EL TESTIMONIO DE LOS MÁRTIRES
Según la etimología del vocablo, mártir equivale á testigo.
Y en realidad, llamamos mártires, no precisamente á aquellos
que mueren por una idea ó por una opinión, sino á los
que, llenos de valor, dieron testimonio, con el derramamiento de
su sangre, de la verdad de los hechos evangélicos. Entre
los mártires, unos, como los apóstoles y los primeros
discípulos, conocieron al Autor de nuestra santa religión;
asistieron á su vida, á su muerte, á su resurrección
y, para servirnos de una frase de S. Juan, tocaron al Verbo
de la vida . Otros, y son ya más numerosos, conocieron
los hechos evangélicos por la tradición, viva y segura,
más ó menos aproximada al tiempo en que se verificaron.
Muchos de ellos oyeron aún de los labios de los apóstoles
y discípulos inmediatos de Cristo lo que ellos presenciaron,
y admiraron los prodigios obrados por los primeros cristianos en
nombre del Salvador resucitado. De estas pláticas y de las
indagaciones hechas por ellos mismos sobre acontecimientos de importancia
tan capital, sacaron una convicción tan fuerte, que por
ella no dudaron en sacrificar sus vidas. ¿Puede darse mayor
testimonio de certeza que dar la propia sangré en prueba
de lo que se cree y de lo que se atestigua? Por lo demás,
Jesucristo nunca intentó ocultar á sus discípulos
lo que les esperaba. «Vosotros seréis mis testigos,
les dijo en cierta ocasión, en Jerusalén y en toda
la Judea, y en la Samaria y hasta en las extremidades de la
tierra.» (Hechos de los Ap., I, S). «Os llevarán á los
tribunales, les dijo también; seréis azotados
con varas en las sinagogas, y os harán comparecer ante
los jueces y los reyes por causa mía, para que sirváis
de testigos delante de ellos. El hermano entregará á la
muerte á su hermano, y el padre á su hijo; y los
hijos se levantarán contra sus padres y los harán
morir, y vosotros seréis aborrecibles á todos por
causa de mí; pero el que perseverare hasta el fin, será salvo.» (S.
Mare. XIII, 12.-Vid. también Los Hechos de los Ap., I, 22.)
Desde el día en que los acontecimientos hicieron conocer á los
cristianos lo que significaban estas palabras, se concedió el
título de mártir, en el sentido de testigo, á todos
aquellos que, por la efusión de su sangre, dieron testimonio
de la realidad de los hechos evangélicos ó de la
perpetuidad de la tradición cristiana.
Para comprender toda la fuerza del argumento que vamos á exponer,
importa considerar:
1.° El número notabilísimo
de mártires. -Desde
Nerón hasta Constantino, es decir, durante dos siglos y
medio, el Cristianismo fue objeto de las más crueles
persecuciones. Un número inmenso de hombres derramaron
generosamente su sangre, ya en las persecuciones que la historia
señala como más importantes, ya en las otras
que jamás dejaron de suscitarse en un punto ó en
otro del imperio. Diocleciano puso tanto empeño en perseguir á los
cristianos, que al fin se gloriaba de haberlos extinguido. Alguna
vez, se extendió la persecución fuera de los límites
del imperio romano. En Persia estalló, bajo el reinado
de Sapor (de 339 á 379), una persecución que produjo,
según el testimonio del historiador. Sozomena, un número
inmenso de mártires. Sócrates (Hist. Eccles.,
VII, 18), dice de la persecución persiana bajo el reinado
de Bahram (420-438), que los cristianos fueron sometidos á tales
suplicios, «que sólo los podían inventar la
insolencia de fin tirano y la crueldad persa».
2.° La diversidad de condiciones. - Señores,
y es clavos, ricos y pobres, hombres y mujeres, niños
y viejos, nobles, soldados, filósofos, todos rivalizaron
en generoso ardor por confesar la fe de Jesucristo.
3.° La barbarie de los suplicios. -Eran éstos
tan variados, que su descripción ha servido para llenar
obras enteras; y tan horribles, que no puede uno menos de
estremecerse al solo escuchar su relato: exquisitissimis
poenis, dice Tácito. (Anales, XV, 44.) Las persecuciones
de Persia fueron las más crueles. Entre los diferentes
suplicios, los unos estaban previstos y prescritos por las leyes,
los otros, que solían ser los más atroces, eran inventados
por una barbarie incapaz de ser formulada en ley alguna.
4.° La manera como los mártires
sufrían
estos tormentos. -Mostraban en medio de los mayores
sufrimientos la más extraordinaria paciencia y la
más admirable mansedumbre. Nada había en ellos
que pudiera parecer fanatismo ó frenesí; nada tampoco
que pareciera revelar espíritu de venganza: hasta en las
calderas hirviendo y en medio de las hogueras, elevaban al cielo
su oración por los verdugos (1).
5.º Los brillantes milagros que frecuentemente se
produjeron con ocasión del suplicio de estos hombres condenados á muerte
por odio á Cristo, y cuya divinidad proclamaban.
6.º Las felices consecuencias del martirio
de los cristianos. -El número
de conversiones provocadas por estas muertes triunfantes debió ser
muy grande, cuando Tertuliano pudo escribir sobre ello: «cuanto
más nos segáis, más nos multiplicamos; la
sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos.» A
la vista de la paz imperturbable y de la alegre serenidad que
irradiaba la frente de los mártires hasta en medio
de los más atroces suplicios, se vio más de una vez á los
verdugos y á los tiranos abrazar la fe de sus víctimas
(2).
CONCLUSIÓN. -De este testimonio de los mártires
resulta una doble prueba en favor de la divinidad de la
religión por quien daban la vida.
1.° Una prueba de autoridad divina.-Es imposible
que tantos mártires diferentes en edad, en sexo, en posición
social y diseminados por toda la tierra, hubieran podido sufrir
con paciencia inalterable, la muerte, no sólo la rápida
y sin crueldad, sino las más lentas y refinadas torturas, si
Dios izo los hubiera esforzado y sostenido y, por lo
tanto, si su fe no fuese divina. Semejante fuerza moral hizo
existe en la naturaleza del hombre. No olvidemos que los sufrimientos
eran voluntarios, puesto que para evitarlos les bastaba
apostatar. La constancia de los mártires es, pues,
un milagro de orden moral. (3)
2.° Una prueba de autoridad humana. -En
todos los
tribunales del mundo se admite la prueba testimonial cuando
se trata de inquirir hechos; ¿domo, si no, podrían éstos
probarse si se prescindiera de los testigos? Pues bien, los mártires
murieron , no precisamente por defender opiniones especulativas,
sino por atestiguar la verdad de la revelación cristiana
y de todos los hechos sensibles que la apoyan, esto es, los
milagros obrados por Jesucristo, su vida y muerte sobrehumanas,
su resurrección, su ascensión, el descendimiento
del Espíritu Santo, y los milagros de los apóstoles
y demás compañeros de Jesús.-A la verdad,
esta prueba de autoridad humana no es de estricto valor sino en
cuanto concierne á los apóstoles y primeros discípulos
que fueron por sí mismos testigos de los hechos, y
dieron su vida por atestiguarlos. Si bien los suplicios y muerte
de sus sucesores no tienen ya la misma fuerza apologética,
pues no fueron testigos propiamente dichos, su heroísmo
indomable no carece, sin embargo, de mérito. Sin duda puede
darse el caso de que alguien muera por una opinión falsa
creída por verdadera; lo que no se concibe, ni se dará jamás,
es que haya quien se arroje á las llamas, por ejemplo, para
atestiguar un hecho dudoso ó ciertamente falso.
Por lo tanto, los mártires del Cristianismo debían
estar bien seguros de la divinidad de su religión,
y muy penetrados de los hechos que le servían de base, cuando
no titubearon en sacrificar hasta su misma existencia, con
tal de obtener los bienes que esta religión les prometía.
Cuando vemos á los apóstoles y primeros discípulos
de Cristo morir en testimonio de lo que ellos mismos habían
presenciado; cuando vemos una multitud de cri s tianos de los primeros
siglos verter su sangre por la fe que libremente habían
abrazado, nos sentimos autorizados á repetir la frase
de Pascal: « Muy de buen grado creo en las historias
cuyos testigos se dejan degollar». (4)
OBJECIONES.-Con el fin de atenuar la fuerza del
argumento sacado del testimonio de los mártires, alguien ha pretendido:
1.°, que el número de mártires ha sido exagerado;
2. ° , que los cristianos han sido perseguidos por delitos
de derecho común, ya que el. motivo de las persecuciones
fué político más bien que religioso; 3.°,
que las víctimas han sufrido más por fanatismo que
por convicción.
RESPUESTA Á LA OBJECIÓN SACADA DEL.
NÚMERO
DE MÁRTIRES. -1. Uno de los primeros que formuló esta
objeción fué el protestante Dodwell (1681). Bayle
y Gibbon se contentaron con reproducirla, sin hacer caso de las
sabias refutaciones de Machnight, Burnet y sobre todo del P. Ruinart,
y sin tener en cuenta la retractación que sobre
este punto hizo el mismo Dodwell. En efecto, este escritor reconoció que
el número de los mártires era bastante considerable para
constituir una magnífica prueba de la divinidad
del Cristianismo. Lo mismo sucedió á M. Aubé,
autor de la historia de las persecuciones de la Iglesia hasta fines
de la dinastía de los Antoninos (1875). «Al leer sus
primeros escritos, dice Renán, (Journal des Sapants, 1884,
p. 697), se siente uno tentado á creer que las persecuciones
fueron en realidad muy poca cosa, que el número de
los mártires fué escaso, y que todo el edificio de
la historia eclesiástica no es, sobre este punto, más
que una construcción artificial. Pero poco á poco
la luz fué ilustrando este espíritu sincero».
(5)
La verdad es que hay autores cristianos y aun paganos de los tres
primeros siglos, los cuales están acordes en atestiguar
que el número de mártires fué inmenso. Si
alguno que otro guarda silencio sobre este punto, este tal no puede
prevalecer, en buena crítica, contra las más auténticas
aseveraciones. Indicaremos algunos de estos testimonios.
a. La tradición cristiana
ha considerado siempre como muy grande el número de los
mártires.
La afirmación de los escritores eclesiásticos de
los cuatro primeros siglos, especialmente de Tertuliano, de
S. Justino, de S. Ireneo, de Lactancio y de Eusebio, es uniforme:
sus historias, sus homilías, sus apologías,
sus diversos tratados, como las Actas mismas de los mártires,
suponen siempre que las persecuciones hicieron mártires
sin cuento durante los 249 años que duraron. -b. Bajo
el reinado de Marco-Aurelio, dice el historiador Eusebio (siglo
IV), la animosidad y el furor de los pueblos hicieron un número
casi infinito de mártires. De los diez libros de que
se compone la Historia de Eusebio, no hay uno solo en
que no hable de las persecuciones suscitadas por los diversos emperadores.
En una obra atribuida á Lactancio (De inorte persecutorum), y
que es ciertamente de un contemporáneo de Diocleciano,
se habla de seis emperadores cuya muerte desastrosa parece
ser efecto de la venganza divina. «Toda la tierra fué cruelmente
atormentada, dice este autor, y, si exceptuamos las Galias, el
Oriente y el Occidente fueron desolados y devorados por tres
monstruos.» -c. Tácito, por su parte,
afirma (Anales, XV, 44), que bajo el imperio de Nerón,
pereció una multitud inmensa de cristianos (multitudo
ingens). En su oración fúnebre de Juliano el
Apóstata, el retórico Libanio afirma que, al advenimiento
de este emperador, se preparaban los cristianos para ver de
nuevo correr «ríos de sangre, flumina sanguinis». -d. Bajo
el imperio de Diocleciano y Maximiano fué tan horrorosa
la persecución, que estos emperadores llegaron á gloriarse de
haber exterminado el Cristanismo. Pues bien, al advenimiento
de estos perseguidores el Cristianismo florecía en todo
el imperio. -e. Es cierto que desde el año
64 al 313 tuvo la Iglesia sus períodos de tregua: Dios no
quiso, dice Orígenes, que fuese enteramente destruida la
raza de los cristianos; sin embargo, desde Trajano á Septimio
Severo la persecución fué continua, en el sentido
que siempre se mantuvo en una ú otra parte del imperio.
Después de Septimio-Severo los edictos fueron muchas
veces revocados, pero por mala voluntad de los gobernadores ó por
otra causa, lo cierto es que la sangre cristiana no cesó de
correr jamás (6).
RESPUESTA Á LA 2.ª OBJECIÓN. a. Si
algún fundamento tuviera tal acusación ¿cómo
es que los incrédulos (7) no
invocan en favor de su afirmación ningún argumento
serio? Evidentemente los autores paganos, los edictos de los
perseguidores y las respuestas de los apologistas no podrían
dejar de ofrecernos abundante copia de textos, claros todos
ellos y muy decisivos.
b. En las apologías dírigidas á los
emperadores, á los magistrados y á todo
el pueblo, S. Justino, Atenágoras, Minucio-Félix,
Clemente de Alejandría, Tertuliano, Orígenes y
S. Cipriano, afirman muy alto que no se pueden imputar á los
cristianos ni crímenes, ni sediciones, ni violaciones
de las leyes civiles ó del orden público (8); desafían á que
les prueben lo contrario; echan en cara á los paganos
el que persigan á los inocentes, el que condenen
la muerte á pacíficos ciudadanos, dóciles
en un todo á las leyes, enemigos de tumultos y sediciones
y á quienes se acusa únicamente de no querer ofrecer
incienso á las falsas divinidades. Pues bien, estas afirmaciones
no han sido nunca desmentidas, y dicho reto jamás
ha sido aceptado. Sin duda que los jefes supremos del imperio,
que eran á la vez Césares y Pontífices
máximos, pudieron temer que un cambio de religión
disminuyera su prestigio; mas la historia prueba que este temor
no tuvo otro fundamento que la introducción de una religión
nueva y no los pretendidos crímenes de los
cristianos. «El emperador Decio, dice S. Cipriano, hubiera
temido menos ver que se levantaba un competidor de su imperio,
que no el que se estableciera en Roma un rival de su sacerdocio.» Si
los cristianos fueron tratados como enemigos del Estado,
fue exclusivamente como cristianos, es decir, por motivo
de religión y no por delito de derecho común.
c. Las declaraciones de los escritores
paganos son suficientemente significativas. Tácito
no reprocha á los
cristianos más que una perniciosa superstición: exitiabilis
superslilio; Suetonio refiere que lo que en ellos castigaba
Nerón era una secta de perversa y funesta superstición, superstitionis
pravae et maleficae Esta es la causa porque castigaban los
gentiles la impiedad de los cristianos para con los dioses, porque
miraban esta indiferencia como causa de los reveses del imperio
y de las públicas calamidades. Celso, Juliano y Libanio
no formulan otros agravios; Plinio habla igualmente de una superstición
perversa y excesiva pravam et inmodicam, son las
palabras textuales de su famosa epístola á Trajano.
El mismó declara que ignora los crímenes que ha
de castigar en los cristianos: hace acerca de ellos lisonjeras
confesiones, y estos elogios de su irreprochable conducta
se ven confirmados por la respuesta 'del emperador. Dejemos á un
lado ciertas vagas acusaciones referidas por algunos autores
gentiles; si algún crimen concreto se les ha echado
en cara es el de infanticidio, y nadie ignora hoy día
que tal acusación se funda sobre el desconocimiento de
la sagrada Eucaristía; pero jamás, y á pesar
del reto lanzado por los apologistas, les ha sido posible presentar
un solo hecho en confirmación de su aserto.
d. Los mismos emperadores que perseguían á los
cristianos veíanse obligados á reconocer su inocencia,
puesto que, para justificar el rigor de sus edictos, no alegaban
otro motivo que el de la religión. Diocleciano y Maximiano,
en particular, no acusan á los cristianos más que
de haber renunciado al culto de sus dioses. Conocida de todos es
la respuesta que á Plinio dió el emperador Trajano
en la cual decía que se castigara solámente á aquellos
cristianos que fueren denunciados. Sobre los demás
prohibe que se hagan investigaciones, y manda declarar su
inocencia.
e. Por lo demás existe
un medio bien sencillo para averiguar la verdad sobre este punto.
Recórranse
las actas auténticas de los mártires y se
verá que lo mismo en las interrogaciones que en las sentencias
que se dieron no se encuentra rastro alguno de crímenes
cometidos; se les condena á muerte porque no adoran á los
falsos dioses y porque son cristianos. La prueba más
convincente de ello es que, en todas las persecuciones, bastaba para
ser absueltos y aun colmados de honores y recompensas, el echar
un poco de incienso ante los simulacros de los ídolos. «Los
cristianos, dice Orígenes, son los únicos acusados á quienes
los magistrados dejan marchar tranquilos, con tal de que quieran
abjurar de su religión, ofrecer sacrificios y hacer los
juramentos acostumbrados». (9)
RESPUESTA Á LA 3.ª OBJECIÓN.-Ya
queda refutada
esta objeción por las advertencias precedentes. Lo que con
dolor hemos de hacer constar es que la moderna incredulidad se
muestra mucho más cruel respecto á los héroes
del cristianismo, que no lo fueron sus antiguos perseguidores
(10). De lo contrario, ¿cómo se atrevieran á tachar
de demencia á unos hombres cuya constante intrepidez fué la
admiración de los mismos paganos? Al hablar del catolicismo
emplean los incrédulos, con una persistencia incalificable,
la palabra fanatismo. Pero esto, como se ve, no debiera dispensarlos
de aducir alguna sombra al menos de razón. En realidad,
el simple buen sentido dice bastante claro que el fanatismo, es
decir, ese furor ciego inspirado por la pasión y restringido á ciertos
tiempos y lugares, nada tiene que ver con lo que estamos tratando.
Es por lo tanto incontestable que una infinidad
de hombres, de mujeres, viejos, niños, soldados, magistrados
y aun filósofos convertidos, han sufrido con perfecta resignación,
por espacio de cerca de tres siglos, en los países más
diversos y en medio del clamoreo de las muchedumbres, suplicios
atroces y muchas veces prolongados; y que en ningún rasgo
de su conducta se ve señal de orgullo, de ambición,
de odio, ni de venganza... ¿Quién podrá creer
jamás que tantos hombres lo hayan sacrificado todo, incluso
la misma vida, sin motivos sólidos é ignorando á punto
fijo el por qué de su inquebrantable firmeza? El resultado
que podían prometerse no era seguramente presente
y temporal, sino sólo una recompensa para más
allá del sepulcro. Ahora bien, la expectación
de tal recompensa, supone necesariamente una fe sobrenatural, fundada sobre
las pruebas más convincentes (11).
R.P. DEVIVER. Curso de Apologética
cristiana.
Notas:
(1) Cf. S. Justino,
Apología,
11, n.° 12; Tertuliano, Apología, c. 50; Lactancio, Instituciones,
V. c. 13.
(2) Cf. Dorn. Ruinart, Acta
sincera martyrum, Praep. n.° 68; Martyrum S. Polycarpi,
ed. Héfélé, n.° 15-16; Abate Perreyve, Du
témoignage des inartyrs, Correspondant, Enero, 1864;
Paul Allard, Histoire des persécutions pendant les
deux premiers siécles de l'Eglise; Dix lef.ons sur le
martyr. Le Christianisme et l'Empire Romain; Ed. Le Blant, Les
persécutions et les inartyrs aux premiers siécles
de notre ére; H. Leclercq, Les martyrs, 2 v. 1901;
Labourt, Le Christianisme dans l'Empire perse socas la dynastie
sassanide, París, Lecoffre, p. 43 y 1 l0.
(3) No
se olvide tampoco que los mártires tenían con frecuencia que arrostrar
no sólo la prueba, por cierto muy terrible, de los sufrimientos
corporales, sino también largas y crueles torturas
morales: ruina de sus fortunas, renuncia de las aspiraciones más
legítimas, ruptura de los lazos más queridos de la
amistad y del parentesco. V. Allard, op. cit., p. 189.
(4) V.
Allard, Dix leçons
sur te martyre , p. 369.
(5) «Los descubrimientos
y los escritos de M. de Rossi, dice M. Paul Allard, han pulverizado
el argumento principal de Dodwell, demostrando que muchos
de los mártires y aun los más ilustres faltaban en
los calendarios. Todos cuantos en Alemania ó en Inglaterra
han estudiado concienzudamente la historia de los primeros cristianos, ó la
de las persecuciones, como lightfoot, Mommsen, Harnack, Neunmann,
Hardy, Ramsay, no piensan en reducir el número de mártires.
Actualmente todos convienen en que éste es incalculable.» Les
persécutions et la critique moderne, 1904, p. 13 á 17
(6) A
propósito de la
3.ª persecución, M. Aubé alegó que había
sido muy abultada; añadiendo que todo se reduce á algunas
condenaciones pronunciadas por Plinio el Joven. «¿Qué s
abemos nosotros? le responde M. G. Boissier (Un dernier mot sur
les persécutions, Revue des Deux-Mondes, 15 de Febr. 1886).
La carta de Plinio es, á la verdad, el único documento
que hoy nos conserva el recuerdo de aquellos suplicios, mas este
documento supone otros muchos. Seria, en verdad, bien extraño
pre tender que de todos los gobernadores de provincia, sólo
hubiera tenido ocasión de perseguir á los cristianos
uno precisamente á cuyo carácter repugnaban las ejecuciones
sangrientas. La necesidad en que éste se vió debió pesar
sobre otros muchos, que sin duda la aceptarían con menos
vacilaciones y menos escrúpulos que el citado escritor.» Cf.
G. Boissier, Les premiéres persécuons de l'Eglíse,
Revue des Deux-Mondes, 15 de Abril 1876; P. Houze, S. J. Les origines
chrétfennes; los escritos de M. de Rossi; P. Allard, op.
cit
(7) Trajano y Marco Aurelio no
son perseguidores, se contenta con decir M. Salomón
Reinach (Manuel de Philologie classique, 1880, t. I, p. 356);
solamente aplicaron, en sus reinados, las leyes existentes. -«Se
conformó con aquellos predecesores suyos que habían
sido desfavorables á los cristianos, dice Al. Aubé,
(L'Eglise el L'Etat daos la seconde moitié du IIIº siécle,
1885):» En el mismo sentido explica dicho autor la persecución
de Decio: -una obra seria y, desde el punto de vista romano, patriótica.»
(8) G.
Boissier, op. cit Mgr. Freppel, S. Justino, p. 48.
(9) En
el opúsculo citado,
después de haber expuesto y examinado los diferentes
motivos que se aducen como causas de las persecuciones, el P. House
concluye que todos estos motivos son insuficientes para explicar
la persecución, y que la verdadera causa, decisiva y fundamental,
es la que expresa así Bossuet en su enérgico
lenguaje: «Todos los sentidos, todas las pasiones,
todos los intereses combatían por la idolatría.
Esta es la eterna historia de la lucha del mal contra
el bien. El hombre perverso quiere matar, destruir todo lo que
sujeta á sus pasiones. Caín mata á Abel; los fariseos
matan á Jesucristo; los malvados de todos los tiempos
quieren matar á la Iglesia que es el cuerpo de Jesucristo..
Cf. P. Allard, Les persécutions et la critique
izocierne, 1904, p. 35; Le fondement juridique des persécutions;
Dix leçons, p. 117.
(10) Cf.
Duruy, Histoire
romaine, t. VI, p. 226, 227; Aubé, Histoire des
persécutions, p. 184-185.
(11) CL
Franssinous, Questions sur tes martyrs; Abbé Perreyve, op. cil— p. 72; P.
Wilmers, Précis de la doctrine chrétienne, p.
68,6'; Allard, resumen, p. 307.