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La noticia se esperaba con ansiedad, muchos con un deseo “sano” y “religioso”. Aunque también es cierto que no eran extraños al acontecimiento la curiosidad y un cierto temor. Numerosos fieles de la Tradición deseaban, es verdad, ver asegurada la sucesión de Monseñor Marcel Lefebvre, en cuanto a la carga episcopal se refiere. Pero al mismo tiempo el cómo y el cuándo de esta transcendental decisión del Obispo de Ecône era motivo de inquietud. Y por fin la noticia saltó a los periódicos y a todos los medios de comunicación en general. El Obispo tradicionalista iba a conferir la plenitud del sacramento del Orden a cuatro sacerdotes de la Hermandad de San Pío X y así, ya era una decisión irrevocable, asegurar en la Iglesia la continuidad del sacerdocio católico, el Santo Sacrificio de la Misa -en su rito antiquísimo y venerable codificado por San Pío V y cuyo Canon se remonta a los tiempos apostólicos- y en general asegurar la administración de los demás Sacramentos con la Fe y la intención con que los ha administrado siempre la Santa Madre Iglesia. Los fieles de la Tradición así lo sabían y por esa razón no daban crédito a tantas especulaciones como en torno de este acto aparecían en los diversos medios. Transcurridos casi veinticinco años desde el final del Concilio Vaticano II, y ante la magnitud del desastre postconciliar, Monseñor Lefebvre quería concluir la obra que la Providencia le había encomendado. Sin obispos fieles a la Santa Tradición los Seminarios de la Hermandad de San Pío X no podrían continuar cuando falleciese el anciano Prelado, y una vez más la máxima “suprema lex salus animarum” (la ley suprema es la salvación de las almas) prevalecía sobre cualquier otra consideración. “El humo de Satanás” había entrado en la Iglesia y eran numerosos los católicos (fieles a sus promesas bautismales) que pedían a Monseñor Lefebvre -desde muchos países- que concluyese su obra consagrando a obispos “católicos”. Y así lo hizo. Los Padres Richard Williamson (Gran Bretaña), Bernard Tissier de Mallerais (Francia), Bernard Fellay (Suiza) y Alfonso de Galarreta (España) se iban a convertir el 30 de junio de 1988 en Sucesores de los Apóstoles en virtud de la consagración episcopal. Nombres “de episcopables” habían aparecido en las publicaciones más variopintas y extravagantes. Hubo lugar para todo. Lo que es tratar el acontecimiento con rigor y seriedad no es algo que se prodigó en las plumas de los periodistas. Y desgraciadamente, tristemente, tampoco estuvieron a la altura de las circunstancias muchos de los editoriales aparecidos en las páginas de la prensa católica de toda la vida. Sin olvidar que muchas veces los argumentos aducidos eran simples insultos o groseras formas de expresión. La cuestión clave era la autoridad del Sumo Pontífice, despreciada según ellos por Monseñor Lefebvre al llevar a cabo este acto, aunque muchas veces era la persona de Juan Pablo II (el Papa Wojtila según la expresión generalizada en la prensa) lo que levantaban los comentaristas como bandera de combate. Y aquí sí hubo un cierto número, y más concretamente entre los seguidores de la Tradición en España, que tal vez presionados por la tensión de aquellas semanas, o mal aconsejados por determinados directores espirituales, o sencillamente que nunca llegaron a comprender del todo lo que significaba este combate, que se asustaron y dirigieron sus pasos de nuevo hacia la “Iglesia conciliar”. Sin embargo, y basta leer el sermón de Monseñor Lefebvre en la ceremonia de consagraciones, nunca se propuso ni llevó a cabo un acto contra la autoridad del Papa ni contra su Magisterio, considerados en sí mismos, ni por supuesto tampoco tuvo en ningún momento la pretensión de establecer una “Iglesia paralela”. Se trataba sencillamente de la supervivencia de la Tradición, de la defensa de la Fe y de la salvaguarda de los Sacramentos, y puesto que Roma se había dejado invadir -con la aquiescencia de las más altas instancias- por esa corriente neomodernista gracias a la cual la Iglesia se encontraba en una fase de “autodestrucción”, era necesario poner los medios para defender y asegurar la continuidad del legado que nos dejó Nuestro Señor Jesucristo. Mas Monseñor dejó dicho muy claro a los nuevos Obispos que él no les confería jurisdicción alguna, él transmitía solamente el Sacramento, y que cuando Roma volviese a la Tradición se presentasen los cuatro obispos ante el Sumo Pontífice para poner entre sus manos el episcopado recibido, sometiéndose de grado a sus decisiones de Pastor Supremo. Su Excelencia Reverendísima Monseñor Antonio de Castro Mayer, obispo co-consagrante aquel famoso 30 de junio, nos dejó un testimonio de Fe y de fidelidad a la Iglesia y a la persona de Monseñor Lefebvre, en cuanto a lo que éste representaba, que nunca olvidaremos. Su corta y perfecta intervención, en la doctrina y en la forma, que en su lengua portuguesa pronunció durante la solemne ceremonia de consagración, es un modelo de concisión, de sobriedad y de bien hacer digno de un auténtico varón de Dios y de un verdadero Pastor de almas. Y fuera de él... ningún obispo del mundo quiso estar allí. Algo que se puede calificar de tristísimo y al mismo tiempo de... normal entre los humanos. Si nos limitamos a España, aquellas semanas que precedieron a esta ceremonia de Ecône fueron jornadas de un verdadero bombardeo (des) informativo. Radio, televisión, revistas, todo el mundo se creía capacitado para hablar o comentar algo de este acontecimiento. Incluso los periodistas, de ambos sexos, se acercaron hasta la Sede de la Hermandad en España, en El Alamo (Madrid), para entrevistar y fotografiar todo lo que estuviera a su alcance. Y llegados a este punto es de justicia afirmar que el sacerdote que, por aquel entonces, ocupaba el cargo de Superior de la Hermandad en España, supo mantenerse correctísimamente en su puesto. Ponderación, buen juicio, serenidad y firmeza en los momentos necesarios hicieron de su comportamiento una actuación perfecta. Gracias a él sus feligreses encontraron en aquellos momentos, cuando era tan necesario e importante, el guía idóneo para que las aguas no se salieran de su cauce. Sin duda que debido a esto, y sobre todo a la ayuda del Cielo, el número de personas que se separó de la Hermandad en España, tras las consagraciones, fue escasísimo e incluso se puede decir que de alguna manera se incrementó. Desde la posición vivida por los seglares españoles, vinculados a la obra de Monseñor, fueron semanas muy intensas en las que el sufrimiento no estuvo ausente. Y aunque parezca mentira hubo también varios eclesiásticos y religiosos que desde la sombra, eso sí desde la sombra, nos alentaban y exhortaban para que estuviésemos presentes en Ecône fieles a lo que representaba y a la obra de Monseñor Marcel Lefebvre, es decir fieles a la Iglesia. Por razones obvias en España se dio un especial relieve a la figura de su Excelencia Monseñor Alfonso de Galarreta, el que ostenta la nacionalidad española dentro de los cuatro que fueron consagrados.. Cuando los nombres de los futuros obispos apareció en las revistas y diarios, muchos de los fieles españoles de la Hermandad no sabían mucho del joven sacerdote español que iba a ser consagrado el 30 de junio. Enseguida todos aprendimos que era oriundo de la provincia de Santander, en el Norte de España, aunque desde muy joven residía en Argentina, la Nación hermana. Su rostro apareció en los telediarios de varias cadenas y -¿por qué no decirlo?- sentimos una gran satisfacción al tener noticia de que un compatriota nuestro, conocedor profundo de la realidad hispanoamericana por su larga permanencia en esa inmensa y espléndida Nación que es Argentina, formaba parte de la lista áurea del Prelado de Ecône. Aún recuerdo perfectamente cómo en una de esas entrevistas Monseñor de Galarreta dejó claro que aceptaba su nombramiento como Obispo con alegría y serenidad, aunque lamentaba por supuesto que las circunstancias en que se estaba desarrollando el clima precedente a la ceremonia de consagración no fuera el más adecuado ni deseable. Por supuesto que junto a él todos lamentábamos ese clima, confuso -confusión consciente desde determinadas áreas- y tenso. Hubo momentos en que se rozó casi el ridículo. Precisamente unos días antes de la fecha anunciada, el 30 de junio, comparecía ante los micrófonos de la cadena COPE el entonces portavoz de la Conferencia Episcopal Española don Joaquín Luis Ortega, entrevistado por el famoso locutor y presentador don Luis del Olmo. Después de un tiempo de descalificaciones personales y frivolidades (frivolidades que en este caso constituían una falta imperdonable), don Luis del Olmo comentó al portavoz de la Conferencia Episcopal que “después de todo lo dicho” esos obispos del 30 de junio no eran obispos ni eran nada, a lo que don Joaquín Luis Ortega respondió -con un tono de voz que denotaba cierto disgusto- lo siguiente: “No, no, por favor, el Sacramento sí se transmite...” Don Luis del Olmo continuó su programa por otros derroteros. La ceremonia
se llevó a cabo y ya han pasado diez años. Ahora, en
1998, nuestra actitud no es de un orgullo estúpido y absurdo,
sino de humildad y de acción de gracias. De humildad porque
sólo Dios Nuestro Señor puede reedificar la casa en
ruinas, si los albañiles prescindimos de El trabajaremos en
vano, y de acción de gracias porque al comprometernos en la
obra y el combate de Monseñor Lefebvre el Señor nos
ha seducido y nosotros nos hemos dejado seducir, y como pasa siempre,
El es el más fuerte y -venturosamente- nos ha vencido. Por
eso estamos aquí. Por amor a la Iglesia, por amor a Roma -la
Roma eterna-, por amor a la institución del Papado, por la
defensa del Magisterio supremo del Sumo Pontífice, por amor
al sacerdocio católico, por amor al Santo Sacrificio de la
Misa, por amor -sin fisuras y hasta sus últimas consecuencias-
a la Sangre derramada en la Cruz por Nuestro Señor Jesucristo.
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