Valor histórico
de los Evangelios (2)
Si nada ha omitido la incredulidad para arruinar,
si pudiera, la veracidad de los libros del Antiguo Testamento,
dicho se está que
Había de esforzarse en dirigir sus más formidables
golpes contra la certid umbre de los Evangelios. Quebrantar esta
certidumbre sería quebrantar el mismo Cristianismo. ¿No
son los Evangelios los que, sobre todos los otros sagrados libros,
nos cuentan, á la vez que la vida, milagros, muerte y resurrección
de Jesucristo, la institución de la Iglesia? Importa,
pues, establecer sobre sólidas pruebas la autoridad
histórica de los santos Evangelios, esto es, su autenticidad,
su integridad y su veracidad substancial.
§ I. Autenticidad
Para atacar la autenticidad de los Evangelios,
la crítica
independiente ha puesto en juego, sobre todo de un siglo á esta
parte, todas sus armas. Irónica, primero, y mentirosa bajo
la pluma de Voltaire y sus secuaces, se la vió luego afectar
con Lessing y sus adeptos alemanes el severo ademán de la
ciencia. Se ha hecho, sucesivamente, naturalista con Eichhorn
y Paulus, mítica con Strauss, Petrinista y Paulinista con
Batir y la Escuela de Tubinga. Hoy día muéstrase
más bien documentaria. ¿Será éste
el último grado de evolución de la crítica?
A la verdad, no lo esperarnos así.
Pero sea lo que fuere, es evidente que estamos en posesión
de un hecho, por todos indudablemente reconocido y es que, á medida
que van sucediéndose los sistemas racionalistas, uno tras
otro van cayendo también en el olvido, hasta tal punto que
ha llenado ya de confusión á algunos de sus partidarios.
Por el contrario, la autenticidad de nuestros
Evangelios
parece cada vez más inexpugnable. Tanto es así, que
la crítica ha hecho mil imposibles para retrasar la fecha
ele su composición. Por esta causa empeñábanse
algunos en remontar la aparición del Evangelio de San Juan.
Pero he aquí que Tischendorf escribe sin titubear: «Nos
creernos autorizados para colocar hacia el fin del siglo l, no
sólo el nacimiento o composición de los Evangelios,
sino su compilación en un cuerpo canónico.» El
mismo M. Harnack declara que todos los hombres competentes
acabarán por reconocer que «el cuadro cronológico,
según el cual ha dispuesto la tradición los antiguos
monumentos del cristianismo, es exacto en todas sus líneas
principales, y, por consiguiente, obliga al historiador á rechazar
toda hipótesis que esté en oposición con él».
(1)
TESIS. -LOS EVANGELIOS FUERON ESCRITOS EN EL SIGLO DE LA ERA CRISTIANA
POR LOS AUTORES CUYO NOMBRE LLEVAN ESTO ES, POR LOS APÓSTOLES
O POR SUS INMEDIATOS DISCÍPULOS,
PRIMER ARGUMENTO. -Los testimonios positivos
er favor de esta autenticidad son' tan numerosos y cons tantes,
que desafían
toda seria contradicción. Tene mos, en efecto, sobre este
punto:
1. El acuerdo unánime de todos los
autores cristia nos de los primeros siglos. Si desde
fines del siglo II nos remontamos hasta los tiempos apostólicos,
veremos sucederse sin interrupción un sin fin de
testimonios, irrecusables todos, de la autenticidad de nuestros
Santos Evangelios. «El Verbo, habiendo aparecido en medio
de los hombres, escribe San Ireneo, nos ha dado
un cuádruple Evangelio, animado de un mismo espíritu.» (Contra
Haer. III, XI, 7, 9.) No solamente el santo obispo de Lyon nombra
los cuatro Evangelios, sino que los cita continuamente en sus
obras. Tanto es así que se encuentran en ellas 231 textos
sacados de San Mateo, 13 de San Marcos, 125 de San Lucas y 94
de San Juan; además contiene un análisis del Evangelio
de San Lucas que responde, punto por punto, al libro que nosotros
tenemos de este nombre. Esto supuesto advertimos que San Ireneo
se halla unido á los tiempos apostólicos por medio
de San Policarpo, el cual fué discípulo del mismo
San Juan. Clemente de Alejandría, que fué también
de su época, da el mismo testimonio. Respondiendo á uno
de sus adversarios, en el libro III de sus Stromates, escribe: «Esta
palabra no está escrita en ninguno de los cuatro Evangelios
transmitidos hasta nosotros, mediante la tradición, sino
sólo en el de los Egipcios.» En otras de sus obras
copia gran número de textos sacados de los cuatro Evangelios.
En cuanto á Tertuliano, puede decirse que todas
sus obras están llenas de alusiones á los sagrados
textos, hasta tal punto que Reuss, sabio alemán que los
ha entresacado, ha creído deberlos publicar con éste
significativo título: El Nuevo Testamento sacado
de los escritos de Tertuliano. En esta misma época, ó sea,
hacia el año 170, poseía la Iglesia de Roma un
catálogo de los libros sagrados en el cual encontramos
nuestro cuatro Evangelios. Este es el catálogo descubierto
en el siglo XVIII, en la biblioteca Ambrosiana por Muratori,
y que por este motivo ha tomado el nombre de Canon de
Muratori.
Tenemos, pues, que en la mitad del siglo II eran nuestros cuatro
Evangelios conocidos en las Galias, en Asia, en África,
en Roma, y aceptados y atribuídos por todos á los
Evangelistas del siglo I.
Ahora fácilmente podremos dar un paso adelante, hasta tocar
más de cerca sus orígenes.
San Justino, filósofo pagano convertido
al cristianismo,
y que sufrió el martirio entre los años 163 á 167,
escribió dos apologías en favor de los cristianos.
Lo que refiere, pertenece, pues, á la primera mitad del
siglo Ir. Pues bien, él nos dice ya de su tiempo que «las
memorias de los Apóstoles llamadas Evangelios, eran
leídas en las reuniones de los cristianos.» (Apol.
I, 67.) Dice también que «en estas memorias han escrito
los Apóstoles las órdenes que dió Jesús
concernientes á la Eucaristía y al Sacerdocio» (Apol.
I, 66.) Después de esto, aún hace veinte veces el
mismo santo mención de estas memorias, sin dejar lugar á duda
ninguna sobre su procedencia. (Dial. 103.)
Hacia el año 170, Téófilo
y Tacieno, ambos escritores eclesiásticos, compusieron una Armonía, que
es lo que hoy llamaríamos una Concordancia de los Evangelios. El
título de la obra de Tacieno «Diatessaron»,
es decir, obra de los cuatro, atestigua lo que por otra parte ya
sabemos, es decir, que este autor conocía los cuatro Evangelios.
De la obra de Teófilo escribe San Jerónimo «que
forma una combinación de los cuatro Evangelios, reduciéndolos
a un todo». (2)
Lo mismo se deduce de los escritos de los discípulos
inmediatos de los Apóstoles, llamados Padres apostólicos
(3), á saber,
que todos ellos Conocieron nuestros Evangelios canónicos.
Cierto que San Clemente, en la 1ª Carta que
se le atribuye (93 á 95), no se remite jamás á los
Evangelios, pero con todo no se puede negar que hace á ellos
frecuentes alusiones. F. X. Funck, á quien
nos reconocemos deudores de la mejor edición crítica
que se ha hecho de los Padres Apostólicos, nota, en esta
primera carta, 24 pasajes, de los cuales 10 visiblemente parecen
inspirarse en San Mateo, 3 en San Marcos, 4 en San Lucas
y 7 en San Juan. Se ha notado además que San Ignacio Mártir,
sin tratar ex profeso la cuestión de los Evangelios,
remítese con frecuencia, en las 7 cartas que de él
nos quedan (110, 117, á los «Archivos», ó sea
(pues también usa varias veces esta palabra), al «Evangelio».
Tengo entendido, escribe á los Filadelfios (VIII,
2), que hay quienes dicen: si no encuentro (esto) en los Archivos,
en el Evangelio, no lo creo. Y como yo les dijese:
pues esto está escrito, ellos me respondían: eso
es lo que hay que probar. En cuanto á mí mis archivos
son Cristo Jesús...» A dvierte Funck en las epístolas
de San Ignacio, 16 citas de nuestros Evangelios. La sola epístola
de San Policarpo á los habitantes de Filippos contiene
11. Papías, contemporáneo de San Juan, en los fragmentos
de su Explicación, que nos han sido conservados
por Eusebio, menciona expresamente la Logia, ó sea
los rélatos de San Mateo y de San Marcos. Finalmente «la doctrina
de los doce Apóstoles», cuya redacción
quieren los críticos que se remonte á fines del 1º siglo,
y que no se ha publicado hasta el año 1883, no solamente
nombra cuatro veces los Evangelios, sino que toma manifiestamente
veinte pasajes de San Mateo y á lo menos dos de San Lucas.
2. La con formidad de los herejes de
los primeros siglos. Desde los tiempos apostólicos, los
Gnósticos
conocían nuestros Evangelios, de los cuales se sirvieron
con harta frecuencia para sus dañados intentos. Marción,
que vivió en Roma entre 117 y 138, no pudo negar su origen
apostólico, si bien no quiso admitir más que el de
S. Lucas, y esto después de alterarlo, con el fin de hacer
de él el fundamento de su nueva religión. Valentín,
que enseñó en Roma entre 138 y 161, aceptó la
autoridad de los cuatro Evangelíos, aunque tuvo marcada
preferencia por el de S. Juan. Su discípulo Heracleón
llegó hasta componer un comentario sobre este mismo Evangelio.
Hacia el año 120 encontramos también, en Alejandría, á Basílides,
el cual, no solamente cita á tres de los Evangelios como
Sagrada Escritura, sino que los comenta, según el espíritu
de su gnosis. A ejemplo de estos heresiarcas, los Ebionitas
y los Ofitas se apoyan igualmente en los Evangelios. Lo curioso
del caso es que estos herejes, cuyo blanco era establecer
sistemas que contradijeran á los Evangelios, no encuentran
otro medio de lograr su objeto, que el de fundarse en estos mismos
libros, invocando á cada paso su autoridad. Tan incontrastable
era la autenticidad de estos libros y tan grande la autoridad
de que ya entonces gozaban. No puede negarse que entre este concierto
unánime de voces, percíbese una nota discordante:
la de los Alogos, que atribuían á fraude la composición
del Evangelio de S. Juan; pero es sabido de todos que el único
móvil que los impulsaba era de orden puramente dogmático,
es decir, porque no querían reconocer que fuese obra de
un apóstol un escrito que abiertamente afirma la existencia
y los atributos del Verbo de Dios. Con todo, ellos mismos colocan
su origen en la época en que vivió S. Juan. Prueba
manifiesta de que el cuarto Evangelio estaba en manos de la Iglesia
cristiana desde el Final de la época apostólica.
(5)
3. La conformidad de los paganos. Celso, en su Verdadero
discurso, escrito hacia el año 178, ataca los sagrados
Libros, y los Evangelios en particular; acusa á Cristo
de ser un mago, y á los apóstoles de impostores,
pero ni por sueños se le ocurre negar la, autoridad de
los libros que transmiten sus doctrinas. Lo mismo vinieron más
tarde á decir Porfirio, Hierocles y juliano el Apóstata.
Estos encarnizados y sagaces enemigos de la religión cristiana,
se esforzaron en sacar del estudio de los Evangelios objecio nes con
que demostrar su falta de inspiración divina, pero jamás
les pasó por pensamiento combatir su autenticidad. Ahora
bien, de ser posible, indudablemente no hubieran dejado de recurrirá este
medio, de ataque, siendo, como es, á no dudarlo, el más
eficaz y breve para echar por tierra la Iglesia de Cristo.
SEGUNDO ARGUMIENTO. -Los Evangelios tienen todos
los caracteres intrínsecos de autenticidad. Lejos
de encontrar en ellos nada que sea opuesto á las leyes,
usos, instituciones, lenguaje, costumbres, caracteres, gustos,
prejuicios y, en una palabra, al estado social y religioso de
la Judea en aquella época,
todo se halla escrito con tan escrupulosa exactitud y tan precisos
pormenores, que es fácil convencerse de que tales hechos
no pudieron ser referidos más que por testigos oculares. Otro
tanto debe decirse con respecto á la historia, geografía,
topografía y numismática de aquellos tiempos. Los
ingleses Lardner y Paley han demostrado que la conformidad de
los Evangelios con el estado de la sociedad romana, tal como
la conocemos en el tiempo de Augusto, se verifica hasta en sus
más ínfimos detalles. Ahora bien, esto no sería
posible si los Evangelios hubiesen sido redactados por escritores posteriores á dicha época;
pues no hubieran podido
menos de incurrir en equivocaciones, especialmente en ciertos
puntos complicados y obscuros de aquel primer siglo (6).
-Manifiestamente se ve, por una multitud de pasajes, que los
judíos, á los
que S. Mateo dirige su Evangelio, habitaban en Jerusalén, antes de
la ruina de esta ciudad (año 70). La Jerusalén
de Agripa aparece en este Evangelio tan viva, que los racionalistas
no se atreven á retrasar la composición de
este escrito más allá de los años que inmediatamente
sucedieron á la destrucción de la ciudad santa:
si así no fuera, ¿cómo explicar que la desaparecida
ciudad hubiese dejado un recuerdo tan indeleble? Por lo demás,
si algunos encarnizados enemigos de nuestros Sagrados Libros
han querido fijar, para la composición de nuestro primer
Evangelio, una fecha posterior al año 70, no es porque
tengan motivos intrínsecos que hacer valer, sino sólo
porque encuentran en él anunciada la ruina de Jerusalén
y del Templo; y como no quieren admitir la profecía,
por eso se ven constreñidos á declarar que se escribió después
de tal acontecimiento. (7)
TERCER ARGUMENTO. -Las pruebas que preceden serían
suficientes para dejar, al menos perentoriamente, establecida
la autenticidad de nuestros Evangelios. Sin embargo, aun podemos
decir algo más, y demostrar que es imposible que estos
libros no sean auténticos. En efecto: de los testimonios
ya indicados; resulta que estos libros eran universalmente reconocidos
por auténticos en el comienzo del segundo siglo, y aun en
el primero (8). Si, pues, hubiera
habido alguna impostura, necesariamente debiera haberse cometido, ó en
vida de los apóstoles, ó poco tiempo después
de su muerte. Cualquiera de estas dos hipótesis es
igualmente inadmisible, por las vivas reclamaciones que se hubieran
levantado, ó de parte de los apóstoles, tan atentos á conservar
la fe en toda su pureza, ó de parte de sus inmediatos discípulos, ó de
parte también de los gentiles y de los herejes, por
lo muy interesados que estaban en desenmascarar el engaño.
Pues bien, nada de esto se produjo. Los fieles jamás dudaron
en recibir estos escritos como venidos por mano de los apóstoles;
mientras que la aparición de los evangelios apócrifos
levantó al punto las protestas de los más autorizados
doctores del cristianismo.
De todos estos argumentos puede concluirse que
nuestros Evangelios son auténticos. Las pruebas, sobre este
punto aparecen tan convincentes, que han obligado á decir
al mismo Renán: «En
suma, admito como auténticos los cuatro Evangelios canónicos.
Todos ellos, según siento, se remontan al siglo I y son,
más ó menos, de los autores á quienes se atribuyen.»
Notas:
(1) Histoire
des livres du nouveau Testament, por Jacquier, Lecoffre, 1905.
Se admite hoy día
que los sinópticos (S, Mateo, S. Marcos, S, Lucas) trabajaron
sobre un documento anterior que se llama Logia, ó compilación
de las enseñanzas de Jesucristo, el cual más exactamente
se refleja en el Evangelio de S. Marcos. S. Juan escribió sin
duda su Evangelio en Efeso, con una sublimidad de miras que denota
en él una elevación particular, muy visible,
sobre todo, si se la compara con la sencillez de los otros.
(2) «Puede
decirse que, en la actualidad, así los protestantes como
los racionalistas están conteste; en colocar la composición
de los tres primeros Evangelios en la segunda mitad del siglo
I, y la del cuarto Evangelio en los primero, años del siglo
II. -Desde San Ireneo, la tradición eclesiástica
está conforme
en colocar la composición ele los tres primeros Evangelios
entre los años 50 y 70, y la del cuarto entre los 80 y
100. Y ésta es la cronología más generalmente
admitida por los escritores católicos de nuestros días.
-«La Iglesia no ha dado definición de fe respecto
al origen humano de nuestros escritos sagrados, sino solamente
respecto de su origen dlvino, es decir, de su carácter inspirado.» Lepin,
Jesús Messie el fils de Diere, 2.a edic., Letouzey,
París, Introduction, pág. X, XXX y en la nota. Cf.
Etudes de 5 de Julio 1897, l'Evaugile el la critique; Abril
1400, La théorie documentaire dans te Noveau Testament.
(3) Cf. Epist. 121; Migne, t.
XXII.
(4) Nos quedan,
de los Padres apostólicos, un cierto número de escritos
de autenticidad absolutamente incontestable; la célebre
carta dirigida á los
fieles cíe Corinto por s. Clemente, contemporáneo
de S. Pedro; la Epístola atribuída (sin razón) á San
Bernabé, fiel compañero y amigo de S. Pablo;
el libro del Pastor, de Hermas; las Siete cartas de
S. Ignacio de Antioquía; la Carta de S. Policarpo á la
Iglesia de Filippos; los Fragmentos de Papías, insertos
en la historia eclesiástica de Eusebio, y la Doctrina
duodecim Apostolorum.
(5) Cf. Lepin, Jesús
Messie et Fils de Dieu, d'aprés les Evangiles synoptiques, Letouzey,
París, 1905, pág. XII; L 'ori-gine du quatrième
Evangile, ídem, 1906; wallon, De ta croyance
dite à l' Evangile; Mgr. Freppel, Les Péres
Apostoliques, t. I, pág. 41, 45; Gondal, La provenance
des Evazzgiles; P. Didon, ,jésus Christ, Introduction;
Etudes, L' authenticité des Evazzgiles et les philosophes
païens, 1857, t. I, pág. 321; Meignan, Les
Evangiles ella critique au XIX siécle; Poulin et Loutil,
Les Evangiles el la critique, París, 1903; Dict. bibl.,
art. Evangiles; abbé Frémont, Lettr e
s à l' abbé Loisy, 1904, L'authenticité de
l'Evangile selon S. Jean n'est ni ne pent étre scientiquement ébranlée
(Lettre 5.e, pag. 112); Historie anenne de L' Eglise, por
Duchesne, Fontemoing, París, 1906, t. I, pág.
136.
(6) El mundo
de Palestina reflejado en nuestros Evangelios, no es precisamente
aquel que sucedió á la
ruina de Jerusalén, sino más bien el que precedió á la
catástrofe acaecida en el año 70. Este es el que
se encuentra en estos escritos, allí se ve la situación
política, social y religiosa, contemporánea del Salvador,
tal como ha sido reconstruida por la crítica moderna. Allí se
tratan, con la mayor viveza, las delicadas relaciones del poder
romano y las autoridades judaicas, el conflicto de las atribuciones
judiciales del Sanhedrín con las del procurador de Roma.
Fariseos, Saduceos y Escribas se mueven y palpitan al rededor de
la persona de Jesús. Jerusalén se nos revela con
sus monumentos aún en pie, con sus venerandos y sumos
sacerdotes, y con su vida religiosa en pleno ejercicio. Solamente
los contemporáneos que hayan estado metidos en este
mundo palestino, y vivido en medio de los hombres y de las cosas,
hubieran sido capaces de describir con tal puntualidad un estado
en muchos puntos tan complejo. Después del profundo trastorno
causado por la catástrofe del año 70, ningún
otro era capaz de hacer una reconstitución tan exacta
de un pasado que ha desaparecido para siempre. Lepin, op. cit.,
pág. XXV.
(7) Vigouroux, Le Nouveau
Testament et tes découvertes modernes; Meignan, L'Evangile
et la critique au XIX , siécle; Lepin, op. cit.
(8) No es esto
decir que todos los libros fuesen universalmente conocidos
y reunidos en
cuerpo canónico. Claro está que no se pudieron
difundir inmediatamente por todas las Iglesias: mas lo
que no se puede negar es que cada uno de los libros del Nuevo Testamento
puede invocar testimonios que garantizan su autenticidad. -Véase
en los Etudes del 20 de Dic. de 1900 por qué los
racionalistas atacan principalmente el Evangelio de S. Juan, pág.
800. Cf. Lepin, L'origine du quatrième Evangile, 1906.