ARTÍCULO II
El Pentateuco y las ciencias.
«La ciencia, dice José de Maistre,
es una especie de ácido que disuelve todos los metales,
excepto el oro.» Sólo
lo que es divino puede resistir los ataques de la crítica
moderna. Y por cierto que no son ataques precisamente lo que
ha faltado al cristianismo; y si ha salido de ellos victorioso,
atribúyase exclusivamente á que es de origen
celestial, como él mismo afirma y sostiene. En nuestro siglo,
especialmente, hanse puesto en juego todas las ciencias, para que
con su valioso apoyo ayudaran á socavar la roca sobre que
estriba; pero, por dicha nuestra, todos los trabajos científicos
encaminados á menoscabar la autoridad del Pentateuco no
han servido sino para robustecerla y consolidarla.
Cierto que en más de una ocasión los descubrimientos
científicos han parecido contradecir, por de pronto, al
sagrado texto; pero después que á fuerza de grandes
trabajos los zapadores de la ciencia han penetrado más á fondo
en lo qué antes les era desconocido, estas pretendidas
contradicciones se desvanecieron por sí mismas, brillando
con nuevo y más bello fulgor la verdad de los sagrados libros.
Ni debemos los católicos asombrarnos de
este resultado; porque estamos plenamente convencidos de que no
puede haber verdadero antagonismo entre la Je y la ciencia; porque
Dios mismo, Criador de todas las cosas, es á la vez el Señor
de las ciencias y el Autor de la revelación. Sea cual fuere
la vía por donde se digne comunicarnos alguna nueva porción
de verdad; sea que la revele directamente al hombre, ó que
la descubra, paso tras paso, después de sabias y laboriosas
investigaciones, lo cierto es que Dios no puede estar en contradicción
consigo mismo y, por consiguiente, que nunca habrá de temer
la revelación el mentís lanzado contra ella á nombre
de la verdadera ciencia.
Pero esta afirmación sumaria no es suficiente
para nosotros. Por ahí andan aún muchas objeciones
sacadas de la geología, de la paleontología, de la
biología
y de otras ciencias (1), con
las cuales se ha pro curado levantar gran polvareda. Y aun en ciertas
almas ha ocasionado la ruina espiritual, ó sea la pérdida
de la fe, siendo la piedra de escándalo en que han tropezado,
al ir con sutiles averiguaciones en pos de la verdad religiosa.
A fuerza de oir repetir, en todos los tonos, que la ciencia es
incompatible con la revelación, y que los descubrimientos
modernos han puesto en evidencia la imposibilidad del milagro,
y probado lo absurdo de los dogmas del Cristianismo, muchos hombres
han acabado por ver derribadas y deshechas sus creencias religiosas.
Mucho importa, pues, que los jóvenes católicos procuren
por sí mismos tener fe ilustrada, poniéndose en condiciones
de poder patentizar la vaciedad de estas mentirosas afirmaciones;
necesario es que aprendan á refutar estos sofismas capciosos
y aparten á sus hermanos de ciertos prejuicios que
pueden serles obstáculo para la adquisición
de la verdad (2). He, aquí,
pues, el lugar oportuno para examinar las principales dificultades,
suscitadas á nombre de la ciencia, contra lo que dice el
Pentateuco respecto la formación y edad del mundo, la obra
de los seis días, la antigüedad del hombre, etc.
Por nuestra parte, demostraremos que los modernos descubrimientos, en
lo que tienen de cierto, dejan absolutamente intactas
las verdades reveladas y las pruebas de la revelación.
ADVERTENCIAS PRELIMINARES. -Para fijar la situación
recíproca de la Sagrada Escritura y de las ciencias, se
hacen necesarias algunas advertencias preliminares.
PRIMERA ADVERTENCIA. -La Sagrada Escritura
no es en modo alguno un libro científico. -Aun en
los sitios en que habla de fenómenos especialmente propios
de la ciencia, no hay que creer que la Escritura se proponga
entonces resolver algunos problemas de geología ó de
astronomía,
sino más bien enseñarnos las verdades
de la fe, exponer los hechos de la religión y
los deberes que de ellos se derivan. Así, por ejemplo,
cuando Moisés relata la creación, lo único
que se propone es revelar y afirmar el dogma de la creación divina
respecto á todas las categorías de los
seres, y establecer de esta manera los fundamentos de la
religión, y el precepto del descanso hebdomadario, pero
de ningún modo pretende enseñarnos historia natural, ó formular
una geogonía teórica y completa, ó describirnos
científicamente las sucesivas transformaciones por
que ha pasado el planeta que habitamos.
De aquí resulta que cuando se interpreta
la Escritura,
hay que considerarla desde este aspecto doctrinal y religioso, y
no con la mira de descubrir en ella fórmulas destinadas á zanjar
las cuestiones debatidas entre los sabios (3).
Resulta también que la Escritura, así como no puede
dar por verdaderas proposiciones que han sido reconocidas
como erróneas por la ciencia (4),
así no hay inconveniente alguno en que hable de las cosas
según las apariencias exteriores que entran por nuestros
sentidos. Nada obsta, pues, que, para enunciar las verdades religiosas,
se sirva de expresiones, metáforas y figuras científicamente
inexactas, si se las toma en sentido riguroso, pero qué son
conformes, ya con el genio de la lengua en que ella se expresa,
ya con el género de literatura que adopta, y a con las cualidades
espirituales del pueblo á que se dirige. Así,
para dar á entender que la batalla de Gabaón pudo
terminarse gracias á una prolongación milagrosa de
la luz del día (debida tal vez á una simple modificación
local de la atmósfera), el escritor sagrado dirá que
se paró el sol, como decimos aún todos los días,
que el sol se levanta, que el sol se pone. Los mismos sabios
y las mismas revistas astronómicas no hablan de otra
manera.
«La Escritura, dice el ilustre astrónomo
Kepler á propósito
de este mismo lugar, enseña verdades sublimes, pero empleando,
para su inteligencia, locuciones usuales. No habla sino incidentalmente
de los fenómenos de la naturaleza, y cuando lo hace, emplea
los términos más conocidos para la generalidad de
los hombres. Nosotros mismos, los astrónomos, si bien perfeccionamos
la ciencia de los astros, no podemos lisonjearnos de perfeccionar
el lenguaje; como el pueblo, decimos: el sol se levanta, el sol
pasa por el meridiano, el sol se pone; expresamos, como cualquier
hijo de vecino, lo que parece que pasa á nuestros ojos,
aunque nada de todo ello sea verdad. No debemos, por tanto, exigir
más de la Sagrada Escritura en este punto; pues si ella
abandonara el lenguaje ordinario para tornar el de la ciencia,
no lograría otra cosa que desconcertar á los simples
fieles, cerrándose el camino para obtener el fin sublime
que se propone» (5).
Arago habla en el mismo sentido en su Astronomie
populaire, t. III, p. 23 (6).
SEGUNDA ADVERTENCIA. -León XIII, en su
Encíclica,
afirma que no hay que temer, conflicto alguno entre la fe y las
ciencias, siempre que éstas no traspasen los dominios
que les son propios, invadiendo los que pertenecen á la
filosofía y á la fe (7).
En efecto, estos conflictos, en todo caso, no
pueden provenir más que de uno de estos dos motivos: ó bien
de las pretensiones de ciertos sabios que presentan sus
propias opiniones como si fueran decretos irreformables de la misma
ciencia; ó bien de la imprudencia de ciertos comentaristas de
la Escritura que ofrecen como verdades reveladas lo que no son
sino interpretaciones personales del sagrado texto.
Desgraciadamente no faltan hombres, por lo demás
instruídos,
que, cegados por el odio á lo sobrenatural se salen del
dominio científico, que es propiamente el de los hechos
y el de la experiencia, y edifican sin más fundamento
que su imaginación, y a priori, teorías
sobre teorías, las cuales si algo demuestran es el deseo
de anonadar, si pudieran, toda creencia religiosa. A la verdad,
nadie niega á los sabios el derecho de idear hipótesis, con
el fin de llegar un día á más ciertas conclusiones,
pero mientras tales idealizaciones no pasen de ser meras hipótesis
no tienen derecho alguno á imponerlas (8).
-Cuanto á los exégetas, no es don privativo
de tal ó cual, sino solo de la Iglesia, el formular interpretaciones
dogmáticas obligatorias. -Notemos además que los
asertos bíblicos relativos á los hechos de
que se ocupa la ciencia, y acerca de los que la Iglesia exige
que se respete su sentir, son muy pocos en número. La
razón es sencilla y se deduce de lo que ya llevamos expuesto;
porque siendo, como es, la Biblia un libro religioso y no científico,
no se ocupa de los fenómenos de la naturaleza más
que para enseñar á los hombres lo que interesa á su fe y á su conducta (9).
Una cosa en especial hemos de advertir, y es que
para que, con toda verdad, pueda haber acerca de algún
punto relacionado con la naturaleza oposición entre la Biblia
y la ciencia, es necesario que se reúnan las tres condiciones
siguientes: 1. El sentido preciso de la Escritura debería
ser absolutamente
cierto, ya por su propia claridad, ya porque haya sido fijado
por la autoridad infalible de la Iglesia. 2.ª Sería
necesario que la afirmación de la ciencia fuese indiscutible, sancionada
por todos los jueces verdaderamente autorizados. 3.a Sería
necesaria, en fin, una incompatibilidad absoluta entre
el sentido cierto de la Biblia y el resultado adquirido por la
ciencia, y perfectamente demostrado. -Ahora bien, estas tres
condiciones no se han visto, ni se verán juntas jamás.
Pasemos ahora á explicarlas algún tanto.
PRIMERA CONDICIÓN. - Aparte de las decisiones
dogmáticas
de la Iglesia, no es fácil fijar de una manera cierta
el sentido literal de la Biblia en los pasajes en
que se trata de las ciencias naturales. Nos referimos especialmente á los
relatos que se contienen en los primeros capítulos
del Génesis, porque ellos son los que ofrecen fecundo campo
para las objeciones.
Sin duda que las interpretaciones de los textos
de la Escritura, sostenidos por la unanimidad á lo
menos moral de
los Padres y de los Doctores de la Iglesia, tienen mayores
garantías de certeza (10);
mas para ello es necesario que los Padres den su interpretación
como propia de la Iglesia; y la impongan, por consiguiente, á la
fe de los fieles: in rebus fidei et morum ad aedi ficationem
docirinae christianae pertinentium, dicen los Concilios
Tridentino y Vaticano. Entonces, y sólo entonces, tienen
los Padres y Doctores autoridad de fe, porque en este caso
su enseñanza representa ó manifiesta la enseñanza
auténtica de la Iglesia universal, que ha
recibido de Jesucristo el privilegio de la infalibilidad en lo
que concierne á la fe y á las costumbres. Fuera de
estas circunstancias nadie está obligado á adherirse á las
ideas científicas de los Padres. Ellos, en sus
trabajos de exégesis, utilizaron las ciencias tales cuales
las encontraron en sus respectivos tiempos; tan libres somos nosotros
como ellos de servirnos, para la explicación de la
Escritura, de los progresos que las ciencias han realizado
en nuestro siglo.
De lo que acabamos de decir, resulta que conservamos
una gran libertad con respecto á la exposición mosaica
de la obra de la creación v de la formación de la
tierra. En efecto, este relato, como al momento veremos, ha
recibido de parte de los Padres de la Iglesia y de los exégetas
las más diversas, por no decir las más opuestas,
interpretaciones. Ahora bien, es principio fundamental en hermenéutica,
que en las cosas dejadas por Dios y la Iglesia á la libre
discusión humana, nadie debe atreverse á dar su interpretación
privada como si fuera la única y verdadera interpretación
de la Biblia.
SEGUNDA CONDICIÓN. -La afirmación
científica
debería ser tan evidente que no admitiera réplica.
Mas si bien miramos, veremos que, en la mayor, parte de las ciencias,
dista mucho de ser cierto lo que en contra de la Biblia ha
pretendido invocarse. En los albores, por ejemplo, de la geología,
cuando las hipótesis no hacían más que sucederse
unas á otras, pretendióse, á nombre de
cada una de ellas, convencer á la Biblia de error (11). «La
experiencia de lo pasado, dijo Virchow en el Congreso antropológico
de Alemania de I882, nos ha prevenido suficientemente para que
no nos arrojemos á sacar consecuencias prematuras. Cuando
se habla ó escribe para el público, creo debería
examinarse muy prolijamente los gramos, por decirlo así,
de verdad científica que entran en nuestros escritos;
imprímanse por vía de notas y en tipo menor todas
las explanaciones puramente hipotéticas, dejando para
el texto nada más que lo absolutamente verdadero.»
TERCERA CONDICIÓN. -Después de lo dicho,
inútil es insistir en esta condición, por sobrado
evidente. Aun en el caso de que el texto bíblico tenga un
sentido cierto, y el hecho científico sea indudable, todavía
se requiere que entre el uno y el otro exista manifiesta contradicción,
que haya incompatibilidad absoluta. Y, como ya
hemos visto, este caso no se presenta jamás. Ya lo haremos
ver más palpablemente cuando tratemos de algunas cuestiones
en particular.
TERCERA ADVERTENCIA. -Resulta de todo lo anterior,
que la Iglesia no tiene motivo alguno para cohibir á los
sabios. Por eso el que tiene fe se encuentra tan holgadamente en
el terreno de la ciencia como el que no tiene la dicha de creer.
Lejos de obstruir las vías de la ciencia, la Iglesia la
deja en completa libertad de moverse y progresar en el vasto camino
que Dios le ha señalado;
aplaude sus esfuerzos, porque segura está de antemano que
sus descubrimientos no harán otra cosa que confirmar
las verdades reveladas. Por lo demás, ahí está la
historia de los tiempos pasados, para atestiguar que la Iglesia
ha sido siempre la noble protectora del verdadero saber. Véase
la 2.a parte, cap. V, art. III, § l, Acción de
la Iglesia sobre las Letras y las Ciencias. ¿No hemos
oído
proclamar á León XIII, que «la Iglesia en nada
se opone á que las ciencias trabajen en desarrollar su actividad
dentro de su propia esfera, siempre que no se aparten de los principios
y métodos que les son propios?» (12).
Notas:
(1) Entre
las ciencias llamadas comúnmente
modernas, a causa de los inmensos progresos que en nuestro siglo han realizado,
ponemos á la geología ó ciencia de la tierra; a la astronomía ó ciencia
de los cielos; a la biología ó ciencia de la vida; a la paleontología ó ciencia
de los fósiles; a la antropología, ó ciencia del hombre
desde el punto de vista de su origen, de su constitución, de la
unidad de su especie y de su antigüedad; á la etnología
6 ciencia de los pueblos considerados en su antigüedad, en sus lenguas
6 idiomas, en sus hábitos, costumbres, escritos y monumentos.
(2) V.
Introducción, p. 16.
(3) Pelt. t. 1, p. 40,
(4) Encíclica Providentissimus de
León XIII, sobre los Sagrados Libros, 1893.
(5) Astronomía
nova, Introd.,
p. 4, Praga 1609. -No carecerá (le utilidad decir cuatro palabras sobre
un hecho bíblico que ha tenido el privilegio de excitar la burlona risa
de ciertos hombres de nuestro tiempo, como ya en siglos anteriores provocara
la de los paganos de Africa, á los que respcndió San Agustín.
Tratase de la historia de Jonás. Este hecho es a todas luces milagroso,
porque el profeta no podía naturalmente vivir tres días
en aquella tenebrosa prisión y ser luego arrojado sano y salvo a la
orilla: mas, como hace notar San Agustín, éste hecho no es menos
maravilloso que el de la conservación de los tres mancebos hebreos
en medio de las llamas del horno; y tan fácil cosa es á Dios
conservar vivo á un hombre en el vientre de un monstruo marino, como
resucitarlo del sepulcro. Pero, además de este milagro, ¿no
hay aquí algún nuevo portento, en el hecho de engullir el
monstruo á Jonás? Si el monstruo que lo devoró era realmente
una ballena, no hay duda que sí, porque el esófago de este mamífero
es demasiado estrecho para ciar paso a un hombre. Mas el texto hebreo, que
es el texto original, no define el monstruo en cuestión. Unicamente
dice que era un gran pez; este término, en su acepción vulgar,
comprende todos los monstruos marinos sin excepción, lo mismo los cetáceos
que los peces propiamente dichos. El vocablo empleado en la versión
de los Setenta no es más explícito. Así piensan los mejores
comentadores, tanto judíos y protestantes, como católicos. Parece
preferible suponer un pez del género de los Pristis, como lo figuran
los frescos de las catacumbas y los monumentos de los primeros siglos; ó,
mejor aún, del género de los Squálidos, como el tiburón
(Carcharias) ó la lamia (Lama Carnubica). Estos peces en todo tiempo
han habitado en el Mediterráneo; de ellos los hay tan enormes,
que fácilmente pueden tragar a un hombre, sin triturarlo, y no
faltan ejemplos que lo confirmen. Cf. Vigouroux, Manuel biblique, 6. ª ed.,
t. II., p. 640; Bible de Vence, Dissertation sur le poisson qui engloutit Jonás.
-Se encontraran observaciones Interesantes respecto del mismo hecho en
un trabajo de Mgr. Lamy intitulado: Le prophéte Jonas
(Louvain, 1874), inserto en el Diccionario apologético de Jaugey.
(6) A esta
objeción: Josué no
hubiera en modo alguno mandado al sol que se parara, á no estar
convencido de que andaba», he aquí cómo responde Arago: «Si
de este modo discurrimos, tampoco sé puede afirmar que los astrónomos
de hoy día crean en el movimiento de la tierra, puesto que dicen generalmente:
El sol se levanta, el sol pasa por el meridiano, el sol se esconde. Si Josué hubiera
dicho: Detente Tierra, no solamente ninguno de los soldados de su ejército
hubiera comprendido lo que quería decir, sino que tal lenguaje pareciera á todos
imposible y anticientifico.» Por lo demás poco importa que
Josué conociera ó no la verdad respecto de este punto: relatase
un hecho verdadero y esto basta.
(7) «La
religión,
ha dicho Mgr. Freppel, en la sesión de clausura del Congreso científico
de París, 1891, no pretende en modo alguno poner trabas a las humanas
ciencias en su desenvolvimiento normal y regular, y mucho menos tiene
la pretensión de emitir juicios doctrinales sobre el mérito de
una obra oratoria y literaria. No hay para qué decir que la Iglesia
no ha recibido de su divino Fundador ninguna revelación ni sobre las
propiedades de los cuerpos, ni sobre las relaciones de distancia ó de
volumen que pueden existir entre los astros. En otros términos, y por
tomar las palabras en su precisa significación: no hay ni astronomía,
ni medicina, ni química, ni física reveladas; no hay, por lo
tanto, mas que ciencias naturales que, por su objeto propio y específico,
se fundan y se desarrollan, las cuales no pueden pedir prestado a la teología
ni las leyes por que deben dirigirse, ni el método que más les
sirva para su desenvolvimiento y progreso».
(8) V. Introd. p. 88 y sig.
(9) «La
Escritura, dice M. Pelt, prepónese
un fin religioso, especialmente en el primer capítulo
del Génesis. Quiere instruirnos en las verdades de la salvación,
y condenar los errores de la antigüedad pagana sobre Dios y sobre
el mundo; no pretende enseñarnos teorías científicas,
de astronomía ó de otras ciencias por el estilo. Ademas el relato
bíblico tiene un carácter eminentemente popular. Su lenguaje
es concreto y llenó de imágenes: Dios se representa como un obrero
que trabaja durante el día y cesa a la tarde en su trabajo, y queda
satisfecho al ver terminada su labor. La descripción de las obras
de la creación es sencilla y breve; en ella no se mencionan sino los
hechos principales, sin precisar ni el modo ni la duración; esos se
nos representan según las apariencias, y con un lenguaje y modo de hablar
que reflejan las concepciones científicas de los primeros lectores
de la Biblia.» Histoire de L' Ancien Testament ,
t. I, p. 4?, Lecoffre, París, 1904 -Moyses rudi populo loquebatur, quorurn
imbecillitati condescendens, illa solum eis proposuit, quae manifeste
sensui apparent. » S. Thom., Summ Theol., 1ª q. 68, árt.
3, c.
(10) Se llaman propiamente
Padres de
la Iglesia los escritores santos y sabios que han sido reconocidos por
la misma Iglesia, como los fieles testigos y doctores de la religión
cristiana. Se da especialmente el nombre de Doctores a aquellos cuya ciencia
ha sido mas eminente y cuya autoridad se reconoce como más considerable
Tales son, en la Iglesia griega, San Basilio, San Atanasio, San Gregorio
Nacianceno, San Juan Crisóstomo; y en la Iglesia latina, San Gregorio,
San Ambrosio, San Agustín, San Jerónimo, San León, Santo
Tomas de Aquino, San Bernardo; y en los últimos tiempos, San
Francisco de Sales y San Alfonso M. de Liborio.
(11) En su 2.° vol. de los Esplendores
de la fe, pone el abate Moigno cinco grandes paginas cíe afirmaciones,
todas las cuales pretenden pasar por científicas, pero que, sobre
una porción de materias, vienen á ser como el pro y el contra,
el sí y el no. V. en la Revue des Quest. scíentif. los artículos
de M de la Vallée sobre la certeza en geología.
(12) V.
la Encíclica de León
XIII Providentissimus, sobre el Estudio de la Sagrada Escritura, 1893;
Etudes, P. Prat, S. J., Progrés et tradition ere exégèse, Oct.
190''; J. Guibert, Les Origines, 4ª edic., París,
Letouzey, 1905; P. de Smedt, S. J., Principes de la critique, c. XV.