Santo Tomás de Aquino
ERROR DE ARRIO SOBRE LA ENCARNACIÓN: SU REFUTACIÓN
"Compendio de Teología"

CAPÍTULO CCIV

Ciertos herejes, para confesar la unidad de Dios y del hombre, han incurrido en un error contrario, diciendo que en Cristo había no sólo una misma persona divina y humana, sino una sola naturaleza. Arrio fue el autor de este error, a fin de que lo que en la Sagrada Escritura se dice de Cristo cuando se afirma que es menor que el Padre, no pudiera referirse al Hijo más que en cuanto tomó la naturaleza humana; y supuso que en Cristo no había otra alma que el Verbo de Dios, el cual, según dicho hereje, sirvió de alma para el cuerpo de Cristo. De aquí deducía que cuando Cristo dice: Mi Padre es mayor que yo, o cuando se lee que oró, que se entristeció, todo esto debe referirse a la naturaleza propia del Hijo de Dios. Esto supuesto, se sigue que la unión del Hijo de Dios con el hombre se obró no solamente en la persona, sino también en la naturaleza. En efecto, es evidente que la unidad de la naturaleza humana se compone de alma y cuerpo. La falsedad de esta suposición en lo concerniente a la aserción de la inferioridad del Hijo con respecto al Padre, ha sido ya demostrada cuando probamos que el Hijo es igual al Padre.
En cuanto a lo que se dice de que el Verbo de Dios había servido de alma a Cristo, es una falsedad, que se prueba también con lo que dijimos antes. En efecto, hemos demostrado que el alma estaba unida al cuerpo como una forma, y es imposible que Dios sea forma de un cuerpo, según se dijo antes. Para evitar que Arrio dijera que esto debía entenderse del Sumo Dios Padre, puede demostrarse que lo mismo sucede con los ángeles, los cuales en su naturaleza no pueden estar unidos a un cuerpo por modo de forma, siendo como son por su naturaleza extraños a los cuerpos. Con mucha más razón el Hijo de Dios, que ha criado a los ángeles, como también afirma Arrio, no puede ser la forma de un cuerpo. Además de esto, el Hijo de Dios, aun cuando fuera una criatura, como falsamente afirma Arrío, es superior por sí mismo en beatitud a todos los espíritus creados. La felicidad de los ángeles es tan grande, que no pueden experimentar tristeza, y claro es que su felicidad no sería ni verdadera ni plena si faltara alguna cosa para la satisfacción de sus deseos: porque la naturaleza de la beatitud consiste en ser final, y un bien perfecto que constituye al apetito en un reposo completo. El Hijo de Dios, con más razón que los ángeles, no puede experimentar tristeza o temor en su naturaleza; es así que experimentó tristeza, puesto que se dice: Empezó Jesus a temer y a entristecerse; es así que Él mismo confiesa su tristeza cuando dice: Mi alma está triste basta la muerte; luego es evidente que la tristeza no era del cuerpo, sino de alguna sustancia aprehensiva. Necesario es, pues, que entre el Verbo y el cuerpo haya habido en Cristo otra sustancia susceptible de experimentar tristeza; y esta sustancia es a la que llamamos alma. Además, si Cristo se ha revestido de lo que nos pertenece para purificarnos de nuestros pecados, aún teníamos más necesidad de ser purificados en nuestra alma, que había sido origen y que es sujeto del pecado. Por consiguiente, Cristo no tomó un cuerpo sin alma, sino que tomó un cuerpo con un alma, porque más particularmente debía tomar un alma.

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