Capítulo Sexto
Respuesta a las objeciones
Responsio ad obiecta

El fundamento de la verdad y de la comprensión de las diversas afirmaciones de la Sagrada Escritura sobre el sacrificio y el sacerdocio del Nuevo Testamento es que hay una sola Hostia, que simple y absolutamente fue inmolada en sí misma una sola vez por Cristo mismo, pero que bajo cierto aspecto es inmolada cada día por Cristo a través de ministros en su Iglesia.
Así que en el Nuevo Testamento hay Hostia cruenta y Hostia incruenta, pero confesamos que la Hostia cruenta es Jesucristo ofrecido una sola vez en el ara de la Cruz por los pecados de todo el mundo, y que la Hostia incruenta fue instituida por Cristo y es su Cuerpo y Sangre bajo las especies de pan y vino, tal como lo señalan las mencionadas Escrituras. De hecho, la Hostia cruenta y la incruenta no son dos hostias sino una sola, porque la cosa que es hostia es una misma cosa. El Cuerpo de Cristo que está en nuestro altar no es distinto del que se ofreció en la Cruz, ni la Sangre de Cristo que está en nuestro altar es distinta de la que se derramó en la Cruz.
Lo que es distinto es el modo de inmolación de esta única y misma Hostia. Porque aquel modo único sustancial y original fue cruento, puesto que fue en su propia figura, derramando su Sangre en la cruz al partirse su Cuerpo; mientras que éste, cotidiano, externo y accesorio, es un modo incruento, en cuanto que bajo las especies de pan y vino representa, por modo de inmolación, a Cristo ofrecido en la Cruz.
Por esto, en el Nuevo Testamento la Hostia cruenta e incruenta es única, tanto por parte de la realidad que se ofrece como del modo de ofrecer, aunque hay una diferencia, puesto que este último modo -inmolación incruenta- no fue instituido como un modo de inmolar diferente en sí mismo, sino sólo en cuanto se refiere a la Hostia cruenta de la Cruz. Esto es evidente para los que entienden y captan que si una cosa sólo existe en relación a otra, sólo existe una cosa. Por consiguiente, yo diría que no se puede afirmar, hablando con propiedad, que en el Nuevo Testamento haya dos sacrificios o dos hostias o dos oblaciones o inmolaciones (poco importa qué nombre se le dé) por el hecho de tener la Hostia cruenta de Cristo en la Cruz y la Hostia incruenta de Cristo en el altar. Sólo hay una única Hostia ofrecida una sola vez en la Cruz y que perdura, en modo de inmolación, por la repetición diaria según lo que instituyó Cristo en la Eucaristía.
En nuestro altar, nosotros plasmamos la perduración de la Hostia que se ofreció en la Cruz. Pero como lo que se ofrece en la Cruz y en el altar es lo mismo -dado que lo que se ofreció en la cruz y lo que se ofrece en el altar es el mismo Cuerpo de Cristo- queda claro que la Hostia del altar no es distinta de la de la Cruz, sino que esa misma Hostia que se ofreció una única vez en la Cruz persevera, aunque de otro modo, en el altar, por medio de Cristo: Haced esto en memoria de Mí.
Si relacionas estas dos cosas, es decir: Haced esto y en memoria de Mí, te darás cuenta de que ésa misma e idéntica cosa que se hacía entonces la volvemos a hacer en memoria de Cristo: aquello mismo que entonces se rompía y se derramaba es lo que perdura bajo las especies de pan y vino en memoria de Cristo.
Después de lo dicho, vamos a esclarecer una por una las objeciones. A la primera, sobre la unidad del sacerdote. En el Nuevo Testamento hay un solo sacerdote, Cristo, y El mismo es el sacerdote en nuestro altar, pues los ministros no consagran el Cuerpo y la Sangre de Cristo a título personal sino en la persona de Cristo, tal como lo prueban las palabras de la consagración. De modo que los ofrecen fungiendo las veces de Cristo. El sacerdote no dice: Esto es el Cuerpo de Cristo, sino: Esto es mi Cuerpo, haciendo -en la persona de Cristo, tal como El lo había mandado: haced esto- el Cuerpo de Cristo bajo la especie de pan.
Cuando se nos replica que es inconveniente afirmar en el Nuevo Testamento una Hostia a la que no le basta Cristo sino que necesita que le sucedan a él otros ministros, respondemos diciendo que no es lo mismo afirmar una diversa hostia que requiere sucesión de sacerdotes, que afirmar la perduración de la misma Hostia ofrecida en la Cruz requiriendo una sucesión de ministros. Lo primero no convendría al estado del Nuevo Testamento; mientras que lo segundo está en conformidad con él, esto es, que siga vigente aquella víctima única que fue ofrecida una sola vez.
¶ A la segunda, acerca de la repetición, decimos que en el Nuevo Testamento no se repite el sacrificio u ofrecimiento sino que perdura, en modo de inmolación, el único sacrificio que se ofreció una vez. La en modo de inmolación, el único sacrificio que se ofreció una vez. La repetición se da sólo en el modo de perdurar, no en la cosa misma que se ofrece. Es más: el mismo modo que se repite no concurre al sacrificio por sí mismo, sino para conmemorar incruentamente el ofrecimiento en la Cruz.
Tal repetición no contradice la doctrina de la Epístola a los Hebreos, como lo prueban aquellas palabras que dicen que si se repitiese el sacrificio del Nuevo Testamento sería necesario que Cristo sufriese varias veces. Está claro que esas palabras se refieren a la repetición del sacrificio y no a la repetición de este modo instituido por Nuestro Señor Jesucristo.
¶ A la tercera, que se refiere a lo que se ofrece, decimos que al hecho de que Cristo derramase una sola vez su propia Sangre de modo más que suficiente y abundante le conviene la perduración en la Sagrada Eucaristía, en modo de inmolación, de aquella única y tan suficiente efusión de sangre en la Cruz.
¶ Respondiendo a la primera de aquellas objeciones contrarias a la Eucaristía en cuanto es hostia por los pecados, estamos de acuerdo en decir que en el Antiguo Testamento se había decretado la reiteración de la hostia a causa de su impotencia para borrar los pecados. Con lo que se nos replica, que es inconveniente decir que en el Nuevo Testamento hay que multiplicar las hostias por los pecados, si se habla propiamente estamos de acuerdo en todo, porque en la Misa no se multiplica la Hostia, sino que en cada Misa se vuelve a conmemorar la misma Hostia que fue ofrecida en la cruz y que perdura en modo de inmolación.
¶ A la segunda decimos que es ajeno a la mente de los fieles pensar siquiera que la Misa se celebre para suplir la eficacia de la Hostia que se ofreció en la Cruz. La Misa se celebra como vehículo de la remisión de los pecados que Cristo nos obtuvo en la Cruz, de tal modo que así como no hay otra Hostia distinta, ninguna otra nos alcanza remisión de los pecados. Del mismo modo que Cristo entró en los cielos por su propia Sangre y sigue siendo sacerdote para la eternidad para interceder por nosotros (como está escrito en la mencionada epístola), también sigue estando con nosotros por la Eucaristía, en modo de inmolación, para interceder por nosotros. Así como la suma suficiencia y la eficacia del sacrificio en el ara de la Cruz no excluye que Cristo esté en el Cielo cumpliendo su oficio de interceder por nosotros, tampoco excluye su perduración entre nosotros por modo de inmolación para interceder por nosotros. Del mismo modo que la continua intercesión de Cristo en el cielo por nosotros no deroga la única intercesión de su muerte, así tampoco -y aún mucho menos- le deroga su perduración en modo de inmolación para interceder por nosotros y hacernos participar a la remisión de los pecados realizada en el ara de la Cruz, cuando su intercesión se realiza por medio del misterio que se oculta bajo las especies de pan y vino (la del cielo tiene lugar por Cristo en la misma figura en que fue crucificado).
De este modo, si hubiese lugar para alguna derogación, el que Cristo después de su muerte interceda bajo su propia figura derogaría más a la única intercesión de su muerte que hacerlo bajo otra apariencia, pues la primera intercesión supone una especie de suplemento de intercesión, mientras que esta segunda sólo supone un modo ceremonial de intercesión que está más de acuerdo con nosotros.
¶ A la tercera decimos, que con una pizca de sal se debe entender que los pecados nos fueron perdonados por la muerte de Cristo, es decir, por la muerte de Cristo que se nos aplica por medio de los sacramentos que El instituyó. En esto todos los cristianos estamos de acuerdo.
Entre los sacramentos instituidos por Cristo está el de la Eucaristía, instituido por Cristo como una inmolación. Así lo declaran las mismas palabras de Cristo y San Pablo. Si después de haber recibido el Bautismo hay cristianos que necesitan que se les perdonen pecados, les puede aprovechar la Hostia de la Eucaristía para perdonárselos aplicándoles la eficacia de la muerte de Cristo; y si no necesitan que se les perdonen los pecados, les sirve para nutrición del alma al igual que la comida y la bebida corporales.
Aunque el sacramento de la Eucaristía fue instituido como una inmolación para aplicar a los que lo celebran la expiación de los pecados realizada por la cruz de Cristo, sin embargo no fue instituido sólo para esto sino también para otros bienes del alma.
¶ Por consiguiente, el Sacrificio de la Misa, que celebra la Iglesia siguiendo la enseñanza de Cristo y los Apóstoles, concuerda con todo lo que está escrito en la Epístola a los Hebreos. Y esto sea dicho admitiendo la extensión de los términos a la Hostia de la Eucaristía, pues sé que según su sentido genuino, el Autor de aquella Epístola trata de los sacrificios cruentos, demostrando la excelencia del sacrificio cruento que ofreció Cristo al instituir el Nuevo Testamento con relación a todos los sacrificios del Antiguo Testamento. Pero parece que es conveniente admitir esta extensión para que quede clara la verdad Católica, y para que no quede lugar a ninguna duda, para gloria de Dios.


Dado en Roma, a 3 de mayo de 1531.

"Tratado del Sacrificio de la Misa", editado por el Reverendísimo Señor Tomás de Vio Cayetano, Cardenal de San Sixto.

 

Volver al índice
STAT VERITAS