CAPÍTULO
CLXXV
Los
pecados mortales son tales pecados mortales por el alejamiento del
fin último, alejamiento en que el hombre queda inmovilizado
después de la muerte, según se ha dicho; pero los pecados
veniales no miran al fin último, sino a la vía que conduce
a este fin. Si la voluntad de los malos está completamente
fija en el mal, siempre apetecerán como excelente lo mismo
que antes apetecieron, sin que se duelan de haber pecado, porque nadie
siente haber seguido en pos de aquello que consideraba excelente.
Debemos saber, sin embargo, que los condenados a las penas eternas
no podrán tener después de la muerte aquello que desearan
como bien sumo. En efecto, los lujuriosos no tendrán ya facultad
para entregarse al libertinaje; los iracundos y los envidiosos tampoco
podrán insultar ni dañar, y lo mismo podremos decir
de todos los vicios. Los condenados conocerán, sin embargo,
que los que han tenido una vida virtuosa gozan de aquello que habían
deseado como sumo bien. De este modo los malos se duelen de haber
pecado, no porque el pecado les desagrade, porque aun entonces quieren
más bien pecar, si pudieran, que poseer a Dios, sino porque
no pueden poseer lo que habían elegido, y podrían tener
lo que habían desechado. Su voluntad, pues, estará firmemente
obstinada en el mal, y, sin embargo, sentirán vivamente haber
pecado y haber perdido la gloria. Este sentimiento es llamado remordimiento
de la conciencia, porque este sentimiento es llamado por metáfora
en las Sagradas Escrituras un gusano roedor, como en este pasaje de
Isaías, capítulo último: «El gusano de
su conciencia no muere.»