LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO
I. IMPORTANCIA
PARTICULAR DE ESTE MILAGRO.
Entre los muchos milagros obrados por Jesucristo, hay uno que á todos
sobrepuja por su grandeza y excelencia: hablo del portento de su
propia resurrección. El cual es tan notable, que basta,
por sí solo, para constituir una prueba sumaria y perentoria
de la divinidad de la misión y de la doctrina de Jesucristo.
Pero, además, tiene esta prueba la ventaja
de que; aun las inteligencias menos cultivadas, pueden apreciar
su valor, pues basta tener corazón sincero y que busque
de buena fe la verdad, para que al punto se deje seducir por su
encanto. Porque, en efecto, cosa clara es que si Jesucristo realmente
ha vuelto á la
vida, como Él había predicho, su misión es
divina; pues es imposible que Dios, cuya santidad, sabiduría
y bondad son infinitas, haya querido realizar la predicción
de un impostor y sellar su doctrina con el sello más incontestable
de la verdad.
Jesucristo mismo, al predecir su resurrección,
la presenta como la prueba más convincente de su
misión divina. Lo mismo hicieron en sus predicaciones los
Apóstoles; y cuando se trató de escoger un discípulo
que reemplazara al traidor judas, exigieron como condición
que fuese uno de los testigos que presenciaron la vida, muerte
y resurrección de Jesucristo. (Act., 1, 22.) San Pablo no
duda en declarar que sería vana su predicación, lo
mismo que la fe de los cristianos, si Cristo no hubiese resucitado.
(I Corintios, 15.) En fin, los mismos enemigos de Jesucristo, los
judíos, estaban tan convencidos de la fuerza demostrativa
de semejante milagro, si llegara á realizarse, que
apostaron un cuerpo de guardia, junto al sepulcro, para impedir
de este modo cualquier trampantojo; y todo el mundo sabe que no
ha habido tiempo alguno en que los adversarios de la Revelación
no hayan puesto en juego cuantos medios esta- iban á su
alcance para echar por tierra un hecho tan capital.
Mostremos, pues, que el suceso de la resurrección
del divino Fundador del Cristianismo aparece, sólo real
y muy cierto, sino
que además, es, en sí mismo, importante y decisivo.
Y, ante todo, probaremos que le ha dado Dios tales garantías
de verdad, que, para no admitirlo, sería necesario cerrar
obstinadamente los ojos á la misma luz.
II. Exposición HISTÓRTICA. -Comenzaremos por resumir los principales detalles de este grande
acontecimiento, tales como se encuentran en los Evangelios.
El viernes, víspera del sábado,
hacia las tres de la tarde, fueron los soldados, como de costumbre, á romper
las piernas de los ajusticiados. Después de haber cumplido
este requisito con los dos ladrones, viendo que Jesús había
ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados
le abrió el costado con una lanza, y al punto salió de
la herida sangre y agua. (S. Juan, testigo ocular de la muerte
de Jesús, cap. XIX.) A la caída de la tarde, José de
Arimatea, noble decurión, pide á Pilatos el cuerpo
de Jesús; Pilatos se informó, del centurión
que había presidido al suplicio, si Jesús había
realmente muerto. Fué, pues, bajado el cuerpo de la cruz;
José y otro discípulo de Jesús llamado Nicodemus
lo embalsamaron y envolvieron en un lienzo blanco y varias
fajas, y lo depositaron, junto con los aromas, en un sepulcro nuevo
que José había labrado para sí mismo en la
roca. Después de esto, y cerrada la abertura del sepulcro
con una gran losa, se retiraron.
La misma tarde en que los príncipes de
los sacerdotes
y los fariseos hicieron poner guardia al sepulcro, dijeron á Pilatos
(1): -Ahora nos acordamos que ese
impostor dijo, cuando aún
vivía:
Después de tres días resucitaré... Sus discípulos
podrían, pues, robar el cuerpo y decir al pueblo que resucitó de
entre los muertos; y así sería este último
engaño peor que todos los anteriores.» Pilatos les
concedió que se encargasen ellos mismos de custodiar el
sepulcro, lo cual hicieron ellos sellando la piedra y poniendo
guardas.
El domingo, al apuntar la primera luz del día,
sobrevino un fuerte temblor de tierra; un ángel, en forma
humana, de aspecto fulgurante, como un relámpago, y cubierto
de vestiduras blancas como la nieve, revolvió la piedra
del sepulcro y se sentó sobre ella. El sepulcro estaba vacío;
no quedaban en él sino los lienzos y, junto á éstos,
el sudario cuidadosamente plegado. Los guardas, sobrecogidos
de espanto, se escaparon y fueron á contar á los
príncipes de los sacerdotes lo que había acontecido.
Estos les dieron dinero para que confesaran que, habiéndose
ellos dormido, vinieron los discípulos de Jesús y
robaron el cuerpo.
El mismo día, y muchos de los siguientes
hasta su ascensión,
Jesús se dejó ver, por intervalos, de María
Magdalena, de otras santas mujeres, de sus discípulos, ya
separados, ya reunidos. En estas apariciones les hablaba del
reino de Dios, y les daba pruebas sensibles de la verdad de su
resurrección, comiendo con ellos, mostrándoles y
haciéndoles tocar las llagas, que había querido conservar
en los pies, en las manos y en el costado. Por última vez
se apareció, en un monte de Galilea, á más
de quinientos discípulos reunidos, y delante de ellos se
elevó hasta el cielo. (S. Mat., XXVIII; S. Marca, XVI; S.
Luc., XXIV; S. Juan, XX, XXI; Actos, I; I Cor., XV.)
Tal es, en resumen, la narración evangélica
sobre que se apoya nuestra demostración. Si es exacta, dedúcese,
con toda evidencia, que el hecho de que se trata no puede explicarse
sino mediante la intervención divina. Esto es tan cierto,
que ni los mismos incrédulos han soñado jamás
en dar al hecho una explicación natural, sino que si
algo han pretendido es negarle toda realidad.
III. CERTIDUMBRE DE LA RESURRECCIÓN DE
JESUCRISTO. -Para probar la realidad de la resurrección de Jesucristo,
nos bastará dejar establecido que verdaderamente estaba
muerto cuando le pusieron en el sepulcro, y que, después,
apareció lleno de vida. Como confirmación más
plena de la fuerza de este argumento, demostraremos también
que, en el presente caso, se hizo imposible cualquier trapacería,
y, en ¡in, que si Jesucristo no hubiese realmente triunfado
de la muerte, el mundo no se hubiese convertido.
PRIMERA PRUEBA. - A. Jesucristo estaba realmente
muerto cuando
lo bajaron de la cruz.
1. San Juan, testigo ocular, afirma que Jesús expiró en
la cruz, y los tres Evangelistas nos dan el mismo testimonio.
2. Por otra parte, no puede dudarse de ello, si
se tienen en cuenta las torturas atroces que sufrió antes
de ser clavado en cruz; antes bien, si algo puede maravillarnos
es que hubiese podido permanecer en ella vivo por tres horas enteras;
la sola crucifixión, según el historiador Josefo,
bastaba para hacerle morir.
3. Los soldados encargados de quebrarle las piernas, se
abstuvieron de hacerlo porque vieron que estaba muerto.
4. La lanzada que recibió en aquellos momentos
habría bastado para quitarle el último soplo de vida.
5. Pilatos no concedió el cuerpo de Jesús á José de
Arimatea sino bajo la aserveración oficial del
centurión de que Jesús había muerto realmente.
6. Los mismos judíos estaban de
ello bien persuadidos: y es de creer que pondrían buen cuidado
en asegurarse del hecho, antes de hacer, guardar el sepulcro; tanto
más que, á ser
preciso, tampoco hubieran dejado de rematar á su víctima.
Así vemos, que ni el Sanedrín, ni los rabinos, ni
los sofistas griegos ó romanos, pensaron jamás
en negar que Jesús hubiese muerto. Nuestros mismos racionalistas
modernos nunca han recurrido á la hipótesis
pueril de una muerte ficticia del Salvador, y ni aun el mismo Renán
logró sustraerse á la fuerza de este último
argumento (2).
B. Jesucristo se mostró, en verdad, lleno de vida;
después de su muerte.
1. Este hecho aparece comprobado por numerosos
testigos oculares que, después de haber visto á su
divino Maestro expirar en la cruz, le volvieron á ver,
no soñando, ni mientras dormían, sino en pleno
día y estando en posesión de sus facultades; escucharon
sus palabras, recibieron sus órdenes, tocaron y palparon
su carne y sus heridas, y comieron juntamente con Él.
2. Esto sucedió en el espacio de cuarenta
días
y en circunstancias las más diversas, porque ocurrieron
junto al mismo sepulcro del Salvador, en el camino de Emaús,
en el Cenáculo, en la ribera del lago, en el monte de
las olivas, etc. Ni fueron siempre los mismos los que le
vieron, sino que ahora son las piadosas mujeres, ahora San Pedro,
ahora los discípulos de Emaús; después los
apóstoles reunidos, excepto Santo Tomás que
rehusaba creerles; más tarde los mismos con Santo
Tomás, que sé rindió por fin á la
evidencia; más adelante siete apóstoles en
la ribera del lago; por último, en Galilea le vio un concurso
de más de 500, entre apóstoles y discípulos,
de los cuales vivían aún la mayor parte cuando
apelaba San Pablo al testimonio de ellos. (1 Cor. XV, G.)
3. Más lo que da autoridad excepcional á todos
estos testigos es que no dudaran en sufrir la muerte en
testimonio de la resurrección de Jesucristo. Y sin embargo
estos mismos eran los que poco antes se habían mostrado
tan duros en creer; y de ellos uno había llegado hasta rehusar, á trueque
de no rendirse, el testimonio unánime de los otros apóstoles,
protestando que no creería si antes no lograba poner sus
manos en las mismas llagas de Jesús.
Resulta, pues, de toda evidencia, por la naturaleza de
estas apariciones, por el número y variedad de los testigos
y por el conjunto de circunstancias, que el hecho de la resurrección
de Jesucristo es tan cierto y demostrado corno el de su muerte.
Luego, este milagro es absolutamente incontestable.
SEGUNDA PRUEBA. -A los apóstoles érales
imposible todo fraude con respecto á la resurrección
del Salvador. En efecto: I. No podían tener intención
de robar el cuerpo de Jesús. II. Aun queriéndolo,
no lo hubieran podido hacer.
I. Los discípulos no pudieron robar
el cuerpo de Jesucristo.-No hay
hombre que se meta en aventuras, por extremo peligrosas, sin
motivos verdaderamente graves; mayormente cuando el tal
izo puede esperar de ello interés alguno; antes al contrario,
es completamente ruinoso para sus intereses. Si son, varios
los que han de intervenir, la cosa ya no es,sólo dificultosa,
sino imposible. Y, sin embargo, esto habríamos de admitir, á creer
posible la hipótesis de que los apóstoles hubieran
concebido el proyecto qué la impiedad les atribuye.
1°. Hubieran obrado sin motiv o . En efecto, ó los
discípulos creían en la próxima resurrección
de su Señor, ó no creían, ó estaban
en duda.
En el primer caso la sustracción
del cuerpo hubiera sido absolutamente inútil. En el segundo
lo que
hubieran hecho era abandonar la causa de un hombre en el que,
como suponemos, ya no tenían ninguna fe. En el último, que
fué el verdadero, como se deduce del relato evangélico,
el simple buen sentido les sugería que estuvieran á la
mira de los acontecimientos, para conformar luego con ellos
su conducta.
A menos, pues, que fueran insensatos -y nada nos
autoriza para hacer tal suposición -y que lo fueran todos á una,
jamás pudo, ni siquiera pasarles por pensamiento, el robar
el cuerpo de su Maestro.
2º. Por el contrario, tenían motivos
muy poderosos para no meterse en semejante lance:
a. Alrededor de ellos no veían sino enemigos
de Jesús, y tan encarnizados, que acababan de tratarle
de la manera más cruel, no parando hasta quitarle la vida.
De consiguiente, por parte de los judíos, no podían
esperar otra cosa más que oprobios, suplicios y aun la
muerte.
b. De parte de Dios, vengador del pecado, tenían
que temer los castigos reservados á la mentira, á la
blasfemia y á la impiedad.
c. Además, su impostura habría
de averiguarse al fin, forzosamente, y esto del modo más
bochornoso y miserable. ¿Cómo sin instrucción,
sin crédito, sin fortuna hubieran podido, ni imaginar siquiera,
que podrían llevar á cabo el proyecto más
insensato que jamás cupo en cabeza humana, cual, era el
de hacer adorar por Dios, á un impostor crucificado en Judea,
y esto en todas las naciones del mundo?
d. En fin, si no hubo tal resurrección,
Jesús no
hubiera ya sido en adelante, á los ojos de sus discípulos,
más que un embaucador, y el culpable autor
de su vergüenza y de su miseria. ¿Y por un hombre
tal habríanse ellos expuesto con tanta bravura á todos
los castigos y penalidades de este mundo y del otro?
II. Ni aun queriéndolo lo hubieran
podido hacer. Para
convencernos de ello, basta considerar rápidamente
la índole y dificultades de semejante empresa.
El sepulcro estaba cavado en la roca; su entrada
obstruida con una pesada losa, la cual, á su vez, estaba
sellada y guardada por un buen número de soldados. Ahora
bien; ¿de qué medios
disponían los apóstoles para realizar el robo? Sólo
tres pueden imaginarse: ó la violencia, ó la corrupción, ó la
astucia. Pero, en el caso presente, los tres resultan impracticables.
1. La violencia: los apóstoles, cuya vergonzosa
timidez no puede ser más notoria, pues acababan de huir
cobardemente, dejando abandonado á su divino Maestro en
la hora de su pasión, no eran hombres para forzar un piquete
de soldados, ni romper los sellos públicos; ni esto sólo,
sino que, de poner por obra semejante audacia, imposible era que
quedara oculta ó impune.
2. La corrupción: ¿con qué habrían
podido corromper á los guardas, si siempre fue verdaderamente
tradicional su extrema pobreza? Y lo notable del caso es que hubieran
debido sobornar á los soldados allí, en el mismo
puesto de guardia, y á todos absolutamente, porque
la negativa de uno solo hubiera bastado para dar al traste
con la empresa. Y estos soldados, ¿estaban seguros
de la mutua discreción que unos á otros se debían
guardar?
3. La astucia: este recurso es más difícil
aún,
y hasta imposible. ¿Por qué camino hubieran llegado
al sepulcro? ¿Por un conducto subterráneo? ¿Y
cómo ó en qué tiempo lo hubieran abierto en
la roca viva, sin llamar la atención de ningún guarda?
Y una vez abierto ¿cómo lograr rellenarlo luego para
que no quedara rastro de su obra? Y puestos dentro del sepulcro, ¡hubieran
tenido calma para despojar el cadáver de su mortaja
y dejar muy plegadito el sudario que envolvía la cabeza,
y, por remate de todo, quedaríales humor todavía
para volver la piedra á su sitio, á fin de no suscitar
sospecha alguna!
¿O tomaron, tal vez, el camino ordinario?
En este caso hubieron de pasar forzosamente por entre los soldados,
romper los sellos, apartar la piedra, deshacerse tranquilamente
de los lienzos, y doblar el sudario, y después, cargados
con su Tesoro, volverse por donde habían venido... ¡Ah! ¡y
todo esto sin hacer el menor ruido, sin que nadie se enterara de
ello! ¿Se dirá que los guardas dormían? Si
esto es razón, convengamos en que hubieron de dormirse
todos, sin que ni uno solo quedara en vela para cumplir la consigna ¡y
en que su sueño fue tan prodigiosamente profundo, que todo
aquel tráfago de idas y venidas, verificado á su
alrededor y en el silencio de la noche, no bastó todavía
para que despertara ni uno solo! -Más admitamos que
todos dormían. En este caso, ¿cómo explicar
aún que no buscaran luego el cuerpo que les habían
robado? ¿Cómo no se castigó severamente á guardas
tan infieles? ¿Por qué se vieron precisados los judíos á darles
dinero é inducirles á que se acusaran á sí mismos,
publicando su propia deshonra? ¿Cómo se explica que,
más adelante, estos mismos judíos que continuamente
estaban reprochando á los apóstoles el predicar en
nombre de Jesús de Nazaret, no les acusaran, siquiera una
vez, de que habían robado el cuerpo de su Maestro? No habían
pasado dos meses después de la resurrección, y cuando
los apóstoles predicaban este gran milagro, los judíos
se contentaban con castigarlos é imponerles silencio.
Gire, pues, y revuélvase la impiedad por
donde quiera, que por todas partes viene á dar en el lazo
que ella misma nos tenía preparado. ¡Qué miserables
son las argucias de que se sirve para sustraerse á la luz
de la evidencia! Y es que la verdad de la resurrección no
puede combatirse, sin ponerse en abierta pugna con la razón
y el buen sentido.
TERCERA PRUEBA. -Aun admitiendo, por un imposible,
que los apóstoles hubiesen querido robar el cuerpo de Jesús
y que, efectivamente, llegaran á realizar empresa tan
insensata; con todo no hubieran podido triunfar de otra dificultad
mucho mayor, cual era persuadir al mundo entero que -Jesús
había resucitado y que era Dios; siendo así que,
en realidad, no fuera, en tal hipótesis, sino un hombre
condenado por la justicia humana, y muerto ignominiosamente en
una cruz. ¡Qué de obstáculos, en efecto, se
presentaban para la realización de tal proyecto!
1.º Todos los cómplices, autores ó fautores
de esta intriga criminal debieran haberse entendido entre sí para
acreditar su embuste y comprometerse á sostenerlo, aun á costa
de los más atroces suplicios, y esto únicamente para
asegurar el éxito, por lo demás imposible, de tal
engaño.
2.° También hubiera sido necesario seducirá los
numerosos discípulos que no habían entrado en el
complot, induciéndolos á creer en las apariciones
puramente fingidas de Jesús; é inspirarles una fe
tan robusta que fuese capaz de afrontar los más horribles
tormentos, y aun la misma muerte, antes que permitirse la
menor duda sobre la realidad de la resurrección.
3.° Hubiera sido necesario engañar
no solamente á los gentiles que
rechazaban la severa moral de Cristo, que menospreciaban su pobreza é insultaban
como locura su muerte en una cruz, sino también á los
judíos que odiaban á Jesucristo y que, después
de haberle hecho morir ignominiosamente, hubieran hecho todos
los imposibles á trueque de confundir tal impostura. Pues
bien, recuérdese que, al escuchar la primera predicación
de San Pedro, se convirtieron nada menos que 3000 judíos;
y que, en la 2ª, este número subió á 5000.
4.° En fin, estos hombres completamente faltos
de cuanto puede seducir á las masas, vendrían á ser
los verdaderos causantes del cambio maravilloso del mundo entero,
y esto sin auxilios divinos, sin otro peso que el de sus afirmaciones,
ya que no podían esperar que viniera Dios á confirmar
con milagros tan criminal impostura. (3)
¡Qué fuerza tan victoriosa no tienen, pues, las pruebas
de la Resurrección de jesucristo, sobre todo si se las considera
en su conjunto! ¿Y á qué cosa podríamos
ya prestar fe si á hechos tan claros y tan firmemente establecidos
se la negáramos?
OBJECIÓN. -Aunque la verdad de la resurrección de
Jesucristo aparezca demostrada de manera que no deje lugar á duda
alguna razonable, señalaremos con todo varias tentativas
de los impíos para destruir la creencia en este milagro.
Y por cierto que no se necesita mucha agudeza de ingenio para apreciar
la fuerza de tales argumentos.
1. Strauss trabaja y suda para explicar el modo
cómo el
cuerpo de Jesús desapareció del sepulcro, y,
después de tantas fatigas, acaba por adoptar la solución
más descabellada, á saber, que el cuerpo se quedó en
el mismo sepulcro.
Esta explicación no tiene más inconveniente
que el de contradecir la narración de los cuatro. Evangelios
y el darse de bofetones con la verosimilitud. Si el cuerpo de Jesús
quedó en el sepulcro ¿cómo no se apoderaron
de él los judíos y lo pasearon por Jerusalén
y el mundo todo, á fin de destruir de una vez la creencia
en la resurrección?
La manera cómo Renán procura desenredarse
de tal dificultad, no puede ser ni más cómoda ni
menos aguda: «cuestión
es ésta, dice, á más de ociosa insoluble,
pues nunca llegará á conocerse este detalle:» Lo
cual no le impide que busque á este detalle una
docena de explicaciones á cual más arriesgada:
el rapto del cuerpo, pudo hacerse, según él, por
los apóstoles, ó por los discípulos,
los cuales pudieran haberlo escondido en Galilea; tal vez
hasta por los mismos judíos, y quizás... quizás...,
cosa por cierto nada inverosímil, por el propietario
del jardín. Más aún; el que estuviera plegado
el sudario parece indicar, no sin fundamento, que anduvo allí de
por medio la mano de alguna mujer. Después rechaza todas
estas explicaciones, y acaba atribuyendo la desaparición
del cuerpo de Jesús... ¡á pura casualidad!
(4)
2. Con iguales dificultades topan los incrédulos
al explicar la fe inquebrantable de los apóstoles
en la resurrección.
Strauss hace esta confesión: «Si no hay medio de explicar
sin milagro el origen de la fe en la resurrección de Jesús,
nos vemos obligados á negar todo lo que hemos dicho, y á renunciar á nuestra
empresa.» Además, el mismo autor rechaza, como inverosímil,
el caso de impostura por parte de los apóstoles: «jamás,
dice con razón, habrían puesto tanta fe en una mentira,
hasta perder por ella la vida.» Por fin, y persuadido tal
vez que con ello daba satisfacción cumplida á todas
las dudas, afirma sin titubear que los apóstoles fueron
engañados, y que la causa de su engaño hubo de ser,
ni más ni menos, la imaginación. Por tanto la resurrección
de Jesús, según este impío- y Renán
encuentra la invención muy de su gusto- es el simple resultado
de una alucinación, el efecto de una fantasía
desbocada. Y así dice: «como los apóstoles
se encontraban en un estado de grande sobreexcitación,
tomaron por realidad lo que no era sino simple juego de imaginación».
Tan gratuitas aserciones por sí mismas se refutan. Si todavía
no merecen fe testigos que ofrecen tales garantías de veracidad ¿qué cosa
del mundo podrá jamás ser digna de ella?
Si la resurrección de Jesucristo no tiene
otro fundamento que la alucinación, los apóstoles
y discípulos
han creído ver lo que de veían, oír
lo que no oían y tocar lo que no tocaban; pero del relato
evangélico consta todo lo contrario: luego... Pues lejos
de estar predispuestos á admitir fácilmente la resurrección,
lo que hicieron fue encerrarse en el Cenáculo por miedo á los
judíos, y abandonarse á la desconfianza: ¡tan
olvidadas traían las predicciones de su Maestro! Se resistieron á creer
en el testimonio de las santas mujeres; cuando Jesús se
les apareció, tomáronle al principio por fantasma,
y no salieron de su engaño hasta que hubieron tocado y palpado
el cuerpo del. Salvador y, finamente, vístole comer con
ellos. ¿Aparece aquí traza alguna por donde se eche
de ver la tan decantada alucinación:
Porque, aun en este supuesto, preciso fuera que todos los discípulos,
absolutamente todos, hubiesen sido víctimas de dicha alucinación,
incluso aquellos tardos de corazón y pusilánimes
que iban á Emaús, y aquel primer incrédulo,
Tomás, y los quinientos discípulos que presenciaron
la ascensión de Jesús. (1 Cor., XV, 6.) Ni esto solo,
sino que tal engaño hubiera tenido que prolongarse por espacio
de cuarenta días, y repetirse en circunstancias las
más diversas, y, finalmente, cosa tal vez más rara
que las anteriores, se hubo de desvanecer de una vez y para siempre
el día de la ascensión, fenómeno, á su
vez, también puramente imaginario!
Más todavía: ¡sería
necesario admitir que el acto de apartar la piedra del sepulcro
y el espanto de los guardas fueron igualmente pura ilusión;
que los mismos guardas fueron también alucinados; que el
sepulcro no estuvo vacío
más que en la imaginación de los discípulos! Á la
verdad, que está uno tentado de preguntar si hablan
seriamente los escritores que tales hipótesis sostienen.
Pero aun suponiendo todo esto posible, quédase
todavía
por explicar cómo el Cristianismo, que en tal caso no tiene
por fundamento más que una ilusión, se ha podido
establecer, regenerar el mundo v, á despecho de todos los
obstáculos, perpetuarse hasta nosotros á través
de los siglos. Á la verdad que este solo milagro sería
más grande que todos los otros. (5)
CONCLUSIÓN. -Es, pues, absolutamente
cierto que los Evangelistas no se han engañado acerca de
la resurrección de Jesucristo,
que no han querido engañar, y que, aun en el caso de
haberlo pretendido, tampoco lo hubieran logrado. Jesús,
después
de una muerte tan real como la que más, salió vivo
del sepulcro, conforme lo había anunciado El mismo,
en testimonio de su misión divina. El es, por lo tanto,
el enviado de Dios; y su obra, la religión cristiana, una
obra divina.
Notas:
(1) Cierto que San
Mateo usa la palabra al día siguiente; mas este
día siguiente, que era el sábado
legal, comenzaba, según la costumbre de los judíos, desde la
tarde. En efecto, el día de los judíos, como formalmente lo atestigua
el Levítico (XXIII, 32), era el tiempo comprendido entre dos puestas
de sol. Resulta, pues, que el sepulcro fué sellado Y guardado por
los soldados desde el mismo viernes por la tarde.
(2) Vie de Jesús, p. 439; Cf. wallon,
op. cit. p. 300.
(3) Al tercer día,
Jesucristo resucita; se aparece luego á los suyos, que le habían
abandonado y que se obstinaban en no querer creer en su resurrección.
Estos le ven, le hablan, le tocan y, al fin, se convencen. Para confirmarlos
en la fe de este portento, Jesús se les muestra diversas veces y en
distintas circunstancias. Aparécese á algunos de sus discípulos
en particular, y también estando todos ellos reunidos; y aun en cierta
ocasión
se deja ver de más de quinientas personas juntas. El apóstol
que tal afirma asegura que la mayor parte de éstas vivían aún
cuando él le escribió. jesucristo resucitado dió á sus
discípulos todo el tiempo que quisieron para contemplarle á su
sabor; y después de haberse dejado ver de todas las maneras que desear
podían, de suerte que no les quedara in menor dula, les ordenó que
dieran testimonio de lo que habían visto, oído y tocado
con sus propias manos. Para que nadie pudiera dudar de su buena fe, no menos
que de su persuasión, les obligó á sellar con su sangre
el testimonio que de él daban. Por eso su predicación es inconmovible,
porque tiene por fundamento un hecho positivo, atestiguado unánimemente
por cuantos lo presenciaron. Su sinceridad está justificada por la más
fuerte de las pruebas que se pueden imaginar, que es la de los tormentos y
la de la misma muerte.» Bossuet, Disc. sobre la Hist. univ., para,
2. ª , e. XIX
(4) «La resurrección de J. C.,
constituye un acontecimiento histórico de carácter tan milagroso,
que no se puede pensar en deshacerse de él sin caer en un milagro más
grande todavía y, por añadidura, en un absurdo. El librepensamiento
acumula aquí, con el fin de agobiar al espíritu humano, mil hipótesis
y teorías mucho más difíciles de digerir que el pretendido
absurdo del que librarle intenta. Existe en lo pasado un acontecimiento capital,
la resurrección de JC.; y son tan especiales los caracteres
que, en su conjunto, ofrece, que no es posible pueda legítimamente atribuirse á solas
las fuerzas de la naturaleza. Estos caracteres nos los proporcionan ya los
mismos testigos, que nos los refieren bajo la acción directa y personal
de Dios, ya lo; librepensadores que no los pueden explicar sino recurriendo á causas
inadmisibles y radicalmente opuestas á las que nos manifiesta el curso
ordinario de los fenómenos de la naturaleza. Abate Fremont, op.
cit. Lettres à l'abbé Loisy, p. 62.
(5) Cf. Bourdaloue, Sermón
sobre la resurrección de Jesucristo; Frayssinous y el Cardenal
Giraud, Sermones sobre
el mismo asunto; P. Lescoeur, La science et lesfaits surnaturels contemporains,
c. 3, p. 18, 28; Mgr. Freppel, Confér. star la. divinité de
J.-C., conf. 9.a, p. 221; P. íMonsabré, Conf. de N.-D.,
1880, conf. 48.1; Fouard, La vie de N.S. J.-C., t. *11, lib.
VII; Abbé Frémont, 3º lettre a L' abbé Loisy: La résurrection du Christ
estelle ¡in fait historique? (Bloud, 1904).
En Le 13º apôtre, Enrique Laserre, aplicando á la
vuelta de Napoleón de la isla de Elba el procedimiento de Renán,
prueba que ¡no tuvo lugar más que en la imaginación de
los admiradores del gran conquistador moderno!
Las objeciones que pueden sacarse
de las divergencias entre las narraciones
de la resurrección de Jesucristo, las refutamos ya cuando respondimos á la
objeción hecha contra la autoridad de los Evangelios. Recuérdese
que aquí no nos apoyamos en la inspiración de los Sagrados
Libros, sino que únicamente invocamos estos escritos como monumentos
históricos de autoridad irrefragable. En esta hipótesis el hecho
mismo de la resurrección ha sido probado de un modo inquebrantable;
por lo demás, la dificultad, más ó menos real, que pueda
ofrecer el conciliar ciertos detalles, no merece apenas importancia
alguna, pues refiérense todos á puntos muy accidentales y que
en ningún modo pueden interesar á la substancia del hecho. Y,
por otra parte, nada tiene de extraño que aparezcan tales divergencias
cuando son muchos los que refieren por menudo y con todos los peros y
señales un mismo acontecimiento; las cuales, sin embargo, resultan,
por esta causa, muy fáciles de explicar.-Estas aparentes contradicciones
sobre puntos secundarios, son hasta una garantía de la sinceridad de
los Evangelistas. A querer persuadirnos una ficción, se hubieran
concertado de antemano, ó á lo menos hubiéranse acomodado
los unos al decir de los otros, para evitar así toda sospecha. -Por
lo demás, fácilmente se encontrarán en los comentaristas
de los Evangelios, explicaciones aceptables que permiten conciliar aquellos
detalles que, á primera vista, parecen contradictorios.