Capítulo
Octavo
Las obras de los miembros vivos de Cristo merecen
la vida eterna Opera
vivorum Christi membrorum esse meritoria vitae
aeternae
Muchos
están de acuerdo con que las obras buenas merecen ante Dios
algunos bienes pero no la vida eterna y por esto nos falta mostrar
en particular que las obras de los miembros vivos de Cristo merecen
la vida eterna. Nuestro Salvador, en Mateo 5, 12 dice: alegraos
y exultad porque vuestra recompensa es muy grande en los cielos.
Está claro que la bienaventuranza que se llama vida eterna
es la que tiene el primer lugar en aquella recompensa celestial
de los que sufren a causa de Cristo. También en Mateo 20,
9 describiendo la recompensa dada a los obreros, se dice que recibieron
un denario, con lo que está claro que la recompensa común
para todos los obreros de la viña del Señor es la
vida eterna. También San Pablo, 2 Tim. 4, 7 escribe: he
combatido el buen combate, he terminado la carrera y he guardado
la fe, por lo demás, se me reserva una corona de justicia
que me dará el justo juez: está claro que la
corona de San Pablo incluye por sí y primeramente la bienaventuranza;
y si la recompensa no fuese debida por las obras anteriores, no
podría suceder de ningún modo que el Señor
en cuanto juez le diese la corona. Así que manifiestamente
nos enseña que a él en justicia se le debe la vida
eterna por las obras referidas. Lo mismo manifiesta el Señor
en Mateo 25, 35 describiendo que cuando juzgare al mundo dará
la vida eterna a causa de las obras de misericordia: tuve hambre
y me disteis de comer, etc., y concluye: irán éstos
al suplicio eterno y los justos a la vida eterna, lo que el
juez da según la diversidad de obras lo da según lo
que éstas merecen, pues de otro modo daría como causa
lo que no lo es. Con esto queda manifiesto que según las
Sagradas Escrituras, las obras de algunos hombres son meritorias
de la vida eterna. Y aún más: según Mateo 20,
los obreros la merecen por un acuerdo, pues Orígenes, San
Jerónimo, San Agustín, San Gregorio y San Juan Crisóstomo
explican que el denario dado a todos es la común bienaventuranza
de los beatos.