado por el Papa León XIII en la carta a los obispos italianos el 8 de diciembre de 1892).

Santo Tomás de Aquino: “Ningún precepto tiene fuerza de ley a no ser por su ordenación al bien común” – “Toda ley se ordena para la salvación común de los hombres y solamente ahí radica su fuerza y razón de ley, y en la medida en que eso falta, carece de fuerza y no puede obligar” (I-IIae. q.90 y 96, a. 6).

Dom Guéranger: “Cuando el pastor se transforma en lobo, el rebaño debe en primer lugar defenderse. Normalmente, no hay duda alguna, la doctrina desciende de los obispos al pueblo fiel; y los súbditos, en el orden de la Fe, no tienen competencia para juzgar a sus superiores. Mas en el tesoro de la Revelación hay puntos esenciales respecto a los cuales todos los cristianos, en virtud de su propio título de cristianos, tienen el conocimiento necesario y la obligada custodia.

El principio no cambia en nada, se trate de creencia o de conducta, de moral o de dogma. Las traiciones como las de Nestorio son raras en la Iglesia: pero puede suceder que haya pastores que permanezcan silenciosos, por un motivo u otro, en circunstancias en que la propia Religión se viese comprometida. Los verdaderos fieles son los hombres que encuentran en su propio bautismo, en tales circunstancias, la inspiración para saber cómo comportarse; no así los pusilánimes que bajo el pretexto aparente de sumisión a los poderes establecidos, esperan para hacer huir al enemigo o para oponerse a sus ataques, un programa que no es necesario ni siquiera se les debe dar” (El año litúrgico, fiesta de San Cirilo de Jerusalén,).
San Vicente de Lérins: “Muchas veces me he esforzado por saber, con gran celo y cuidado, amparándome en un buen número de hombres eminentes por su santidad y sabe, respecto a la siguiente cuestión: ¿Existe un método seguro, por decirlo de alguna forma, general y constante, por medio del cual se pueda discernir la verdadera Fe católica de las mentiras de la herejía? Y de todos siempre recibí esta respuesta: si yo u otro queremos descubrir prontamente los sofismas de los herejes, evitando caer en sus emboscadas y permaneciendo en una Fe íntegra (con la ayuda de Dios), sin que nosotros mismos acabemos perturbados, sería necesario proteger esta Fe al amparo de una doble muralla: la autoridad de la ley divina seguida de la Tradición de la Iglesia Católica (...)

“En la propia Iglesia Católica es necesario vigilar cuidadosamente para atenerse a lo que fue creído en todas partes, siempre y por todos (quod ubique, quod semper, quod ab omnibus). Porque esto es verdaderamente católico...” (Commonitorium)

San Sixto, Papa: carta que envió al obispo de Alejandría sobre el hereje Nestorio: “Dado que, conforme a la palabra del Apóstol, la Fe es una –la Fe que ha prevalecido victoriosamente- creemos aquello que debemos decir y decimos aquello a lo que debemos adherirnos. Ninguna concesión sea hecha a la novedad, porque nada debe ser añadido a la Antigüedad. Que la Fe, la creencia límpida de los antepasados no sea alterada por ninguna mezcla abyecta” (citado por San Vicente de Lérins, Commonitorium, XXXII).

3
Ejemplos de los Santos

San Pablo enfrentándose al primer Papa, San Pedro, y públicamente.

San Atanasio, que resistió al Papa Liberio, no yendo a Roma y siendo excomulgado injustamente por él (Denz-Sch. 138, 141 y 142).

San Eusebio, San Atanasio y San Teodoro Estudita: “Debido a imperiosas necesidades, no en cualquier caso, en los momentos críticos cuando campea la herejía, debe hacerse exactamente conforme a lo establecido en tiempos de paz. Según esto es lo que precisamente el bienaventurado Atanasio y el muy santo Eusebio hicieron de forma manifiesta: ambos impusieron las manos fuera de los límites (de su jurisdicción). También ahora se advierte que ocurre lo mismo con la herejía presente” (San Teodoro Estudita – Año 758-826) (Patrologiae grecae – Migne – T. XCIX).

San Gregorio Nacianceno (+ 389), echó en cara a las autoridades eclesiásticas su actitud frente al arrianismo: “Los pastores se han comportado como insensatos...”

San Godofredo de Amiens, San Hugo de Grenoble, Guido de Viena y otros obispos reunidos en el Sínodo de Viena (1112) resistieron al Papa Pascual II, en el asunto de las investiduras: “Si escogiereis, cosa que no creemos en absoluto, otro camino y os negarais a confirmar las decisiones de nuestra paternidad, Dios no lo quiera, nos estaríais así apartando de vuestra obediencia” (citado por Bouix, “Tract. de Papa” t. II, pg. 650).

La Iglesia, en la Letanía de los Santos pide a Dios: “¡Que te dignes mantener en tu santa Religión al sumo Pontífice y a todas las órdenes de la jerarquía eclesiástica, te rogamos, óyenos!”. Luego es posible que el Papa pueda apartarse de la Santa Religión.

¿En qué y por qué resistimos?

Somos católicos, apostólicos, romanos y lo seremos, con la gracia de Dios, hasta la muerte, ya que ningún poder o autoridad nos apartará de la Santa Iglesia.

El motivo de nuestra resistencia no radica en el apego al pasado por el simple hecho de ser pasado, ni en el apego a las formas tradicionales o medievales por el simple hecho de ser antiguas; como, por ejemplo, el gregoriano, el latín, la liturgia tridentina, el arte sagrado antiguo (gótico, barroco). Todo eso es muy bello y debe ser conservado. Por el contrario el motivo de nuestra resistencia son solamente aquellos abusos y escándalos más graves de ciertas personalidades eclesiásticas.

No, nuestra resistencia es por motivos doctrinales, por motivos de Fe: doctrinas enseñadas y practicadas hoy por las mismas autoridades eclesiásticas que son incompatibles con las que la Iglesia definió en el pasado. Así por ejemplo:

La libertad religiosa, proclamada en el Concilio Vaticano II que favorece el pluralismo religioso y lleva a una igualdad de derechos entre la verdad y el error, dando la primacía a un supuesto derecho subjetivo del hombre, independientemente de los derechos absolutos de la verdad, del bien y de Dios, llevando en consecuencia a la laicización del Estado, convirtiéndolo en agnóstico respecto a la verdadera Iglesia.

El Ecumenismo, espíritu característico y predominante de la llamada “Iglesia Conciliar” que trae consigo la desaparición de nuestra identidad católica, intentando colocar la verdad al lado del error en igualdad de condiciones, aceptando como algo natural y normal que la salvación es posible en cualquier religión, destruyendo el espíritu de apostolado y acabando de esta forma en el indiferentismo religioso e incluso en el pancristianismo, “uno de los errores más graves, capaz de destruir en sus cimientos los fundamentos de la Fe católica” (Encíclica Mortalium animos del Papa Pío XI).”

La Nueva Misa, fruto del ecumenismo, ya que ella “constituye tanto en su conjunto como en detalle, un impresionante alejamiento de la Teología católica de la Santa Misa, tal como fue definida en la sesión XXII del Concilio de Trento” (Carta de los Cardenales Ottaviani y Bacci a Pablo VI, 5 de octubre de 1969). De hecho el Novus Ordo obscurece las expresiones que exaltan los dogmas eucarísticos, en una aproximación a la Cena protestante, sin una declaración y profesión nítidas de Fe católica.

La Colegialidad, doctrina del Concilio Vaticano II (“Lumen Gentium”) tomada a su vez de forma explícita por el Código de Derecho Canónico (canon 336), según la cual el Colegio Episcopal, en unión con el Papa, goza asimismo del poder supremo en la Iglesia, y esto de forma habitual y constante. Esta doctrina del doble poder supremo es contraria a la enseñanza y a la práctica del Magisterio de la Iglesia, especialmente en el Concilio Vaticano I (Denz-Sch. 3055) y a la Encíclica de León XIII, “Satis Cognitum”.

Solamente el Papa tiene este poder supremo que puede transmitir, en la medida que lo juzgue oportuno y en circunstancias extraordinarias, como por ejemplo en los Concilios.
Tenemos por lo tanto el deber de resistir a las autoridades eclesiásticas, que intentan imponer a la Iglesia la Nueva Misa, la libertad religiosa, el ecumenismo y la colegialidad.
Ahora bien, nuestra resistencia es circunstancial, temporal y restringida a los puntos en que las autoridades eclesiásticas se apartan de la doctrina de siempre.

Cuando las autoridades eclesiásticas vuelvan a enseñar y hacer lo que la iglesia siempre enseñó e hizo, nuestros seminarios, nuestras casas religiosas, nuestras iglesias, capillas y colegios, todo quedará a la entera disposición de esas autoridades.

Mientras esto no ocurra, el mejor servicio que podemos prestar a la Iglesia, al Papa y a los Obispos, es resistir y continuar nuestro ministerio en favor de la salvación de las almas, que es la suprema ley de la Iglesia, continuar con el ministerio sacerdotal conforme a la Iglesia de siempre.

Nota aclaratoria
Posición de Monseñor Lefebvre
y de Monseñor de Castro Mayer

Monseñor Marcel Lefebvre fue misionero, arzobispo de Dakar, Delegado Apostólico de la Santa Sede para todo el Africa francófona, Superior General de los Padres del Espíritu Santo y fundador de la Hermandad Sacerdotal San Pío X, cuyo fin es conservar el verdadero sacerdocio católico y la Santa Misa de siempre.

Monseñor de Castro Mayer fue durante 33 años Obispo diocesano de Campos, en Brasil, habiendo conservado siempre, oficialmente, la Tradición católica, en cuanto a doctrina y liturgia, en su diócesis.
Nosotros no somos discípulos o partidarios de Monseñor Lefebvre o de Monseñor de Castro Mayer, ya que ellos no fundaron ninguna secta o partido, ni tenían doctrina propia, cosa característica de toda secta o herejía. Por el contrario siempre fueron fieles seguidores de la auténtica doctrina católica, lo que hizo de ellos obispos ejemplares en la actual crisis de la Iglesia.
Posición de Monseñor
Lefebvre

“Nos adherimos de todo corazón, con toda nuestra alma a la Roma Católica, guardiana de la Fe y de las tradiciones necesarias para el mantenimiento de esta Fe, la Roma eterna, Maestra de sabiduría y de verdad.
Nos negamos, por el contrario, y siempre nos negaremos a seguir a la Roma de tendencia neomodernista y neoprotestante, que se manifestó claramente en el Concilio Vaticano II y, después del Concilio, en todas las reformas que emanaron de él.
Todas estas reformas, de hecho, contribuyeron y contribuyen además en la demolición de la Iglesia, la ruina del sacerdocio, del Sacrificio del Altar y de los Sacramentos...
Por esto, sin ninguna rebelión, sin ninguna amargura, sin ningún resentimiento, proseguiremos nuestra obra de formación sacerdotal, sometidos al Magisterio de siempre, persuadidos de que no podemos prestar mejor servicio a la Santa Iglesia Católica, al Sumo Pontífice y a las generaciones futuras...” (Declaración de noviembre de 1974).

“El problema que se plantea es éste: ¿cómo puede ser que existiendo las promesas de Nuestro Señor Jesucristo de asistir a su Vicario, pueda al mismo tiempo ese Vicario, por sí mismo o mediante otros, corromper la Fe de los fieles?”
“Algunos insisten sobre la asistencia especial que tiene el Papa y que por eso mismo no puede equivocarse, luego hay que obedecerlo; por lo tanto no tenemos ningún derecho a disentir, de la forma que sea, de lo que hace o dice el Papa. He aquí una obediencia ciega, que no es conforme tampoco a la prudencia”.
“Comprobamos que nos son enseñadas cosas que no son conformes con lo que nos enseña la Tradición. Hay una situación real ante la cual nos encontramos. ¿Qué debemos hacer? (...)
“Evidentemente los que razonan de forma demasiado lógica, sin considerar todos los matices que existen en la realidad, la cual a su vez no está hecha con una lógica implacable, concluyen precipitadamente que el Papa no es Papa”.
“Hay dos tipos de respuesta:
-Afirmar que el Papa dice herejías, luego no es Papa y por lo tanto es un intruso, así que no le debemos obedecer.
-Preguntarse en qué medida las promesas de Nuestro Señor Jesucristo, en cuanto a la asistencia del Papa, dejan a éste la posibilidad de realizar ciertos actos o decir determinadas cosas que, por su propia lógica, hacen perder la Fe a los fieles. En qué medida son compatibles las promesas y la destrucción de la Fe por negligencia, omisiones, actos equívocos, etc. Dadas las dificultades para resolver todas estas cuestiones difíciles y delicadas, yo no me atrevo a sentenciar, de forma absoluta, respecto a todas estas opiniones e hipótesis. No me siento capaz, ya que no conozco suficientemente las circunstancias que rodean a los actos del Papa, de afirmar con seguridad que no tenemos Papa”.
“En la práctica, esto no tiene influencia en nuestra conducta, pues rechazamos todo aquello que va contra la Fe, incluso sin saber quién es el culpable”.
“Prefiero partir del principio de que tenemos que defender nuestra Fe. He aquí nuestro deber. No hay lugar para la duda. Conocemos nuestra Fe. Si alguien osa atacarla, decimos ¡no! Pero de aquí a decir a continuación, porque alguien ataca nuestra Fe, que es hereje, y por lo tanto hay un vacío de autoridad, y en consecuencia sus actos no tienen ningún valor... ¡Atención, atención!... No nos metamos en un círculo infernal del que no sabremos salir. Esta actitud encierra un verdadero peligro de cisma”.
“¡No pretendo ser infalible!; pretendo combatir en las circunstancias que me han tocado vivir, y combatir con toda la Fe posible, con la oración y con el auxilio de la gracia” (16 de enero de 1979).

“El tema de la visibilidad de la Iglesia es demasiado importante en cuanto a su existencia, para que Dios pueda prescindir de ella durante décadas”.
“El argumento de los que afirman que no hay Papa coloca a la Iglesia en una situación confusa. ¿Quién podrá decirnos dónde está el futuro Papa? ¿Cómo podría ser elegido un Papa si no hubiese ya Cardenales? Éste es un espíritu cismático, al menos para la mayoría de los fieles, que se unirán a sectas verdaderamente cismáticas, como la de El Palmar de Troya, la de la Iglesia Latina de Toulouse, etc.”.
“Queremos permanecer adheridos a Roma, al Sucesor de Pedro, aunque rechazamos su liberalismo por fidelidad a sus antecesores. No albergamos ningún miedo de decirlo, respetuosamente pero con firmeza, como San Pablo frente a San Pedro. Por eso, lejos de rechazar el orar por el Papa, acrecentamos nuestras oraciones y suplicamos para que el Espíritu Santo lo ilumine y lo fortalezca en el mantenimiento y defensa de la Fe”.
“Por esta razón nunca me negué a ir a Roma, cuando fui llamado por él o por sus representantes. La verdad debe proclamarse en Roma más que en cualquier otro sitio. A Dios pertenece el hacerla triunfar.”
“... Creo que estas precisiones son necesarias para permanecer dentro del espíritu de la Iglesia”. (8 de noviembre de 1979)


Posición de Monseñor
Antonio de Castro Mayer

Su posición coincide con la de Monseñor Lefebvre en lo que toca al reconocimiento de las autoridades y al mismo tiempo la resistencia a sus errores. Lo que no le impidió participar en las consagraciones episcopales y ordenar sacerdotes, debido a la necesidad de salvación de las almas. Citamos a Monseñor de Castro Mayer:

Vicario de Cristo. Es como identificamos al Papa. Así lo definen los Concilios, como el de Florencia o el Vaticano I.

Como Vicario de Jesucristo, el Papa es el Jefe de la Iglesia. Jesucristo edificó su Iglesia sobre la roca de Pedro, y el Papa es el Sucesor de San Pedro en su cargo de Jefe. De ahí la frase: “ubi Petrus ibi Ecclesia”, para decir que donde está el Papa allí está la Iglesia. Por esto el Concilio Vaticano I hace notar que se debe obediencia al Papa no sólo en cuestiones de Fe y costumbres sino también en las relativas a la disciplina y al gobierno de la Iglesia, y declara que en la comunión con el Papa conservamos la unión con la Iglesia.

En efecto, el Papa es esencialmente el Vicario de Jesucristo. En otras palabras, él asume a la Persona de Jesucristo. Hace sus veces. Se le debe el acatamiento y la obediencia que se otorgan a Jesucristo, a Quien él representa. Sin embargo su poder, su jurisdicción , son vicarios. En cuanto a él es de Jesucristo, luego, como escribía el Papa Inocencio III al Patriarca de Constantinopla, el 12 de noviembre de 1199, “el primer y principal fundamento de la Iglesia de Jesucristo”. El Divino Salvador, entretanto, confió su poder a Pedro: “Como mi Padre me envió, así Yo os envío”, dice El a sus Apóstoles, especialmente al Jefe de ellos, San Pedro. Esta donación fue de modo permanente, y para siempre, para que el Papa la ejerza en su lugar, haciéndole las veces, “vices eius gerens”.

Este aspecto es esencial al Papado. No puede ser olvidado. Su olvido puede traer nefastas consecuencias. Puede hacer que la persona piense que el Papa es dueño de la Iglesia, que puede hacer lo que quiera, mandar y contraordenar lo que mejor le parezca, estando los fieles siempre obligados a obedecer simplemente. Meditando un poco, se advierte que esta concepción atribuye al Papa la omnisciencia y omnipotencia que son atributos exclusivos de Dios. No es otra cosa lo que hace la idolatría cuando otorga a las criaturas lo que es propio de la divinidad.
Por este motivo el Concilio Vaticano I al definir los poderes del Papa tuvo cuidado también en definir su finalidad y sus límites. El Papa debe guardar intacta a la Iglesia de Cristo, mediante la cual el Divino Salvador da carácter de eternidad a su obra salvífica. Por lo tanto mantendrá intacta la estructura de la Santa iglesia tal como la constituyó el Señor, y velará para conservar y transmitir intactas la Fe y la Moral recibidas de la Tradición Apostólica. Para este fin y dentro de estos límites, el Papa goza de la asistencia divina que le asegura la imposibilidad de errar y desorientar a los fieles siempre que define algo relativo a la Fe o a la Moral.

No está fuera de lugar pensar que precisamente, para establecer bien el poder vicario del Papa, la Providencia ha permitido que hayan ocupado el trono de San Pedro individuos en cuya doctrina y/o comportamiento se encontrasen aspectos gravemente perjudiciales para la Fe y/o para la moral. No enseñaban con su autoridad suprema y definiendo en materia de Fe, o bien daban mal ejemplo con su comportamiento. Así se explica el juicio emitido respecto a Honorio I tanto por el Concilio III de Constantinopla como por San León II, es decir que él (Honorio I) “permitió, cual gran traidor, que se mancillase la inmaculada Fe de esta Iglesia Apostólica”. De igual modo se dieron otros hechos dolorosos en la Historia de la Iglesia.

Hacer frente a tales enseñanzas y malos ejemplos no es negarse a obedecer al Papa o rechazar su persona.

Quien así actúa se adhiere en verdad al Vicario de Cristo. Y solamente como Vicario de Cristo el Papa está dotado del poder de jurisdicción en toda la Iglesia. Por esta razón los sacerdotes de Campos al no aceptar la Nueva Misa no rechazan a Juan Pablo II ni se apartan de la comunión con la Iglesia, pues la Nueva Misa es perjudicial para la Fe, entre otras cosas por su ambigüedad, sin marcar suficientemente la diferencia respecto a la herejía protestante.” (cfHeri et Hodie, nº 3, mayo 1983).

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