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||
| CAPÍTULO CCII Este misterio
de la Encarnación fue combatido y aun destruido por Focio,
en cuanto pudo hacerlo. Este heresiarca, siguiendo el ejemplo de Evión,
de Cerinto y de Pablo de Samosata, enseñó que Nuestro
Señor Jesucristo había sido puro hombre, que no había
existido antes de la Virgen María, pero que mediante sus méritos,
la excelencia de su vida y los sufrimientos de su pasión y
muerte, mereció la deificación; habiendo sido llamado
Dios, no porque lo fuera por naturaleza, sino por una gracia de adopción.
Si de este modo fuera, no habría habido unión de la
divinidad con el hombre; habría habido una deificación
del hombre por la gracia, lo cual no es una cosa singular en Cristo,
porque en esto conviene con todos los santos, aun cuando en esta gracia
unos sean más excelentes que otros. |