| Su
Eminencia:
Me
atrevo a escribiros como sacerdote y compatriota,
con motivo de vuestra carta a Monseñor
Fellay del 5 de abril, que al hacerla pública
reclama el interés general, y abre el tema
a la opinión y debate públicos.
Por lo cual no creo que sea demasiada sorpresa
el que un simple sacerdote colombiano de la Fraternidad
San Pío X se permita, en honor y defensa
de la verdad, escribirle.
Es sorprendente la impavidez con la que piensa,
habla y juzga sin querer ver la verdadera causa
del problema de fondo de la crisis que socava
desde adentro la Iglesia.
En
primer lugar el problema radica en Roma y no en
la Fraternidad San Pio X que se esfuerza por mantener
la fe católica mientras Roma abre las puertas
al error dejándose seducir por el mundo
moderno, olvidando la advertencia de San Pablo
que dice “nolite conformari huic saeculo”
(no os configureis con este mundo), lo cual precisamente
es desechado por el aggiornamento (puesta al día
con el mundo de hoy) preconizando así el
ecumenismo vergonzante que pretende abrazar a
todos los hombres sin dogmas que dividan.
Es
absurdo que esgrima los conceptos de cisma y de
herejía para calibrar la ortodoxia de la
Fraternidad San Pío X, y que no aplique
el mismo criterio para juzgar los errores que
pululan a su alrededor. Es como querer mirar la
paja en el ojo ajeno sin percatarse de la viga
que hay en ojo propio.
Hoy
se niegan los principios y los dogmas mas esenciales
sin que nadie se inmute por ello, pues la depravación
doctrinal es espeluznante y los pocos fieles a
la Tradición de la Iglesia son los únicos
real y eficazmente combatidos por la jerarquía
oficial de la Iglesia; y lamentablemente Vuestra
Eminencia haciendo alarde de amor por la verdad
y de sinceridad, no hace más que desempolvar
los principios de autoridad y de obediencia para
arrinconar a los que aun permanecen fieles a la
verdad.
Habláis
de herejía y no os dais cuenta de que hoy
cual nuevo arrianismo se conculca la divinidad
de Cristo en su cuerpo místico es decir
la divinidad de la Iglesia Católica Apostólica
Romana como única y exclusiva arca de salvación,
como única exclusiva poseedora de la verdad.
El ecumenismo nivela sobre un mismo plano de igualdad
la Iglesia y Religión Católicas
con la demás falsas religiones y credos
que tienen por autor a Satanás, pues como
reza el Salmo 95 “omnes dii gentium daemonia”.
Habláis de cisma y no os dais cuenta que
cismo lo realiza la ruptura con la Tradición.
Nos
reprocháis que tenemos un falso concepto
de tradición y no os dais cuenta que tradición
hace referencia a la transmisión desde
el origen, es decir el origen apostólico
del depósito revelado y no a una tradición
folclórica de hombres y de cosas humanas,
sino de Dios y de cosas divinas, por eso el gran
criterio y garante de la ortodoxia señalado
por San Vicente de Lérins ante las innovaciones
de los herejes en contra del depósito de
la fe “quod ubique, quod semper, quod ab
omnibus creditum est”, es decir que cuando
surgen dudas sobre las cuestiones de fe por los
errores de los innovadores hay que atenerse firme
y fielmente a la Tradición, es decir que
nos atengamos a lo que en todas partes, siempre
y por todos, se ha creído. Pues la tradición
así entendida no puede ser víctima
de engaños de novedad alguna.
Habláis
de comunión, la cual significa “cum
unione” con unión, y sin daros cuenta
que esta tiene por fundamento y supone la comunión
universal en la fe. Así como no hay caridad
sin fe no hay comunión sin la fe, y no
hay fe sin adhesión a la Verdad Primera
objeto material (Veritas Prima in essendo) y formal
(Veritas Prima in dicendo) de la fe.
La
primera salvación es guardar la regla de
la recta fe (Denzinger 1833) como lo reclama el
Papa Pío IX.
Así
pues cuando se habla en la Iglesia de comunión
se está refiriendo en primer lugar a la
comunión en la fe, es decir: comunión
en la misma fe creída y profesada por todos
los fieles católicos. Se trata de la unidad
de la fe, pues hay un solo Dios, un solo bautismo,
una sola fe. Sin la unidad de la fe, no hay unidad
de culto, ni de gobierno ni de moral. La fe es
por eso fundamento de la Iglesia junto con los
sacramentos como lo afirma Santo Tomás:
“Quia Ecclesia fundatur in fide et sacramentis”
(S. Th. Sup. q. 6, a. 6).
Y
como lo afirma el Diccionario de Teología
Católica en el artículo Communion
dans la foi, col. 422: “La necesidad de
la unión o comunión en la fe cristiana
predicada por los apóstoles con la autoridad
de Jesucristo, resulta de la afirmación
de San Pablo: unus dominus, una fides, unum baptisma.
( Ef. 4,5 ss). Esta fe, es cierto, no es sino
la fe objetiva o la doctrina cristiana. Pero,
puesto que, su unidad perfecta es estrictamente
obligatoria, la unión o la comunión
en esta unidad de fe, resulta una consecuencia
necesaria”. Y como dice San Vicente a Lérins:
“por eso son santos, porque perseveran en
la comunión de la fe (Conmonitorio c.28).
Nos
reprocháis de juzgar al Papa, no juzgamos
al Papa, es la Tradición misma la que juzga,
por eso San Pablo advirtió: “Aun
cuando nosotros o u ángel os evangelice
fuera de lo que ya os hemos evangelizado, sea
anatema” (Gal. 1, 8-9); y San Vicente de
Lérins comenta: ¿Qué es esto
que dice: aun cuando nosotros? ¿Por qué
no, más bien yo?. Es como si dijera: aun
cuando Pedro, aun cuando Andrés, aun cuando
Juan, aun cuando, finalmente, todo el coro de
apóstoles os evangelice fuera de lo que
ya os hemos evangelizado, sean anatema. (Conmonitorio
c.8). El Papa es infalible no para enseñar
algo nuevo sino para confirmar a sus hermanos
en la fe de siempre, pues: “No fue prometido
a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo
para que por revelación suya manifestaran
una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia,
santamente custodiaran y fielmente expusieran
la revelación transmitida por los Apóstoles,
es decir el depósito de la fe” (Denzinger
1836).
Es
muy cierto que la Sede de Pedro no es juzgada
por nadie “Prima Sedes a nemine judicetur”,
pues el soberano Pontífice está
por encima de toda jurisdicción terrestre
o humana, sin embargo está bajo la ley
de Dios. Y como bien y sabiamente se afirma y
aclara en el Diccionario de Teología Católica
esta regla o principio, “Prima Sedes a nemine
judicetur” tiene dos excepciones, una la
herejía, otra el cisma, puesto que: “El
canon atribuido a San Bonifacio y citado por Graciano,
dist. XL, c. 6, según el cual el Papa puede
juzgar a todo el mundo y no puede ser juzgado
por nadie, tiene dos reservas: nisi deprenhendatur
a fide devius. La herejía, constituye,
así, una falta por la cual un Papa puede
ser depuesto por el concilio general. El Concilio
Romano de 503 hace la misma observación
a propósito de Simaco: nisi a recta fide
exorbitaverit”. Esta doctrina fue recibida
y confirmada por toda la edad media. Se encuentra
la expresión en la tercera alocución
del Papa Adriano IV en el IV Concilio de Constantinopla...
El Papa Inocente III reconoce solemnemente que
si por sus otros pecados únicamente Dios
lo pude juzgar, en materia de herejía puede
ser juzgado por la Iglesia, propter solum peccatum
qued fide cummittitur possem ab Ecclesia judicari.
Luego este principio está fuera de duda...
La regla que se aplica a los Papas heréticos
se aplica igualmente a los cismáticos,
y ésta es la segunda excepción que
queremos señalar”. (D. T. C. Deposition
et degradation des clercs. col. 519-520).
Así
pues afirmar “Ubi Petrus ibi Ecclesia"
vale siempre y cuando el Papa no caiga en la herejía
o el cisma. Conviene recordar que durante el cisma
de occidente llegó a haber tres Papas y
es evidente que no se podía decir que allí
donde está el Papa está la Iglesia,
pues habían tres, e Iglesia sólo
hay una. Un Papa puede caer en cisma como lo afirman
Torquemada, Cayetano, Vitoria, Suárez etc.:
“Los casos concretamente considerados por
estos teólogos son aquellos donde el papa
rechazaría comulgar con la Iglesia, o cesara
de conducirse como su jefe espiritual, para obrar
como puro señor temporal, o también
si rechazaría obedecer a la fe y constituciones
establecidas desde los apóstoles en la
Iglesia Universal...” (D.T.C. Schisme col.
1306).
Es evidente, entonces, que hay que conservar todo
lo que en la Iglesia ha sido divinamente instituido,
porque de lo contrario si, por ejemplo, un Papa
lo destruye se hace cismático o hereje;
León XIII señala esta obligación
al decir: “Mas los Romanos Pontífices,
acordándose de su deber, quieren más
que nadie que se conserve cuanto en la Iglesia
ha sido divinamente constituido”. Denzinger
1962.
Ubi
petrus ibi Ecclesia vale cuando el Papa se comporta
como digno y legítimo sucesor de San Pedro
pues como dice el Cardenal Cayetano, eminente
teólogo: “La Iglesia está
en el Papa cuando este se comporta como Papa,
es decir como cabeza de la Iglesia; pero en caso
que no quisiera actuar como cabeza de la Iglesia,
la Iglesia no estaría en él, ni
él en la Iglesia”. (La Nouvelle Messe
de Paul VI: Qu’en penser? Arnaldo Xavier
Da Silveira ed. Diffusion de la pensee française
1975, p. 291).
También
dice el famoso Cardenal Journet: “Cuanto
al axioma donde está el papa está
la Iglesia, vale cuando el Papa se comporta como
Papa y jefe de la Iglesia; en caso contrario,
ni la Iglesia está en él, ni él
en la Iglesia”.(Ibid p. 287).
El
Cardenal Juan de Torquemada gran defensor en el
siglo XV de la primacía pontifical señala
cómo un Papa puede ser cismático:
“Por desobediencia, el Papa puede separarse
de Cristo que es la cabeza principal de la Iglesia:
es en relación con El que la unidad de
la Iglesia ha sido esencialmente constituida.
Separación que puede hacer por desobediencia
a la Ley natural o la ley divina... El Papa también
puede sin causa razonable, por simple decisión,
separarse del cuerpo de la Iglesia y del colegio
de los sacerdotes. Lo cual haría si no
observase lo que la Iglesia universal observa
basándose sobre la tradición de
los Apóstoles... o bien si no observase
lo que ha sido decretado para el mundo entero
por los Concilios universales o por la autoridad
de la Sede Apostólica, sobre todo lo que
toca al culto divino”. (Ibid. p. 289-290).
Y por si acaso esto fuera poco para que nos quede
claro el tema, el mismo Cardenal a manera de síntesis
señala: “Alejándose, así,
con obstinación, de la práctica
universal de la Iglesia, el Papa podría
caer en el cisma. La consecuencia es justa; y
las premisas no son dudosas, porque el Papa, así
como puede volverse herético, también
es susceptible de desobedecer y de obstinadamente
dejar de observar lo que fue establecido para
el orden común de la Iglesia. Por esto
Inocencio declaró (c. De consue.) que hay
que obedecer al Papa en todo, en cuanto permanezca
sin revelarse contra el orden universal de la
Iglesia, porque en tal caso el Papa no debe ser
seguido, salvo si se tiene alguna razón
válida para hacerlo”. (Ibid p. 290).
Suárez
siguiendo al Cardenal Cayetano admite que el Papa
puede ser cismático: “si nollet tenere
cum toto Ecclesiae corpore unionem et conjunctionem
quam debet, ut si tentaret totam Ecclesiam excomunicare,
aut si velle omnes ecclesiasticas ceremonias apostolica
traditiones firmitas evertere” (D.T.C. Schisme
col. 1303).
Y si bien se observa los dos últimos casos
se han efectuado con la supuesta y cacareada excomunión
de Mons. Lefebvre y de Mons. De Castro Mayer,
quienes encarnaban la Tradición, y con
la subversión litúrgica del Novus
Ordo Missae. Son hechos y contra esto no hay argumentos.
En
el mismo sentido el Cardenal Torquemada afirmó,
mucho antes, como se puede ver en el mismo artículo
del Diccionario de Teología Católica:
“Los casos concretamente considerados por
estos teólogos son los aquellos en los
cuales el Papa rechazaría comulgar con
la Iglesia, o dejaría de conducirse como
su jefe espiritual para obrar como puro señor
temporal, o aun si rechazaría obedecer
a la ley y constitución, dadas por Cristo
a la Iglesia y de observar las tradiciones establecidas
desde los Apóstoles en la Iglesia Universal...”
(D.T.C. Schisme col. 1306).
Por esto Mons. Lefebvre siempre consideró
que la excomunión era injusta e inválida
de pleno derecho, pues la Iglesia no puede excomulgar
la rama donde está sentada, esto es la
Tradición. Y cuando se lo quería
acorralar haciéndolo causante de un cisma
no vacilaba en contestar diciendo: “Si hay
algún cismático son ellos”;
puesto que el permanecer fiel a toda la tradición
de la Iglesia no puede jamás ser objeto
de cisma, en cambio sí el innovar.
El criterio garante de la verdad es la tradición
como expresa San Vicente de Lérins: “Esta
fue siempre, y continúa aun siendo, la
costumbre de los católicos, de comprobar
la verdad de la fe por estas dos vías:
primero, por la autoridad del canon divino,, luego,
por la tradición de la Iglesia Católica”
(Conmonitorio c. 29).
Comentando
el pasaje de la carta de San Pablo a los Galatas
1, 8-9: “Aun cuando nosotros o un ángel
os evangelice fuera de lo que ya os hemos evangelizado,
sea anatema”, San Vicente de Lérins
dice: “¿Qué es esto que dice:
aun cuando nosotros? ¿Por qué no,
más bien yo?. Es como si dijera: aun cuando
Pedro, aun cuando Andrés, aun cuando Juan,
aun cuando finalmente, todo el coro de apóstoles
os evangelice fuera de lo que ya os hemos evangelizado,
sea anatema. ¡Severidad espantosa que para
ponderar la adhesión a la fe primera no
se perdone así mismo ni a los demás
compañeros suyos del apostolado. Y esto
es poco todavía: Aun cuando un ángel
del cielo, dice, os evangelice fuera de lo que
ya os hemos evangelizado, sea anatema. No bastaba
para la custodia de la fe, una vez transmitida,
haber recordado la naturaleza de la condición
humana; era necesario abarcar también la
excelencia angélica. Au cuando nosotros,
dice, o un ángel del cielo; no porque los
santos ángeles del cielo puedan ya pecar;
más como si dijera: si aun cuando sucediera
lo que no puede suceder, cualquiera que osara
alterar la fe una vez transmitida, sea anatema”.
(Conmunitorio c.8).
La
conclusión es obvia y se impone: fuera
de la Tradición, fuera de la fe transmitida
desde el origen, que es la tradición, sea
anatema toda otra evangelización. Y este
es el error y la falsificación de hoy en
día.
Esto
lo recalca San Vicente al decir: “A nadie
le está permitido aceptar algo fuera de
lo que la Iglesia Católica ha evangelizado
hasta ahora... Por lo mismo, anunciar algo a los
cristianos católicos fuera de lo que ya
recibieron, nunca fue lícito, nunca es
lícito, nunca será lícito;
y anatematizar a aquellos que anuncian algo fuera
de lo que ha sido una vez recibido, nunca dejó
de ser necesario; nunca deja de ser necesario,
nunca dejará de ser necesario”. (Conmunitorio
c.9).
Nosotros
no tenemos, como Vuestra Excelencia afirma, un
concepto errado de lo que es la Tradición,
al contrario es la Tradición de la Iglesia
Católica Apostólica Romana la que
nos da la vida, la fe y la salvación, es
también ella, la Tradición, la que
os juzga, reprueba y condena. Nos atenemos a la
Tradición tal como lo declara San Vicente
de Lérins comentando el pasaje: “Oh
Timoteo, guarda el depósito, evitando las
profanas novedades de palabras" (I Tim. 6-20)
en los siguientes términos: “¿Qué
es el depósito? Es aquello que se le ha
confiado, no lo que tu has descubierto, lo que
recibiste, no lo que tú pensaste; lo que
es propio de la doctrina, no del ingenio; lo que
procede de la tradición pública,
no de la rapiña privada. Algo que ha llegado
hasta ti, pero que tú no has producido;
algo de lo que no eres autor, sino custodio; no
fundador, sino seguidor; no conductor, sino conducido.
Guarda el depósito, dice el Apóstol:
conserva inviolando y sin mancha el talento (cfr.
Mt. 25,15) de la fe católica. Lo que se
te ha confiado en ti permanezca y por ti sea transmitido”.
(Conmunitorio c.22).
La
Tradición no se opone al progreso (progreso
homogéneo) sino a la alteración
(progresismo moderno) cosas que el evolucionismo
transformista de orden religioso no sabe ni quiere
distinguir, así, también lo reclama
San Vicente: “Pero se objetará: ¿No
se dará, según eso, progreso alguno
de la Religión en la Iglesia de Cristo?
Dése, en hora buena, y grande... Pero tal
que sea verdadero progreso de la fe, no una alteración
de la misma. A saber, es propio del progreso que
cada cosa se amplifique en sí misma; y
propio de la alteración es que algo pase
de ser una cosa a ser otra. Es menester, por consiguiente,
que crezca y progrese, amplia y dilatadamente
la inteligencia, la ciencia y la sabiduría,
tanto de cada uno como de todos juntos, tanto
de un solo hombre cuanto de toda la Iglesia -en
el decurso de los siglos y de las edades-, pero
solamente en su propio género, esto es,
en el mismo dogma, en el mismo sentido, en la
misma sentencia... Injusto e indigno sería
en gran manera que nosotros, sus descendientes,
en lugar del trigo genuino de la verdad, recolectáramos
el error bastardo de la cizaña... Lejos
de nosotros que aquel vergel de rosas del sentido
católico se transforme en cardos y espinas...
Porque si una vez se abre la puerta a este engaño
impío, me horroriza el pensar cuán
grande sea el peligro que se seguirá de
despedazar y aniquilar la religión. Cedida
una parte cualquiera del dogma católico,
muy pronto se cederá otra y otra, y más
tarde otras y otras como por costumbre y ya de
derecho” (Conmonitorio c.22).
¿Y no es esto lo que hoy vemos lamentablemente?
Y prosigue nuestro autor: “La Iglesia de
Cristo, en cambio, custodio, solícito y
diligente de los dogmas a ella encomendados, nada
altera jamás en ellos, nada superfluo;
no pierde lo suyo, ni usurpa lo ajeno; sino fiel
y prudente al tratar de las cosas antiguas, esto
es lo que únicamente pretende con todo
su celo: perfeccionar y pulir lo que de la antigüedad
recibe informe y esbozado; confirmar y consolidar
lo ya expreso y desarrollado, guardar finalmente
lo ya confirmado y definitivo... He aquí
lo que en todo tiempo ha realizado la Iglesia
Católica con los decretos de sus concilios,
provocada por la novedades de los herejes; esto
y nada más que esto: lo que en otro tiempo
había recibido de los antepasados por la
sola tradición, lo transmite más
tarde a los venideros también en documentos
escritos, condensando en pocas letras una cantidad
de cosas, y a veces, para mayor claridad de percepción,
sellando con la propiedad de un nuevo vocablo
el sentido no nuevo de la fe”. (Conmunitorio
c.23).
Es
el error del progresismo, del modernismo, del
ecumenismo, del aggiornamento, que adultera la
fe; es el pecado de la Roma moderna, infiel a
la Roma eterna, pareciera que se cumplen las profecías
de La Salette: “Roma perderá la fe
y será la sede del Anticristo”. La
Roma vuelta a su atroz paganismo, Panteón
de todas las religiones, como decía el
Papa San León el Grande: “Roma maestra
del error se convirtió en discípula
de la verdad”, la Roma llamada por San Pedro
Babilonia (torre de Babel de todos los falsos
cultos) antes de su conversión, vuelve
hoy a su ancestral disolución con Asís;
y con la reunión en la plaza de San Pedro
en Roma con todos los representantes de los cultos
más importantes del orbe, vuelve a lo que
fue, a aquella imagen que nos transmite el mismo
Papa San León el Grande en la fiesta del
martirio de San Pedro y de San Pablo en la lección
VI de Maitines: “Imperando [Roma] sobre
todas las Naciones, se hacía la esclava
de los errores de todas esas naciones; y le parecía
poderse atribuir muchas religiones, porque no
rechazaba ningún error”.
Homologar
en el sincretismo ecuménico a la Tradición
Católica como pretende la Roma modernista
que se sirve de la autoridad para destruir la
religión única y verdadera, es lo
propio del gran misterio de iniquidad.
Misterio
del mal que Dios permite para acrisolar a sus
fieles seguidores permaneciendo fieles a la verdad
en la cual radica la comunión en una misma
fe: “Si decimos que tenemos comunión
con Él y andamos en tinieblas, mentimos
y no obramos la verdad”, como advierte San
Juan en su primera carta 1,6.
Queremos
ser y permanecer genuinamente católicos
apostólicos y romanos, y para ello nos
dice San Vicente: “Así pues, es verdadera
y genuinamente católico aquel que ama la
verdad de Dios, la Iglesia, el cuerpo de Cristo
(cfr. Efes. 1,2-3), que nada antepone a la Religión
divina, a la fe católica: ni la autoridad
de un hombre –cualquiera que éste
sea-, ni su amistad, ni su ingenio, ni su elocuencia,
ni su filosofía, sino que despreciando
todas estas cosas, firme en la fe, permaneciendo
inquebrantable, está decidido a creer y
mantener sólo aquello que conoce haber
mantenido la Iglesia católica universalmente
y desde toda antigüedad; y entiende que todo
cuanto nuevo e inaudito sintiese que ha sido introducido
después por alguien fuera o contra todos
los santos, esto no pertenece a la religión,
sino más bien a la tentación, aleccionado
por las palabras del bienaventurado Apóstol
Pablo”. (Conmunitorio c.20).
Que
la gracia de Dios os ilumine y asista en el ejercicio
y gran responsabilidad de vuestro cargo, y que
de Roma surja de nuevo la luz de la Verdad y la
Fe.
Suyo en Cristo Rey y María Reina.
Basilio Méramo, Pbro
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