Veracidad de los Evangelios
Resta probar que los autores de los Evangelios: A) no se han podido
engañar sobre los acontecimientos que nos refieren; B) que
no han querido engañar; C) que, aun cuando hubieran querido
engañar, no lo hubieran logrado. De este conjunto de pruebas,
resultará la incontestable exactitud de sus relatos.
A) Los escritores de los
Evangelios no se han podido engañar, porque no cuentan
más
que lo que vieron ú oyeron de testigos oculares completamente
dignos de fe. Además, refieren hechos recientes,
sensibles, materiales, que se realizaron á la
luz del día y, con frecuencia, delante de considerables
muchedumbres; más aún, delante de enemigos
de Jesús, que estaban dispuestos, no tanto á darles
crédito, cuanto á atribuirlos á intervención
diabólica. Tratábase de hechos de imporlancia
cápital para las instituciones y para la religión
del pueblo judío, y, por consiguiente, de cosas sumamente
interesantes para todos ellos; por fin, los tales hechos eran
muchas veces extraordinarios y maravillosos; y, por
lo mismo, natural era que llamasen poderosamente la atención. ¿Quién
se atreverá á decir que los autores de los Evangelios
fueron todos ellos ciegos, ó sordos, ó alucinados?
En este caso, podría afirmarse lo mismo de otros contemporáneos,
entre los cuales se contarían muchos de los enemigos de
Jesús, puesto que todos ellos admitieron también
sin protesta los relatos evangélicos. Queda, pues, probado
que estos escritores no pudieron engañarse.
B) ¿Han querido engañar?- No: porque
eran hombres sencillos, irreprochables, llenos de franqueza
y lealtad. Basta leer, sin prejuicios, los Evangelios, para convencerse
de que á sus autores no puede tildárselos de impostura;
el tono honrado y cándido de sus narraciones es la mejor
garantía de su veracidad. Por otra parte, tampoco tenían
ningún interés en cometer acto tan odioso; y, sin
motivo alguno, ningún hombre es impostor. Lejos de poder
esperar provecho alguno de tal fraude, que hubiera sido no menos
perjudicial á los judíos que á los gentiles,
no veían por delante otra cosa que lo que, en efecto, consiguieron
luego, á saber: menosprecios, ultrajes, persecuciones
y la muerte. Quién no sabe que tal sinceridad les cortó toda
su sangre? Razón tuvo Pascal cuando dijo: «Creo de
muy buen grado á testigos que se dejan degollar.» Por
todas estas razones, la crítica actual conviene absolutamente
en reconocer la veracidad de los Evangelios.
C) Finalmente no hubieran
podido engañar.
-En efecto, nuestros autores escribieron los hechos evangélicos
cuando aún vivían muchísimos de los testigos
que presenciaron todos aquellos acontecimientos, los cuales no
hubieran dejado de desmentir, caso de ser falsa, la impostura de
los Evangelistas.
Los judíos, especialmente, debían
tener mayor interés
en desenmascararlos. Los jefes de la Sinagoga, impotentes
para negar los hechos, tuvieron buen cuidado de sofocar la nueva
religión, imponiendo silencio á los Apóstoles,
pero se vieron en la imposibilidad de contrarrestar la verdad de
los relatos evangélicos. Si se hubiera intentado propalar
una impostura, las protestas hubieran sido mucho más vivas
y numerosas; tanto más cuanto que se trataba de hechos públicos
v de la más alta importancia, de sucesos patentes, que se
habían realizado á la faz de toda la Judea, en la
misma ciudad de Jerusalén y en presencia de numerosos
testigos, cuyos nombres se citan: de actos, en fin, que, en su
mayor parte, tenían por actores á hombres que estaban
colocados en los más altos puestos, enemigos de Jesús é interesados
en descubrir, acerca de El, cualquier embuste, Pero veamos también
ahora los muchos absurdos que habríamos de admitir,
si pretendiéramos sostener que los autores del Nuevo
Testamento inventaron lo que cuentan.
1.° En este caso, dichos escritores habrían
ideado
un héroe de carácter tan grande y de vida
tan pura, que el mismo J . J. Rousseau se vió obligado á admirarse
y decir públicamente que «si la muerte y la vida de
Sócrates son de un sabio, la vida y la muerte de Jesús
son de ,un Dios». Si estos escritores hubieran sido los
que inventaron este héroe, ellos fueran también
los que le habrían atribuido su doctrina, la
cual supone tal santidad, sublimidad y profundidad, que aventaja á cuanto
pudo concebir jamás el más afamado filósofo
del paganismo. «Para inventar á un Newton, dice Parker,
se necesita ser otro Newton. ¿Cuál es el hombre que
pueda haber inventado un Jesús? Jesús solo era
capaz de esto.»
2.° De ser impostores, ¿cómo
es posible que desdijeran los Evangelistas de la costumbre de aquéllos,
trazando la vida de su héroe imaginario, de modo
que pudieran precisarse los menores detalles de tiempos, lugares,
personas, dando con esto ocasión á que les opusieran
un solemne mentís? Pero además, de ser así,
resultaría una impostura tan bien disimulada, que tendría á su
favor la verosimilitud más perfecta, y una
conformidad absoluta con todo lo que nosotros conocemos de
los tiempos evangélicos.
3.° Estos hombres, tan ignorantes como perversos,
hubieran escrito estas fábulas, forjadas en su imaginación,
en un estilo de un candor y simplicidad verdaderamente inimitables,
sin afectación, sin énfasis ni la menor exageración
en los relatos, sin nada que descubra la pasión ni el deseo
de agradar. Describen con la mayor sencillez hechos los más
portentosos, sin reflexiones personales, sin otra preocupación
que la de decir lo que realmente es. No ocultan estos historiadores
ni la bajeza de su origen, ni la estrechez de sus ideas, ni las
reprensiones que de su Maestro recibieron. En una palabra, el acento
de verdad de todas estas páginas, escritas, no obstante,
por diversas plumas, es tan manifiesto, que no puede menos de convencer á todo
hombre verdaderamente sincero. Por eso el mismo Rousseau no ha
podido menos de escribir: « ¿Diremos que la historia
del Evangelio ha sido inventada por el capricho? ¡Vano recurso!
No es éste el modo de inventar: los hechos de Sócrates,
de cuya personalidad no puede dudarse, no están tan atestiguados
como los de Jesucristo. Decir esto, sería esquivar la dificultad
sin destruirla. Más inconcebible fuera que cuatro hombres
se hubiesen puesto de acuerdo para componer este libro, que no
que uno solo hubiese ideado su argumento. Ningún autor
judío es capaz de adoptar ese tono ni esa moral: tiene el
Evangelio caracteres tan grandes de verdad, tan claros, tan inimitables,
que el inventor sería más maravilloso que el mismo
héroe» (1).
4.º Los diversos escritores de los Evangelios,
de los Hechos, de las Epístolas, bien que separados unos
de otros por el espacio y por el tiempo, ¿hubiéranse
puesto tan perfectamente de acuerdo en sus imaginarios relatos,
que, siendo por una parte, como son, de formas tan diferentes,
por otra, no se pudiera descubrir en ellos ninguna contradicción real? En
cuanto á las discordancias y contradicciones aparentes que
se encuentran en las narraciones de los cuatro Evangelios,
si algo prueban, es que los escritores no se convinieron para inventar
los acontecimientos referidos.
5.º ¿Habrían todos estos escritores sellado
con su sangre, sin tener en ello ningún interés,
ni temporal ni eterno, lo que sabían que no era más
que invención suya; y tras ellos habrían muerto
también millares de mártires, para
atestigua ¿la misma mentira?
6.º Estos hombres hubieran podido lisonjearse
de haber alcanzado el triunfo más grande y más estupendo
que imaginarse puede: á saber que, por sí solos y
sin ningún
apoyo humano, lograron hacer triunfar plenamente su impostura, de
suerte que no sólo dieron al traste con el viejo y arraigado
judaísmo, sino aun con el paganismo, el cual tenía á su
favor las riquezas, la ciencia, el poder y el aliciente de una
moral favorable á las pasiones; habrían llegado á hacer
que el mundo se prosternara arrepentido á los pies
de un criminal clavado en la cruz, é inducido á una
infinidad de hombres á dejar todo lo que hasta entonces
habían creído y practicado, para seguir una religión
que brindaba al espíritu insondables misterios, y á la
voluntad una moral contraria á todos los instintos de la
naturaleza sensual.
7.º Una religión que ha regenerado á la
humanidad, creado el mundo moderno sobre las ruinas
del antiguo, inspirado sus costumbres, sus instituciones y sus
leyes; una religión que ha sido, además, fuente
inagotable de verdades, de virtudes y de inefables consuelos;
que cuenta entre sus discípulos una infinidad de sabios
y de santos; que después de tantos siglos
tiene aún virtud para endulzar los más acerbos
dolores, ¿no tendrá otro fundamento que una
mentira, inventada por no sé qué pescadores de
Galilea?
8.º Dios, en fin, habría confirmado
el fraude de estos impostores haciendo que se cumplieran las profecías
por ellos inventadas, y falsamente atribuídas á Jesús;
y con la realización de innumerables milagros obrados
en favor de sus discípulos, hubiera además contribuido á engañar
al género humano.
Á la verdad, si tales imposibles se hubiesen
realizado, sin duda estaríamos en el caso de escribir con
Ricardo de San Víctor: «Señor, si estoy en
el error, es porque Vos me habéis engañado; porque
la religión
cristiana está confirmada por tan claras y numerosas señales,
que no puede venir sino de Vos. Domine, si erro, a te ipso
deceptus sum, nam isla in nobis tanlis signis et talibus confirmata
sunt, quae non nisi per te fieri possint (2).
RESUMEN Y CONCLUSIÓN. -Para resumir todo
lo dicho en este capítulo, plácenos transcribir aquí una
hermosa página de M. de Broglie (La Iglesia y el Imperio
romano en el siglo IV): «Los hechos que el Evangelio nos
presenta no son como los hechos que nos refieren los fastos de
las antiguas religiones, acaecidos en lejanos tiempos, semiheróicos
y semibárbaros, y que tuvieron lugar allá en playas
remotas ó en regiones desconocidas. El sitio donde
Jesucristo vivió, predicó, instituyó su
Iglesia y sacrificó su vida, está en el seno de una
sociedad plenamente civilizada, en la capital de una provincia
romana, que fué visitada ayer por Pompeyo y que ha de ser
el día de mañana descrita por Tácito. La biografía
de Jesús no ha llegado hasta nosotros por transmisión
oral, ni por informes rapsodias, ni engrosada en su camino por
el entusiasmo y la credulidad popular. Cuatro relatos, sencillos
en su forma, precisos y conformes en sus aserciones, redactados
por testigos oculares y contemporáneos, y en una lengua
perfectamente inteligible, tales son los documentos sobre
que se establece la historia de Jesucristo. La conformidad
unánime de los antiguos testimonios, la pronta difusión,
la semejanza de los textos por todo el mundo repartidos, la conformidad
de los relatos con la cronología contemporánea,
títulos son todos estos que avaloran los evangélicos
escritos, para que puedan colocarse entre los documentos auténticos
del pasado. Nunca se han conocido mejores bases para establecer
cualquier hecho histórico, ni pudo jamás la crítica
de los textos afectar más exigencias. Nosotros conocemos á Jesucristo
por sus discípulos Juan y Mateo; á San Pablo por
Lucas, compañero de sus viajes. ¿Conocemos á Alejandro ó á Augusto
por otros relatos que los de sus compañeros de armas ó de
sus cortesanos? Porque estos hechos interesen más ó menos á la
fe y superen á la razón, porque traigan consigo consecuencias
morales, ¿tendremos motivo legítimo para rehusarles
las reglas ordinarias de los humanos juicios? No pedimos para
el Evangelio otro favor que el que no se le excluya del derecho
común de la ciencia y de la erudición.» «Si
se tuviera, dice á su vez M. Wallon, al final de su recomendable
obra sobre la creencia debida al Evangelio, si se tuviera
con los libros antiguos ó modernos las exigencias que
se tienen para con el Nuevo Testamento, la historia estaría
aún por escribir, á falta de testimonios debidamente
autenticados: siempre nos parecería estar en la época
mitológica.»
RESPUESTA GENERAL A LAS
OBJECIONES CONTRA LA AUTORIDAD DE LOS EVANGELIOS
Como no entra en nuestro plan el responder á todas
las dificultades particulares que pueden hacerse contra la veracidad
de los Evangelios, ya que sus soluciones pueden verse en las
obras de especialización, nos limitaremos á esclarecer
solamente alguna que otra, de carácter más marcadamente
histórico. Para lo cual nos ayudarán algunas reflexiones,
seguidas de breves notas sobre ciertos puntos más importantes.
Extractaremos las primeras del citado M. de Broglie.
Cuantas objeciones se formulan de ordinario, ya contra la autenticidad
de los Evangelios, ya contra la verdad de los hechos que en él
se cuentan, se reducen necesariamente á uno de los tres
puntos siguientes:
1.º El carácter milagroso de los hechos referidos.
2.º La discordancia entre los diversos relatos evangélicos.
3.º La oposición entre ciertos hechos contados por
los Evangelistas y los hechos ó la cronología de
la historia contemporánea, tal como nos la ofrecen los historiadores
profanos.
¿Qué pensar de estos capítulos de acusación?
1.º El carácter milagroso de los hechos
Evangélicos
no prueba absolutamente nada contra su autenticidad ni su
verdad, á menos que se pretenda rechazar como imposible,
a priori y sin prueba alguna, cualquier milagro. Una vez admitida,
según lo exige no sólo la lógica, sino el
simple buen sentido, la posibilidad del milagro, ya no es
lícito invocar contra los Evangelistas los hechos milagrosos
que refieren; pues los tales pueden constar evidentemente, al fin
como cualquier otro, en primer lugar por los testigos, y después,
en ausencia de los que los presenciaron, por el testimonio.
Ya más adelante hablaremos de propósito de la posibilidad
de los milagros y de su justificación.
2.º Cuanto á las diferencias que aparecen
en los Evangelistas, las hay de dos clases: diferencias por
omisión, cuando
un Evangelista omite lo que el otro reproduce, ó calla cuando
el otro habla; y diferencias por contradicción, cuando
varios Evangelistas hacen, del mismo hecho, relatos que parecen
irreconciliables (3).
Dicho se está que de estas desemejanzas,
las primeras
no tienen ningún valor, y éste es el caso de la mayor
parte de las discordancias que contra los Evangelios se aducen.
Bien sabido es, además, que los Apóstoles, cuya enseñanza,
según los usos de los rabinos judíos, y según
la orden que de Jesús habían recibido, era esencialmente
oral, escribieron únicamente por ocasión, sin
tener intención preconcebida de formar un cuerpo completo
de doctrina, ni de referir todos los hechos de Jesús. Los
Evangelistas declaran abiertamente que están muy lejos de
haber escrito todo lo que sabían sobre la persona del Salvador.
Las desemejanzas por contradicción ofrecen
más serias
dificultades. Pero téngase muy presente que las contradicciones
entre dos relatos de un mismo hecho, aunque se presentasen debidamente
probadas, únicamente podrían hacernos dudar acerca
de la exactitud de ciertos pormenores, pero no rechazar ni la substancia de
dicho hecho, ni los otros puntos sobre los cuales concuerdan las
narraciones. Ahora bien, las aparentes contradicciones que entre
los Evangelistas se presentan, todas se refieren á puntos,
insignificantes ó detalles sin importancia (4).
En cuanto al conjunto de la historia y á las preciosísimas
y conmovedoras verdades que se desprenden de la simple exposición
evangélica, el acuerdo es completo jamás escritores
diversos han descrito tan bien la misma persona; jamás
han andado más unidos, con aquella perfecta unidad
que es patrimonio de la verdad.
3.º Por lo que toca al desacuerdo del Evangelio
con la historia general de aquel tiempo, las mismas advertencias
de antes nos llevarán á idéntico
resultado. Estas advertencias que, por lo demás, son
bien escasas en número, pueden dividirse también
en omisiones ó contradicciones.
Las omisiones no prueban nada, sobre todo porque,
en la historia evangélica, se trata, no de hechos que en
aquella época debieran
absolutamente ser conocidos de los historiadores de Roma y figurar
en los anales contemporáneos, sino de la historia de un
carpintero que habitaba en un pueblecillo de provincia, y
cuya influencia fué al principio sobrado limitada para llamar
la atención de Tácito y de Suetonio. Solamente vinieron
los grandes analistas á hacer mención de los cristianos,
cuando éstos fueron ya tan numerosos en la misma Roma,
que llamaron la atención de los filósofos y
de la policía romana: es decir, unos treinta años
después de la muerte de Cristo. Y éste es precisamente
el momento en que Tácito nos muestra á los cristianos
(secuaces de Cristo) perseguidos en Roma por Nerón.
Restan las contradicciones que pueden
encontrarse entre el escaso número de datos mencionados
en la historia evangélica
y la cronología general de la historia de aquellos
tiempos. Como ya hemos dicho, aun cuando no pudiéramos explicar
satisfactoriamente estas dificultades, ni hacerlas desaparecer
mediante cualquier plausible suposición, sólo resultaría
de ello una duda sobre la data de ciertos hechos evangélicos,
sobre el nombre de tal ó cual gobernador de Judea, en aquella época,
y sobre alguno que otro punto por el estilo, absolutamente
secundario ; mas no por eso sufrirían detrimento los
hechos verdaderamente esenciales, ni sería menos cierto
que Jesucristo ha venido al mundo, que ha obrado milagros,
que se han cumplido en las profecías, que ha muerto en la
cruz, y finalmente que ha resucitado.
Ahora bien, los puntos que permanecen firmes y
sobre los cuales no hay divergencia alguna, no son menudencias
cualesquiera, sino hechos incontestables y capitales que nos sirven
para probar la divinidad de la misión de Jesucristo
y de su obra la religión cristiana.
¿Qué hombre dotado de juicio y razón
puede extrañarse de que nos hallemos tal vez perplejos
en la interpretación de un texto, sobre todo tratándose
de pueblos cuyas costumbres, usos y lenguaje eran tan diferentes
de los nuestros? ¡Cuántas cosas, sin duda muy claras
y comprensibles para los contemporáneos, son para nosotros
completamente obscuras, y hasta nos parece que envuelven contradicción!
Los progresos de la lingüística, de la geografía,
de la epigrafía, de la numismática, realizados en
nuestros tiempos, nos han prestado ya importantes servicios, esclareciendo
bastantes puntos que habían permanecido, hasta el presente,
envueltos en la oscuridad.
RESPUESTA Á ALGUNAS OBJECIONES PARTICULARES.
1.ª OBJECIÓN. -Existe n Evangelios falsos: luego los
nuestros podrían serlo igualmente.
Respuesta. 1.-Esto valdría tanto como decir: existe
moneda falsa: luego no existe moneda legítima. Cabalmente
la argumentación verdadera es la contraria, y Pascal tiene
razón cuando dice: En lugar de concluir que no hay Evangelios
verdaderos porque los hay falsos, más bien hay que decir
lo contrario: que hay Evangelios verdaderos porque los hay
falsos, y que no los habría falsos si no hubiera verdaderos.
Los Evangelios apócrifos no han podido ser sino falsificaciones
de los verdaderos, y, en este sentido, lo que hacen es servirles
de testimonio.
En efecto, si los autores de los Evangelios apócrifos
lograron, no sin éxito, contar hechos parecidos á los
de los Evangelios auténticos, fue porque estos hechos estaban
más ó menos en consonancia con los de aquéllos,
de los cuales puede decirse que tomaban su tinte de autoridad;
así es como venían los falsos, á semejanza
de los verdaderos, á ponerse de acuerdo con los acontecimientos
recientes, con la tradición, con los monumentos y con los
recuerdos contemporáneos de la Judea.
2. Tenemos pruebas ciertas de que los evangelios
llamados apócrifos
son realmente tales; y por otra parte, respecto de la autenticidad
y verdad de nuestros cuatro Evangelios, tenemos también
pruebas del todo positivas. Tan claramente reúnen estos últimos
todos los caracteres de absoluta veracidad, cuanto los otros, abiertamente
de carácter mítico, están marcados con
el sello de la inverosimilitud ó de la mala fe. «Estas
composiciones, dice Renán, no deben en modo alguno ponerse
al lado de los Evangelios canónicos, pues no son más
que vulgares y pueriles amplificaciones, que, teniendo de
ordinario á los canónicos por base, nada nuevo añaden
que sea de algún valor» (5).
3. Los Evangelios apócrifos jamás
han sido admitidos por la Iglesia, y se perdieron
muy pronto en el olvido, mientras que nuestros cuatro Evangelios
han sido siempre distinguidos como los únicos auténticos,
no sólo por la
Iglesia, sino por los mismos herejes y paganos. «La Iglesia,
dice Orígenes, tiene cuatro Evangelios; la herejía
los tiene en mucho mayor número.» (6).
2.ª OBJECIÓN (7).
En los griegos y romanos, así como en los germanos y los
indios, toda religión, dice Straus, comienza con mitos,
esto es, por ciertos relatos fabulosos donde se expone una
idea moral, un hecho físico, etc., bajo la figura de un
hombre que jamás existió. Lo mismo pretende este
autor que ha sucedido en la religión cristiana, en la que,
lo que era propio de toda, la humanidad, se ha atribuído á un
héroe único, Jesucristo.
Respuesta. 1. -Lo que hemos
dicho (pág.
323), hablando de las consecuencias absurdas que resultarían
de suponer tal impostura en los Apóstoles, se aplica perfectamente á la
suposición de un mito. En este caso tendríamos que
un mito, un relato fabuloso habría bastado para fundar una
institución tan viva y tan indestructible como la Iglesia;
un mito habría conseguido realizar la conversión
del mundo, y por un mito se habrían dejado degollar los
mismos que lo habían inventado y, tras ellos, millones de
hombres.
2. Que las otras religiones se funden sobre relatos
fabulosos nada tiene de extraño, ya que también ellas
son falsas. Por eso sus autores han tenido buen cuidado en colocar
su origen en los tiempos prehistóricos, es decir en
una época
de oscuridad en que la imaginación de los poetas ha podido
espaciarse libremente. Pero aquí sucede todo lo contrario: el
cristia nismo pertenece á una época de plena luz
histórica, de actividad intelectual y hasta de escepticismo; á una época,
por consiguiente, en que cualquier relato fabuloso no hubiera
tenido más garantías de éxito que el que hoy
mismo alcanzara si se propusiera ¿Cómo pueden
compararse los personajes míticos de otras religiones con
la excelsa figura de Jesucristo, tan viva, tan radiante y de tan
dulce y sencilla majestad? ¿Quién no ve la distancia
inmensa que media entre los insulsos relatos de la mitología,
siempre nebulosos é indecisos, donde se confunden tiempos,
lugares y personas, y una narración tan detallada y tan
concreta de los actos del héroe, como acaece en el Evangelio?
El observador más superficial reconocerá al
punto, en ella, signos indudables de verdad histórica.
3. Aplicar el sistema mítico á Jesucristo es
destruir la historia entera. Seguramente no hay nadie
que se atreva á poner en duda la existencia y brillantes
hechos de Napoleón. Sin embargo, recurriendo al mito,
lograría tal vez hacerse muy verosímil que el gran
conquistador de los tiempos modernos no ha existido nunca. En
una obra de Marcadé «Etudes de science religieuse», puede
verse un ensayo de este género, como respuesta á Strauss
y á sus partidarios. Si se contesta que las obras de Napoleón
le sobreviven y protestan enérgicamente contra la hipótesis
de un mito, no seremos ciertamente nosotros quien lo niegue;
pero estas dos obras de Jesucristo, la Iglesia y toda la cristiana
sociedad, brillan también, hace ya más de diez
y nueve siglos, con destellos tan fúlgidos que su
misma existencia, constituye la prueba más palmaria de
que Jesucristo, tal como se nos muestra en el Evangelio, ha sido
la figura más grande y la realidad más vigorosa
que jamás ha existido en el mundo (8).
CONCLUSIÓN.-Los Evangelios poseen, pues,
considerados como documentos históricos, una autoridad irrefragable;
por lo cual bien podemos apoyarnos en ellos para probar la divina
misión
de Jesucristo y de su obra, la religión cristiana.
Notas:
(1) Sobre el
estilo de los Evangelios, véase á Mgr.
Le Courtier: La Passion de J.-C., pág. 40. V. en la
Revue pratique d'Apolog., núm. de 1.° de Enero 1906, Pourquoi
Jésus-Christ n'a pas écrit.
(2) De Trinit. 1, 2; V.
el panegírico de San Andrés, por Bos suet.
(3) Si se quieren conocer
y apreciar los diferentes sistemas á que se ha recurrido para explicar
las semejanzas y divergencias entre los Evangelios, puede, con utilidad, consultarse
la obra del abate Fillion, Les Saints Evangilies, t. 1, págs. 39 y
sig.
(4) Tratándose de
un historiador inspirado, no
se le puede atribuir ningún error; pero no debemos olvidar
que aquí consideramos la veracidad de los Evangelios únicamente
desde el punto de vista histórico.
(5) Vie de Jésus, Introd.,
pág. LXXXIII.
(6) «En todos los Evangelios
apócrifos
que, en su conjunto, pertenecen á los siglos III y IV, y aun hasta el
V, no hay un solo Hecho maravilloso cuyo relato pueda ponerse en parangón
con los de los milagros evangélicos.» Lepin, Revue pratique
d'Apolog., 1.° y 15 Die. 1905, 15 de junio, 1.° de Agosto
y 1.° de Septiembre 1906; Vigouroux, Dict. de la Bible, 1899, t.
II, col. 2114. El mismo escritor pone muy de relieve en los citados artículos,
y mediante el contraste de los relatos, la autenticidad de los Evangelios
canónicos y la sinceridad de sus autores; Cf. Freppel, Les Péres
apostoliques, pág. 44; Abbé Variot, Evangiles apocry el
cristia phes; Corluy S. J., Evangiles apocryyphes, art. del Dice. apol.
de Jaugey, pág. 1172.
(7) No ignoramos
que los sistemas de Strauss y Renán están hoy dia universalmente
abandonados por los mismos racionalistas. Sin embargo, no será inútil
recordar estas objeciones que poco ha pasaron por invencibles, ya que se ven
aún mencionadas
en obras de segundo orden y á las que no cesa de exhumar, de vez en
cuando, la prensa impía.
(8) V. Lacordaire, Conf. 43, 1846; Valroger, Introd.
aux livres du Nouveau Testarnent. Por lo demás es inútil
hablar de la Vie de Jésus escrita por Renán, la cual
no es sino una pura novela subjetiva, universalmente reconocida
como tal por amigos y enemigos.