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||
| CAPITULO CLXXIV Como la desdicha
a que la malicia conduce es contraria a la felicidad a que conduce
la virtud, necesario es que aquellas cosas que pertenecen a la desdicha,
estén en oposición a las que pertenecen a la felicidad.
Hemos dicho antes que la felicidad suprema del hombre, en cuanto a
la inteligencia, consiste en la visión plena de Dios, y en
cuanto al afecto, en que la voluntad del hombre está confirmada
de una manera inmutable en la bondad primera. Por consiguiente, la
extrema desdicha del hombre consistirá en que la inteligencia
estará totalmente privada de la luz divina, y el afecto obstinadamente
alejado de la bondad de Dios. Ésta es la principal pena de
los condenados, llamada pena de daño. Debemos considerar, sin
embargo, una cosa que se deduce de lo que hemos dicho y es, que el
mal no puede excluir totalmente al bien, puesto que todo mal tiene
su principio en algún bien. Es necesario, por consiguiente,
que la desdicha, aunque opuesta a la felicidad, que estará
inmune de todo mal, esté fundada en un bien de la naturaleza.
El bien de una naturaleza intelectual consiste en que la inteligencia
vea la verdad, y la voluntad tenga tendencias al bien. Como toda verdad
y todo bien se derivan del primero y sumo bien, que es Dios, resulta
de ahí ser necesario que la inteligencia del hombre, colocada
en la extrema desdicha, tenga cierto conocimiento de Dios y cierto
amor de Dios, en cuanto que es principio de las perfecciones naturales,
que es el amor natural, no en cuanto a lo que Él es en sí
mismo, ni tampoco en cuanto que es principio de las virtudes o de
las gracias y bienes de todo género, por los cuales perfecciona
una naturaleza intelectual, lo cual es la perfección de la
virtud y de la gloria. Los hombres constituidos en este estado de
desdicha, no están privados del libre albedrío, aun
cuanto tengan la voluntad firme en el mal de una manera inmutable,
del mismo modo que sucede en los bienaventurados, aunque su voluntad
esté afirmada en el bien. En efecto, el libre albedrío
se extiende propiamente a la elección; y la elección
se ejerce sobre cosas que pertenecen al fin. Es así que cada
uno desea naturalmente el fin último; luego todos los hombres,
por lo mismo que son inteligentes, desean naturalmente la felicidad
como el fin último, y la desean de una manera tan inmutable,
que nadie puede querer ser desgraciado, sin que esto repugne al libre
albedrío, que no se extienda más que a las cosas que
pertenecen al fin. En cuanto a que un hombre cifre su felicidad suprema
en tal cosa particular, y otro en otra diferente, esto no conviene
ni a éste ni a aquél como hombre, supuesto que los hombres
difieren en sus juicios y en sus apetitos, sino que esto conviene
a cada uno, en razón de sus disposiciones personales.
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