SOBRE EL PECADO ORIGINAL
Santo Tomás de Aquino
"Compendio de Teología"

CAPÍTULO CLXXXVI
DE LOS PRECEPTOS DADOS AL PRIMER HOMBRE, Y DE SU PERFECCIONEN EL ESTADO PRIMITIVO

El hombre, según se dijo ya, fue constituido por Dios en su condición natural, de tal suerte, que el cuerpo estuviese sometido totalmente al alma; y con respecto a las partes del alma estuviesen sometidas a la razón sin repugnancia alguna, y la misma razón del hombre a Dios. Por lo mismo que el cuerpo estaba sometido al alma, sucedía que no podía producirse en el cuerpo pasión alguna que repugnase al dominio del alma sobre el cuerpo, y por esta razón ni la muerte ni las enfermedades tenían acción sobre el hombre. Mediante la sumisión de las fuerzas inferiores a la razón, reinaba en el hombre una tranquilidad completa de espíritu, porque la razón humana en nada era perturbada por las pasiones desordenadas. Por lo mismo que la voluntad del hombre estaba sometida a Dios, el hombre lo refería todo a Dios como a fin último, en que consistían la justicia y la inocencia. La última de estas tres cosas era la causa de las demás; porque si el cuerpo no estaba sujeto a la disolución o a cualquiera otra pasión contraria a la vida, no era en virtud de su naturaleza, habida consideración a las partes que lo componen, porque está formado de elementos contrarios. Tampoco era por un efecto de la naturaleza del alma el que las fuerzas sensibles se sometieran sin repugnancia a la razón, porque las fuerzas sensibles son naturalmente inclinadas a las cosas que deleitan los sentidos, y que frecuentemente repugnan a la razón. Todo esto procedía de una virtud superior; a saber de Dios, que así como unió al cuerpo un alma racional superior al cuerpo y a todas las fuerzas corporales, tales como las fuerzas sensibles, dio también al alma el poder necesario para contener al cuerpo sobre su condición, y fuerzas sensibles proporcionadas a un alma racional. Para que la razón pudiera dominar de una manera firme las cosas inferiores, fue necesario que la misma razón estuviera firmemente sometida a Dios, del cual había recibido el poder superior a su naturaleza. El hombre fue, por consiguiente,, constituido de modo que, si la razón no se sustraía del imperio de Dios, su cuerpo no podría sustraerse de la acción del alma, ni las fuerzas sensibles separarse de la recta razón. Esto hacia que hubiera en el hombre cierta vida inmortal e impasible, porque no podía sufrir ni morir no habiendo pecado. Podía, empero, pecar, porque su voluntad no estaba aún confirmada por la consecución del último fin, y bajó este concepto podía sufrir y morir. La impasibilidad y la inmortalidad que poseía el primer hombre se diferencian en esto de las de que gozarán los santos después de la resurrección, los cuales no podrán ni sufrir ni morir, porque su voluntad estará completamente confirmada en Dios, como dijimos antes. Hay además otra diferencia, y consiste en que, después de la resurrección, los hombres no usarán de los alimentos ni de los órganos sensuales, al paso que el primer hombre no estaba constituido de tal modo que tuviera necesidad 'de usar de los alimentos para sostener su vida, y el deber de entregarse a la generación para la multiplicación del género humano. Por esta razón se le impusieron dos preceptos en su condición primitiva. Primero: «Comed de todos los frutos del Paraíso.» Segundo: «Creced, multiplicaos y llenad la tierra.»

CAPÍTULO CLXXXVII
ESTE ESTADO DEL HOMBRE ERA LLAMADO JUSTICIA ORIGINAL, DEL LUGAR EN QUE FUE COLOCADO EL HOMBRE

Este estado tan bien ordenado del hombre era llamado justicia original. En virtud de ella estaba sometido a su superior, y al mismo tiempo estaban sometidos a él todos los seres inferiores, según estas palabras referentes a él: «Para que mande a los peces de la mar y a las aves del cielo.» Entre las mismas partes del hombre, la inferior estaba sometida a la superior sin repugnancia alguna. Este estado fue concedido al primer hombre, no como a cierta persona singular, sino como al primer principio de la naturaleza humana, para que por medio de él fuera transmitido con la naturaleza humana a todos sus descendientes. Como cada uno debe tener un lugar correspondiente a su condición, el hombre constituido en este hermoso orden fue colocado en un lugar de dicha y de delicias, en el que no fuera molestado por ninguna pena interior ni por ninguna contrariedad exterior.

CAPÍTULO CLXXXVIII
DEL ÁRBOL DE LA CIENCIA DEL BIEN Y DEL MAL, Y DEL PRIMER PRECEPTO IMPUESTO AL HOMBRE

Como este estado del hombre dependía de que; su voluntad estuviera sometida a Dios, a fin de que el hombre se acostumbrara desde el primer momento a seguir la voluntad de Dios, Dios le propuso ciertos preceptos, tales como el de comer el fruto de todos los árboles del Paraíso, prohibiéndole con pena de muerte comer el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal; y esto, no porque fuera malo en sí mismo el uso de este fruto, sino para que el hombre observase un precepto tan llevadero, sólo porque Dios lo había mandado. El uso del fruto prohibido llegó a ser un mal, porque fue prohibido. Este árbol era llamado el árbol de la ciencia del bien y del mal, no porque tuviera virtud para producir la ciencia, sino por el acontecimiento subsiguiente, es decir, porque el hombre, al comer su fruto, supo por experiencia la diferencia que hay entre el bien de la obediencia y el mal de la desobediencia.

CAPÍTULO CLXXXIX
DE LA SEDUCCIÓN DE EVA POR EL DEMONIO

El demonio, que ya había pecado, viendo al hombre constituido de tal suerte que podía conseguir la felicidad eterna que aquél había perdido, y viendo que podía pecar, se propuso separarlo de la vía recta de la justicia, atacando al hombre en su parte más débil, y tentando a la mujer, en la que era menor el don o la luz de la sabiduría. Para conseguir con más facilidad la transgresión del precepto, excluyó mentidamente el temor de la muerte, y le prometió aquello que el hombre desea naturalmente, a saber: la exención de la ignorancia, diciendo: «Se abrirán vuestros ojos»; la excelencia de la dignidad, añadiendo: «Seréis como dioses», y la perfección de la ciencia, por estas palabras: «Conoceréis el bien y el mal». El hombre, respecto de su inteligencia, aborrece la ignorancia y apetece la ciencia.; y respecto de su voluntad, que es naturalmente libre, desea la elevación y la perfección, de modo que no esté sujeto a superioridad alguna, o sufra la menos posible.

CAPÍTULO CXC
CUALES FUERON LOS MOTIVOS QUE INDUJERON A LA MUJER

La mujer deseó la elevación y la perfección de la ciencia prometidas, y a esto se unieron la bondad y la hermosura del fruto, que la incitaron a comer de él, de suerte que, despreciando el temor de la muerte, traspasó el precepto de Dios, prevaricación que encierra una culpabilidad múltiple. En primer lugar, es pecado de soberbia, porque la mujer deseó la elevación de una manera desordenada; en segundo lugar, es pecado de curiosidad, porque mediante ella aspiró a la ciencia más allá de los límites que le estaban marcados; en tercer lugar, es pecado de gula, porque fue incitada a comer el fruto a vista de su suavidad; en cuarto lugar, es pecado de infidelidad, porque desconfió de Dios y confió en las palabras del demonio; en quinto lugar, es pecado de desobediencia, porque infringió el precepto de Dios.

CAPÍTULO CXCI
DE QUÉ MODO SE EXTENDIÓ EL PECADO AL HOMBRE

La persuasión de la mujer hizo extensivo su pecado al hombre, el cual, sin embargo, como dice el Apóstol, no fue seducido como la mujer hasta llegar a creer en las palabras del demonio contra las palabras de Dios. En efecto, no podía comprender que Dios le hubiese amenazado falsamente y prohibido sin razón una cosa útil. El hombre fue seducido por la promesa del demonio, aspirando indebidamente a la elevación y a la ciencia. Su voluntad fue extraviada por este medio de la rectitud de la justicia, y queriendo mostrarse complaciente con su mujer, la imitó en la transgresión del precepto divino comiendo del fruto vedado.

CAPÍTULO CXCII
DEL EFECTO QUE SIGUIÓ A LA CULPA EN CUANTO A LA REBELIÓN DE LAS COSAS INFERIORES A LA RAZÓN

Como toda la integridad del armónico estado de que acabamos de hablar era producida por la sumisión de la voluntad humana a Dios, de la sustracción de la voluntad humana a esta sumisión divina resultó una alteración de la sumisión perfecta de las fuerzas inferiores a la razón, y del cuerpo al alma; y por consiguiente, el hombre sintió en el apetito sensitivo inferior los movimientos desordenados de la concupiscencia, de la cólera y de las otras pasiones extrañas al orden de la razón, y contrarias a la razón misma, envolviéndola en las tinieblas la mayor parte de las veces y perturbándola en sus facultades. Esta hostilidad de la carne contra el espíritu es de la que hablan las Santas Escrituras. Como el apetito sensitivo, del mismo modo que las demás fuerzas sensitivas, obran por medio de un instrumento corporal, en tanto que la razón no tiene necesidad de órgano corporal, con razón se imputa a la carne lo que pertenece al apetito sensitivo, y al espíritu lo que pertenece a la razón, y en este sentido se llaman espirituales las sustancias que están separadas de los cuerpos.


CAPÍTULO CXCIII
DE QUÉ MODO FUE IMPUESTA LA PENA EN CUANTO A LA NECESIDAD DE MORIR

Fue también consiguiente que la corrupción se hiciera sentir en el cuerpo, y que por esta razón el hombre incurriera en la necesidad de morir, como si el alma no hubiera podido ya mantener al cuerpo en la permanencia de la existencia infundiéndole la vida. De aquí provino que el hombre se hiciera pasible y mortal, no sólo porque pudiera sufrir y morir como antes, sino porque tenía necesidad de sufrir y de morir.

CAPÍTULO CXCIV
DE OTROS DEFECTOS QUE SOBREVINIERON AL ENTENDIMIENTO Y A LA VOLUNTAD

Otros muchos defectos fueron en el hombre la consecuencia de esta perturbación. Haciéndose sentir frecuentemente los movimientos desordenados de las pasiones en el apetito inferior, desfalleciendo al mismo tiempo en la razón la luz de la sabiduría que la alumbraba divinamente cuando la voluntad estaba sometida a Dios, el apetito del hombre fue arrastrado a someterse a las cosas sensibles, por cuyo medio se alejó de Dios, cometió numerosas faltas, y fue después avasallado a los espíritus inmundos, de los que esperó grandes auxilios para la adquisición de los objetos de su codicia. De este modo fue como se produjeron en el género humano la idolatría y los demás pecados. Cuanto más se corrompió el hombre sometiéndose a ellos, tanto más se alejó del deseo y del conocimiento de los bienes espirituales y divinos.

CAPITULO CXCV
DE QUÉ MODO SE HAN TRASMITIDO ESTOS DEFECTOS A LA POSTERIDAD

Como el bien de la justicia original fue concedido al género humano en nuestro primer padre para que por medio de éste pasase a sus descendientes, y como el efecto cesa por la destrucción de la causa, claro es que, habiendo sido privado el hombre de este bien por su propio pecado, todos sus descendientes lo quedaron igualmente; y así, después del pecado de nuestro primer padre, todos los hombres nacen privados de la justicia original y con los defectos propios de esta falta. No es contrario al orden de la justicia el que aparezca que Dios castigara en los hijos la falta del primer padre, porque esta pena no fue otra cosa que la sustracción de los bienes sobrenaturalmente concedidos al hombre para que fueran transmitidos a su posteridad. Por esta razón no eran estos bienes debidos a los demás, sino en cuanto se comunicarían a ellos por nuestro primer padre. A la manera que un rey, concediendo a un soldado un título feudal transmisible a sus herederos, este título no pasa a ellos si el soldado comete una falta que merezca la pérdida de su título, así también los hijos son justamente privados de un bien por la falta de su padre.

CAPÍTULO CXCVI
LA FALTA DE LA JUSTICIA ORIGINAL, ¿TIENE EN LOS DESCENDIENTES UN CARÁCTER DE CULPABILIDAD?

Aún hay que resolver una cuestión más importante, y consiste en saber si la falta de justicia original puede tener un carácter de culpabilidad en los descendientes del primer hombre. En efecto, parece que para cometer una acción culpable es necesario que el mal que produce la culpabilidad esté en la potestad de aquel a quien se imputa la culpa, porque a nadie se le inculpa una acción que no estaba en sus facultades hacer o no hacer: es así que no depende del que nace tener o no tener la justicia original; luego parece que esta falta no tiene carácter de culpabilidad. Esta cuestión se resuelve fácilmente, distinguiendo entre la persona y la naturaleza. Así como en una persona hay muchos miembros, así también en la naturaleza humana hay muchas personas; de suerte que por la participación de la especie muchos hombres son considerados como un solo hombre, según dijo Porfirio. Es muy de notar en el pecado de un solo hombre, que los diferentes pecados son cometidos por los diferentes miembros, y que no es necesario, para que haya culpabilidad, que cada pecado sea un acto de la voluntad de los miembros, que son instrumento del pecado, sino un acto de la voluntad de aquello que hay más principal en el hombre, a saber la parte intelectual. En efecto, la mano no puede dejar de herir, ni el pie de marchar, cuando la voluntad lo manda.
En virtud de esto, la falta de justicia original es un pecado de la naturaleza, en cuanto proviene de la voluntad desordenada del primer principio en la naturaleza humana, es decir, del primer principio en la naturaleza humana, es decir, del primer padre, y de este modo es pecado voluntario, habida consideración a la naturaleza, esto es, por la voluntad del primer principio de la naturaleza; y así pasa a todos los que reciben la naturaleza del primer padre, como a miembros suyos. Este pecado es llamado pecado original, porque se transmite a los descendientes por el origen del padre. He aquí por qué este pecado afecta directamente a la naturaleza, en tanto que los pecados actuales afectan sólo a la persona. El primer padre, en efecto, corrompió la naturaleza con su pecado, y la naturaleza, corrompida a su vez, comunica el mal a la persona de sus hijos, que reciben la naturaleza del primer padre.

CAPÍTULO CXCVII
NO TODOS LOS PECADOS PASAN POR TRANSMISIÓN A LA DESCENDENCIA

No todos los demás pecados, ya del primer padre, ya de los demás individuos, se transmiten a la posteridad porque el pecado del primer padre haya destruido completamente el don que de una manera sobrenatural fue concedido a la naturaleza humana en la persona del primer padre; y en virtud de esto se dice que ha infestado o corrompido a la naturaleza; y esto es así, porque los pecados subsiguientes no encuentran nada que sustraer a la naturaleza entera, si bien arrebatan al hombre o disminuyen en él algún bien particular, es decir, personal, corrompiendo solamente a la naturaleza, en cuanto pertenece a esta o a la otra persona. Es así que el hombre no engendra a sus semejantes en persona, sino en naturaleza; luego el pecado que vicia la persona se transmite del padre a los hijos, como se transmite el primer pecado que vició la naturaleza.

CAPÍTULO CXCVIII
LOS MÉRITOS DE ADÁN NO SIRVIERON DE NADA PARA LA REPARACIÓN DE SUS DESCENDIENTES

Aunque el pecado del primer padre haya corrompido a toda la naturaleza humana, sin embargo, no ha podido ser rehabilitada, ni por la penitencia, ni por los méritos del primer padre, cualesquiera que hayan sido. En efecto, es evidente que la penitencia de Adán y sus demás méritos han sido un acto de la persona particular. El acto de un individuo cualquiera no puede influir sobre toda la naturaleza de la especie, porque las causas que obran sobre toda la especie son equívocas y no unívocas. El sol es la causa de la generación en toda la especie humana; pero el hombre es la causa de la generación en un hombre determinado. Por consiguiente, los méritos particulares de Adán o de cualquier otro hombre puro no pueden bastar para la rehabilitación de toda la naturaleza. Si toda la naturaleza ha sido viciada por un acto particular del primer hombre, lo fue como una consecuencia accidental, porque estando privado del estado de la inocencia, no pudo ser transmitido a los otros por él. Aun cuando Adán haya recobrado el estado de gracia por la penitencia, no ha podido, sin embargo, recobrar su inocencia primitiva, a la que Dios otorgó el don de justicia original, de que hemos hablado. Es igualmente cierto que este estado de justicia original fue un don especial de la gracia: es así que la gracia no se adquiere con méritos, porque es un don gratuito de Dios; luego así como en el principio el primer hombre no tuvo la justicia original en virtud de sus méritos, sino por un don de Dios, así también, y aún mucho menos después de su pecado, puede merecerla por la penitencia o cualquiera otra obra buena.

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