Capítulo Duodécimo
Respuesta a las objeciones del capítulo quinto
Responsio ad objectiones quinto capite scriptas

Falto sólo esclarecer las objeciones.
La primera fue tomada de la suficiencia del mérito y de la satisfacción de Cristo. Respondemos que el mérito de Cristo fue suficientísimo y lo mismo su satisfacción para los pecados no sólo nuestros sino de todo el mundo, tanto originales, como mortales y veniales, según la doctrina de 1 Juan 2, 2. Por eso las obras de los miembros vivos de Cristo no se cuentan como meritorias y satisfactorias a causa de la insuficiencia del mérito o satisfacción de Cristo, sino que por la afluencia del mérito de Cristo se les comunica a sus miembros vivos el que también sus obras sean meritorias y satisfactorias. Mayor gracia de Cristo se nos comunica otorgándonos que El mismo, nuestra cabeza, en nosotros y por nosotros, como miembros suyos, merezca y satisfaga, que si sólo participásemos al mérito de Cristo en su propia persona.

¶ Cuando se nos objeta que no tenemos que atribuirnos lo que es propio de Cristo, respondemos que no nos lo tenemos que atribuir del mismo modo que es propio de El, pero que se nos puede atribuir de otro modo, es decir, por comunicación; del mismo modo que lo que es propio de Dios no se puede atribuir a nadie del mismo modo que es propio de El, pero puede ser participado por otros por una comunicación. Por ejemplo: ver la esencia divina es propio de Dios (ninguna criatura puede ciertamente ver a Dios como es, sino sólo El en su misma naturaleza); pero puede, por la gracia comunicada, ver a Dios participativamente, y así se comunica a todos los bienaventurados. De este modo, en lo que aquí se discute, merecer la vida eterna es propio de Cristo, entendiendo merecer por las propias fuerzas, pero esto se puede comunicar a sus miembros vivos no de modo que lo merezcan por sus propias fuerzas, sino de modo que merezcan por la virtud de la cabeza Cristo. De igual modo se entiende de la satisfacción.

¶ Sobre el mérito para la remisión de los pecados, no es preciso responder, pues hemos dicho que esto no se comunica a los miembros vivos de Cristo, ya que antes de sus obras se presupone que les fueron perdonados sus pecados. Nadie merece lo que ya tiene, sino que todo mérito es de algo que aún no se tiene. Este es el motivo por el que Cristo les comunica a sus miembros el que merezcan el aumento de la gracia y la bienaventuranza celestial, y no les comunica el que merezcan la remisión de sus pecados, pues en esta vida los miembros de Cristo carecen de la bienaventuranza eterna, y ya obtuvieron la remisión de los pecados al haber sido hechos miembros de Cristo. Nadie merece lo que ya tiene sino lo qué espera. De aquí se deduce claramente que con nuestros méritos o satisfacciones no se le quita nada al mérito o satisfacción de Cristo, sino que la gracia del mérito y satisfacción de Cristo por Sí mismo se extiende al mismo Cristo en cuanto cabeza que obra en sus miembros y por sus miembros.

¶ A todos los textos que expresan que no merecemos por nuestras obras la remisión de los pecados, no es preciso responder porque todos estamos de acuerdo con esta conclusión; pero hay que responder a las citas aducidas para probar que no merecemos la vida eterna a través de nuestras obras. Cuando se argumenta con aquello de San Pablo a los romanos: el don de Dios es la vida eterna, se responde que también nosotros decimos y enseñamos esto, puesto que es don de Dios de la gracia santificante el que, por una parte, seamos miembros de Cristo; y por otra, que por la virtud de Cristo cabeza en nosotros merezcamos la vida eterna. No decimos, pues, que merecemos la vida eterna por nuestras obras en cuanto son hechas por nosotros, sino en cuanto son hechas por Cristo en nosotros y por nosotros.

¶ A lo que se objeta del testimonio de Cristo: decid que somos siervos inútiles, se responde con la misma distinción. Por mucho que cumplamos todas las obras mandadas por Cristo, en cuanto las cumplimos por nuestro libre albedrío somos hallados siervos inútiles para lo que se refiere a la casa del Padre celestial, inútiles para lo que se refiere a nuestra ciudad que está en los cielos, como son la remisión de los pecados, la gracia del Espíritu Santo, la caridad, etc., cosas propias de los hijos de Dios. El motivo primero de esto es porque en cuanto obramos por nosotros mismos somos tan débiles que no podemos elevarnos a contribuir en nada al orden supremo de los bienes propios de los hijos de Dios. Pero junto a esta verdad sigue en pie que nosotros mismos, en cuanto que obramos por Cristo cabeza en nosotros, como miembros vivos suyos, podemos contribuir mucho por nuestras obras a nuestra ciudad celestial y a la casa paterna, pues de este modo somos elevados al orden de hijos de Dios y así no somos inútiles sino miembros útiles para la casa paterna y la ciudad celestial.

¶ Si por esta palabra de Cristo se quiere dar un argumento contra la utilidad de las obras de los justos hechas en estado de pecado mortal para conseguir la remisión de los pecados, según lo que ya se ha dicho en el capítulo 10; si, pues, se hace un argumento para concluir que las buenas obras no son útiles para impetrar la remisión de los pecados, hay que responder que las oraciones, ayunos, limosnas y otras obras justas de los que no están en gracia, en cuanto proceden de ellos no son útiles para alcanzar la remisión de los pecados, pero que en cuanto ha sido declara la divina bondad que las ordena para la remisión de los pecados, son muy útiles para alcanzarla. Por eso en Ezequiel se les llama caminos de Dios y no ‘caminos nuestros’. La divina bondad ha provisto que alcancemos muchas cosas que nunca merecimos. La divina bondad (como lo atestiguan Cristo, Isaías, Ezequiel y el Apóstol a los Hebreos) ha dado a las obras de los que vuelven a Dios una fuerza imperatoria para la remisión de los pecados por la divina misericordia a través del mérito de Cristo. Por este lado, los ayunos, oraciones, limosnas y demás obras justas de los pecadores son útiles no para merecer ni satisfacer sino para impetrar la remisión de los pecados.
Creo que lo dicho basta para entender esta materia disputada sobre la fe y las obras, para la gloria de Dios omnipotente y consuelo de los piadosos.


Dado en Roma, el 13 de mayo de 1532

Cardenal Tomás de Vio Cayetano.

 

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