CAPÍTULO
CIX
De todo lo
dicho podemos deducir que, según la verdad de la fe católica,
tenía Cristo un verdadero cuerpo, de nuestra naturaleza, una
verdadera alma racional, y al mismo tiempo la divinidad perfecta.
Estas tres sustancias se unen en una sola persona, pero no en una
sola naturaleza. Ciertas inteligencias han incurrido en errores al
exponer esta verdad. En efecto, considerando algunos que lo que a
alguno sobreviene después del complemento del ser está
accidentalmente agregado a él, como el vestido al hombre, han
supuesto que la humanidad estuvo unida a la divinidad en la persona
del Hijo como una unión accidental; de modo que la naturaleza
de que estaba revestida era, con respecto a la persona del Hijo, lo
que el vestido es al hombre. En prueba de esto, aducían lo
que de Cristo dice el Apóstol a los filipenses: Fue semejante
a un hombre, etc.
Consideraban también que de la unión del alma con el
cuerpo resulta cierto individuo de una naturaleza racional, al cual
se llama una persona. Si el alma en Cristo había sido unida
al cuerpo, no podían dejar de reconocer como consecuencia que
esta unión constituía una persona, y de ahí se
seguiría que en Cristo hay dos personas, a saber la persona
que toma y la persona que es tomada; porque en el hombre vestido no
hay dos personas, supuesto que el vestido no tiene el carácter
de una persona, y si el vestido fuera una persona, se seguiría
que había dos personas en el hombre vestido. Para evitar esta
dificultad han supuesto algunos que el alma de Cristo jamás
había estado unida al cuerpo, y que la persona del Hijo de
Dios había tomado separadamente un alma y un cuerpo. Pero queriendo
en esta opinión evitar un inconveniente, se incurre en otro
mayor. De ella se sigue necesariamente que Cristo no fue un hombre
verdadero. La verdad de la naturaleza humana exige la unión
de un alma y de un cuerpo, porque es hombre lo que se compone del
uno y de la otra. También se seguiría que Cristo no
tomó verdadera carne, y que no fue real ninguno de sus miembros,
porque sin el alma no hay ni ojo, ni mano, ni carne, ni figura más
que de una manera equívoca, como un objeto pintado o esculpido.
Se seguiría también que Cristo no murió verdaderamente,
porque la muerte es la pérdida de la vida. La divinidad no
puede perder la vida por la muerte, y el cuerpo no puede estar vivo
si no está unido a un alma. Por último, se seguiría
que el cuerpo de Cristo no ha podido ser sensible, porque el cuerpo
no tiene sensibilidad sino por el alma a él unida.
Además de esto, esta opinión cae en el mismo error de
Nestorio que se proponía evitar. Nestorio erró suponiendo
que el Verbo de Dios había estado unido a Cristo hombre por
la inhabitación de la gracia; de tal modo, que el Verbo de
Dios habitó en este hombre como en su templo. Importa poco,
en cuanto al fin, decir que el Verbo está en el hombre como
en su templo, o decir que la naturaleza humana se unió al Verbo
como un vestido a un hombre vestido. Esta opinión es más
detestable, porque no puede confesar que Cristo es un hombre verdadero;
opinión que justamente ha sido condenada. Además, un
hombre vestido no puede ser la persona del vestido o del traje, ni
tampoco puede decirse de modo alguno que esté en la especie
del vestido; luego si el Hijo de Dios tomó la naturaleza humana
como un vestido, de modo alguno podrá ser considerado como
una persona de la naturaleza humana, ni tampoco podrá decirse
que el Hijo de Dios sea de la misma naturaleza que los demás
hombres, aun cuando el Apóstol diga de Él que fue hecho
a semejanza de los demás hombres. De todo resulta que es necesario
rechazar enteramente esta opinión.