CAPÍTULO
CLXXXVI
DE LOS PRECEPTOS DADOS AL PRIMER HOMBRE, Y DE SU PERFECCIONEN EL ESTADO
PRIMITIVO
El hombre, según se dijo ya, fue constituido por Dios en su
condición natural, de tal suerte, que el cuerpo estuviese sometido
totalmente al alma; y con respecto a las partes del alma estuviesen
sometidas a la razón sin repugnancia alguna, y la misma razón
del hombre a Dios. Por lo mismo que el cuerpo estaba sometido al alma,
sucedía que no podía producirse en el cuerpo pasión
alguna que repugnase al dominio del alma sobre el cuerpo, y por esta
razón ni la muerte ni las enfermedades tenían acción
sobre el hombre. Mediante la sumisión de las fuerzas inferiores
a la razón, reinaba en el hombre una tranquilidad completa
de espíritu, porque la razón humana en nada era perturbada
por las pasiones desordenadas. Por lo mismo que la voluntad del hombre
estaba sometida a Dios, el hombre lo refería todo a Dios como
a fin último, en que consistían la justicia y la inocencia.
La última de estas tres cosas era la causa de las demás;
porque si el cuerpo no estaba sujeto a la disolución o a cualquiera
otra pasión contraria a la vida, no era en virtud de su naturaleza,
habida consideración a las partes que lo componen, porque está
formado de elementos contrarios. Tampoco era por un efecto de la naturaleza
del alma el que las fuerzas sensibles se sometieran sin repugnancia
a la razón, porque las fuerzas sensibles son naturalmente inclinadas
a las cosas que deleitan los sentidos, y que frecuentemente repugnan
a la razón. Todo esto procedía de una virtud superior;
a saber de Dios, que así como unió al cuerpo un alma
racional superior al cuerpo y a todas las fuerzas corporales, tales
como las fuerzas sensibles, dio también al alma el poder necesario
para contener al cuerpo sobre su condición, y fuerzas sensibles
proporcionadas a un alma racional. Para que la razón pudiera
dominar de una manera firme las cosas inferiores, fue necesario que
la misma razón estuviera firmemente sometida a Dios, del cual
había recibido el poder superior a su naturaleza. El hombre
fue, por consiguiente,, constituido de modo que, si la razón
no se sustraía del imperio de Dios, su cuerpo no podría
sustraerse de la acción del alma, ni las fuerzas sensibles
separarse de la recta razón. Esto hacia que hubiera en el hombre
cierta vida inmortal e impasible, porque no podía sufrir ni
morir no habiendo pecado. Podía, empero, pecar, porque su voluntad
no estaba aún confirmada por la consecución del último
fin, y bajó este concepto podía sufrir y morir. La impasibilidad
y la inmortalidad que poseía el primer hombre se diferencian
en esto de las de que gozarán los santos después de
la resurrección, los cuales no podrán ni sufrir ni morir,
porque su voluntad estará completamente confirmada en Dios,
como dijimos antes. Hay además otra diferencia, y consiste
en que, después de la resurrección, los hombres no usarán
de los alimentos ni de los órganos sensuales, al paso que el
primer hombre no estaba constituido de tal modo que tuviera necesidad
'de usar de los alimentos para sostener su vida, y el deber de entregarse
a la generación para la multiplicación del género
humano. Por esta razón se le impusieron dos preceptos en su
condición primitiva. Primero: «Comed de todos los frutos
del Paraíso.» Segundo: «Creced, multiplicaos y
llenad la tierra.»
CAPÍTULO CLXXXVII
ESTE ESTADO DEL HOMBRE ERA LLAMADO JUSTICIA ORIGINAL, DEL LUGAR EN
QUE FUE COLOCADO EL HOMBRE
Este estado tan bien ordenado del hombre era llamado justicia original.
En virtud de ella estaba sometido a su superior, y al mismo tiempo
estaban sometidos a él todos los seres inferiores, según
estas palabras referentes a él: «Para que mande a los
peces de la mar y a las aves del cielo.» Entre las mismas partes
del hombre, la inferior estaba sometida a la superior sin repugnancia
alguna. Este estado fue concedido al primer hombre, no como a cierta
persona singular, sino como al primer principio de la naturaleza humana,
para que por medio de él fuera transmitido con la naturaleza
humana a todos sus descendientes. Como cada uno debe tener un lugar
correspondiente a su condición, el hombre constituido en este
hermoso orden fue colocado en un lugar de dicha y de delicias, en
el que no fuera molestado por ninguna pena interior ni por ninguna
contrariedad exterior.
CAPÍTULO CLXXXVIII
DEL ÁRBOL DE LA CIENCIA DEL BIEN Y DEL MAL, Y DEL PRIMER PRECEPTO
IMPUESTO AL HOMBRE
Como este estado del hombre dependía de que; su voluntad estuviera
sometida a Dios, a fin de que el hombre se acostumbrara desde el primer
momento a seguir la voluntad de Dios, Dios le propuso ciertos preceptos,
tales como el de comer el fruto de todos los árboles del Paraíso,
prohibiéndole con pena de muerte comer el fruto del árbol
de la ciencia del bien y del mal; y esto, no porque fuera malo en
sí mismo el uso de este fruto, sino para que el hombre observase
un precepto tan llevadero, sólo porque Dios lo había
mandado. El uso del fruto prohibido llegó a ser un mal, porque
fue prohibido. Este árbol era llamado el árbol de la
ciencia del bien y del mal, no porque tuviera virtud para producir
la ciencia, sino por el acontecimiento subsiguiente, es decir, porque
el hombre, al comer su fruto, supo por experiencia la diferencia que
hay entre el bien de la obediencia y el mal de la desobediencia.
CAPÍTULO CLXXXIX
DE LA SEDUCCIÓN DE EVA POR EL DEMONIO
El demonio, que ya había pecado, viendo al hombre constituido
de tal suerte que podía conseguir la felicidad eterna que aquél
había perdido, y viendo que podía pecar, se propuso
separarlo de la vía recta de la justicia, atacando al hombre
en su parte más débil, y tentando a la mujer, en la
que era menor el don o la luz de la sabiduría. Para conseguir
con más facilidad la transgresión del precepto, excluyó
mentidamente el temor de la muerte, y le prometió aquello que
el hombre desea naturalmente, a saber: la exención de la ignorancia,
diciendo: «Se abrirán vuestros ojos»; la excelencia
de la dignidad, añadiendo: «Seréis como dioses»,
y la perfección de la ciencia, por estas palabras: «Conoceréis
el bien y el mal». El hombre, respecto de su inteligencia, aborrece
la ignorancia y apetece la ciencia.; y respecto de su voluntad, que
es naturalmente libre, desea la elevación y la perfección,
de modo que no esté sujeto a superioridad alguna, o sufra la
menos posible.
CAPÍTULO CXC
CUALES FUERON LOS MOTIVOS QUE INDUJERON A LA MUJER
La mujer deseó la elevación y la perfección de
la ciencia prometidas, y a esto se unieron la bondad y la hermosura
del fruto, que la incitaron a comer de él, de suerte que, despreciando
el temor de la muerte, traspasó el precepto de Dios, prevaricación
que encierra una culpabilidad múltiple. En primer lugar, es
pecado de soberbia, porque la mujer deseó la elevación
de una manera desordenada; en segundo lugar, es pecado de curiosidad,
porque mediante ella aspiró a la ciencia más allá
de los límites que le estaban marcados; en tercer lugar, es
pecado de gula, porque fue incitada a comer el fruto a vista de su
suavidad; en cuarto lugar, es pecado de infidelidad, porque desconfió
de Dios y confió en las palabras del demonio; en quinto lugar,
es pecado de desobediencia, porque infringió el precepto de
Dios.
CAPÍTULO CXCI
DE QUÉ MODO SE EXTENDIÓ EL PECADO AL HOMBRE
La persuasión de la mujer hizo extensivo su pecado al hombre,
el cual, sin embargo, como dice el Apóstol, no fue seducido
como la mujer hasta llegar a creer en las palabras del demonio contra
las palabras de Dios. En efecto, no podía comprender que Dios
le hubiese amenazado falsamente y prohibido sin razón una cosa
útil. El hombre fue seducido por la promesa del demonio, aspirando
indebidamente a la elevación y a la ciencia. Su voluntad fue
extraviada por este medio de la rectitud de la justicia, y queriendo
mostrarse complaciente con su mujer, la imitó en la transgresión
del precepto divino comiendo del fruto vedado.
CAPÍTULO
CXCII
DEL EFECTO QUE SIGUIÓ A LA CULPA EN CUANTO A LA REBELIÓN
DE LAS COSAS INFERIORES A LA RAZÓN
Como toda la integridad del armónico estado de que acabamos
de hablar era producida por la sumisión de la voluntad humana
a Dios, de la sustracción de la voluntad humana a esta sumisión
divina resultó una alteración de la sumisión
perfecta de las fuerzas inferiores a la razón, y del cuerpo
al alma; y por consiguiente, el hombre sintió en el apetito
sensitivo inferior los movimientos desordenados de la concupiscencia,
de la cólera y de las otras pasiones extrañas al orden
de la razón, y contrarias a la razón misma, envolviéndola
en las tinieblas la mayor parte de las veces y perturbándola
en sus facultades. Esta hostilidad de la carne contra el espíritu
es de la que hablan las Santas Escrituras. Como el apetito sensitivo,
del mismo modo que las demás fuerzas sensitivas, obran por
medio de un instrumento corporal, en tanto que la razón no
tiene necesidad de órgano corporal, con razón se imputa
a la carne lo que pertenece al apetito sensitivo, y al espíritu
lo que pertenece a la razón, y en este sentido se llaman espirituales
las sustancias que están separadas de los cuerpos.
CAPÍTULO CXCIII
DE QUÉ MODO FUE IMPUESTA LA PENA EN CUANTO A LA NECESIDAD DE
MORIR
Fue también consiguiente que la corrupción se hiciera
sentir en el cuerpo, y que por esta razón el hombre incurriera
en la necesidad de morir, como si el alma no hubiera podido ya mantener
al cuerpo en la permanencia de la existencia infundiéndole
la vida. De aquí provino que el hombre se hiciera pasible y
mortal, no sólo porque pudiera sufrir y morir como antes, sino
porque tenía necesidad de sufrir y de morir.
CAPÍTULO CXCIV
DE OTROS DEFECTOS QUE SOBREVINIERON AL ENTENDIMIENTO Y A LA VOLUNTAD
Otros muchos defectos fueron en el hombre la consecuencia de esta
perturbación. Haciéndose sentir frecuentemente los movimientos
desordenados de las pasiones en el apetito inferior, desfalleciendo
al mismo tiempo en la razón la luz de la sabiduría que
la alumbraba divinamente cuando la voluntad estaba sometida a Dios,
el apetito del hombre fue arrastrado a someterse a las cosas sensibles,
por cuyo medio se alejó de Dios, cometió numerosas faltas,
y fue después avasallado a los espíritus inmundos, de
los que esperó grandes auxilios para la adquisición
de los objetos de su codicia. De este modo fue como se produjeron
en el género humano la idolatría y los demás
pecados. Cuanto más se corrompió el hombre sometiéndose
a ellos, tanto más se alejó del deseo y del conocimiento
de los bienes espirituales y divinos.
CAPITULO CXCV
DE QUÉ MODO SE HAN TRASMITIDO ESTOS DEFECTOS A LA POSTERIDAD
Como el bien de la justicia original fue concedido al género
humano en nuestro primer padre para que por medio de éste pasase
a sus descendientes, y como el efecto cesa por la destrucción
de la causa, claro es que, habiendo sido privado el hombre de este
bien por su propio pecado, todos sus descendientes lo quedaron igualmente;
y así, después del pecado de nuestro primer padre, todos
los hombres nacen privados de la justicia original y con los defectos
propios de esta falta. No es contrario al orden de la justicia el
que aparezca que Dios castigara en los hijos la falta del primer padre,
porque esta pena no fue otra cosa que la sustracción de los
bienes sobrenaturalmente concedidos al hombre para que fueran transmitidos
a su posteridad. Por esta razón no eran estos bienes debidos
a los demás, sino en cuanto se comunicarían a ellos
por nuestro primer padre. A la manera que un rey, concediendo a un
soldado un título feudal transmisible a sus herederos, este
título no pasa a ellos si el soldado comete una falta que merezca
la pérdida de su título, así también los
hijos son justamente privados de un bien por la falta de su padre.
CAPÍTULO CXCVI
LA FALTA DE LA JUSTICIA ORIGINAL, ¿TIENE EN LOS DESCENDIENTES
UN CARÁCTER DE CULPABILIDAD?
Aún hay que resolver una cuestión más importante,
y consiste en saber si la falta de justicia original puede tener un
carácter de culpabilidad en los descendientes del primer hombre.
En efecto, parece que para cometer una acción culpable es necesario
que el mal que produce la culpabilidad esté en la potestad
de aquel a quien se imputa la culpa, porque a nadie se le inculpa
una acción que no estaba en sus facultades hacer o no hacer:
es así que no depende del que nace tener o no tener la justicia
original; luego parece que esta falta no tiene carácter de
culpabilidad. Esta cuestión se resuelve fácilmente,
distinguiendo entre la persona y la naturaleza. Así como en
una persona hay muchos miembros, así también en la naturaleza
humana hay muchas personas; de suerte que por la participación
de la especie muchos hombres son considerados como un solo hombre,
según dijo Porfirio. Es muy de notar en el pecado de un solo
hombre, que los diferentes pecados son cometidos por los diferentes
miembros, y que no es necesario, para que haya culpabilidad, que cada
pecado sea un acto de la voluntad de los miembros, que son instrumento
del pecado, sino un acto de la voluntad de aquello que hay más
principal en el hombre, a saber la parte intelectual. En efecto, la
mano no puede dejar de herir, ni el pie de marchar, cuando la voluntad
lo manda.
En virtud de esto, la falta de justicia original es un pecado de la
naturaleza, en cuanto proviene de la voluntad desordenada del primer
principio en la naturaleza humana, es decir, del primer principio
en la naturaleza humana, es decir, del primer padre, y de este modo
es pecado voluntario, habida consideración a la naturaleza,
esto es, por la voluntad del primer principio de la naturaleza; y
así pasa a todos los que reciben la naturaleza del primer padre,
como a miembros suyos. Este pecado es llamado pecado original, porque
se transmite a los descendientes por el origen del padre. He aquí
por qué este pecado afecta directamente a la naturaleza, en
tanto que los pecados actuales afectan sólo a la persona. El
primer padre, en efecto, corrompió la naturaleza con su pecado,
y la naturaleza, corrompida a su vez, comunica el mal a la persona
de sus hijos, que reciben la naturaleza del primer padre.
CAPÍTULO CXCVII
NO TODOS LOS PECADOS PASAN POR TRANSMISIÓN A LA DESCENDENCIA
No todos los demás pecados, ya del primer padre, ya de los
demás individuos, se transmiten a la posteridad porque el pecado
del primer padre haya destruido completamente el don que de una manera
sobrenatural fue concedido a la naturaleza humana en la persona del
primer padre; y en virtud de esto se dice que ha infestado o corrompido
a la naturaleza; y esto es así, porque los pecados subsiguientes
no encuentran nada que sustraer a la naturaleza entera, si bien arrebatan
al hombre o disminuyen en él algún bien particular,
es decir, personal, corrompiendo solamente a la naturaleza, en cuanto
pertenece a esta o a la otra persona. Es así que el hombre
no engendra a sus semejantes en persona, sino en naturaleza; luego
el pecado que vicia la persona se transmite del padre a los hijos,
como se transmite el primer pecado que vició la naturaleza.
CAPÍTULO CXCVIII
LOS MÉRITOS DE ADÁN NO SIRVIERON DE NADA PARA LA REPARACIÓN
DE SUS DESCENDIENTES
Aunque el pecado del primer padre haya corrompido a toda la naturaleza
humana, sin embargo, no ha podido ser rehabilitada, ni por la penitencia,
ni por los méritos del primer padre, cualesquiera que hayan
sido. En efecto, es evidente que la penitencia de Adán y sus
demás méritos han sido un acto de la persona particular.
El acto de un individuo cualquiera no puede influir sobre toda la
naturaleza de la especie, porque las causas que obran sobre toda la
especie son equívocas y no unívocas. El sol es la causa
de la generación en toda la especie humana; pero el hombre
es la causa de la generación en un hombre determinado. Por
consiguiente, los méritos particulares de Adán o de
cualquier otro hombre puro no pueden bastar para la rehabilitación
de toda la naturaleza. Si toda la naturaleza ha sido viciada por un
acto particular del primer hombre, lo fue como una consecuencia accidental,
porque estando privado del estado de la inocencia, no pudo ser transmitido
a los otros por él. Aun cuando Adán haya recobrado el
estado de gracia por la penitencia, no ha podido, sin embargo, recobrar
su inocencia primitiva, a la que Dios otorgó el don de justicia
original, de que hemos hablado. Es igualmente cierto que este estado
de justicia original fue un don especial de la gracia: es así
que la gracia no se adquiere con méritos, porque es un don
gratuito de Dios; luego así como en el principio el primer
hombre no tuvo la justicia original en virtud de sus méritos,
sino por un don de Dios, así también, y aún mucho
menos después de su pecado, puede merecerla por la penitencia
o cualquiera otra obra buena.