Capítulo Cuarto
Tercer error: a los arrepentidos se les perdonan los pecados antes de la infusión de la caridad
3º in praerec error, quod ante charitatis adventum remittuntur peccata paenitentium

Es más intolerable aún decir que los pecados son perdonados antes de la infusión de la caridad en aquel a quien se le perdonan. Esto se demuestra muy claramente así. -Es imposible que alguien pase de enemigo a amigo sin la amistad, puesto que «amigo» no se puede ni entender sin la amistad, así como lo blanco no se puede entender sin la blancura. Cuando el hombre pasa de injusto a justo por Cristo, de enemigo de Dios se hace amigo de Dios, según lo que dice el Apóstol, enemigo de Dios se hace amigo de Dios, según lo que dice el Apóstol, Rom. 5, 10: Siendo enemigos, hemos sido reconciliados con Dios por la muerte de Hijo. La reconciliación es la que hace al amigo reconciliado. No es posible ni inteligible que un pecador sea justificado sin la amistad de Dios; ahora bien, la caridad es la misma amistad entre el hombre y Dios, es un amor de amistad del hombre a Dios, y además -según aquello: Dios es caridad, y el que permanece en la caridad permanece en Dios y Dios en él; y lo que también se dice ahí mismo (1 Jn. 4,19): amemos a Dios porque El nos amó primero- la amistad consiste en un amor mutuo; por lo tanto, la remisión de los pecados se hace formalmente por la caridad. De modo que una misma cosa es la que se llama ‘justicia de la fe’ y caridad: se llama justicia de la fe en cuanto que el Hombre es justo ante Dios según las razones de las cosas y obras divinas en las que creernos, estando debidamente sometido el apetito sensible a la voluntad, la voluntad correctamente a la razón y la recta razón a Dios según las razones de las cosas que sostenemos por la fe acerca de El y de la patria del cielo. Y se llama caridad en cuanto que es amor de amistad a Dios que nos comunica la ciudadanía de la patria celestial, según aquello a los Filipenses 3, 20: nuestra ciudadanía está en los cielos; y a los Efesios 2, 19: ya no sois huéspedes ni extranjeros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios; y en el Cantar de los Cantares 2, 16: mi amado para mí y yo para El.

¶ Esta sola razón, corno convence al entendimiento, basta, y se apoya nada menos que en la autoridad de Cristo, San Pedro, San Juan y San Pablo, pues todos estos atribuyen la remisión de los pecados a la fe junto con la caridad. -Cristo le dijo a la pecadora (Luc. 7, 50): tu fe te ha salvado, y dijo de ella: se le perdonan muchos pecados porque ha amado mucho; en estas palabras, el vínculo entre ellas atestigua que el amor es la causa próxima dé la remisión de los pecados, pues cuando se dice: porque ha amado, la fe es causa de la remisión de los pecados incoativamente y la caridad completivamente. San Pedro Apóstol dijo (Act. 10, 43): de El dan testimonio todos los profetas que todos los que creen en su nombre reciben la remisión de los pecados, y en su la epístola 4, 8 dice: la caridad cubre una multitud de pecados. De modo parecido, San Juan Apóstol en su l a epístola 5, 1 dice: todo el que cree que Jesús es Cristo ha nacido de Dios, y en 3, 14 dice: nosotros sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida porque amarnos a los hermanos; el que no ama, permanece en la muerte. Nada se opone a esto argüir que literalmente San Juan habla del amor al prójimo, pues está claro que es una misma la caridad con la que amamos a Dios por sí mismo y al prójimo por amor a Dios, como está marcado en la epístola de San Juan, capítulo 4, y sólo con ese amor entre hermanos tiene lugar el paso de la muerte a la vida.

¶ Finalmente, San Pablo Apóstol en su epístola a los Romanos (5, 1) dice: justificados por la fe tenemos paz con Dios. Y la Cor. 13, 2: si tengo toda la fe de modo que mueva las montañas, pero no tengo la caridad, no soy nada en el ser espiritual en el que somos constituidos hijos de Dios. Y a los Gálatas 5, 6: en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo ni el prepucio, sino la fe que obra por el amor. Aquí se ve claramente que le atribuye valor en Cristo no a cualquier fe sino a la que obra por el amor. Por consiguiente, está claro que es certísima la doctrina común de la Iglesia según la cual la remisión de los pecados no se realiza por una fe informe sino por la fe informaddad. Por consiguiente, los textos auténticos que explican que somos justificados por la fe, se entienden literalmente de la fe formada por la amistad divina que llamamos caridad.

¶ En cuanto a la objeción según la cual la fe se distingue en contraposición a la ley, y que la ley supone el amor, hay que responder que de un modo emplea Cristo la palabra ‘ley’ cuando dice: este el primero y mayor mandamiento de le ley, y de otro el Apóstol cuando distingue la fe en contraposición a la ley. Cristo emplea la palabra ley en cuanto encierra todos los mandamientos divinos escritos en los libros de Moisés; mientras que el Apóstol emplea la palabra ley más estrictamente, en cuanto se divide en preceptos morales, ceremoniales y judiciales.

¶ No soy yo quien se inventa este amor, sino que así lo saco de la misma Sagrada Escritura. Los mismos adversarios tienen que estar de acuerdo conmigo. Se prueba que Cristo emplea esta palabra «ley» en sentido amplio porque inmediatamente antes del mismo texto del Deuteronomio 6, 5 con el que se cita el precepto del amor a Dios, se pone el precepto de la fe, diciendo: escucha Israel: el Señor nuestro Dios es un solo Dios. Bajo el mismo contexto de la ley se ponen el precepto de la fe -para creer en un solo Dios- y el precepto del amor al mismo Dios, para que entendamos que en la ley no se encierra más el precepto de la caridad que el de la fe, hablando de la ley en sentido lato, y de aquí quede claro que, así como el Apóstol distingue la fe en contraposición a la ley, se entiende también que la caridad se distingue en contraposición a la misma ley. Está claro que el Apóstol habla de la ley dejando de lado lo que se refiere a la fe y a la caridad, pues llama a esta ley ‘ley, de los hechos’ y dice que naturalmente la observan los gentiles, pues dice en Rom. 2, 14: los gentiles, que no tienen ley, naturalmente hacen las cosas que son de la ley, y está claro que naturalmente no hacen las cosas que pertenecen a la caridad. En esta objeción, pues, el nombre de «ley» se usa de modo equívoco. Por eso no vale nada: porque en la ‘ley de los hechos’, que se contrapone a la fe, está también encerrado el amor de Dios; y en esa misma ley se encierra la fe, como se ve en Deut. 6, en donde se dan al mismo tiempo los preceptos de la fe y del amor a Dios. La respuesta a las otras objeciones de los luteranos queda clara con lo ya dicho. Baste esto en lo referente a la fe.

 

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