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| CAPÍTULO CCVII Así como Focio destruía la Encarnación quitando a Cristo la naturaleza divina, así también la destruía Maniqueo quitándole la naturaleza humana. Suponía que toda criatura corporal era obra del demonio, y que no era conveniente que el hijo de un Dios bueno tomase la criatura del demonio. En su consecuencia, pretendía que Cristo no tenía carne verdadera, sino fantástica, y que todo cuanto en el Evangelio se refiere a Cristo relativo- a la naturaleza humana, era una cosa ilusoria y no real. Esta suposición es evidentemente contraria a la Escritura, donde se afirma que Cristo nació de una Virgen, que fue circuncidado, que tuvo hambre, que comió, y que estuvo sometido a otras necesidades propias de la naturaleza humana. Era, por consiguiente, necesario que fuera falso el texto de los Evangelios que refiere de Cristo todas estas cosas. Además, Cristo dice de sí mismo: Yo he nacido y he venido al mundo para dar testimonio de la verdad. Es así que Cristo no hubiera sido testimonio de la verdad, y sí de la falsedad, si hubiera demostrado en sí lo que en Él no era, sobre todo cuando predijo que sufriría, lo cual no podría suceder sin tener verdadera carne, que sería entregado en manos de los hombres, escupido, azotado y crucificado; luego decir que Cristo no tuvo verdadera carne, y que por lo mismo no había sufrido en realidad, sino en apariencia, es tratar a Cristo de falsario. Además, destruir en los hombres la opinión verdadera, es cometer una falacia: es así que Cristo cuando se apareció a sus discípulos después de su resurrección, creyendo éstos que era un espíritu o un fantasma, les dijo, para alejar sus dudas: Tocadme, y veréis que un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo la tengo; y en otro sitio dice a sus discípulos, que viéndose andar sobre las olas creían que era un fantasma: Yo soy, no temáis; luego si la opinión que combatimos es verdadera, necesario es decir que Cristo fue falaz. Es así que Cristo es la verdad; luego es falsa dicha opinión. |