Conferencia de prensa con motivo de las consagraciones
episcopales
Esta es la conferencia de prensa que dirigió en el seminario
de Ecône Monseñor Lefebvre, el 15 de junio de 1988,
a los casi cien periodistas y fotógrafos congregados para
tener conocimiento de la decisión de Monseñor de
llevar a cabo las consagraciones episcopales, a pesar
de la oposición oficial de Roma. Para guardar el carácter
propio de la conferencia hemos conservado su estilo oral.
«Nos hemos permitido invitarles tal y como lo hicimos hace
ahora trece años, en 1975, en el momento de los difíciles
acontecimientos entre Roma y Ecône. Podemos decir que estamos
de nuevo en un “verano caliente”.
Antes de considerar los acontecimientos de estos últimos
días y de los días por venir, me gustaría hacerles
un resumen que les ayude a comprender mejor la situación,
para que en los informes que hagan ustedes a sus diarios sean lo
más objetivos posibles.
Hay que situar los acontecimientos que ocurren hoy y que pasarán
mañana –particularmente la consagración episcopal de
cuatro jóvenes obispos el 30 de junio- en el contexto de nuestras
dificultades con Roma, no sólo a partir del año 1970,
el de la fundación de Ecône, sino desde el Concilio.
En el Concilio, yo mismo y un grupo de obispos, luchamos contra el
modernismo y los errores que juzgábamos inadmisibles e incompatibles
con la Fe católica. Ese es el problema de fondo, el de una
oposición formal, profunda y radical contra las ideas modernas
y modernistas que se difundieron a través del Concilio.
Me preguntarán ustedes qué es lo que
entiendo yo por esto. Pues bien, les voy a citar algunos ejemplos
de este modernismo; por ejemplo la aceptación de los derechos
del hombre de 1789. Es el derecho común en la sociedad
civil de todas las religiones, es decir, el principio del laicismo
del Estado. Es el ecumenismo o la asociación de todas las
religiones. Es Asís,
Kioto, son las visitas a la sinagoga, al templo protestante, y en
la Iglesia es la colegialidad, con los sínodos,
las conferencias episcopales, es el cambio de la liturgia,
el cambio del catecismo y el aumento de la participación de
los seglares y las mujeres en los asuntos religiosos. Ya han hablado
ustedes de estas cosas en sus diarios; las conocen bien puesto que
han salido con ocasión de los sínodos de Roma. Es la
negación del pasado de la Iglesia. Hay un combate dentro de
la Iglesia para hacer desaparecer el pasado y la Tradición.
La persecución continua contra aquellos que desean permanecer
católicos, como lo eran los Papas de antes del Concilio Vaticano
II. Esta es nuestra posición. Nosotros continuamos lo que
los Papas han enseñado y hecho antes del Vaticano II y nos
oponemos a lo que han hecho los Papas Juan XXIII, Pablo VI y Juan
Pablo II actualmente, porque han llevado a cabo una ruptura con sus
predecesores. Preferimos la Tradición de la Iglesia a la obra
de unos pocos Papas que se oponen a sus predecesores. Sin embargo
durante estos años, desde 1976, hemos querido guardar el contacto
con Roma, cuando sufrimos la suspensión a divinis por
continuar confiriendo ordenaciones sacerdotales. Hemos
querido guardar el contacto con Roma en espera de que la Tradición
volviera a gozar un día de sus derechos. Pero fue un esfuerzo
fallido.
Ante la negativa de Roma de tomar en serio nuestras
protestas y nuestra petición de vuelta a la Tradición, y dada
la edad que tengo, puesto que voy a cumplir ochenta y tres años,
es evidente que siento llegar el fin y necesito un sucesor. No puedo
abandonar cinco seminarios distribuidos en el mundo sin obispo para
ordenar a los seminaristas, puesto que no puede haber sacerdotes
sin obispo. Y mientras no haya acuerdo con Roma, no habrá ningún
obispo que lleve a cabo las ordenaciones. Me encuentro, por tanto,
en un callejón sin salida y ante el siguiente dilema: o morir
y dejar a mis seminaristas abandonados y huérfanos, o consagrar
obispos. No tengo otra alternativa.
Pedí entonces a Roma en varias ocasiones: déjenme
consagrar obispos, permítanme tener sucesores. Por eso el
pasado 29 de junio (1987) hice una clara alusión a ello durante
mi predicación aquí en Ecône con ocasión
de la ordenación de los seminaristas. Dije que iba
a hacer consagraciones episcopales puesto que Roma no quiere
escucharme, no quiere oír y nos abandona. Me veo obligado
a asegurarme sucesores. Por consiguiente el próximo 25 de
octubre consagraré obispos que me sucedan . ¡Gran agitación
en Roma!
A partir de esta declaración Roma se conmocionó profundamente,
y entonces el 28 de julio recibí una carta después
de haberme entrevistado con el Cardenal Ratzinger el 14 de julio,
a quien había dicho: “O Roma me concede consagrar obispos
o lo haré por mi cuenta”. En su carta del 28 de julio el Cardenal
Ratzinger me respondía: “En lo que concierne a los obispos
hay que esperar que su Hermandad esté reconocida. Para el
resto tal vez le haremos algunas concesiones en materia de liturgia,
y a propósito de los seminarios le enviaríamos un visitador”.
En efecto había pedido una visita para que se nos conozca,
ya que nadie nos conocía y no venían a vernos. El caso
es que hubo una apertura de parte de Roma en este momento, y confieso
que he vacilado mucho. ¿Debía aceptar esta apertura
o rechazarla? Tenía ganas de rechazarla porque ya no tengo
confianza en estas autoridades romanas, lo confieso, pues sus ideas
son completamente opuestas a las nuestras. No estamos para nada en
la misma onda, y por tanto, no me fiaba.
Siempre fuimos perseguidos y ahora le tocaba a PortMarly
con la persecución del Padre Lecareux a causa de sus parroquias,
persecución aprobada por Roma, ya que los obispos tenían
la aprobación romana. Todo esto no nos inspiraba ninguna confianza
para ponernos en manos de Roma, de una Roma que se enfrentaba a la
Tradición.
Pero hicimos un esfuerzo: intentémoslo, vamos a ver cuáles
son las disposiciones de Roma hacia nosotros. Con esta idea me dirigí a
Roma y después recibimos la visita del Cardenal Gagnon. Creo
que esta visita ha sido favorable. Pero no sé nada porque
no he recibido ni una sola palabra sobre el resultado de esta visita
que tuvo lugar hace siete meses. Le dije al Cardenal Ratzinger que
era inadmisible; se hace una visita para saber si actuamos bien o
mal, si hay reproches que hacer o elogios, y no se nos dice nada.
Tampoco supe nada de la visita en 1974 de los dos prelados belgas,
que nos visitaron hace catorce años. Nunca recibí una
sola línea que me dijera cuál era el resultado de esta
visita.
Entonces vino el Cardenal Gagnon y nos propuso iniciar conversaciones
para realizar un protocolo como preparación a un acuerdo destinado
a establecer qué instituciones habrían regido la Tradición.
Esos coloquios tuvieron lugar. Me hubiera gustado participar personalmente
en el primero de ellos, pero prefirieron que no estuviera presente
y designara a un teólogo y a un canonista. Es lo que hice
y designé a los Padres Tissier de Mallerais y Laroche para
que fueran a Roma y se entrevistaran con los representantes del Cardenal
Ratzinger. Ellos eran tres, un teólogo, un canonista y el
Padre Duroux que presidía esta reunión.
Pusieron a punto, tras cuarenta y ocho horas, una primera redacción
que ordenaba las cuestiones doctrinales y disciplinares. Lo que nos
sorprendió es que se nos hiciera firmar un texto doctrinal;
teniendo en cuenta lo abierto que se me manifestó el Cardenal
Raztinger en su carta del 28 de julio del año pasado, ya no
había lugar para problemas doctrinales. Por tanto nos sorprendió que
se nos pusiera a la vista lo que fue objeto de una incomprensión
durante quince años. Precisamente nos oponíamos por
motivos doctrinales. Pero como el artículo tercero de
la parte doctrinal del protocolo afirmaba que podíamos reconocer
que había puntos en el Concilio, la liturgia y el Derecho
Canónico que no eran perfectamente conciliables con la Tradición,
eso nos satisfizo. De alguna manera nos contentaban en estos aspectos,
y ello nos permitía discutir puntos del Concilio, la liturgia
y el Derecho Canónico. Es esto lo que nos movió a firmar
este protocolo doctrinal, cosa que de otra manera no habríamos
hecho.
Llegaron después las cuestiones disciplinares. Sobre todo
la cuestión del obispo y de una comisión en Roma en
la que ellos habrían tenido cinco miembros y no sólo
dos. Esto no nos gustaba mucho. Lo discutimos porque nos parecía
que estábamos realmente en minoría en esa comisión
de Roma. Pero por otra parte, estaríamos en cierta medida
de la jurisdicción de los obispos.
Durante una segunda reunión, esta vez el Cardenal Ratzinger
y yo con algunos teólogos y canonistas que ya habían
deliberado entre sí, llegamos a una conclusión aceptable
sobre el papel. Primero firmó el Cardenal Ratzinger; yo firmé el
5 de mayo en Albano. El protocolo estaba firmado.
La prensa anunció: acuerdo entre Monseñor Lefebvre
y el Vaticano. Parece que las cosas se arreglan, que todo se va a
arreglar. Personalmente, como les he dicho, yo andaba con desconfianza.
Siempre tuve un sentimiento de desconfianza y debo confesar que siempre
pensé que todo lo que hacían era para lograr reducirnos
y que aceptáramos el Concilio y las reformas postconciliares.
No pueden tolerarlo, como de hecho lo ha declarado el Cardenal recientemente
en una entrevista a un diario alemán: “No podemos aceptar
que haya grupos, después del Concilio, que no admitan el Concilio
y las reformas que se han hecho después del Concilio. No podemos
admitirlo”. El Cardenal lo repitió varias veces: “Monseñor,
sólo hay una Iglesia, no puede haber una Iglesia paralela”.
Yo le respondí: “Eminencia, no somos nosotros quienes hacemos
una Iglesia paralela puesto que estamos continuando la Iglesia de
siempre; son ustedes quienes hacen una Iglesia paralela al inventar
la Iglesia del Concilio, la que el Cardenal Benelli ha llamado iglesia
conciliar; son ustedes quienes se han inventado una nueva iglesia
y no nosotros; son ustedes quienes han hecho nuevos catecismos, nuevos
sacramentos, una nueva misa, una nueva liturgia, y no nosotros. Nosotros
sólo continuamos con lo que antes se ha hecho. No somos nosotros
quienes hacemos una nueva iglesia”.
En el transcurso de todas estas converaciones nos dimos cuenta de
que había un deseo y una voluntad de encauzarnos hacia el
Concilio. Bien. A pesar de todo he firmado y he procurado mostrar
buena voluntad pero desde el mismo día en que decidimos
firmar pregunté al Cardenal Ratzinger respecto al obispo: “Entonces,
ahora vamos a firmar el protocolo; ¿podría darnos ya
la fecha para la consagración del obispo?” (era el 4 de mayo). “Tienen
tiempo de aquí al 30 de junio de darme el mandato para el
obispo. Yo mismo he participado en la presentación de obispos
cuando era Delegado Apostólico, para treinta y siete obispos,
y sé cómo funciona”. Ya había presentado los
nombres, que estaban en los despachos del Vaticano, tres nombres,
lo que se llama una terna. Este es un término clásico
en Roma para designar tres nombres de obispos que se proponen, y
la Santa Sede escoge de entre esos tres nombres. Presenté,
pues, tres nombres. “De aquí al 30 de junio tienen el tiempo
de prepararlo y de obtener un informe para darme el mandato”.
“¡Ah!, no, no, no, es imposible; el 30 de junio, imposible!. –Entonces, ¿cuándo? ¿El
15 de agosto? ¿Al final del año mariano? –¡Ah!,
no, no, no, Monseñor. Usted sabe muy bien que el 15 de agosto
no hay nadie en Roma. Del 15 de julio al 15 de septiembre son las
vacaciones, y no se puede contar con el 15 de agosto, no es posible. –Digamos
entonces el 1º de noviembre, para Todos los Santos. –¡Ah!,
no lo sé, no se lo puedo decir. –¿Para Navidad? –No
se lo puedo decir”.
Entonces me dije: Se acabó, ya entiendo. Nos quieren embaucar;
se acabó, ya no me fío. Tenía razón en
no fiarme, porque nos la están jugando. He perdido completamente
la confianza. Y ese mismo día, el 5 de mayo, he escrito una
carta al Papa y una carta al Cardenal Ratzinger, diciendo: Esperaba
haber llegado a un resultado, pero creo que se ha terminado. Nos
damos perfecta cuenta de que por parte de la Santa Sede hay una voluntad
de someternos a su querer y a sus orientaciones. Es inútil
continuar. Estamos totalmente opuestos el uno al otro.
Evidentemente en Roma se produjo una gran conmoción con motivo
de esta carta; “Cómo, usted denuncia el protocolo; eso no
se puede, es lamentable”.
Sí, pero puedo leerles rápidamente algunos extractos
de esta carta que escribí: era el 6 de mayo. Con su respuesta
el Cardenal añadía un proyecto de carta dirigida al
Papa en la que yo tenía que pedir perdón, no por
este asunto, sino por todo lo que hice durante estos trece años
pasados y por los errores que había podido cometer aunque
fuera de buena fe. Fueron ellos quienes escribieron esto para que
firmara, y no yo. “Se pueden cometer errores con toda la
buena fe. Así es que le ruego humildemente perdone todo
aquello que, en mi comportamiento o el de la Hermandad, haya
podido herir al Vicario de Cristo y a la Iglesia”.
Todo lo que se había dejado de lado, ahora nos lo ponían
delante. Los enredos en que ahora nos ponían manifestaban
que no había buena voluntad hacia nosotros y que el único
deseo de la Santa Sede era llevarnos al Concilio y a sus reformas.
Por eso les hemos entregado la carta que definitivamente escribí al
Papa el 2 de junio: “Santísimo Padre, los coloquios y
entrevistas con el Cardenal Ratzinger y sus colaboradores, aunque
se hayan realizado en una atmósfera de cortesía y caridad,
nos han convencido de que el momento de una colaboración franca
y eficaz todavía no ha llegado”, teniendo en cuenta que el
fin de esta reconciliación no es en absoluto el mismo para
la Santa Sede y para nosotros. Y añadía: “Por eso nosotros
mismos nos daremos los medios de continuar la Obra que la Providencia
nos ha confiado”.
¡Pánico en Roma! Después recibí una carta
del Santo Padre, firmada de su mano, en que me suplicaba que guardara
la unidad, la unidad de la Iglesia, y que no la dividiera, que permaneciera
fiel a la Iglesia.
Precisamente no estamos en la misma verdad. Para ellos la verdad
es evolutiva, la verdad cambia con el tiempo y también
la Tradición: es el Vaticano II. Para nosotros la Tradición
es lo que la Iglesia ha enseñado desde los Apóstoles
hasta nuestros días. Para ellos, no, la Tradición es
el Vaticano II que resume en sí mismo todo lo que ha sido
dicho antes. Las circunstancias históricas son tales que ahora
hay que creer lo que el Vaticano II ha hecho. Lo que antes ha ocurrido
ya no existe. Pertenece al pasado. Por eso el Cardenal no duda en
decir que “el Concilio Vaticano II es un anti-Syllabus”. Uno
se pregunta cómo un Cardenal de la Santa Iglesia puede decir
que el Concilio Vaticano II es un anti-Syllabus, acto oficialísimo
del Papa Pío IX en la encíclica Quanta Cura .
Es inimaginable.
Un día dije al Cardenal Ratzinger: “Eminencia,
hemos de escoger: o la libertad religiosa tal y como está en
el Concilio, o el Syllabus de Pío IX. Son contradictorios
y hay que escoger”. Entonces me dijo: “Pero Monseñor, ya no
estamos en los tiempos del Syllabus . –¡Ah! dije,
entonces la verdad cambia con el tiempo. Entonces lo que usted me
dice hoy mañana ya no será verdad. Ya no hay forma
de entenderse, estamos en una evolución continua, es imposible
hablar”.
Esto es lo que tienen en la mente. El me repitió: “No hay
más que una Iglesia, y es la Iglesia del Vaticano II. Vaticano
II representa la Tradición”. Desgraciadamente la Iglesia del
Vaticano II se opone a la Tradición, y no es lo mismo.
El Papa me suplica entonces que no rompa la unidad de la Iglesia.
Me amenaza con penas canónicas si hago estas consagraciones
el próximo 30 de junio.
Les aseguro que el ambiente en el que se desarrollaron los coloquios
que precedieron la redacción del protocolo, y la suerte que
han corrido quienes se unieron a Roma dan mucho que pensar».
La suerte reservada
a los que se han adherido a Roma
«Tomaré el ejemplo de Dom Agustín, que tiene
un convento en Flavigny en el que hay veinticuatro sacerdotes que
yo mismo ordené, benedictinos, y que al abandonarme me dijo: “Monseñor,
no puedo permanecer más con usted, me uno a Roma,
deseo obedecer a Roma; no puedo seguir con usted”. Bien, se unió a
Roma con la esperanza de guardar la Tradición que conservaba
en su monasterio, es decir, la misa tradicional para sus monjes.
Pues bien, Roma exigió que la misa conventual fuera la misa
del Concilio y no la misa antigua. En lugar de decirnos que podemos
guardar la Tradición, se cambia la Tradición.
Tomemos un segundo ejemplo, otro monasterio: Fontgonbault.
Aceptaron por obediencia guardar durante quince años la nueva
misa; como los obispos decían que había que aceptar
la nueva misa lo han hecho. Viene el indulto de Roma. Todos los que
han aceptado la nueva misa podrán en adelante decir la
misa antigua. Esto se aplicaba perfectamente a Fontgonbault. Rechazo
del arzobispo de Bourges. Ustedes no pueden decir la misa antigua
como misa conventual. Deben guardar la misa nueva. Porque sí.
El abad de Fontgonbault fue a la Congregación para el Culto,
en Roma, a ver a Monseñor Mayer que le dijo: “Sabe usted,
eso es difícil, intente ver al Papa”. El Papa le remite al
Cardenal Mayer: “Haga un esfuerzo, tal vez se pueda arreglar esto...”.
El Cardenal Mayer terminó por enviarle de nuevo al arzobispo
de Bourges y siguen con la misa nueva como misa conventual. Y sin
embargo cumplían perfectamente con las condiciones del indulto.
No podemos fiarnos, no es posible. Y voy a citarles
un último
ejemplo, un ejemplo extraordinario. Ustedes han oído hablar
sin duda, y salieron algunos artículos en los periódicos
hace dos años, de los tránsfugas de Ecône, ¡los
famosos tránsfugas de Ecône! Se fueron de aquí,
de Ecône, nueve seminaristas. El que fue de alguna manera el
jefe de esta pequeña rebelión, ..., se quedó en
el seminario durante cierto tiempo ocultando muy bien su juego, y
consiguió convencer a otros ocho seminaristas para que dejaran
Ecône. Se puso en contacto con el Padre Grégoire Billot
que está aquí en Suiza, en Vaden; este Padre Billot
tiene relaciones con el Cardenal Ratzinger, y habla alemán.
Llamó por teléfono al Cardenal Ratzinger: “Mire, hay
en Ecône nueve seminaristas dispuestos a salirse. ¿Qué les
promete usted? ¿Qué hace usted con ellos?”.
¡Oh!, formidable; una ocasión única; se les
promete el oro y el moro, y habrá otros que vendrán.
Lo dijo explícitamente. El Cardenal Ratzinger lo ha dicho: “Estoy
contento de que algunos hayan dejado Ecône y espero que habrá otros
que les sigan”.
Lo saben ustedes muy bien, se hizo el famoso seminario Mater
Ecclesiae, dirigido por un Cardenal, el Cardenal Innocenti,
con el Cardenal Garrone y un tercer Cardenal, Ratzinger; seminario
aprobado oficialmente por el Papa en el Osservatore Romano.
Repercusión mundial. Todos los diarios del mundo han hablado
de este seminario tradicional hecho con los tránsfugas de
Ecône y que agruparía a otros seminaristas con la
misma sensibilidad. Se fueron y se juntaron unos veinte seminaristas.
Les aseguro que merece la pena leer la carta que acaba de enviarnos
uno de estos días el seminarista ... que fue el instigador
del abandono de otros seminaristas. Escribe: “Lo siento” con
grandes letras en su carta. “Lo siento, porque lo hemos perdido todo,
y no han cumplido ninguna promesa. Somos miserables que ni sabemos
dónde ir”.
¡Eso es lo que ha ocurrido con esta gente que se ha querido
unir a Roma!... Este será nuestro caso. Estamos cada
vez más convencidos de ello. Cuanto más reflexionamos
en el ambiente de estos coloquios, mejor cuenta nos damos de que
se nos está tendiendo una trampa, de que se nos quiere engañar
diciéndonos mañana: en adelante se acabó la
misa tradicional, hay que aceptar también la nueva misa. No
hay que estar contra la nueva misa. Esto nos han dicho.
Un ejemplo de esto me lo dio el Cardenal Ratzinger. “Por ejemplo
en San Nicolás de Chardonnet, Monseñor, cuando
el protocolo se firme y se arreglen los asuntos, es evidente que
San Nicolás de Chardonnet no puede quedarse como está. ¿Por
qué? Porque San Nicolás es una parroquia de París
y depende del Cardenal Lustiger. Por consiguiente será absolutamente
necesario que en la parroquia de San Nicolás de Chardonnet
haya la nueva misa, una, regularmente, todos los domingos. No se
puede aceptar que los feligreses que desean la nueva misa no puedan
ir a su parroquia para tenerla”. ¡Fíjense! Es el principio
de la introducción: aceptar la nueva misa y adaptarnos... ¡No
es posible! Nos sentimos atrapados en un engranaje del que ya no
podemos salir.
Surgirán dificultades inextricables con los obispos y con
los movimientos diocesanos que querrán que colaboremos con
ellos si Roma nos reconoce. Tendremos todas las dificultades
posibles e imaginables. Por eso pensé y me pareció que
no podía continuar en conciencia. Y me he decidido... De ahí mi
carta al Santo Padre y el anuncio de la consagración
de los cuatro obispos para el 30 de junio. En una de las hojas que
les hemos entregado tienen algunas indicaciones sobre los futuros
obispos.
El Osservatore Romano publicará una excomunión, una
declaración de cisma evidentemente. ¿Qué quiere
decir todo esto? ¿Excomunión por quién? Por
una Roma modernista, por una Roma que ya no conserva la perfecta
Fe católica. No se puede decir que cuando hay una manifestación
como la de Asís uno sigue siendo católico. No es posible.
No se puede decir que cuando ocurre lo de Kyoto y las declaraciones
que se hicieron a los judíos en la sinagoga, y la ceremonia
ocurrida en Santa María de Trastévere el año
pasado, en Roma mismo, que se es todavía católico.
Es escandaloso. Esto no es católico.
Seremos excomulgados por modernistas, por gente que ha sido condenada
por los Papas precedentes. ¿Qué significa esto entonces?
Nos condenan personas ya condenadas, y que deberían haber
sido condenadas públicamente. Por eso nos es indiferente,
y por supuesto, no tiene ningún valor. Declaración
de cisma; cisma respecto a qué, ¿con el Papa sucesor
de Pedro? No, cisma con el Papa modernista, sí, cisma con
las ideas que el Papa extiende por todas partes, las ideas de la
revolución, las ideas modernas, sí. Con esto estamos
en cisma. Y está claro que no lo aceptamos; no tenemos ninguna
intención de ruptura con Roma. Queremos estar unidos a la
Roma de siempre y estamos persuadidos de permanecer unidos a la Roma
de siempre, porque en nuestros seminarios y en nuestras predicaciones,
en toda nuestra vida y en la vida de los que nos siguen, continuamos
la vida tradicional tal y como lo era antes del Concilio Vaticano
II y como ha sido vivida durante veinte siglos. No veo entonces por
qué estaríamos en ruptura con Roma por hacer lo que
Roma aconsejó hacer durante veinte siglos. No es posible.
Esta es la situación actual. Hay que entenderla bien para
no resultar quisquilloso.
Se podría pensar: usted tenía un obispo, ya está bien.
Usted podía haber tenido algunos miembros más en el
consejo romano. Pero no es esto lo que nos interesa. Es
el problema de fondo, el que está siempre detrás de
nosotros y nos asusta. No queremos ser colaboradores de la destrucción
de la Iglesia. Mi libro Carta abierta a los católicos
perplejos lo terminé con estas palabras: “No quiero que
cuando Dios me llame me diga: ¿Qué has hecho en la
tierra? Tú también has contribuido a demoler la Iglesia”.
Pero no es verdad, no he contribuido a la demolición de la
Iglesia, sino en su construcción. Los que la destruyen son
aquellos que difunden las ideas demoledoras de la Iglesia y que fueron
condenadas por mis predecesores. Este es el fondo de los acontecimientos,
acontecimientos que vamos a vivir en estos días. Mucho se
va a hablar de esto, y habrá muchísima gente en la
ceremonia del 30 de junio para la consagración de los cuatro
jóvenes obispos que estarán al servicio de la Hermandad.
Pues bien, estos cuatro obispos estarán al servicio de la
Hermandad. Quien tendrá en principio la responsabilidad de
las relaciones con Roma cuando yo desaparezca, será el Superior
General de la Hermandad, Padre Schmidberger, al que le quedan
todavía seis años de mandato por cumplir. El mantendrá eventualmente
en lo sucesivo los contactos con Roma para continuar las conversaciones
si continúan, o si el contacto se mantiene, lo cual es poco
probable durante cierto tiempo, puesto que en el Osservatore Romano
se pondrá con mayúsculas: “Cisma de Monseñor
Lefebvre, excomunión...”. Durante equis años,
tal vez dos o tres, no lo sé, existirá una separación».