Capitulo
Séptimo
Las obras humanas merecen algo de parte de Dios
Humana opera esse meritoria alicuius a Deo
Dios
nos ha revelado en la Sagrada Escritura que las obras humanas merecen
algo ante El. Para no ocuparnos en explicar cada uno de los lugares
de la Sagrada Escritura hay que saber que donde Dios promete al hombre
una retribución, allí se entiende también el
mérito, porque la retribución y el mérito son
correlativos, pues el mérito es mérito de una retribución
y la retribución es retribución de un mérito;
por eso, sin otra declaración, cuando se lee en la Sagrada
Escritura que Dios le promete una retribución al hombre hay
que entender también el mérito del hombre con relación
a aquella retribución que Dios le ha de dar. Está claro
que en uno y otro Testamentos, Dios le promete retribuciones al hombre.
En Génesis 15, 1 Dios le dice a Abralham: Yo seré
tu recompensa muy grande. En Isaías 40, 10 se dice: He
aquí que vendrá el Señor y con El su recompensa.
En Ezequiel 29, 18 se escribe: Hijo de hombre: Nabuchodonosor
rey de Babilonia, hizo servir a su ejército con servidumbre
muy grande contra Tiro y no se le ha dado recompensa, etc.; y
añade Dios: la tierra de Egipto será la recompensa
de ese ejército. También en Mat. 20, 8 dice Dios:
llama a los obreros y dales su recompensa. Y también
en Apocalipsis 22, 12 dice Dios: he aquí que vengo pronto
y viene conmigo mi recompensa, para dar a cada uno según sus
obras. Con estas citas queda claro que no sólo son meritorias
de algún bien de parte de Dios las obras de los santos sino
también las obras de los malvados e incluso de los gentiles,
pues el rey de Babilonia y su ejército eran gentiles y no habían
asediado a Tiro con intención de servir a Dios y con todo Dios
atestigua que merecieron una recompensa y declara que por ello les
dará a Egipto, para que se entienda que es tan grande la bondad
de Dios que incluso cuando ordena guerras humanas para su propio servicio,
se goza en conferir a las acciones, aunque sean malas, el que sean
meritorias de algún bien de su parte. Aquí tenemos una
gran prueba de que Dios es muy propenso a conceder a las buenas acciones
de los hombres que sean merecedoras de alguna recompensa de parte
suya.