CAPÍTULO
CCIV
Ciertos herejes,
para confesar la unidad de Dios y del hombre, han incurrido en un
error contrario, diciendo que en Cristo había no sólo
una misma persona divina y humana, sino una sola naturaleza. Arrio
fue el autor de este error, a fin de que lo que en la Sagrada Escritura
se dice de Cristo cuando se afirma que es menor que el Padre, no pudiera
referirse al Hijo más que en cuanto tomó la naturaleza
humana; y supuso que en Cristo no había otra alma que el Verbo
de Dios, el cual, según dicho hereje, sirvió de alma
para el cuerpo de Cristo. De aquí deducía que cuando
Cristo dice: Mi Padre es mayor que yo, o cuando se lee que oró,
que se entristeció, todo esto debe referirse a la naturaleza
propia del Hijo de Dios. Esto supuesto, se sigue que la unión
del Hijo de Dios con el hombre se obró no solamente en la persona,
sino también en la naturaleza. En efecto, es evidente que la
unidad de la naturaleza humana se compone de alma y cuerpo. La falsedad
de esta suposición en lo concerniente a la aserción
de la inferioridad del Hijo con respecto al Padre, ha sido ya demostrada
cuando probamos que el Hijo es igual al Padre.
En cuanto a lo que se dice de que el Verbo de Dios había servido
de alma a Cristo, es una falsedad, que se prueba también con
lo que dijimos antes. En efecto, hemos demostrado que el alma estaba
unida al cuerpo como una forma, y es imposible que Dios sea forma
de un cuerpo, según se dijo antes. Para evitar que Arrio dijera
que esto debía entenderse del Sumo Dios Padre, puede demostrarse
que lo mismo sucede con los ángeles, los cuales en su naturaleza
no pueden estar unidos a un cuerpo por modo de forma, siendo como
son por su naturaleza extraños a los cuerpos. Con mucha más
razón el Hijo de Dios, que ha criado a los ángeles,
como también afirma Arrio, no puede ser la forma de un cuerpo.
Además de esto, el Hijo de Dios, aun cuando fuera una criatura,
como falsamente afirma Arrío, es superior por sí mismo
en beatitud a todos los espíritus creados. La felicidad de
los ángeles es tan grande, que no pueden experimentar tristeza,
y claro es que su felicidad no sería ni verdadera ni plena
si faltara alguna cosa para la satisfacción de sus deseos:
porque la naturaleza de la beatitud consiste en ser final, y un bien
perfecto que constituye al apetito en un reposo completo. El Hijo
de Dios, con más razón que los ángeles, no puede
experimentar tristeza o temor en su naturaleza; es así que
experimentó tristeza, puesto que se dice: Empezó Jesus
a temer y a entristecerse; es así que Él mismo confiesa
su tristeza cuando dice: Mi alma está triste basta la muerte;
luego es evidente que la tristeza no era del cuerpo, sino de alguna
sustancia aprehensiva. Necesario es, pues, que entre el Verbo y el
cuerpo haya habido en Cristo otra sustancia susceptible de experimentar
tristeza; y esta sustancia es a la que llamamos alma. Además,
si Cristo se ha revestido de lo que nos pertenece para purificarnos
de nuestros pecados, aún teníamos más necesidad
de ser purificados en nuestra alma, que había sido origen y
que es sujeto del pecado. Por consiguiente, Cristo no tomó
un cuerpo sin alma, sino que tomó un cuerpo con un alma, porque
más particularmente debía tomar un alma.