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| CAPÍTULO CC Hemos demostrado
antes que la naturaleza humana no podía ser reparada ni por
Adán ni por ningún otro hombre puro, ya porque ningún
individuo tenia en la naturaleza una existencia preeminente, ya porque
ningún hombre, por más santo que fuera, podía
ser causa de la gracia. Por esta misma razón no ha podido ser
tampoco un ángel el autor de esta restauración, porque
un ángel no puede ser tampoco causa de la gracia, ni aun la
recompensa del hombre en cuanto a la última bienaventuranza
perfecta, a la cual era necesario volver a traer al hombre, porque
hay en ella partes. Resulta, pues, que sólo por Dios podía
verificarse esta reparación. Si Dios hubiera reparado al hombre
sólo con su voluntad y su poder, no se hubiera observado el
orden de la justicia divina que exige una satisfacción por
el pecado. Dios no podía ser sujeto de satisfacción
ni de mérito, porque esto pertenece a un ser sometido a otro.
Por consiguiente, no convenía a Dios satisfacer por el pecado
de toda la naturaleza humana, y como ni tampoco podía hacerlo
un hombre puro, fue necesario que un Dios se hiciera hombre para que
así pudiese a la vez reparar y satisfacer. Ésta es la
causa de la encarnación divina indicada por el Apóstol,
cuando en su epístola a Tito, I, 1, dice: Jesucristo vino a
este mundo para salvar a los pecadores. |