ARTÍCULO PRIMERO
Autoridad del Pentateuco
OBSERVACIÓN PRELIMINAR. -El fin y objeto de este Curso
de Apologética cristiana, como lo indica ya el mismo título
de la obra, es demostrar plenamente la divinidad de la religión
fundada por Jesucristo, y probar la necesidad en que nos encontramos
todos, si no queremos desobedecer los dictámenes de
nuestra razón, de creer lo que el Autor de esta religión
nos ha enseñado, y practicar todos los preceptos que nos
ha impuesto. Ahora bien, para conseguir esto, bastaría que
nos fijáramos en demostrar la autoridad del Nuevo Testamento
y especialmente la de los Evangelios.
Por otra parte, una vez demostrado que la misión
de Jesucristo es divina, la sola atestación formal de este enviado
de Dios, basta para establecer la divinidad de las dos revelaciones anteriores, la primitiva y la mosaica.
Así pues, si sólo atendiéramos á la
simplicidad del método, podríamos, sin dañar á la
solidez de la demostración general, suprimir los dos artículos
siguientes, que son los que conciernen al Pentateuco. Por
lo tanto, si se prevé que ha de faltar tiempo para estudiar
seriamente todo este Curso, podránse suprimir las útiles
enseñanzas que en estos dos artículos se contienen.
Cierto es que entre las diez pruebas que daremos
de la divinidad del Cristianismo hay una importantísima,
la tercera, la cual se funda en el cumplimiento que tendrán
en la persona de Jesucristo las profecías mesiánicas
que en él Antiguo Testamento se contienen. Pero, para
que esta prueba conserve todo su valor apologético, basta
que la razón esté completamente cierta de que estas
profecías existen, y de que fueron conocidas mucho
tiempo antes de su realización. Ahora bien, está fuera
de duda que la versión griega llamada de los Setenta, que
se difundió por todas partes, fué empezada hacia
el año 280, y acabada hacia el año 125 antes de
J. C.
Para que un libro goce de, autoridad completa,
para que se imponga á nuestra
creencia, debe reunir tres caracteres:
1. La autenticidad substancial; es necesario que el
libro, al menos en su parte esencial, se remonte hasta el autor á quien
se atribuye (ó á la época que se le asigna,
si el autor es desconocido ó dudoso), bien que hayan podido
ser utilizados por él documentos anteriores á su época.
2. La integridad substancial: el libro debe haber llegado á nosotros
sin haber sufrido alteración en la substancia de las cosas
y sin adiciones contrarias á los datos esenciales del fondo
primitivo.
3. La veracidad substancial; es decir,
que las cualidades morales y las circunstancias todas deben poner
al principal autor, y á los que hayan explicado ó completado
los primitivos datos, á cubierto de toda suposición
de error ó de mentira.
Cuando una obra reúne todos estos caracteres, ningún
hombre cuerdo puede negarse á admitir como ciertos los hechos
que en ella encuentra consignados, y entonces constituye un documento
fehaciente.
Pues bien, tales son los libros de que se compone la Sagrada Escritura.
I. Autenticidad del
Pentateuco
TESIS. -EL PENTATEUCO RELATA FIELMENTE LA OBRA DE MOISÉS,
EL LEGISLADOR DE LOS HEBREOS.
Ante todo, decimos que la autenticidad mosaica del Pentateuco
ha sido afirmada por la Comisión bíblica en decreto
aprobado por Pío X á 27 de Junio de 1906. He aquí el
texto de esta decisión:
«La Comisión pontificia encargada de promover los
estudios bíblicos ha juzgado deber responder como sigue á las
siguientes dudas que le han sido propuestas:
»I. Los argumentos acumulados por la crítica
para atacar la autenticidad mosaica de los Sagrados Libros que
se comprenden bajo el nombre de Pentateuco ¿tienen tanta autoridad
que ante ellos resulten sin fuerza alguna los numerosos testimonios
de uno y otro Testamento, colectivamente tomados, la opinión
constante del pueblo judío, la tradición perpetua
de la Iglesia y los indicios internos que del mismo texto se desprenden,
y dan derecho á afirmar, que estos libros no tienen por
autor á Moisés, sino que han sido formados con documentos
en su mayor parte posteriores á la edad mosaica?
»Respuesta. No.
»II. ¿La autenticidad mosaica del Pentateuco exige
necesariamente la redacción de la obra entera, de modo
que estemos obligados á decir que Moisés escribió de
su mano, ó dictó á otros, todos y cada uno
de sus rasgos; ó bien se puede permitir la hipótesis
de los que estiman que confió á uno ó á muchos
secretarios el cuidado de redactar su misma obra, concebida por él
bajo el soplo de la divina inspiración, entendiendo
siempre que estos secretarios expresaran fielmente sus pensamientos,
no escribiendo ni omitiendo nada que fuera contrario á su
voluntad, y que, en fin, la obra, así compuesta y aprobada
por Moisés su principal é inspirado autor, haya sido
bajo su propio nombre publicada?
» Respuesta. No á la primera parte, sí á la
segunda.
»III. ¿Puédese conceder, sin mengua de la'
autoridad mosaica del Pentateuco, que Moisés, para
componer su obra, se haya servido de fuentes, como son documentos
escritos ó tradiciones orales, de las cuales, según
el fin particular que se proponía, y bajo el influjo de
la divina inspiración, haya sacado muchas de las partes
que ha insertado en su propia obra, ya sea palabra por palabra ó sólo
en cuanto al sentido, ya sea resumiendo ó ya amplificando? » Respuesta. Sí.
»IV. Dejando á salvo, en cuanto á la substancia,
la autenticidad mosaica y la integridad del Pentateuco, ¿puédese
admitir que en tan largo transcurso de siglos se hayan introducido
algunas„ modificaciones, como, por ejemplo, adiciones hechas
después de Moisés, si bien por autor inspirado, ó glosas ó explicaciones
interpoladas en el texto, trasladando ciertas palabras ó idiotismos
ya anticuados al lenguaje corriente; en fin, lecciones equivocadas
debidas á la impericia de copiantes, cosas todas que
sea preciso indagar y fijar, según las reglas de la critica?
» Respuesta. Sí, salvo el juicio de la Iglesia.
El 27 de junio de 1906, en la audiencia benignamente
otorgada á los
Consultores secretarios, el Padre Santo aprobó las respuestas
susodichas y ordenó su publicación. (1)
Como se ve, los miembros de la Comisión
encargada por el Soberano Pontífice de promover los estudios
bíblicos, declaran que las objeciones acumuladas contra
el origen mosaico del Pentateuco no contrarrestan á las
pruebas que en su favor se aducen. La decisión dicha
nos indica también en qué sentido se puede entender
tal autenticidad; admite como legítimas las hipótesis
que suponen el recurso á documentos anteriores, el empleo
de secretarios, lo mismo que las adiciones ó modificaciones
de diversas clases introducidas en él Pentateuco, posteriormente á la época
mosaica. Estas hipótesis, bien tomadas y discretamente aplicadas,
bajo la vigilante inspección de la autoridad eclesiástica,
permiten á los exégetas descartar muchos argumentos
que únicamente sirven de sostén á los
sistemas imaginados con la mira de arruinar la autenticidad mosaica
del Pentateuco.
PRIMER ARGUMENTO. Esta autenticidad se prueba: I.° Por el
testimonio tradicional, tan unánime como constante, de los
judíos así antiguos como modernos.
a) Los escritores sagrados de la nación
judaica, desde Josué hasta Jesucristo, citan ó presuponen
el Pentateuco como obra de Moisés. Entre los textos sin
número
que podríamos citar, los unos son explícitos
en favor del origen mosaico de todo el Pentateuco (2);
los otros afirman que Moisés ha escrito tales ó cuales
partes del mismo, especialmente el Deuteronomio, ó á lo
menos su legislación; hay también pasajes que
no atribuyen formalmente al legislador hebreo la redacción
del Pentateuco entero, sino que parecen significar solamente que
la legislación divina, contenida en este libro, ha
sido dada, por ministerio de Moisés. (3)
Estos textos, diseminados por casi todos los libros
del Antiguo Testamento, nos enseñan lo que, de la composición
del Pentateuco, pensaba la nación judía,
antes de la era cristiana. Remontémonos cuanto queramos
por la tradición escrita, y siempre encontraremos pruebas
de que los judíos atribuían al legislador de
su nación la redacción de las leyes y narraciones
que se encuentran en el Pentateuco actual. Además,
los mismos críticos atestiguan que, á partir de la época
en que se escribieron los Paralipómenos y se hizo la
traducción llamada de los Setenta, los Judíos miran á Moisés
como el autor del Pentateuco. Todos los contemporáneos de
Jesucristo, sea cual fuere la secta á que pertenezcan, admiten
igualmente esta tradición. Jesucristo mismo y sus apóstoles
han hablado en idéntico sentido, y ha sido tradición
constante entre los judíos. Salvo raras excepciones, y haciendo
caso omiso del judío Spinosa (siglo XVII), todos los demás
han mirado siempre al Pentateuco como obra de Moisés, su
legislador; y aun ahora, en que viven dispersos por todas las naciones
del mundo, y aunque estos mismos libros les condenan, continúan
sosteniendo el mismo aserto.
b) Idéntica consecuencia se desprende de
los historiadores
profanos de esta nación y de casi todos los talmudistas
y rabinos.
En el primer siglo de nuestra era tenemos los
testimonios
de Josefo y de Filón (4),
representantes, respectivamente, de las dos fracciones del
judaísmo, palestino y alejandrino. En el catálogo
que compuso Josefo (5),
eco de sus correligionarios de Palestina, nómbranse
veintidós libros que los judíos tienen por divinos é inspirados,
entre los cuales figuran en primer lugar, y siguiendo el orden
de los tiempos y la cronología del asunto, los cinco libros
de Moisés. En sus antigüedades judaicas (6),
se propone resumir los libros de Moisés, y los hace partir
desde el tiempo de la creación del mundo. Al final de su
relato, refiere que, habiendo dado Moisés á los
Israelitas sus últimas recomendaciones, les entregó el
manuscrito que contenía la divina legislación y que él
mismo había redactado. Ahora bien, según el sentido
de Josefo, este Código no es el Deuteronomio sólo,
sino todo el Pentateuco.
Filón de Alejandría, el representante
auténtico
del judaísmo helénico en los principios de la era
cristiana, cita constantemente en sus escritos el Pentateuco
como obra de Moisés. Sus citas de la Ley están en
la proporción de 25 por uno, relativamente á las
de los otros libros canónicos. Esto prueba que para él
esta Ley, el Thora, poseía un valor excepcional;
por eso lo venera sobre todos los otros Sagrados Libros y
proclama á Moisés profeta por excelencia (7).
2º. Por el testimonio de una multitud de escritores
de otras naciones, pertenecientes á la antigüedad
pagana: egipcios, griegos, romanos, etc., que han admitido el
Pentateuco como obra de Moisés y como resumen de su legislación.
Celso, Porfirio y Juliano el Apóstata, los mismos que
hubieran de tener capital interés en negar la autenticidad
de este libro, jamás acusaron á los judíos ó á los
cristianos de apoyar sus doctrinas sobre documentos apócrifos,
lo cual ciertamente no dejaran de hacer si les hubiera sido posible.
3°. Por el testimonio de Jesucristo y-
de los escritores del Nuevo Testamento. Los textos del Nuevo
Testamento
son aún más explícitos que los del Antiguo.
Cuando Jesús empezó su predicación, los
Judíos admitían ordinariamente que Moisés
era autor del Pentateuco y el que había escrito los
cinco libros de la Ley. Por esta razón el Pentateuco se
designa indiferentemente con los nombres de Moisés ó de
la Ley-. La misma costumbre tienen Josefo y Filón.
Jesús y sus Apóstoles emplearon á su vez
la nomenclatura usual. Se cuentan más de sesenta pasajes
del Nuevo Testamento en que se habla de Moisés, veinticinco
de los cuales se refieren al Pentateuco; todos ellos son ó palabras
del mismo Jesucristo, ó expresiones empleadas por los
escritores del Nuevo Testamento, ó afirmaciones de los
Judíos contemporáneos del Salvador.
4°. Por la tradición perpetua de la
Iglesia. La
apreciación de los judíos sobre el Pentateuco, se
ha transferido, por medio de Jesucristo y de sus apóstoles, á la
sociedad cristiana y aun á las mismas sectas heréticas;
esta apreciación es perpetua y sin interrupción
alguna hasta nuestros días. Después de estos, que
podríamos llamar fundadores de la religión cristiana,
y bajo su testimonio, los Padres, los doctores, los teólogos,
los exégetas, con rarísimas excepciones, han reconocido á Moisés
por autor de los cinco libros del Antiguo Testamento. La afirmación
de este origen brota constantemente de la pluma de los escritores
eclesiásticos, por lo cual constituye una creencia perpetua
entre los cristianos. Aun después del siglo XVIII,
y á pesar de los esfuerzos seculares de la crítica
moderna, la masa de los exégetas y teólogos católicos
ha permanecido fiel á la antigua tradición, y así continúa
esta doctrina formando parte de la enseñanza católica
(8).
Esta prueba extrínseca sacada
del testimonio es suficiente para dejar bien sentada nuestra tesis.
Añadiremos,
con todo, otros argumentos no menos fuertes que el anterior. Comenzaremos
por establecer una prueba intrínseca, es decir,
sacada del texto mismo de la obra, minuciosamente estudiada.
SEGUNDO ARGUMENTO, -Todo lo que el Pentateuco
contiene en punto á religión,
historia, geografía, política, usos y costumbres,
declara la remota antigüedad de este libro,
y está perfectamente relacionado con el tiempo
en que vivió Moisés. Así todo lo que
se cuenta de Egipto, con ocasión de la permanencia de los
Hebreos en este país y de su salida de él, concuerda
perfectamente con el estado de esta comarca bajo la dominación
de los Ramsés, muy diferente por cierto de lo que vino á ser
más tarde, por ejemplo en la época de Salomón ó en
la de los profetas. Lo que más adelante referiremos, art.
II, § V, acerca de los modernos descubrimientos en
Egipto y en Asiria, bastaría para demostrar que esta
exactitud, aun en los más mínimos pormenores, supone
necesariamente un autor contemporáneo, y que ha habitado
en los lugares de que nos habla. Señalelnos, con todo, algunas
otras particularidades que confirman la misma conclusión.
El carácter de las narraciones contenidas
en los cuatro últimos
libros del Pentateuco es cual corresponde á un autor
contemporáneo del Éxodo, ó, por mejor decir,
al mismo conductor de los hebreos. Un escritor posterior habría
naturalmente hecho una exposición metódica y
regular de la legislación de este pueblo; sin embargo;
el modo como se encuentra aquí referida, es por fragmentos
separados y entremezclados con los hechos, sin otro orden
que el de las circunstancias á las que se refiere cada una
de las partes. Un gran número de casos, en los cuales el
legislador parece no haber pensado de antemano, se reglamentan
con ocasión de un acontecimiento acaecido de improviso
y que reclama pronta decisión. -La exactitud y minuciosidad
misma de los detalles, suponen también en la confección
de dichos libros un testigo ocular y auricular. Ello es manifiesto,
que para relatar circunstancias tan insignificantes, el autor ha
tenido que escribir bajo la impresión reciente de los
hechos.-«Israel, vuelve á decir M. Vigouroux (9),
está muy lejos de sernos presentado por el lado halagüeño,
como andando el tiempo hubiera hecho, sin duda, un admirador
de sus antepasados que refiriera esta parte épica de
su historia, embellecida por la distancia... El narrador del Éxodo
senos muestra como un hombre íntimamente enlazado con las
mismas escenas que describe; que ha sufrido todas las resistencias
del pueblo y que las sufre aún en el momento en que
las cuenta. Lejos de idealizar á Israel, nos lo presenta
con los más repulsivos colores, como un pueblo de dura cerviz,
siempre acerbo y descontentadizo, sin sentimientos elevados,
ni nobles aspiraciones. El gran suceso de la salida de Egipto
y del triunfo de un pueblo que sacude su yugo para conquistar la
libertad y la independencia; ese nacimiento de una nación
que sale á la vida pública, y que hubiera ofrecido á cualquier
escritor de siglos posteriores tan buena ocasión para enaltecer
la gloria de Israel; pues ese hecho, de suyo grandioso y sublime,
no sólo no es la apoteosis de los Hebreos, sino su condenación
y su vergüenza. No hay ni un solo rasgo que redunde en su
honor. Israel ha sido arrancado á la esclavitud como á pesar
suyo; Moisés y el mismo Dios han tenido que quebrantar sus
cadenas como á viva fuerza. Pues bien, para hablar
así de acontecimiento tan grande, para poderlo ver bajo
tan negro aspecto y con tan tristes ojos, se necesita, no solamente
haberlo presenciado como testigo, sino, por decirlo de una vez,
haber sido su víctima: pues un cronista no tan complicado
en los acontecimientos, jamás nos hubiera transmitido de
ellos semejante cuadro. Por lo demás, el calor y la viveza
que animan los discursos del Deuteronomio, muestran
bien á las claras que Moisés llevaba en el corazón
el cuidado de grabar la ley de Dios, de una manera indeleble,
en el espíritu de sus hermanos. Ahora bien, el medio más
eficaz para conseguir este objeto era evidentemente el dejar
por escrito, para después de sus días, una relación
de la misma ley. Y esto es precisamente lo que se halla consignado
en el Éxodo (XVII, I4), á saber, que Dios, después
de una victoria reportada sobre los Amalecitas, ordenó á Moisés
que escribiera su relato.
En el capítulo XXIV, 4, se dice que escribió Moisés «todas
las palabras del Señor»; y el versículo 7 añade
que Moisés las leyó al pueblo. El libro de los Números (XXXIII,
2), declara á su vez que, desde la partida del Sinaí,
Moisés llevaba, por orden de Dios, una especie de diario
de todas las estaciones ó paradas que fué haciendo
el pueblo en su peregrinación hacia Israel.
También puede probarse la antigüedad
del Pentateuco
por los recuerdos de Egipto, por cierto muy numerosos y exactos,
que se encuentran en cada página de estos libros. Por doquiera
se echa de ver que este país ha dejado en sus espíritus
y corazones, recuerdos recientes, individuales é imperecederos.
Desde el momento en que amenaza al pueblo el menor peligro, ó se
deja sentir alguna privación, la multitud compara, con sentimiento,
su estado presente con la condición relativamente desahogada
con que vivía en Egipto. Si Jehová reclama de Israel
la adoración y la obediencia, eso es porque lo ha sacado
de Egipto, es decir, de un lugar de servidumbre. Muchas leyes
y ordenamientos se fundan únicamente en este recuerdo.
Más, sobre todo, donde mejor pueden apreciarse
y más
al vivo aparecen las influencias egipciacas, es, sin duda, en las
instituciones religiosas. El designio visible del legislador
es establecer un muro infranqueable entre la legislación
monoteísta de Israel y la religión politeísta
de los Faraones. Es además manifiesto que el legislador
de los Hebreos estaba familiarizado con los usos religiosos de
los Egipcios. -En fin, «en la descripción de los objetos
sagrados que en el Éxodo encontramos, dice M. Vigouroux,
se ve la mano de un hombre acostumbrado á apreciar en Egipto
toda clase de obras artísticas, especialmente de orfebrería
y mobiliaria, y que, dada su habilidad en la descripción
de tales objetos, no extrañaría que hubiese sido
un consuinado artífice en la corte de los Faraones (10).
II. Integridad del
Pentateuco
PRIMER ARGUMENTO. -Ante todo hacemos constar que
los argumentos alegados para probar la autenticidad del Pentateuco,
en su mayoría, pueden también emplearse para establecer
su integridad, á lo menos en el sentido de que en ellos
no se encuentra contradicción alguna, y de que no están
desfigurados por ninguna interpolación. Pero tampoco faltan
argumentos especiales. Los estudios realizados á este
efecto, especialmente los de Kennicot sobre 58I manuscritos
y los de J. B. de Rossi sobre otros 825, demuestran la integridad
del texto hebreo del Antiguo Testamento, hasta una época
remotísima. Por otra parte no puede señalarse tampoco
indicio alguno capaz de amenguar la tradición constante
y pública de los Judíos relativa á la integridad
de los Sagrados Libros.
SEGUNDO ARGUMENTO. -En nuestro caso, es imposible
una alteración
esencial.
a) Siendo este libro el fundamento de la vida
de los judíos
y su Código, cualquier cambio, en él introducido,
hubiera implicado necesariamente otros cambios en las creencias,
en las costumbres, en las leyes, en los usos del pueblo, y hubiera,
por lo tanto, excitado las más vivas protestas (11).
b) Según el testimonio del historiador Josefo, era el Pentateuco
tan familiar á los Judíos, que -éstos sabían
hasta las veces que cada letra se encuentra repetida en el volumen. «Nadie,
dice, se ha atrevido jamás á añadir, quitar ó cambiar
la menor cosa. Nosotros tenemos estos libros como divinos, y así los
nombramos; hacemos profesión de observarlos inviolablemente
y de morir gozosos, si es menester, por su conservación.»
c) En fin, tenemos una nueva garantía en la versión
griega de los Setenta, la cual fué hecha, según la
más probable opinión, por orden del rey de Egipto,
Ptolomeo Filadelfo, y se difundió antes de que se cumplieran
las profecías relativas al Mesías.
III. Veracidad del
Pentateuco.
Evidentemente quedará fuera de duda la
veracidad de Moisés, si se prueba que ni se ha engañado,
ni ha querido engañar. Y aun podrá llamarse sobreabundante
la demostración, si probamos, además, que Moisés
no se ha podido engañar.
I. Moisés no se ha engañado.
a) Respecto de los hechos acontecidos en su
tiempo,
es decir, respecto de los hechos referidos en los cuatro últimos
libros del Pentateuco, Moisés estaba perfectamente en condiciones
de conocerlos se trata de hechos sensibles y de una importancia
excepcional, en los cuales él mismo estaba llamado á ser
actor y testigo; de hechos que él mismo había preparado,
dirigido ó realizado.
b) Moisés tenía conocimiento cierto de los
acontecimientos anteriores á su tiempo por la tradición viviente, á cuya
conservación coadyuvó en gran manera la longevidad
de los primeros patriarcas. Ni, hay necesidad de recurrir al
milagro, propiamente dicho, para explicar la perfecta conservación
de las tradiciones patriarcales, aunque bien puede atribuirse á una
amorosa intervención de la Providencia. Los hechos referidos
por Moisés eran notorios y de la mayor importancia: entre
ellos, contábanse no pocos cuyo recuerdo se había
perpetuado, según la costumbre de los tiempos antiguos,
por medio de cánticos, inscripciones y monumentos.
II. Moisés no ha querido engañar.
a) La historia y la tradición están contestes en
representar á Moisés como hombre de excelente virtud,
de completa buena fe y de imparcialidad irreprochable. Su
sinceridad ha inspirado siempre la confianza más absoluta,
hasta el punto de que su libro viniera á ser la norma de
vida de todo el pueblo judío.
b) Sus mismos escritos llevan el sello de la sinceridad
y de la rectitud más escrupulosa; su estilo muestra la tranquila
franqueza del escritor que en nada teme ser desmentido; es sencillo
sin pretensiones, exento de entusiasmos y lisonjas. En ninguna
parte disimula ni las faltas de sus antepasados, ni las de los
que le rodean, ni las malas disposiciones de su pueblo, ni sus
propias debilidades, ni los castigos que á tales faltas
siguieron. En todo se echa de ver que su principal intento es consignar
lo que cada uno de sus contemporáneos conoce tan perfectamente
como él.
III. Moisés no ha podido engañar.
a) La mayor parte de los acontecimientos que refiere,
y de los cuales ha sido autor ó testigo, son públicos,
manifiestos y de la mayor importancia; sobre ellos se funda la
legislación
política y religiosa de su pueblo, y la autoridad que Moisés
se atribuye á sí mismo; escribe estos hechos, no
de una manera vaga y general, sino con todos sus detalles, designando
lugares y personas; los va consignando á medida que
se suceden, y esto para q ue los lea el mismo pueblo testigo de
ellos, y á cuyo fin se han realizado, apelando al testimonio
de sus contemporáneos y de todo el cuerpo de la nación.
Recordad, les dice, las grandes cosas que han visto vuestros ojos...;
vosotros habéis visto con vuestros ojos las maravillas que
ha obrado el Señor. " (Deut., cc. IV, VIII, XI.) Si
estos hechos hubieran sido falsos, ¿cómo los judíos,
tan propensos á murmurar contra su libertador, no levantaron
la más pequeña reclamación, sobre todo cuando
este escritor les imponía, en nombre de Dios, muchos deberes
y muy penosos para su carnal naturaleza?
Las mismas festividades de los judíos,
ya fuesen religiosas, ya civiles, como las de Pascua, Pentecostés y Tabernáculos;
las ceremonias que entre ellos estaban en uso, como la de rescatar
los primogénitos; sus cánticos sagrados, que
se remontan al tiempo de Moisés, atestiguan la perpetuidad
de los prodigios que señalaron la salida de Egipto, la publicación
de la Ley en el Sinaí, la permanencia en el desierto y todos
los otros grandes portentos obrados en su favor por ministerio
del mismo Moisés.
b) Los sucesos que éste refiere, pero
de los cua les no fué autor
ni testigo, eran sucesos que vivían en la memoria de todo
el pueblo. No hay cosa que iguale la diligencia y fidelidad con
que guardan y se transmiten los orientales los hechos heroicos
de sus antepasados. Por lo cual vese claro que Moisés no
hubiera podido añadir ó cercenar cosa alguna estas
tradiciones populares, sin ofender á toda la nación
en sus más
caros sentimientos, levantando por doquiera la más universal
y enérgica protesta (12).
Notas:
(1) Etudes, 20 de
julio 1906, p. 261;
Revue biblique, Julio 1906.
(2) Par., XVI, 40; II Par., XXIII,
18; XXXI, 3; XXXIII, 8; XXXIV, 14; XXXV, 6,12; 1 Esd., III, 2;
VI, 18; II Esd. VIII, 1; XIII, 1; VIII, 1, 8, 14, 18; IX, 3; X,
29, 36.
(3) Véase L'Auteuticité iuosaïque
du Pentateuque, por M. Mangenot, profesor de Sagrada Escritura en el
Instituto católico de París y Consultor de la Comisión
bíblica, Letouzey, París, 1907. Cf. sobre todo pág.
204 y sigs., en donde se exponen los argumentos directos y positivos de los
cuales entresacamos algunas de las cosas que aquí decimos.
(4) V. Mangenot, op. cit., p. 225.
(5) Contra Apionem, 1. 1, n.° 8. Opera,
1634, p. 1036.
(6) L. 1, c. 1; 1. IV, c. VIII.
(7) De vita Mosis, 1. II, Opera,
Ginebra, 1613, p. 511.
(8) La respuesta á los
argumentos de la critica hallaráse en Mangenot, op. cit., pág.
126 y sig. En la 3.ª p. de su libro, p. 267 y sig., discute el autor qué nota
teológica convendrá dar por ahora á la negación
de la tesis de la autenticidad mosaica del Pentateuco; en la pág.
301 y sig., propone la cuestión de si esta tesis está aún
entregada á la libre discusión de los católicos. Cornély, S.
J., Compendium Introductionis in S. Scrip., Paris, Lethielleux,
1891.
(9) Les Livres Saints et la critique
rationaliste t. 111 p 48. En La Bible et les découvertes
modernes, t. 11, M. Vigouroux muestra, merced á un careo entre
los textos bíblicos y los monumentos egipcios, que el autor del
Pentateuco conocía el Egipto, sus usos y costumbres, como sólo
pudiera conocerlo un escritor que hubiese habitado en él en la época
del Exodo. V. Pelt., Hist. de l'Anc. Test., t. 1, p. 179.
(10) V. en Pelt, t. l, p, 295 á 332,
La Loi mosaïque el la criti que du Pentateuque, la refutación
de las teorías de Welhausen; Vigouroux, op. cit., t. 111,
p. 99.
(11) V. Bossuet, Discours sur l' histoire
universelle, 2. ª part.. c. III.
(12) En Pelt,
op. cit., se hallará la
explicación de las principales dificultades que pueden ocurrir
en los prúneros capítulos dei Génesis. Véase también
en la Revue pratique d'Apologétique, los artículos
de M. Lesêtre, intitulados: Les récits de l' histoire
sainte, en los números de 15 de Enero, 1906, 1. ° de Febrero,
1." de Abril, 1." de Mayo, 1.° de junio, 15 de julio, 1.° de
Septiembre, etc