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| CAPÍTULO CCV Las mismas razones anteriores sirven para refutar el error de Apolinario, quien, después de haber adoptado primero la herejía de Arrío, admite después en Cristo un alma diferente del Verbo. Como Apolinario no seguía la opinión de Arrio, que decía que el hijo de Dios era una criatura, y como se dicen de Cristo muchas cosas que ni pueden ser atribuidas al cuerpo, ni convienen al Criador, tales como la tristeza, el temor y otras sensaciones semejantes, se vio obligado por último a suponer en Cristo cierta alma que hiciera al cuerpo sensible, y sujeto de estas sensaciones, pero privada de razón y de inteligencia; y en este concepto el Verbo, según su opinión, hacía las veces de inteligencia y razón en Cristo hombre. Esta doctrina es falsa por muchos conceptos. Primero, porque es contra naturaleza que un alma no racional sea la forma de un hombre, aun cuando tenga la forma de un cuerpo. En la Encarnación de Cristo hemos de creer que no hubo nada que fuera monstruoso, ni contra naturaleza. En segundo lugar, es falsa aquella aserción, porque es contra el fin de la Encarnación, que consiste en la restauración de la naturaleza humana, cuya rehabilitación empieza especialmente por la parte intelectual, que puede ser partícipe del pecado. Ésta es la razón por la que convenía principalmente que Cristo tomase la parte intelectual del hombre. Se dice también que Cristo experimentó admiración: es así que la admiración sólo puede convenir a un alma racional, y no en modo alguno a Dios; luego así como la tristeza nos obliga a admitir en Cristo un alma sensitiva, así la admiración nos obliga a suponer una parte intelectual del alma. |