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Razones de nuestra resistencia: 1 “La Iglesia Católica no es una sociedad en la que se acepta aquel principio inmoral y despótico mediante el cual se enseña que la orden del superior exime -en cualquier caso- (a los súbditos) de responsabilidad personal”. “La opinión según la cual el Papa, por razones de su infalibilidad es un príncipe absolutísimo, supone un concepto totalmente erróneo del dogma de la infalibilidad pontificia. Así como el Concilio Vaticano I lo anunció en términos claros y explícitos, y es evidente por la propia naturaleza de las cosas, esa infalibilidad queda restringida a lo que es propio del Supremo Magisterio Pontificio, el cual coincide con el ámbito del Magisterio infalible de la propia Iglesia y está ligado a la doctrina contenida en las Sagradas Escrituras y en la Tradición, como también las definiciones proclamadas ya por el Magisterio eclesiástico”. (Declaración colectiva de los obispos alemanes, Denz-Sch. 3116, declaración confirmada por el Papa Pío IX, en nombre de su Suprema Autoridad Apostólica). “El Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para que éstos, bajo su inspiración, proclamasen una nueva doctrina; sino para que con su asistencia conservasen santamente y expusiesen fielmente el depósito de la Fe o lo que es lo mismo la Revelación heredada de los Apóstoles” (Concilio Vaticano I, Concilio dogmático e infalible, sesión IV, c. 4, Denz-Sch. 3070). “La doctrina de la Fe, que Dios ha revelado, no fue propuesta al género humano como un descubrimiento filosófico que debía perfeccionar, sino que fue entregada a la Esposa de Cristo como un depósito divino para que Ella lo guardase fielmente y lo enseñase infaliblemente. De lo cual se deduce que el verdadero sentido de los dogmas es el que la Santa Madre Iglesia ha declarado de una vez por todas, no pudiendo separarse nunca de ese sentido aunque fuese con pretexto de una inteligencia superior (c. 3). Crezcan pues la inteligencia, la ciencia y la sabiduría, multiplíquense abundantemente tanto en cada uno como en todos, tanto en el hombre individual como en toda la Iglesia, de acuerdo con el progreso de las edades y de los siglos, pero solamente en su género, esto es, conforme a la misma doctrina, en el mismo sentido y el mismo pensamiento –sed in suo duntaxat genere, in eodem scilicet dogmate, eodem sensu eademque sententia-” (Concilio Vaticano I ses. III, c. 4 –Denz-Sch. 3020). Y en el canon 3 el mismo Concilio lanzó la sentencia de anatema (excomunión): “Si alguien dijera que a veces, conforme al progreso de las ciencias, se puede atribuir a los dogmas propuestos por la Iglesia un sentido diferente del que enseña y enseñó la Iglesia, sea anatema”. El Decreto “Lamentabili”, reiterado y confirmado por el Papa San Pío X, en nombre de su autoridad Apostólica, condena la proposición modernista que afirma: “Cristo no enseñó un cuerpo fijo de doctrina aplicable a todos los tiempos y a todos los hombres; inauguró, por el contrario, cierto movimiento religioso que se adapta o que debe adaptarse a los diversos tiempos y lugares”.
2 Son innumerables las citas de santos y doctores legitimando la resistencia a las autoridades reconocidas como tales. Citadas ya en otros trabajos nuestros, recordamos solamente algunas: San Roberto Belarmino: “Es lícito resistir al Pontífice que intentase destruir a la Iglesia. Digo que es lícito resistirle no haciendo lo que ordena e impidiendo la ejecución de su voluntad” (De Romano Pontifice, Lib.II, c.29). Esta afirmación de un santo canonizado y proclamado doctor por la Iglesia, que examinó y aprobó todos sus escritos, nos hace ver que es factible que el Papa pueda destruir a la Iglesia y la licitud de hacerle frente. Este mismo Santo aprobó la proposición 15ª de los teólogos de Venecia, que decía “cuando el Sumo Pontífice dictamina una sentencia de excomunión que es injusta o nula, no debe ser aceptada”. De aquí se deduce igualmente la posibilidad como la resistencia. Papa Adriano II: “Honorio (Papa) fue anatematizado por los orientales; pero hay que recordar que fue acusado de herejía, único crimen que legitima la resistencia de los inferiores hacia los superiores, así como el rechazo de sus doctrinas perniciosas. (Aloc. III, lect. In Conc. VIII, act.VII). VI Concilio Ecuménico, sobre las cartas del Papa Honorio I al Patriarca Sergio: “Habiendo comprobado que están en total desacuerdo con los dogmas apostólicos y las definiciones de los santos Concilios y de todos los Padres dignos de aprobación, y que por el contrario siguen las falsas doctrinas de los herejes, Nos las rechazamos de manera absoluta y las execramos como nocivas para las almas” (Denz-Sch. 550). Papa San León II: “Anatematizamos a Honorio (Papa) que no iluminó a esta Iglesia apostólica con la doctrina de los Apóstoles, y permitió, mediante una traición sacrílega que fuese mancillada la Fe inmaculada (...) sin extinguir, como convenía a su Autoridad Apostólica, la llama incipiente de la herejía, fomentándola por su negligencia (Denz-Sch. 563 y 561). Papa León XIII: “Desde el momento en que falta el derecho de mandar o el mandato es contrario a la razón, a la ley eterna, a la autoridad de Dios, entonces es legítimo desobedecer a los hombres con el fin de obedecer a Dios (Encíclica Libertas Praestantissimum, n.15). Suárez: “Si el Papa promulgase una orden contraria a las buenas costumbres, no se le ha de obedecer; si intentase hacer algo manifiestamente opuesto a la justicia y al bien común, será lícito hacerle frente” (De fide, dist. X, sect.VI, n.16). Papa Félix III: “Aprobar el error es no rechazarlo y ahogar la verdad es no defenderla... Todo aquel que no se opone a una prevaricación manifiesta puede ser calificado como un cómplice secreto” (citado por el Papa León XIII en la carta a los obispos italianos el 8 de diciembre de 1892). Santo Tomás de Aquino: “Ningún precepto tiene fuerza de ley a no ser por su ordenación al bien común” – “Toda ley se ordena para la salvación común de los hombres y solamente ahí radica su fuerza y razón de ley, y en la medida en que eso falta, carece de fuerza y no puede obligar” (I-IIae. q.90 y 96, a. 6). Dom Guéranger: “Cuando el pastor se transforma en lobo, el rebaño debe en primer lugar defenderse. Normalmente, no hay duda alguna, la doctrina desciende de los obispos al pueblo fiel; y los súbditos, en el orden de la Fe, no tienen competencia para juzgar a sus superiores. Mas en el tesoro de la Revelación hay puntos esenciales respecto a los cuales todos los cristianos, en virtud de su propio título de cristianos, tienen el conocimiento necesario y la obligada custodia. El principio
no cambia en nada, se trate de creencia o de conducta, de moral o
de dogma. Las traiciones como las de Nestorio son raras en la Iglesia:
pero puede suceder que haya pastores que permanezcan silenciosos,
por un motivo u otro, en circunstancias en que la propia Religión
se viese comprometida. Los verdaderos fieles son los hombres que encuentran
en su propio bautismo, en tales circunstancias, la inspiración
para saber cómo comportarse; no así los pusilánimes
que bajo el pretexto aparente de sumisión a los poderes establecidos,
esperan para hacer huir al enemigo o para oponerse a sus ataques,
un programa que no es necesario ni siquiera se les debe dar”
(El año litúrgico, fiesta de San Cirilo de Jerusalén,). “En la propia Iglesia Católica es necesario vigilar cuidadosamente para atenerse a lo que fue creído en todas partes, siempre y por todos (quod ubique, quod semper, quod ab omnibus). Porque esto es verdaderamente católico...” (Commonitorium) San Sixto, Papa: carta que envió al obispo de Alejandría sobre el hereje Nestorio: “Dado que, conforme a la palabra del Apóstol, la Fe es una –la Fe que ha prevalecido victoriosamente- creemos aquello que debemos decir y decimos aquello a lo que debemos adherirnos. Ninguna concesión sea hecha a la novedad, porque nada debe ser añadido a la Antigüedad. Que la Fe, la creencia límpida de los antepasados no sea alterada por ninguna mezcla abyecta” (citado por San Vicente de Lérins, Commonitorium, XXXII). 3 San Pablo enfrentándose al primer Papa, San Pedro, y públicamente. San Atanasio, que resistió al Papa Liberio, no yendo a Roma y siendo excomulgado injustamente por él (Denz-Sch. 138, 141 y 142). San Eusebio, San Atanasio y San Teodoro Estudita: “Debido a imperiosas necesidades, no en cualquier caso, en los momentos críticos cuando campea la herejía, debe hacerse exactamente conforme a lo establecido en tiempos de paz. Según esto es lo que precisamente el bienaventurado Atanasio y el muy santo Eusebio hicieron de forma manifiesta: ambos impusieron las manos fuera de los límites (de su jurisdicción). También ahora se advierte que ocurre lo mismo con la herejía presente” (San Teodoro Estudita – Año 758-826) (Patrologiae grecae – Migne – T. XCIX). San Gregorio Nacianceno (+ 389), echó en cara a las autoridades eclesiásticas su actitud frente al arrianismo: “Los pastores se han comportado como insensatos...” San Godofredo de Amiens, San Hugo de Grenoble, Guido de Viena y otros obispos reunidos en el Sínodo de Viena (1112) resistieron al Papa Pascual II, en el asunto de las investiduras: “Si escogiereis, cosa que no creemos en absoluto, otro camino y os negarais a confirmar las decisiones de nuestra paternidad, Dios no lo quiera, nos estaríais así apartando de vuestra obediencia” (citado por Bouix, “Tract. de Papa” t. II, pg. 650). La Iglesia, en la Letanía de los Santos pide a Dios: “¡Que te dignes mantener en tu santa Religión al sumo Pontífice y a todas las órdenes de la jerarquía eclesiástica, te rogamos, óyenos!”. Luego es posible que el Papa pueda apartarse de la Santa Religión. ¿En qué y por qué resistimos? Somos católicos, apostólicos, romanos y lo seremos, con la gracia de Dios, hasta la muerte, ya que ningún poder o autoridad nos apartará de la Santa Iglesia. El motivo de nuestra resistencia no radica en el apego al pasado por el simple hecho de ser pasado, ni en el apego a las formas tradicionales o medievales por el simple hecho de ser antiguas; como, por ejemplo, el gregoriano, el latín, la liturgia tridentina, el arte sagrado antiguo (gótico, barroco). Todo eso es muy bello y debe ser conservado. Por el contrario el motivo de nuestra resistencia son solamente aquellos abusos y escándalos más graves de ciertas personalidades eclesiásticas. No, nuestra resistencia es por motivos doctrinales, por motivos de Fe: doctrinas enseñadas y practicadas hoy por las mismas autoridades eclesiásticas que son incompatibles con las que la Iglesia definió en el pasado. Así por ejemplo: La libertad religiosa, proclamada en el Concilio Vaticano II que favorece el pluralismo religioso y lleva a una igualdad de derechos entre la verdad y el error, dando la primacía a un supuesto derecho subjetivo del hombre, independientemente de los derechos absolutos de la verdad, del bien y de Dios, llevando en consecuencia a la laicización del Estado, convirtiéndolo en agnóstico respecto a la verdadera Iglesia. El Ecumenismo, espíritu característico y predominante de la llamada “Iglesia Conciliar” que trae consigo la desaparición de nuestra identidad católica, intentando colocar la verdad al lado del error en igualdad de condiciones, aceptando como algo natural y normal que la salvación es posible en cualquier religión, destruyendo el espíritu de apostolado y acabando de esta forma en el indiferentismo religioso e incluso en el pancristianismo, “uno de los errores más graves, capaz de destruir en sus cimientos los fundamentos de la Fe católica” (Encíclica Mortalium animos del Papa Pío XI).” La Nueva Misa, fruto del ecumenismo, ya que ella “constituye tanto en su conjunto como en detalle, un impresionante alejamiento de la Teología católica de la Santa Misa, tal como fue definida en la sesión XXII del Concilio de Trento” (Carta de los Cardenales Ottaviani y Bacci a Pablo VI, 5 de octubre de 1969). De hecho el Novus Ordo obscurece las expresiones que exaltan los dogmas eucarísticos, en una aproximación a la Cena protestante, sin una declaración y profesión nítidas de Fe católica. La Colegialidad, doctrina del Concilio Vaticano II (“Lumen Gentium”) tomada a su vez de forma explícita por el Código de Derecho Canónico (canon 336), según la cual el Colegio Episcopal, en unión con el Papa, goza asimismo del poder supremo en la Iglesia, y esto de forma habitual y constante. Esta doctrina del doble poder supremo es contraria a la enseñanza y a la práctica del Magisterio de la Iglesia, especialmente en el Concilio Vaticano I (Denz-Sch. 3055) y a la Encíclica de León XIII, “Satis Cognitum”. Solamente el
Papa tiene este poder supremo que puede transmitir, en la medida que
lo juzgue oportuno y en circunstancias extraordinarias, como por ejemplo
en los Concilios. Cuando las autoridades eclesiásticas vuelvan a enseñar y hacer lo que la iglesia siempre enseñó e hizo, nuestros seminarios, nuestras casas religiosas, nuestras iglesias, capillas y colegios, todo quedará a la entera disposición de esas autoridades. Mientras esto no ocurra, el mejor servicio que podemos prestar a la Iglesia, al Papa y a los Obispos, es resistir y continuar nuestro ministerio en favor de la salvación de las almas, que es la suprema ley de la Iglesia, continuar con el ministerio sacerdotal conforme a la Iglesia de siempre. Nota
aclaratoria Monseñor Marcel Lefebvre fue misionero, arzobispo de Dakar, Delegado Apostólico de la Santa Sede para todo el Africa francófona, Superior General de los Padres del Espíritu Santo y fundador de la Hermandad Sacerdotal San Pío X, cuyo fin es conservar el verdadero sacerdocio católico y la Santa Misa de siempre. Monseñor
de Castro Mayer fue durante 33 años Obispo diocesano de Campos,
en Brasil, habiendo conservado siempre, oficialmente, la Tradición
católica, en cuanto a doctrina y liturgia, en su diócesis. “Nos
adherimos de todo corazón, con toda nuestra alma a la Roma
Católica, guardiana de la Fe y de las tradiciones necesarias
para el mantenimiento de esta Fe, la Roma eterna, Maestra de sabiduría
y de verdad. “El problema
que se plantea es éste: ¿cómo puede ser que existiendo
las promesas de Nuestro Señor Jesucristo de asistir a su Vicario,
pueda al mismo tiempo ese Vicario, por sí mismo o mediante
otros, corromper la Fe de los fieles?” “El tema
de la visibilidad de la Iglesia es demasiado importante en cuanto
a su existencia, para que Dios pueda prescindir de ella durante décadas”. Su posición coincide con la de Monseñor Lefebvre en lo que toca al reconocimiento de las autoridades y al mismo tiempo la resistencia a sus errores. Lo que no le impidió participar en las consagraciones episcopales y ordenar sacerdotes, debido a la necesidad de salvación de las almas. Citamos a Monseñor de Castro Mayer: “Vicario de Cristo. Es como identificamos al Papa. Así lo definen los Concilios, como el de Florencia o el Vaticano I. Como Vicario de Jesucristo, el Papa es el Jefe de la Iglesia. Jesucristo edificó su Iglesia sobre la roca de Pedro, y el Papa es el Sucesor de San Pedro en su cargo de Jefe. De ahí la frase: “ubi Petrus ibi Ecclesia”, para decir que donde está el Papa allí está la Iglesia. Por esto el Concilio Vaticano I hace notar que se debe obediencia al Papa no sólo en cuestiones de Fe y costumbres sino también en las relativas a la disciplina y al gobierno de la Iglesia, y declara que en la comunión con el Papa conservamos la unión con la Iglesia. En efecto, el Papa es esencialmente el Vicario de Jesucristo. En otras palabras, él asume a la Persona de Jesucristo. Hace sus veces. Se le debe el acatamiento y la obediencia que se otorgan a Jesucristo, a Quien él representa. Sin embargo su poder, su jurisdicción , son vicarios. En cuanto a él es de Jesucristo, luego, como escribía el Papa Inocencio III al Patriarca de Constantinopla, el 12 de noviembre de 1199, “el primer y principal fundamento de la Iglesia de Jesucristo”. El Divino Salvador, entretanto, confió su poder a Pedro: “Como mi Padre me envió, así Yo os envío”, dice El a sus Apóstoles, especialmente al Jefe de ellos, San Pedro. Esta donación fue de modo permanente, y para siempre, para que el Papa la ejerza en su lugar, haciéndole las veces, “vices eius gerens”. Este aspecto
es esencial al Papado. No puede ser olvidado. Su olvido puede traer
nefastas consecuencias. Puede hacer que la persona piense que el Papa
es dueño de la Iglesia, que puede hacer lo que quiera, mandar
y contraordenar lo que mejor le parezca, estando los fieles siempre
obligados a obedecer simplemente. Meditando un poco, se advierte que
esta concepción atribuye al Papa la omnisciencia y omnipotencia
que son atributos exclusivos de Dios. No es otra cosa lo que hace
la idolatría cuando otorga a las criaturas lo que es propio
de la divinidad. No está fuera de lugar pensar que precisamente, para establecer bien el poder vicario del Papa, la Providencia ha permitido que hayan ocupado el trono de San Pedro individuos en cuya doctrina y/o comportamiento se encontrasen aspectos gravemente perjudiciales para la Fe y/o para la moral. No enseñaban con su autoridad suprema y definiendo en materia de Fe, o bien daban mal ejemplo con su comportamiento. Así se explica el juicio emitido respecto a Honorio I tanto por el Concilio III de Constantinopla como por San León II, es decir que él (Honorio I) “permitió, cual gran traidor, que se mancillase la inmaculada Fe de esta Iglesia Apostólica”. De igual modo se dieron otros hechos dolorosos en la Historia de la Iglesia. Hacer frente a tales enseñanzas y malos ejemplos no es negarse a obedecer al Papa o rechazar su persona. Quien así
actúa se adhiere en verdad al Vicario de Cristo. Y solamente
como Vicario de Cristo el Papa está dotado del poder de jurisdicción
en toda la Iglesia. Por esta razón los sacerdotes de Campos
al no aceptar la Nueva Misa no rechazan a Juan Pablo II ni se apartan
de la comunión con la Iglesia, pues la Nueva Misa es perjudicial
para la Fe, entre otras cosas por su ambigüedad, sin marcar suficientemente
la diferencia respecto a la herejía protestante.” (cfHeri
et Hodie, nº 3, mayo 1983). |
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