Capítulo
Décimo
Valor de las obras de los que están en pecado
mortal
Valor operum existentium in peccato mortali
Aunque
estamos de acuerdo en que las obras de los que están en pecado
mortal no son meritorias para la vida eterna ni para la remisión
de los pecados, sin embargo' la Sagrada Escritura nos dice que al
hombre que está en pecado mortal le son muy útiles
sus buenas obras para obtener la remisión de los pecados,
pues aunque no tienen fuerza meritoria para tal remisión
sin embargo tienen fuerza para impetrarla, de tal manera que como
súplicas valen mucho para obtener la remisión de los
pecados de la divina largueza.
El Salvador atestigua que la oración es muy útil para
conseguir la remisión de los pecados, mostrándonos
al publicano rezando (Luc. 18, 13): Oh Dios, sé propicio
a mí pecador, y así consiguió el perdón.
Sobre el ayuno atestigua Joel [2, 12] en la persona de Dios: convertíos
a mí con todo vuestro corazón, en el ayuno, el llanto
y lágrimas, y ahí mismo añade: ¿quién
sabe si se convertirá el Señor y nos perdonará?
También acerca de la limosna atestigua Daniel 4, 24 aconsejando
al rey Nabuconodosor: rescata tus pecados con limosnas,
y en Hebreos 13, 16 se escribe: no os olvidéis de la
beneficencia y de la comunión, pues con tales puertas se
reconcilia Dios. Y el mismo dictamen vale para las peregrinaciones,
aflicciones, continencias y demás cosas de este género.
¶ Además de esta fuerza sencilla, la Escritura nos dice
que hay una cierta fuerza mayor impetratoria en la observación
de todos los mandamientos de Dios. En Ezequiel 18, 25-28 se nos
enseña que la conversión del impío para cumplir
los mandamientos de la Ley se termina en la remisión de los
pecados, cuando se dice: dijisteis: no es justo el camino del
Señor. Escuchad, pues, casa de Israel: ¿acaso
mi camino no es justo? ¿No es más bien que vuestros
caminos no son juslos? Cuando el justo se aparte de la justicia
y haga la iniquidad, morirá en aquella iniquidad que ha obrado;
y cuando haga el juicio y la justicia, él mismo vivificará
su alma. Al considerar y al apartarse de todas sus iniquidades que
ha hecho, vivirá y no morirá. Estas palabras
atestiguan que la equidad en los caminos de Dios consiste en que
así como el justo al alejarse de ]ajusticia por las obras
malas acaba en la muerte del alma, así la conversión
del impío a las buenas obras acaba en la vida del alma. Se
le revela al profeta que tan acepta es de parte de Dios la conversión
del pecador en sus obras (de malas a buenas a causa de Dios) que
Dios no se acuerda de todas sus iniquidades pasadas, lo cual es
concederle la remisión de los pecados y la vida de la gracia.
¶ Dios reveló también en Isaías 1, 16-18
que hay una mayor fuerza impetratoria en tales obras de los que
están sujetos a pecados: lavaos, limpiaos, quitad de
delante de mis ojos el mal de vuestros pensamientos, dejad de obrar
perversamente, empezada haced el bien, buscad el juicio, ayudad
al oprimido, juzgad al desvalido, defended a la viuda y acusadme.
Si vuestros pecados fueran rojos como el carmesí quedarán
blancos como la nieve y si fuesen rojos como la púrpura como
la lana quedarán blancos. Con lo cual aprendemos que
la largueza de Dios es tan grande que El mismo se ofrecería
para ser reprendido por los que se convierten de las cosas malas
a las obras de justicia y misericordia si no les perdonase sus pecados
pasados.
¶ Por la divina revelación sabemos que las buenas obras
de los impíos no sólo son útiles para la remisión
de los pecados sino que cuando proceden de un corazón que
.se vuelve a Dios, van tan acompañadas por la divina benignidad
que terminan en la remisión de los pecados y la impetran
como por un acuerdo: Realmente Dios es bondadosísimo con
nosotros previendo que la remisión de los pecados, que no
podemos merecer en el estado de pecado, la podamos obtener con la
oración, el ayuno y otras buenas obras. La inmensa caridad
divina en orden a la salvación de los pecadores queda realzada
por haberse dignado conceder en abundancia una fuerza impetratoria
para la remisión de los pecados a nuestras buenas obras aunque
hechas por impíos. Y aparte de esto (como se ha demostrado
en el capítulo 7 por las palabras de Ezequiel) merecen algún
bien temporal de Dios. Con lo cual queda claro que hay que inducir
a los pecadores a las buenas obras, porque verdaderamente son útiles
para impetrar y conseguir la remisión de los pecados cuando
se hacen con una mente devota.