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No se puede negar que la Iglesia Católica sufre actualmente una grave crisis, como ya sufrió otras en diversas épocas a lo largo de su Historia, dos veces milenaria. El Papa Pío XII profetizó que los próximos años no tendrían precedentes en la Historia de la Iglesia. El Papa Juan XXIII compuso la siguiente oración para que el Concilio Vaticano II llegase a buen término: “Haz que se obtengan frutos abundantes de este Concilio; que siempre y por todas partes se difunda más y más en la sociedad humana la luz y la fuerza del Evangelio, tomando nuevo vigor la religión católica y su acción misionera, y que las almas lleguen a un conocimiento más profundo de la doctrina de la Iglesia junto a un afianzamiento saludable de las costumbres cristianas”. Mientras tanto el Cardenal Joseph Ratzinger, con toda su autoridad, Prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe, declaró que “considerando a la Iglesia en su conjunto, la oración del Papa Juan XIII para que el Concilio supusiese un nuevo paso al frente, una vida y una unidad renovadas, esta oración no ha sido escuchada” (Informe sobre la Fe, pág. 45). El Papa Pablo VI, experimentando él mismo la crisis, hablaba del “humo de Satanás” que había penetrado en el templo de Dios (Alocución del 29 de junio de 1972) y de la “autodemolición” de la Iglesia (Alocución en el Seminario Lombardo el 7 de diciembre de 1968). Autodemolición de la Iglesia quiere decir que la Iglesia es destruida por ella misma, por sus autoridades. El mismo Pablo VI disuade a aquellos que consideran al Concilio Vaticano II como una primavera para la Iglesia: “Creíamos que el Concilio traería días soleados para la Historia de la Iglesia. Por el contrario son días repletos de nubes, tormentosos, con niebla, días de ansiedad e incertidumbre” (Alocución del 29 de junio de 1972). Y el Papa Juan Pablo II confiesa también: “Hoy en día los cristianos se sienten, en gran parte, dispersos, confusos, perplejos, y hasta incluso desilusionados; han sido difundidas las ideas más contrarias a la verdad revelada y siempre enseñada; se han propagado verdaderas herejías en los terrenos del dogma y de la moral... tampoco la liturgia ha sido respetada” (Discurso en el Congreso de las Misiones, 6 de febrero de 1981). Por lo tanto solamente los ciegos voluntarios afirman que no hay crisis. Sin juzgar las intenciones comprobamos, con gran dolor, que las actuales autoridades eclesiásticas son responsables de la crisis en la Iglesia, ya que apoyan doctrinas que contradicen el “depósito de la Fe heredada de los Apóstoles”. Doctrinas como el ecumenismo, la libertad religiosa y la colegialidad. Sobre todo el ecumenismo, que parte del principio de que las otras religiones también son medios de salvación, es un desastre para la Iglesia. Además provoca el indiferentismo religioso más generalizado. Hace que las personas piensen así: “tanto da ser católico como miembro de cualquier otra agrupación religiosa”. El encuentro de las religiones en Asís, octubre de 1986, expresión máxima del ecumenismo actual, fue programado y dirigido por el Papa Juan Pablo II. Y el encuentro de Asís fue un escándalo sin precedentes. Hasta el Cardenal Silvio Oddi quedó escandalizado con lo que presenció. En una entrevista a la revista “30 Días” (noviembre de 1990), afirma el Cardenal: “Aquel día yo estaba en Asís -como Legado Pontificio- en la Basílica de San Francisco, y vi verdaderas profanaciones en algunos lugares de oración. Vi a budistas danzando en torno al altar, sobre el que colocaron a Buda a la plaza de Cristo y lo incensaban y reverenciaban. Un benedictino protestó y fue retirado del lugar por la policía. Yo no protesté pero el escándalo lo tenía en mi corazón. La confusión era evidente en los rostros de los católicos que asistían a la ceremonia. Pensé: si ahora los budistas distribuyesen pan consagrado a Buda, esa gente sería capaz de aceptarlo y comer, incluso con mayor devoción que cuando recibe la Sagrada Forma”. Y el Papa quiere que se mantenga siempre vivo en la Iglesia el “espíritu de Asís” (Alocución a los Cardenales y a los Prelados de la Curia Romana el 22 de diciembre de 1986 –conf. L´Osservatore Romano del 4 de enero de 1987); dice el Papa: “La Iglesia Católica está irrevocablemente comprometida en la obra ecuménica” (Discurso en el encuentro ecuménico con varios protestantes, en Nairobi, el 18 de agosto de 1985. Cf. L´Osservatore Romano 8 de septiembre de 1985). Y ese es el mismo espíritu ecuménico con que el Papa está organizando el Jubileo del año 2000. De las diez comisiones preparatorias, cinco tienen por objeto el ecumenismo. El Cardenal Etchegaray, Presidente de la Comisión Central del Jubileo, llegó a invocar: “El Espíritu de Asís descienda sobre nosotros!” (artículo publicado en la revista “Tertium Millenium”, septiembre-octubre de 1996, titulado: “El Espíritu de Asís). Sin hablar de las visitas del Papa a las Sinagogas judías y a los templos de otras religiones, como en aquel templo protestante en el que rezó una oración compuesta por Lutero (L´Osservatore Romano, 18 de febrero de 1983, pág. 7). Sin hablar de las declaraciones del Papa en que considera a las otras religiones como religiones hermanas; igualmente elogia la fe de los musulmanes en el mismo dios de los cristianos (L´Osservatore Romano 15 de septiembre de 1985, pág. 9); elogia la religiosidad de Lutero (Documentation catholique 21 de diciembre de 1980, nº 1798); se compromete a no fomentar la conversión de los herejes y cismáticos, según aparece en la declaración conjunta con el Patriarca ortodoxo, cismático y hereje, Dimitrios I: “rechazamos cualquier forma de proselitismo” (L´Osservatore Romano 20 de diciembre de 1987, pág. 6); exactamente lo mismo declararon los representantes del Papa en la Declaración de Balamand, compromiso firmado con los ortodoxos: “no se trata de convertir a las personas de una Iglesia a otra para asegurarles la salvación” (Documentation catholique nº 2077, págs. 711-714, 23 de junio de 1993). Y a causa de este compromiso con los ortodoxos la Santa Sede obligó que volvieran al cisma a dos obispos ortodoxos convertidos, con sus sacerdotes y fieles, que habían sido recibidos en la Iglesia Católica por Dom Vladimir Sterniouk, obispo católico de Rusia. Este desastroso ecumenismo no está restringido a los círculos vaticanos, sino que por el contrario está respaldado en todas las diócesis y parroquias. En el XI Encuentro de sacerdotes y obispos negros, los cien eclesiásticos que participaban en él concelebraron la Misa revestidos con ornamentos africanos. El punto culminante de este encuentro fue la visita a dos de los más famosos centros de rituales paganos de la ciudad, en donde los sacerdotes y obispos fueron bendecidos por los hechiceros. El arzobispo, Dom Geraldo Magela Agnello, participó en la apertura del Encuentro, cuando Madre Estela, sacerdotisa del centro Ylê Axé Opô Afonjá, fue homenajeada por sus 60 años de iniciación en el rito pagano del citado centro. La archidiócesis publicó una nota justificando el Encuentro en razón a las directrices dadas por el Concilio Vaticano II, en cuanto al diálogo interreligioso (cf, “Jornal do Brasil”, 1 de agosto de 1999, pág. 7). ¿Qué hacer ante esta situación? ¿Qué actitud es la que espera Dios de nosotros cuando la crisis alcanza incluso a las autoridades de la Iglesia? ¿Qué hubiéramos hecho, si hubiésemos vivido en tiempos de Moisés, cuando el Sumo Sacerdote Aarón, escogido por Dios, llevó al pueblo a la idolatría? Finalmente, ¿cuál debe ser nuestra actitud actual? ¿Y cuál la actitud de los sacerdotes de Campos, llamados tradicionalistas, que forman la Unión Sacerdotal de San Juan Bautista María Vianney? |
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