DEL
"MITO DE LA SUSTITUCIÓN" A LA RELIGIÓN NOÁQUIDA
(1)
Por
Michel Laurigan
La
crisis que actualmente sacude la Iglesia de Dios, vista desde los
cielos, se inscribe necesariamente en el combate multisecular entre
la Iglesia y la Sinagoga de Satanás (Ap 2, 9).
A este respecto, el siglo XIX fue testigo de la elaboración
de un nuevo plan de asalto contra la ciudadela católica, estrategia
revelada en 1884 por Elías Benamozegh.
Este rabino cabalista de Livorno, maestro del pensamiento judío
contemporáneo, propuso entonces no borrar de la superficie
de la tierra el catolicismo sino "transformarlo" según
los criterios de la ley noáquida (2).
¿Fue el Vaticano II una intento de aplicar este plan? Esa es
la cuestión que Michel Laurigan aborda en el presente artículo.
El lector percibirá toda su actualidad consultando en los documentos
del presente número de la Sal de la Tierra el mensaje dirigido
a la B' nai B' rith por Mons José Doré, arzobispo de
Estrasburgo.
Le
Sel de la Terre, nº 40. Otoño, 2003
"Pondré
enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia"
(Gn 3, 15).
Con
motivo de la entrega del premio Nostra Aetate (3)
el 20 de octubre de 1998 en la sinagoga Sutton Place (Nueva York)
que conceden conjuntamente Samuel Pisar y el Centro para el Entendimiento
entre judíos y cristianos de la universidad del Sagrado Corazón
de Fairfield (EE.UU), el cardenal Jean M. Lustiger, arzobispo de París,
hizo una declaración (4)
de título prometedor: El mañana de judíos y cristianos.
Esta declaración, cuya importancia a nadie escapó en
su momento, aún hoy merece nuestra atención. Frente
los adalides mundo judaico, el cardenal presentó un panorama
histórico de las relaciones judeocristianas e hizo un profundo
análisis de la obra de salvación de la humanidad. Se
podía esperar que recordase algunos datos de la teología
católica sobre la historia de la salvación. Lejos de
ello, fue más bien el debut de una nueva teología de
la historia. Unas pocas citas del cardenal permitirán entender
la gravedad de sus observaciones e introducirán este estudio.
En el momento de entrar en el tercer milenio de la era cristiana,
ha comenzado una nueva época en la historia de la humanidad.
Se está dando una vuelta de página en la historia de
la humanidad. En las relaciones judeocristianas, los cristianos por
fin abrieron sus ojos y sus oídos al dolor y a la herida de
los judíos. Quieren llevar el peso sin transferirlo a otros
y no pretenden aparecer como inocentes (5).
¿Cuál es el pecado en virtud del cual cristianos deben
llevar una carga? El cardenal se encarga de responderlo en el capítulo
titulado "La elección y los celos", que debería
citarse por entero al describir tan erradamente la historia de la
salvación.
La elección recae sobre el pueblo judío infiel; jamás
ha sido revocada en razón del "escogimiento del pueblo
elegido". Los celos, es cosa de los cristianos:
Los celos frente a Israel son tales, que rápidamente asumió
la forma de una reivindicacíon de herencia. ¡Eliminar
al prójimo, esto es, a alguien diferente de uno mismo! Los
paganos convertidos tuvieron acceso a la Escritura y a las fiestas
judías. Pero un movimiento de celo humano, muy humano, los
condujo a poner al margen, o bien fuera, a los judíos
(es decir, a su judaísmo (6),
sus prácticas, sus ritos, sus creencias).
En efecto, dice el cardenal, "la cantidad y la fuerza de los
paganos convertidos vino a trastornar, invertir la economía
de la salvación." Este movimiento tendió a vaciar
la existencia judía de su contenido concreto, carnal e histórico,
concibiendo la vida de la Iglesia bajo la figura de una realización
defintiva de la esperanza y de la vida judaica (7).
Así se desarrolló la “teoría de la
sustitución” (8).
El cardenal Lustiger avanza, intentando probar que los cristianos
desposeyeron a los judíos de su papel de pueblo elegido
y de pueblo sacerdotal, portador de la salvación a
los hombres:
Cuando Constantino garantizó a los cristianos una tolerancia
que equivalía a un reconocimiento del cristianismo en la vida
del Estado y lo estableció como religión del Imperio,
los judíos fueron violentamente marginados. Éste era
un modo simplista y grosero de rechazar los tiempos de la redención
(9)
y su trabajo de de parto.
El mito (10)
de la sustitución del pueblo cristiano por el pueblo judío
se alimentaba, pues, de un secreto e inconfesable ataque de celos,
y legitimaba la apropiación de la herencia de Israel, cuyos
ejemplos podrían multiplicarse. Para citar sólo uno:
la pretensión de los reyes de Francia de ser descendentes de
David, que determinó a sus consejeros a hacer celebrar sus
consagraciones según el ceremonial de los reyes de Israel,
tal como nos lo narra la Biblica y se había hecho en Bizancio
(11).
Hacia el fin de su panorama histórico y de su singular teología
de la historia, el cardenal tranquiliza a los auditores. Las épocas
han cambiado: el tiempo del menosprecio se extingue para dar lugar
al del aprecio (12).
Pronto la herencia será devuelta a su legítimo propietario,
el pueblo judío, verdadero Israel, que vuelve a convertirse
en pueblo sacerdotal (13),
que traerá la auténtica salvación a las naciones,
la paz a los gentiles y … aquella unidad de que el mundo tiene
necesidad. Su conclusión remata en esta esperanza:
La Iglesia Católica condensó esta toma de conciencia
en la declaración Nostra Aetate del ConcilioVaticano II, que
desde hace treinta años viene dando lugar a numerosas tomas
de posiciones, especialmente bajo el impulso del papa Juan Pablo II.
Pero a esta nueva comprensión aún le cabe transformar
profundamente los prejuicios e ideas de tantos pueblos pertenecientes
al espacio cristiano, cuyo corazón no está todavía
purificado por el espíritu del Mesías. La experiencia
histórica nos lo muestra: se precisa una larga "paciencia"
y un gran esfuerzo de educación "para poseer el alma"
(Lc 21, 8). Con todo, el rumbo emprendido es irreversible.
En pocas palabras, se trata de que los cristianos celosos se apropiaron
de la herencia de los judíos, suplantándolos en el papel
de pueblo de Dios e instrumento de salvación del mundo; de
la admisión y confesión de esta falta en el siglo XX,
después de la toma de conciencia que tuvo lugar en el ConcilioVaticano
II en cuanto a que esa herencia debe ser devuelta a los judíos
desposeídos; y de la necesidad de reparar la falta cometida,
dando tiempo al tiempo a fin de cambiar el espíritu de los
cristianos. El movimiento de la historia es irreversible.
Más recientemente, en el año 2002, el cardenal Lustiger
intervino en un congreso judío europeo (14),
en un congreso judío mundial (15)
y ante el Comité Judío Norteamericano (16)
exponiendo una "reflexión sobre la elección y la
vocación de Israel y sus relaciones con las naciones".
Su judeocristianismo sincretista (16)
parece agradar a las élites del judaísmo, sin que nadie
en el mundo católico se conmueva realmente por la heterodoxia
de su pensamiento.
¿Cómo puede ser que un cardenal se permita reescribir
la historia de la salvación hacia fines del siglo XX, al punto
de negar toda la obra redentora de Jesucristo continuada por su Iglesia?
¿Cómo se operó la subversión espiritual
del siglo XX? ¿Fue en el ConcilioVaticano II, como sugiere
el cardenal Lustiger? Si la Iglesia ya no es el verdadero Israel,
¿qué ocurre con en esta nueva teología de la
historia? Este estudio intenta responde a estas importantes preguntas.
"Redescubrir
la herencia": tentativas a lo largo de la historia
Elegido
por Dios, en un principio, para la magnífica misión
de traer el Salvador a los hombres, el pueblo judío fue la
esperanza y el honor del humanidad durante los dos mil años
que antecedienron la venida de Jesucristo. Guardaba la herencia de
las promesas divinas, daba testimonio del verdadero Dios en medio
de la idolatría pagana, conservaba en el mundo la fe, la verdad,
el culto puro y sustancial del Padre que está en los cielos
y la esperanza del Salvador del mundo. Los judíos han sido
verdaderamente “el pueblo de Dios” hasta la venida de
nuestro Señor Jesucristo; al nacer de la raza de Abraham, Jesucristo
la coronó y consagró con su propia santidad.
Pero el Calvario separó en dos al pueblo elegido: por un lado,
los discípulos, apóstoles y los primeros cristianos,
que reconocieron en Jesús crucificado al Mesías que
venía a cuplir la Ley y los Profetas, adhiriendo plenamente
a su mensaje, a su espíritu y a su cuerpo místico, la
Iglesia; por otro, aquellos sobre cuya cabeza ha caido, según
su deseo, la sangre del Justo (18),
lo cual les valió una maldición que durará mientras
persista en su rebeldía.
Mons. Delassus señala que "el deicidio ha abierto
un abismo entre el antiguo tiempo y el nuevo, abismo que la misericordia
divina cerrará el día que su justicia haya terminado
su obra.”
Hace dos mil años que aquellos que repudiaron la ley de Moises
para adherir al Talmud se dedican a obstaculizar la obra redentora.
Estuvieron detrás de todas las rebeliones del espíritu
humano contra Dios, contra su Ungido -al que no quisieron reconocer
-, y contra su Iglesia, considerada como "usurpadora."
Protegiéndose de ellos y recordando al mismo tiempo el horror
del deicidio, la Iglesia nunca ha cesado de buscarlos por caridad
a fin de traerlos al redil, a la fuente de la gracia, al Calvario,
donde se derramó la sangre redentora. Esta caridad condujo
a que la Iglesia incluso los protegiera, rechazados como fueron tantas
veces por los pueblos cristianos. Los verdaderos convertidos (19)
han confirmado frecuentemente la caridad de la Iglesia a su respecto.
Con todo, los artífices de iniquidad se dejaron tocar poco
por esta mansedumbre de los pontífices romanos. En cada siglo
redoblaron sus asaltos contra la Iglesia y la sociedad católica.
Josué Jehouda, autor de El Antisemitismo, Espejo del Mundo
(20)
escribe a propósito de la era moderna y contemporánea:
El mundo judaico intentó tres veces purificar la conciencia
cristiana de las miasmas del odio; se hicieron tres brechas en la
vetusta fortaleza del obscurantismo cristiano, se cumplieron tres
etapas en la obra de destrucción del catolicismo dogmático.
Tales son: Renacimiento, Reforma y Revolución.
El Renacimiento, la Reforma y la Revolución constituyen
tres tentativas de rectificación del pensamiento cristiano,
a fin de ponerlo en sintonía con el desarrollo progresivo de
la razón y de la ciencia (21).
El autor precisa que "a pesar de estas tres tentativas de purificar
el antisemitismo del dogma cristiano, la teología católica
aún no ha suprimido su menosprecio al respecto." Es por
eso que "en el curso del siglo XIX se operaron otras dos tentativas
más para sanear la mentalidad del mundo cristiano: una por
Marx y otra por Nietzche".
El pensador judío deplora el fracaso parcial de estos dos últimos
intentos. La fortaleza del catolicismo le permite resistir. Será
necesario esperar hasta después de la II Guerra Mundia para
lanzar el asalto más sutil y más destructivo contra
la Iglesia Católica romana: cambiar la teología católica
a través de los mismos hombres de Iglesia. "Una revolución
de capa y tiara ", iniciada por los Carbonarios del siglo XIX,
continuada por los modernistas en el siglo XX y que triunfa en el
ConcilioVaticano II.
Vaticano
II: la puerta abierta…
A
partir de la Segunda Guerra Mundial, las organizaciones judías
comenzaron a desafiar el mundo cristiano en punto a la necesidad de
revisar la enseñanza de la Iglesia sobre el judaísmo.
En 1946 y bajo auspicios de las organizaciones judías norteamericanas
y británicas, una conferencia tenida en Oxford reunió
a católicos y protestantes para discutir los problemas surgidos
después de la guerra: fue una simple toma de contacto.
Una segunda conferencia internacional organizada en Seelisberg (Suiza)
trató el problema del antisemitismo en particular. En gran
parte, era una reunión de expertos (22).
Entre los sesenta participantes estaba el padre Journet (23).
Por su parte, Jacques Maritain no pudo participar en la conferencia,
pero envió un caluroso mensaje de aliento (24).
Pero el personaje “clave” del encuentro fue Jules Isaac.
La conferencia concluyó con un documento titulado Los diez
puntos de Seeligsberg, de los cuales cabe hacer mención:
Nº 5. Evitar rebajar el judaísmo bíblico o post
bíblico con el fin de exaltar el cristianismo.
Nº 6. Evitar usar la palabra "judío" en sentido
exclusivo de "enemigos de Jesús", o la frase "enemigos
de Jesús” para designar todo el pueblo judío.
Nº 7. Evitar presentar la pasión de tal manera que cuanto
hay de odioso en la condena a muerte de Jesús recaiga sobre
todos los judíos, o solamente sobre los judíos.
Nº 9. Evitar conceder aval a impía opinión de que
el pueblo judío es réprobo, maldito, a cual está
reservado un destino de sufrimiento.
Los archivos de Jules Isaac (25)
dan testimonio de las abundantes actividades de este autor. Así
lo muestra André Kaspi, que acaba de consagrar una biografía
a la personalidad de Jules Isaac, confirmando muchos hechos conocidos
y revelando otros. Una de las contribuciones más importantes
de Jules Isaac fue la redacción del libro Jesús
e Israel, pretendiendo probar que el pueblo judío no fue
ni deicida ni maldito y que el cristianismo es responsable del antisemitismo
ambiente por su antijudaísmo teológico. En la obra expone
seguidamente veintiún puntos, verdadera "carta" de
una nueva teología de las relaciones judeocristianas.
En 1948, Isaac funda la “Amistad Judeo-Cristiana” cuyo
objetivo se indica claramente: "la rectificación de la
enseñanza cristiana." Muchos católicos liberales
participan en las reuniones bien orquestadas. Kaspi escribe que "los
diez puntos de Seelisberg y los veintiún puntos de Jesús
e Israel (26)
se distribuyen por todas partes.” Por ese tiempo, se convencia
a Isaac de entrevistar al jefe de la Iglesia Católica. Pío
XII lo recibe brevemente el 16 de octubre de 1949 en Castel Gandolfo.
Jules Isaac expone al Soberano Pontífice los diez puntos de
Seelisberg. El resultado del encuentro es bastante poco satisfactorio
para el autor de manuales de historia.
En octubre de 1959, Cletta Mayer y Daniel Mayer - fundadores del Centro
para Estudios de Problemas Actuales, estrechamente ligada a la Liga
Antififamación (asociación creada en 1913 por la
logia masónica B'nai B'rith)- “se entrevistan con Jules
Isaac en el hotel Terminus de París y le hablan de un posible
contacto con Juan XXIII. Jules Isaac aprueba. (27)"
Juan XXIII había lanzado la idea de convocar un Concilio algunos
meses antes (28).
Se puso en marcha una comisión preparatoria, en la cual intervinieron
muchos teólogos y hombres eminentes. Pero un contraConciliose
preparaba a sus espaldas y debía suplantar al verdadero llegada
la hora. Ralph Wiltgen lo prueba abundantemente en El Rin desemboca
en el Tiber (29).
A mediados de junio de 1960 y por consejo de Mons. Julien, Isaac se
dirigió al cardenal Agustín Bea, jesuita alemán.
"Encontré en él un fuerte apoyo." Es cierto
que las malas lenguas decían que el cardenal Bea era “judío
de corazón. (30)"
Isaac obtuvo un apoyo mayor al que podía esperar ya que sin
muchas dificultades logró una audiencia con Juan XXIII el 13
de junio de 1960. En esta ocasión Isaac entregó al Papa
un memorantum titulado: Necesidad de una reforma de la enseñanza
cristiana respecto a Israel. “Pregunté si podía
abrigar alguna esperanza", recuerda Isaac. Juan XXIII respondió
que tenía derecho a tener algo más que esperanza, pero
"que no era un monarca absoluto". Tras la partida de Isaac,
Juan XXIII se esforzó en hacer comprender claramente a los
oficiales de la Curia Vaticana que se esperaba una firme condena del
“antisemitismo" católico durante el Concilio que
terminaba de convocar. Desde entonces, se sucedieron gran número
de intercambios entre las oficinas del Concilio y el Comité
Judío Norteamericano, la Liga Antidifamatoria y la B'nai B'rith.
Estas asociaciones judías supieron hacer escuchar fuertemente
su voz en Roma (31).
En efecto, si Isaac trabajaba a destajo, no era el único en
hacerlo. El rabino Abraham J. Heschel del seminario teológico
judío de Nueva York, que treinta años antes había
oído hablar de Bea por primera vez en Berlin (32),
trató de encontrar al cardenal en Roma. En esta ocasión,
los dos hombres hablaron de dos expedientes preparados por el Comité
Judío Norteamericano, uno sobre la imagen de los judíos
en la enseñanza católica y otro de veintitrés
páginas sobre los elementos antijudíos en la liturgia
católica.
Heschel declaró que esperaba que el Concilio purgara la
enseñanza católica de toda sugerencia de que los judíos
eran una raza maldita. De esta suerte, añadió Heschel,
el Concilio en modo alguno debe exhortar a los judíos a convertirse
al cristianismo (33).
Al mismo tiempo, el Dr. Goldmann, jefe de la Conferencia Mundial de
Organizaciones Judías, también comunicó sus aspiraciones
a Juan XXIII. Del mismo modo, la B'nai B'rith ejerció presión
para que los católicos reformasen su liturgia y suprimiesen
en ella toda palabra que pudiera parecer desfavorable a los judíos
o que recuerde el “deicidio.”
Doctas cabezas mitradas, próximas a la Curia, advirtieron
que los obispos, en el momento del Concilio, harían bien en
no “tocar” este tema, aunque fuera con báculos
de tres metros de largo. Sólo quedaba consultar a Juan XXIII,
que dijo que no debían hacerlo (34).
En Roma se trabajó, pues, en la redacción de un texto
sobre el judaísmo, en el cual intervinieron el padre Baum y
Mons. John Osterreicher (35),
miembros del estado mayor de Bea. La declaración que contenía
una refutación clara de la acusación de deicidio debía
presentarse en la primera sesión del Concilio que iba a abrirse
el 11 octubre de 1962. La redacción plugo al Congreso Judío
Mundial, que comunicó su satisfacción y decidió
enviar al doctor Cain Y. Wardi en calidad de observador oficioso al
Concilio.
Inmediatamente llovieron sobre el Vaticano protestas de los países
árabes, indignados por el tratamiento preferencial concedido
a los judíos. En consecuencia, en junio de 1962, la Secretaría
de Estado, de acuerdo con el cardenal Bea, hizo retirar del orden
del día la discusión sobre el proyecto de declaración
sobre los judíos preparado por el Secretariado para la Unidad
de los Cristianos (36).
Una agencia tan próxima a la Curia como para tener las direcciones
privadas de 2.200 cardenales y obispos que residían temporalmente
en Roma, envió a cada uno un libro de 900 páginas titulado
“Complot contra la Iglesia” firmado bajo el seudónimo
de Maurice Pinay. La tesis del libro, refrendada por muchos hechos
y citas, consistía en que los judíos siempre pretendieron
infiltrar la Iglesia para subvertir su enseñanza, estando ahora
a punto de lograr su objetivo. El libro debía prevenir a los
Padres conciliares acerca de una maniobra subversiva en el seno del
Concilio, de suerte que se imponía obrar con mucha prudencia.
La exclusión del proyecto de declaración sobre los judíos
en la primera sesión del Concilio fue todo un fracaso para
Bea, pero no se dejó abatir. El 31 de marzo de 1963, rodeado
del máximo secreto (37),
se reunió en el hotel Plana de Nueva York con las autoridades
del Comité Judío Norteamericano, que presionaron para
que los obispos cambiasen la teología de la Iglesia en punto
a la historia de la salvación. "Se acusa a los judíos
globalmente –dijo- de ser culpables de deicidio y se supone
que sobre ellos pesaría una maldición." Refutó
estas dos acusaciones y tranquilizó a los rabinos que, presentes
en la sala, quisieron saber si la declaración diría
explícitamente que el deicidio, la maldición y el rechazo
del pueblo judío por Dios no eran sino errores de la doctrina
cristiana. ¡Bea respondió de modo evasivo y todos se
despidieron brindando con una copita de jerez!
Poco después se estrenó la película El Vicario
de Rolf Hochhuth, que calumniaba a Pío XII por su actitud durante
la guerra. El medio de presión era poco elegante, pero podía
influir la asamblea conciliar.
Durante la segunda sesión del Concilio, en otoño 1963,
se entregó a los obispos la declaración sobre los judíos.
Hacía parte del capítulo IV una declaración sobre
ecumenismo, lo que aparentemente le permitía pasar más
inadvertida. El Sr. Schuster, director del área europea del
Comité Judío Norteamericano, juzgó que la distribución
del proyecto a los Padres conciliares fue uno "de los momentos
más importantes de la historia". El texto fue largamente
discutido (38)
pero sorpresivamente retirado al final de la sesión. Los representantes
de la ortodoxia católica terminaban de distribuir varios ejemplares
de Los judíos a la luz de la Escritura y la Tradición
(39), que debía
alertar a los Padres conciliares acerca de las maniobras del enemigo.
Todo parece indicar que, una vez más, las advertencias fueron
escuchadas. “Algo sucedió entre bastidores” –comentó
la Conferencia Nacional Católica de Ayuda Social.
Sin entrar en el detalle de esta larga historia, digamos que otros
dos proyectos serán propuestos y discutidos detenidamente durante
las sesiones III y IV. Entre 1964 y 1965 se multiplicarán las
intervenciones judías ante Pablo VI. Los personajes más
influyentes ante el papa fueron Joseph Lichten, de la Liga Antidifamatoria
de la B'nai B'rith, Zachariah Schuster y Leonard Sperry del Comité
Judío Norteamericano, el cardenal estadounidense Spellman,
Arthur J. Goldberg, juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos
y el rabino Heschel.
Roddy revela que “(antes de la III sesión) seis miembros
del Comité Judío Norteamericano fueron recibidos en
audiencia papal. El Santo Padre manifestó a los visitantes
su aprobación a las manifestaciones del cardenal Spellman en
el sentido de la no culpabilidad de los judíos.” Un poco
más adelante, subraya que “Heschel se entrevistó
con Pablo VI en compañía de Schuster, perorando enérgicamente
sobre el deicidio (40)
y la culpabilidad, y solicitando que el Pontífice ejerciera
presión a fin de obtener una declaración prohibiendo
a los católicos todo proselitismo respecto a los judíos
(41).
El 20 de noviembre 1964, en la sesión III, los obispos y cardenales
reunidos votaron por gran mayoría el esquema provisorio que
trata la posición de la Iglesia frente el judaismo (42).
Léon de Poncins se apresuró a redactar un opúsculo
titulado el Problema Judío frente el Concilio, que
se distribuyó a todos los Padres antes de la cuarta y última
sesión. Era la última advertencia. En su introducción,
el autor comprueba "de parte de los Padres conciliares una ignorancia
profunda de la esencia del judaismo (43)".
El folleto produjo efecto, permitiendo a la “coalición
por el rechazo (44)”
aguzar sus argumentos. Este frente consiguió que se descartasen
algunas frases de la primera versión tales como “aún
cuando una gran parte del pueblo elegido permanece provisionalmente
lejos de Cristo, es injusto llamarlo pueblo maldito o pueblo deicida”,
que fue sustituida por aquella que aparece en la versión definitiva
de Nostra Aetate, finalmente adoptada en la sesión IV del 28
de octubre de 1965 por 2221 votos contra 88: “Los judíos
no deben ser presentados ni como réprobos ni como malditos
por Dios, como si tal se derivara de la Escritura.”
Un texto de compromiso sale a la luz después de años
terribles de una guerra doctrinal sin precedentes, de luchas de influencia
entre la Curia y entre los Padres conciliares, de difusión
de numerosos libelos para defender la teología de la salvación
enseñada por la Iglesia durante dos milenios. En general, como
esperaban más, los judíos quedaron decepcionados por
el contenido del documento. Pero una puerta terminaba de abrirse y
era difícil volverla a cerrar. En efecto, con Nostra Aetate
los obispos de la Iglesia Católica presentaban por primera
vez una imagen positiva y atrevida de los judíos infieles.
André Chouraqui lo destaca oportunamente: “de repente,
la Iglesia, afectada por una amnesia más o menos total a lo
largo de dos mil años, se acuerda del vínculo espiritual
que la une a la descendencia de Abraham – Israel-, reinstalando
así el privilegio del mayorazgo en el contexto de la familia
del pueblo de Dios. Este reconocimiento teológico elemental
fue enriquecido con un contenido que los siglos no podrán agotar
(…) Se necesitaron veinte siglos para que la Iglesia tomara
renovada conciencia de sus raíces judaicas. (…) Por añadidura,
la Iglesia rechaza categóricamente toda forma de proselitismo
a su respecto, proscribiendo lo que antes había admitido. (45)”
Jean Halpérin, miembro de la oficina del Congreso Judío
Mundial con sede Ginebra, confirma las observaciones de Chouraqui
durante un coloquio tenido en Friburgo:
Hay que destacar que la declaración Nostra Aetate de 1965
abrió verdaderamente el camino hacia un díalogo absolutamente
nuevo e inauguró una nueva perspectiva (46)
de la Iglesia Católica respecto a los judíos y al judaísmo,
manifestando su disposición a reemplazar la enseñanza
del desprecio por la del respeto (47).
Menahem Macina (48)
ratifica esta afirmación:
Es necesario no olvidar el inmenso progreso que representa la
declaración Nostra Aetate respecto a la situación previa.
Una sola observación permitirá apreciar el camino recorrido.
Quizás sepan que cuando se promulgan documentos destinados
a toda la cristiandad, los papas y los concilios tienen la costumbre
de buscar y citar textos de sus antecesores que van en el sentido
de lo que se proponen enseñar, con el fin de evidenciar la
continuidad de la doctrina y tradición eclesiales. Ahora bien,
a diferencia de lo que ocurre con el pasaje que el Conciliodedica
a la religión musulmana, en la declaración sobre los
judíos no hay ninguna referencia a precedente alguno positivo,
ya sea de Padres, escritores eclesiásticos o papas (49).
Podrían citarse muchos testimonios que confirman este análisis,
pero concluyamos con el de Paul Giniewski en su importante obra Antijudaísmo
cristiano-El cambio:
El documento sobre los judíos, que se podía considerar
como la conquista de un objetivo, resultó, en cambio y muy
rápidamente, el principio de una nueva era en la feliz evolución
de las relaciones judeocristianas (50).
Se abrió una puerta (51)...
Los hombre de Iglesia admitían que los judíos ya no
eran "un pueblo maldito". Maldito no, ¿pero tampoco
réprobo?. "De ahora en más –dice incluso
Chouraqui- la Iglesia reconoce la permanencia del judaísmo
en los planes de Dios y el carácter irreversible de los principios
sentados por Nostra Aetate, que dan de plano con toda restricción
y toda ambigüedad en el díalogo con los judíos.”
La semilla había sido plantada, sólo bastaba esperar
que creciera...
Por tanto, de allí en más había que avanzar
en el camino del mutuo reconocimiento de judíos y cristianos.
Era imposible hacer un saldo de beneficios y pérdidas de dos
mi años ensangrentados (52).
La purificación del espacio cristiano (53)
ya podía comenzar…
De
la purificación "del espacio cristiano" a la introducción
de la religión de Noé
1.
"Purificación del espacio cristiano"
Al
principio (54) los cristianos
dijeron: "Nosotros también somos Israel."
Luego afirmaron: "Nosotros también somos el verdadero
Israel."
Un poco más tarde: "Sólo nosotros somos el verdadero
Israel."
F. Lovsky
Las
discusiones que siguieron a la "toma de conciencia" del
ConcilioVaticano II fueron preparando poco a poco al mundo cristiano
para asumir una nueva teología de las relaciones de la Iglesia
con el judaísmo (55).
El objetivo de las directivas del Vaticano (56)
y de los episcopados desde hace casi cuarenta años se encaminó
a transformar la mentalidad por medio de un “gran esfuerzo de
educación” de los pueblos del “espacio cristiano”.
Este esfuerzo tiende a:
1. recordar la perpetuidad de la primera Alianza;
2. inculcar el aprecio del pueblo judío (infiel), “pueblo
sacerdotal”;
3. renunciar a la conversión de los judíos:
4. familiarizarse constantemente con el diálogo y la cooperación
con el judaísmo;
5. preparar los caminos a la religión noáquida.
Altas autoridades vaticanas indujeron a los episcopados a publicar
declaraciones cuyo contenido teológico se opone claramente
al magisterio de la Iglesia.
a)
La nueva "teología de la Alianza" según el
episcopado
Podemos
ilustrar nuestra observación con dos ejemplos: el texto de
la Comisión del Episcopado Francés para las Relaciones
con el Judaísmo (Pascua, 1973) y las Reflexiones sobre
la Alianza y la Misión del episcopado norteamericano (13
de agosto, 2002). A juicio de los judíos, son dos declaraciones
cuyo contenido sobrepasan ampliamente las afirmaciones del Concilio.
Los aspectos heterodoxos no escapan a la consideración de persona
alguna.
Los cristianos no deben ver al judaísmo como una ralidad
solamente social e histórica sino esencialmente religiosa;
no como reliquia de un pasado venerable y acabado, sino como una realidad
viva a través del tiempo. Las principales señales de
esta vitalidad del pueblo judío son: el testimonio de su fidelidad
colectiva al único Dios, su fervor en escrutar las Escrituras
para descubrir, a la luz de la Revelación, el sentido de la
vida humana, la búsqueda de su identidad en medio de los otros
hombres, sus constantes esfuerzos por congregarse en una comunidad
reunificada. Como cristianos, estos signos nos plantean un interrogante
que toca el corazón de nuestra fe: ¿Cuál es la
misión propia del pueblo judío en el plan de Dios?
Una elección que perdura: la primera Alianza no ha caducado.
Contrariamente a lo que sostuvo una exégesis tan antigua como
cuestionable, no se podría deducir del nuevo Testamento que
el pueblo judío ha sido privado de su elección. El conjunto
de las Escrituras, por el contrario, nos invita reconocer la fidelidad
de Dios a su pueblo en la preocupación de fidelidad del pueblo
judío a la Ley y a la Alianza. La primera Alianza, en efecto,
no queda abrogada por la nueva. El pueblo judío tiene conciencia
de haber recibido, a través de su vocación particular,
una misión universal frente a las naciones (57).
¿Cuál es esta misión? Lo estudiaremos en un próximo
apartado. La segunda declaración, más reciente, es la
de los obispos norteamericanos. Es realmente impresionante:
El pensamiento católico romano manifiesta un creciente
respeto por la tradición judía que se desarrolla desde
el ConcilioVaticano II. La profundización de la valoración
católica sobre la alianza eterna entre Dios y el pueblo judío,
así como el reconocimiento de la misión que Dios asignó
a los judíos de atestiguar el amor fiel de Dios, llevan a concluir
que las acciones encaminadas a convertir a los judíos al cristianismo
ya no son teológicamente aceptables en la Iglesia Católica
(58).
b)
"Cambiar la teología" de los teólogos
Los
testimonios de teólogos sobre la perpetuidad de la primera
Alianza son tan abundantes que podría reproducirse una letanía
de citas. He aquí algunas:
Quizá sea necesario ir al fondo del asunto: avizorar, bajo
las nuevas perspectivas, la idea de un derrocamiento de la religión-madre
por la religión-hija. La noción de una sustitución
de la antigua Alianza por la nueva está en el origen mismo
de la división judeocristiana y sus consecuencias. En uno de
sus grandes estudios teológicos, significativamente titulado
“La alianza nunca derogada”, Norbert Lohfink, jesuita,
profesor de investigación bíblica en una universidad
pontificia de Roma, afirma categóricamente que “la concepción
cristiana ordinaria sobre la nueva Alianza favorece el antijudaísmo.”
(59)
Creemos que Cristo instauró una nueva Alianza. ¿Caducó
con ello la antigua? Lo sostuvimos durante mucho tiempo y probablemente
existen cristianos que aún hoy lo piensan (60).
En un coloquio titulado Proceso a Jesús, ¿proceso
a los judíos?, Alain Marchandour no duda en afirmar:
Durante mucho tiempo los cristianos percibieron a Israel como
una clase de órgano testigo de una realidad absorbida esencialmente
por el cristianismo convertido en nuevo Israel. Semejante lenguaje
es indefendible: Israel existe con su historia, sus instituciones,
sus textos. El judaísmo no se extinguió con la llegada
del cristianismo (…) Sigue siendo el pueblo de la Alianza
(61).
Charles Perrot, profesor del Instituto Católico de París,
manifiesta una idea similar:
Si la Iglesia sustituye a Israel, si lo reemplaza, esto no significa
que también lo elimine, por absorción o algo peor aún.
Ahora bien, expresarse así es peligroso. ¿Es admisible
hoy en día? (62)
c)
Hacer que las élites "revisen la historia cristiana"
Al
igual que su teología, la Iglesia debe "revisar"
su historia. En ese sentido, el Vaticano multiplica las reuniones
de expertos. En Roma o en otras ciudades europeas se celebran distintos
coloquios que tienen por tema la historia de la Iglesia en relación
a su actitud frente al judaísmo. El 30 de noviembre de 1997
tuvo lugar en Roma un encuentro sobre las raíces del antijudaísmo
cristiano. Historiadores venidos de todo el mundo escucharon a expertos
en relacioens judeocristianos. Claude-Françoise Jullian nos
cuenta en Le Nouvelle Observateur cuál fue el objeto
del debate:
Todos los expertos reafirmaron los orígenes judíos
del cristianismo y calificaron la teología de la sustitución
–esto es, la nueva Alianza en Cristo, que rompe con la antigua-
como una aberración. Al abrir el simposio, el cardenal Etchegaray
(Presidente del Comité de Organización del Jubileo)
explicó con voz rocosa, salida de las gargantas pirenaicas:
"Se trata de que examinemos las relaciones a menudo alteradas
entre judaísmo y cristianismo." El pensamiento fue recogido
por el animador del encuentro, el dominico suizo Georges Cottier,
teólogo privado del Papa (y Presidente del Comité histórico-teológico
del Jubileo), que recordó: "nuestra reflexión apunta
al plan divino de la salvación y al lugar que corresponde al
pueblo judío, pueblo de la elección, de la alianza y
de las promesas.”
“La aberración de la teología de la sustitución
es un punto esencial, admitido desde Vaticano II, pero difícil
de hacer aceptar por las bases”-afirma un participante
(63).
El periodista de un semanario se preguntaba: “¿Por qué
Roma reúne a los expertos de cinco continentes para comprobar
una cosa hoy parece ya una verdad de fe?”
Otro coloquio se celebró a la Universidad de Friburgo del 16
al 20 de marzo de 1998 sobre el tema Judaísmo, antijudaísmo
y cristianismo. Las actas se publicaron en las ediciones Saint-Augustin
del año 2000 y todas las intervenciones revisten el mayor interés.
Más recientemente aún, el Congreso Judío Europeo
organizó en París el 28 y 29 de enero de 2002 los Encuentros
Europeos entre Judíos y Católicos sobre el tema: Después
del Vaticano II y Nostra Aetate: profundización de las relaciones
judeocristianas en Europa bajo el pontificado Juan Pablo II.
En su transcurso se honraron varias personalidades comprometidas en
el diálogo entre judíos y cristianos.
Unas jornadas vespertinas efectuadas en los salones del Hôtel
de la Ville de Paris el 28 de enero de 2003 reunió unas 700
personas, tanto judíos como católicos. En la lista de
oradores figuraban Maître Henri Hajdenberg, presidente de estos
encuentros, el profesor Jean Halpérin, del Comité de
Enlace entre judíos y católicos, el cardenal Lustiger,
el gran rabino de Moscú, Pinchas Goldschmidt, el gran rabino
René Samuel Sirat, el doctor Michel Friedman, vicepresidente
del Congreso Judío Europeo y el cardenal Walter Kasper, Presidente
de la Pontificia Comisión para las relaciones religiosas con
el Judaísmo. En sus discursos todos los oradores destacaron
de cuánta importancia habían sido los pasos dados desde
Nostra Aetate...
Muchas cosas se dijeron esa tarde sobre las actuales relaciones
entre judíos y cristianos. Sopló un nuevo espíritu,
que realmente tomó nota de los gestos, de las palabras de los
católicos, especialmente de Juan Pablo II. “Una nueva
página, una nueva etapa”, ese es el sentimiento que,
por otra parte, iba a confirmarse en el transcurso del día
siguiente. Después de las exposiciones de los distintos oradores
y de la proyección de la película “El Papa Juan
Pablo II en Tierra Santa”, se hizo un gran silencio en la extensa
sala. Durante el día siguiente, 29 de enero, ante un público
más limitado y en presencia de varios cardenales, obispos y
personalidades judías, de algunas delegaciones venidas de Alemania,
Austria, Bélgica, Italia, Suiza y Polonia, en un mismo clima
de positividad y de verdad se abordó el tema: “La evolución
de las relaciones judeocatólicas. De la teoría de la
sustitución al respeto mutuo. Acerca de la necesaria transmisión
de la memoria de la Shoa en el contexto actual.”
Por la tarde, diversos oradores expusieron sobre “Los retos
de la asimilación y la secularización, la evolución
de las relaciones judeocatólicas con el Estado de Israel y
Jerusalén.” Las jornadas concluyeron con una declaración
común de judíos y católicos. (64)”
Podríamos multiplicar los informes sobre distintas reuniones,
congresos, coloquios, jornadas, etc., que pululan año a año.
d)
Cambiar el contenido de la predicación y del catequesis
Los
documentos romanos del 24 de junio de 1985 –Notas para una
correcta presentación de los judíos y del judaísmo
en la predicación y la catequesis (65)-
deben leerse y meditarse a la luz de lo que se ha dicho precedentemente.
e)
Cambiar los espíritus por gestos espectaculares
Un ejemplo de esta afirmación es el gesto de Juan Pablo II
a la sinagoga de Roma del 13 de abril de 1986. La visita fue todo
un símbolo: “La Iglesia de Cristo, por medio de Juan
Pablo II, se traslada a la sinagoga y descubre su vínculo con
el judaísmo explorando su propio misterio.” Con este
motivo, Juan Pablo II dirá:
La religión judía no nos es "extrínseca",
sino que en determinado sentido es "intrínseca" a
nuestra religión. Tenemos, pues, a su respecto, relaciones
que no tenemos con ninguna otra religión. Vosotros sois nuestros
hermanos preferidos, y se podría decir en cierto sentido, nuestros
hermanos mayores (66).
f) Los cristianos deben respetar el
derecho de los judíos a la tierra de Israel,
centro físico de la Alianza
El
acontecimiento más importante para los judíos desde
el holocausto fue el restablecimiento de un Estado judío en
la Tierra prometida. Como miembros de una religión basada en
la Biblia, los cristianos deben valorar que la tierra de Israel haya
sido prometida y dada a los judíos en calidad de centro físico
de su Alianza con Dios (67).
A los cristianos no les queda más alternativa que alegrarse
de la presencia de los judíos en Tierra Santa...
Paul Giniewski analiza la enseñanza de los últimos cuarenta
últimos en términos del pensamiento judío (68)
distinguiendo tres etapas:
• "viduy", es decir, el reconocimiento sincero
del incumplimiento y las faltas;
• "teschuva", que supone la conversión a la
conducta contraria;
• finalmente, el más importante, "tikkun",
es decir, la reparación.
¿Hasta dónde hemos llegado? –se pregunta el escritor
judío. Hasta el "teschuva", responde, sin el menor
margen de duda. Ésta no terminará “hasta que
la enseñanza del aprecio se traduzca en textos didácticos
y su propagación haya suscitado numerosas vocaciones de alumnos
y profesores de la novedad. El objetivo es ambicioso: hacer oír
y aceptar una enseñanza que decía lo contrario de lo
que hasta ahora se enseñó (...) De esta forma se descrucificará
a los judíos.”
Por último, la Iglesia deberá reparar. Algunos ya han
descripto lo que será el “tikkun”...
Los judíos podrán entonces retomar su papel en medio
de las naciones, un rol explicado en muchas obras e inteligentemente
resumido en un panfleto firmado por Patrick Petit-Ohayon, La Misión
de Israel, un pueblo de sacerdotes (69).
2)
El pedido de perdón del año 2000 o “viduy”
En
San Pedro, Roma, el 12 de marzo del año 2000, Juan Pablo II,
en nombre de la Iglesia Católica, hace el “mea culpa”
(70) por los
pecados cometidos por los cristianos a lo largo de la historia. Este
gesto no se comprende si no se coloca en el contexto de la toma de
conciencia de una Iglesia que, "por la Inquisición"
(71) (sistema de violencia,
de apremio), persigue al pueblo de la Alianza, desposeído y
oprimido al mismo tiempo. Los cristianos, pues, acaban de hacer su
“viduy”.
Y para que todo quede suficientemente claro a cristianos y judíos,
el texto de arrepentimiento fue colocado por el propio Juan Pablo
II en un intersticio del Muro de los Lamentos (72),
vestigio del Templo de la primera Alianza, que sólo aguarda
su reconstrucción en la capital religiosa de la Alianza redescubierta:
Jerusalén destrona a Roma, la usurpadora (73).
3)
Hacia la religión noáquida
Si
la Iglesia ya no es el verdadero Israel, ¿en qué
debe transformarse en esta nueva teología de la salvación?
En este estudio, de suyo extenso, no podemos agotar todos los aspectos
de la religión noáquida. Esta religión introducida
en el Vaticano II debe suplantar el catolicismo (74).
El tema es tan extenso que podría consagrársele unas
jornadas de estudio. Señalemos algunos hitos históricos
y destaquemos varios aspectos de este nuevo “catolicismo”.
Después de la Revolución francesa, que emancipó
a los judíos y posibilitó su inserción en las
sociedades civiles, los rabinos y los pensadores del judaísmo
se plantearon el interrogante sobre el problema religioso del mundo
por venir. Se acercaba el retorno a la tierra de Israel y se imponía
solucionar la cuestión religiosa que no iba a dejar de plantearse.
Aquello que estaba en juego en los debates teológicos de los
rabinos del siglo XIX puede resumirse de la siguiente manera: ¿"Cuándo
reencontraremos nuestro papel de pueblo lleva la salvación
a las naciones? ¿Cómo será la religión
de los cristianos que pretendieron ser el nuevo Israel?"
Elías Benamozegh, rabino de Livorno, el Platón del judaísmo
italiano, “uno de los maestros del pensamiento judío
contemporaneo” (75),
propuso una solución que publicó en 1884 en su obra
principal Israel y la Humanidad (76).
El subtítulo, sugestivo, es: Estudio sobre el problema
de la religión universal y su solución. La solución
Benamozegh, a la cual van a atenerse poco a poco los seguidores del
judaísmo, puede sintetizarse como sigue:
La Iglesia Católica debe reformar tres puntos de su enseñanza:
• cambiar su visión del pueblo judío, que debe
rehabilitar como pueblo primogénito, pueblo sacerdotal, que
“ha sabido conservar la religión primitiva en su pureza
original”. Este pueblo ni es deicida ni ha sido reprobado por
Dios. Ninguna maldición pesa sobre él. Al contrario,
le cabe predicar la felicidad y la unidad de la humanidad. “Admitir
-escribe Gérard Haddad (77),
citando a Benamozegh- el rol que San Pablo (78)
creyó poder excluir.”
• "Renunciar a la divinidad de Jesucristo, este Hijo del
Hombre como Él mismo se llamaba." Simple rabino, Jesús
era judío y como tal permaneció. Predicar a Jesucristo,
pero un Jesucristo humano, que viene a traer una moral para la felicidad
de todos los hombres.
• Aceptar una reinterpretación -no una supresión-
del misterio de Trinidad.
Reunidas estas tres condiciones, "la Iglesia Católica
es la Iglesia del verdadero catolicismo", verdadero catolicismo
que Benamozegh llama noaquismo, una religión destinada a todos
los pueblos del "espacio cristiano", como decía Lustiger.
La Iglesia tiene la misión de propagar la moral inherente al
noaquismo (79). La declaración
sobre el judaísmo del episcopado norteamericano del 13 de agosto
contiene una referencia explícita al respecto:
El judaísmo considera que todo pueblo está obligado
a observar una ley universal. Esta ley, conocida como los Siete Mandamientos
de Noé, se aplica a todos los seres humanos. Estas leyes son:
(1) el establecimiento de tribunales de justicia, de modo que la ley
gobierne la sociedad, y la prohibición (2) de la blasfemia,
(3) idolatría, (4) incesto, (5) derramamiento de sangre, (6)
hurto y (7) comer la carne de animales vivos.
El nuevo objetivo de la Iglesia consiste en evangelizar los pueblos
en este humanitarismo noaquista y propiciar su unificación
(80). Se redefinirá
la primacía romana para facilitar la unidad de los cristianos.
El noaquismo será "la religión de la moral natural".
Los no judíos no deben pretender convertirse al judaísmo
o mosaísmo talmudista, religión reservada a los elegidos.
La solución Benamozegh, silenciada por largo tiempo, ahora
es retomada por los dirigentes del mundo judío. El gran rabino
René Samuel Sirat, por ejemplo, hizo alusión al status
de los no judíos en ocasión del entierro de un joven
francés de 24 años, víctima de un atentado cometido
a la cafetería de la universidad hebraica de Jerusalén
el 31 de julio de 2002:
David, mi querido David, había elegido acercarse espiritual
y culturalmente a nuestra comunidad judía y ostentar ante el
judaísmo el hermoso título de toshav, extranjero y ciudadano
a la vez, que la Biblia valorizó y que el rabino Elías
Benamozegh, en el siglo pasado, explicó magníficamente
en su libro “Israel y la Humanidad”. Se trata de la libre
elección de acercarse a la tradición de Israel, de observar
las Siete Leyes –llamadas leyes noáquidas - de la moral
natural reveladas antaño a Noé, padre del todos los
vivientes (...) Pues, preciso es recordarlo, no es necesario convertirse
al judaísmo para tener derecho a la salvación eterna.
(81)”
Conclusión
La
nueva religión que resulta del Vaticano II debe interpretarse
a la luz de esta nueva lucha, siempre antigua y siempre nueva, entre
Jesús (Maria) y Satanás, entre la Iglesia y la Sinagoga.
En el siglo XX, Satanás parece haber dado con su Caballo de
Troya (Vaticano II) y con aqueos resueltos de teología
subversiva.
En el centro de este movimiento de conversión, explícitamente
enseñado por teólogos cristianos como Bouyer, Congar
y de Lubac, se oculta el redescubrimiento de la fe. Este es el trabajo
de conversión que la Iglesia Católica y muchos cristianos
hoy quieren realizar.
Con estas palabras cierra el cardenal Lustiger su intervención
en la sinagoga de Nueva York (82).
No,
señor Cardenal. Católicos y romanos, nuestra fe está
en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nacido por obra
del Espíritu Santo del seno purísimo de la Virgen María;
nuestra fe está en Jesucristo, salvador de los hombres, crucificado
bajo Poncio Pilatos y resucitado de entre los muertos, venido a cumplir
la Ley y los Profetas, fundando la Iglesia católica, apostólica
y romana, la nueva y eterna Alianza que no es la que usted predica.
Con la ayuda de Dios, con el auxilio del magisterio de la Iglesia
y su bimilenaria Tradición, no vamos a terminar noáquidas.
Tal vez esta fidelidad permitirá a los judíos beneficiarse
con las preciosas gracias de la redención, gracias que la Virgen
María sabrá distribuir en abundancia, como ya aprovecharon
a los Drach, Libermann, Ratisbona, Lemann, Zolli y tanto otros, verdaderos
convertidos, verdaderos hijos de la Iglesia romana, verdaderos hijos
de Maria.
Dios de bondad, Padre de las misericordias, te suplicamos por
el Corazón Inmaculado de Maria, por la intercesión de
los Patriarcas y santos Apóstoles, que dirijas tu mirada de
compasión sobre el resto de Israel, para que conozca nuestro
único Salvador Jesucristo y participe de las gracias preciosas
de la Redención. Señor, perdónalos, porque no
saben lo que hacen. [Oración indulgenciada por León
XIII y San Pío X.]
*
* *
Mensaje
de Mons. Joseph Doré a la B´nai B´rith (83)
La
aplicación del "plan Benamozegh" descrito por Michel
Laurigan en los "Estudios" del presente número avanza
bien.
Para Mons. Joseph Doré, arzobispo de Estrasburgo, los judíos
que rechazaron a nuestro Señor Jesucristo no pueden ser considerados
ni como “infieles”, ni como “ciegos”, ni como
extraños al verdadero sentido de la Biblia; no tienen necesidad
de convertirse.
En cambio, hasta el Vaticano II los cristianos eran "infieles",
"ciegos" y estaban en contradicción con la Biblia;
necesitan urgentemente convertirse.
Reproducimos aquí un mensaje dirigido por el arzobispo de Estrasburgo
a la logia judía "René Hirschler" (del orden
de la B'nai B'rith), con motivo de la muestra "El judío
y el judaísmo en el arte mediaval de Alsacia" y que se
publicó en el boletín diocesano “La Iglesia en
Alsacia” (agosto de 2003).
No se diga que se trata de un exceso aislado: Mons. Doré, antiguo
decano de la facultad de teología del Instituto Católico
de París, expone la teología que hoy campea en en la
Iglesia conciliar. Sus ideas, de hecho, no van más lejos que
las de la Roma conciliar. Sólo tiene el mérito de ser
más claro.
Mons. Doré se atreve afirmar que la doctrina tradicional de
la Iglesia sobre Israel (enseñanza de los Padres de la Iglesia,
doctores, papas y de todos los santos) "contradecía la
propia Biblia".
Le Sel de la Terre, nº 40. Otoño, 2003.
Cada
vez que observamos tantas imágenes grabadas, pintadas o talladas
que los cristianos de la Edad Media dedicaron a los judíos,
tanto del pasado como a los que les eran contemporáneos, los
cristianos nos vemos embargados por diversos sentimientos.
En primer lugar, el asombro. ¿Cómo puede ser que los
discípulos de Jesús se hayan enceguecido (84),
al punto de no ver en los judíos a hermanos de sangre de aquel
ellos confiesan no sólo como Hijo del Altísimo sino
también como hijo de Israel, profundamente anclado en la religión
de sus padres?
A continuación, la vergüenza. ¿Cómo entender
que quienes prestado oídos a sus últimas enseñanzas
–“Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”
se hayan revelado tan infieles (85)
a este mandamiento del amor del prójimo cuando éste
era un judío?
Por fin, la indignación. ¡No! Nosotros, los cristianos
de hoy, no nos reconocemos en este modo de ver a nuestros hermanos
judíos, el cual nos nos escandaliza, nos hiere; no queremos
ver más estas imágenes, testigos de una época
pretérita que ya no es la nuestra.
Vienen entonces a nuestro espíritu las vigorosas palabras proclamadas
una y otra vez por el Papa Juan Pablo II durante nuestro gran jubileo
del año 2000, invitándonos a "purificar la memoria",
llamándonos a "cerrar las heridas del pasado, a fin de
que no se abran nunca más" (discurso a su llegada en Tel
Aviv.)
Para que las heridas pueden ser vendadas, hay que considerarlas atentamente,
más allá de cualquier rechazo que puedan provocar. Esa
es la razón por la cual una exposición como ésta
no puede sino ser saludable. Nos ayuda a contemplar con valor nuestro
pasado y a reconocer errores de los cuales, con todo, no somos personalmente
responsables. Muchas de estas estas imágenes traducen el mensaje
que el cristianismo tuvo durante siglos sobre el pueblo judío
y el judaísmo, que el gran historiador Jules Isaac condensó
magistralmente en la expresión "enseñanza del menosprecio":
pueblo infiel, que no conoció el tiempo de la visita de su
Mesías, sordo a sus llamadas, ciego a sus signos, incapaz de
leer su propia Escritura y las promesas de salvación que contiene,
el pueblo judíos fue objeto de rechazo por Dios y maldecido
por haber prevaricado de su misión. Eso es lo que muestran
todas estas imágenes negativas, presentando a los judíos
ya de manera humillande debido a su ceguera, ya desfiguradamente –como
acontecía a fines de la Edad Media-, por las múltiples
taras que velan su imperdonable pecado de deicidio. En cualquier caso,
sea que el judío aún conserve su dignidad en medio de
su desdicha (como lo muestra la magnífica imagen de la Sinagoga
existente en la catedral de Estrasburgo), sea que se lo caricaturice,
el mensaje teológico es siempre el mismo: la elección
ahora ha pasado al pueblo cristiano y la Iglesia -verdadero Israel-
que pregona la salvación traída por Cristo, puede triunfar.
Durante el Concilio Vaticano II la Iglesia Católica revisó
finalmente esta doctrina y comprendió cuánto contradecía
la propia Biblia (86)
y, antes que nada, la palabra del propio San Pablo, que afirma que
“los dones y la vocación de Dios son sin arrepentimento.”
(87)
El decreto conciliar Nostra Aetate (1965), punto de partida
de la “nueva perspectiva” de la Iglesia sobre los judíos,
recordaba el "patrimonio espiritual" que la une al pueblo
de la descendencia de Abraham, condenando la acusación de deicidio
(§ 4). El episcopado francés, bajo particular impulso
de Mons. Elchinger, obispo de Estrasburgo, publicó en 1973
un documento sobre las relaciones judeocristianas de un vigor que
aún no ha sido igualado, mientras Juan Pablo II recordaba en
muchas ocasiones la perpetuidad de la primera Alianza (88)
“nunca revocada” (Maguncia –1980, etc.)
Ahora queremos trabajar en la reconciliación y en el diálogo
fraternal con nuestros hermanos mayores. Pero debemos tener la humildad
de reconocer que la enseñanza del menosprecio y la "teología
de la sustitución" que considera a la Iglesia como nuevo
y único Israel de Dios todavía impregnan muchos espíritus.
Sólo un largo trabajo de educación conducirá
a erradicar todo germen de antijudaísmo. Sólo una purificación
continua de la memoria, que nos hace conscientes de las tentaciones
que nos habitan, llevará a los cristianos a la vigilancia y
a la responsabilidad. A ellos también se dirige lo que Dios
dijo a Caín (89):
“¿Qué has hecho con tu hermano?”
La Iglesia pide hoy a los cristianos comprometerse en este el camino
de conversión, invitándolos a construir con sus hermanos
judíos un futuro donde juntos puedan ser "una bendición
unos para otros" (Juan Pablo II, 1983.)
*
* *
“Histórico” encuentro
del Papa con los rabinos jefes de Israel (90)
CIUDAD
DEL VATICANO, viernes 16 enero 2004.
«El
diálogo oficial establecido entre la Iglesia Católica
y el Gran Rabinado de Israel es un signo de gran esperanza»,
reconoció Juan Pablo II al recibir este viernes a los rabinos
jefes de Israel.
Los líderes religiosos han viajado a Roma para asistir al «Concierto
de la Reconciliación» que tendrá lugar el sábado
en el Vaticano.
«No debemos escatimar esfuerzos para trabajar juntos
en la construcción de un mundo de justicia, paz y reconciliación
para todos los pueblos», afirmó el Santo Padre
ante Jona Metzgher, rabino asquenazí, Slomo Amar, rabino sefardí,
y Oded Wiener, director general del Gran Rabinado.
Al iniciar su discurso, el Papa recordó: «En los 25 años
de mi pontificado me he esforzado en promover el diálogo judío-católico
y en fomentar siempre un mayor entendimiento, respeto y cooperación
entre nosotros».
Además calificó como uno de los momentos sobresalientes
de su pontificado su peregrinación jubilar a Tierra Santa,
«que incluyó intensos momentos de recuerdo, reflexión
y oración en el Yad Vashem [el memorial nacional israelí
dedicado a las víctimas de la Shoah (Holocausto), y en el Muro
de las Lamentaciones».
Durante la audiencia, según informaron tras el encuentro con
el Papa, «los rabinos se han referido al fenómeno del
antisemitismo, poniendo énfasis en la dimensión actual
de las palabras pronunciadas en el pasado por el Papa», cuando
recomendó «enseñar a las conciencias a
considerar el antisemitismo y toda forma de racismo como un pecado
contra Dios y la humanidad».
Los rabinos jefes de Israel igualmente solicitaron «al Papa
que ejerza su influencia en los fieles acerca de la creciente oleada
de terrorismo que golpea a inocentes y pone en peligro la reconciliación»
y le agradecieron haber instituido «la jornada dedicada al judaísmo»
en la Iglesia católica.
Finalmente obsequiaron a Juan Pablo II con un «regalo
emblemático: un candelabro (Chanukkiah) con el fondo de Jerusalén,
ciudad consagrada a las tres religiones monoteístas, símbolo
de la aspiración a la paz de toda la humanidad». (91)
Un
obispo y un rabino buscan sendas para el diálogo entre judíos
y católicos (92)
ROMA,
viernes 16 enero 2004.
Las
sendas por las que puede seguir avanzando el diálogo entre
judíos y católicos fue el tema central de la conferencia
entre representantes de las dos religiones que se celebró este
jueves en la Universidad Pontificia de Letrán en Roma.
En el encuentro intervinieron el obispo Rino Fisichella, rector de
la Universidad y presidente de la Comisión de la diócesis
de Roma para el ecumenismo y el diálogo, y el rabino jefe de
la comunidad judía de Roma, Riccardo Di Segni.
La conferencia sirvió para preparar la Jornada de Diálogo
con los Judíos que la Iglesia católica en Italia celebrará
el próximo sábado, en este año con el lema tomado
del capítulo 3 de Sofonías: «Servirán
al Señor bajo un mismo yugo» (versículo 9).
Monseñor Fisichella aclaró: «Esta es una cita
no sólo para recordar que somos amigos y hermanos, sino también
para hacer visible la relación de amistad».
Por su parte, el rabino Di Segni se adentró en las dificultades
objetivas que plantea este diálogo, particularmente en el terreno
de la teología.
«Se han dado progresos teológicos notables
en la visión de judaísmo por parte de la teología
cristiana -reconoció-. El documento sobre
las escrituras judías, un hecho sin precedentes, da importancia
a la exégesis rabínica», en referencia
al documento de la Comisión Pontificia Bíblica «El
pueblo judío y sus Santas Escrituras en la Biblia Cristiana»
(2001).
Ahora bien, siguió constatando el rabino, «la
reciprocidad a nivel teológico no existe.
Entre políticos se puede discutir y llegar a una solución;
entre teólogos no».
El motivo, siguió aclarando, es el carácter «único,
pero totalmente asimétrico» que une al
cristianismo con el judaísmo.
«El cristianismo nace del judaísmo y, con
notables esfuerzos, puede introducir elementos de espiritualidad judía.
Lo contrario no es posible», afirmó.
Sin embargo, concluyó, el versículo de Sofonías
--«Servirán al Señor bajo un mismo yugo»--
«nos mueve a trabajar para ver cómo es posible
realizar este ideal».
Los
rabinos piden al Papa asociarse a las celebraciones del “año
de Maimónides" (93)
ROMA,
lunes, 19 enero 2004
Los
grandes rabinos de Israel han expresado a Juan Pablo II su deseo de
que los católicos en el mundo celebren una Jornada de Diálogo
con los Judíos, con el fin de promover el conocimiento recíproco
entre judíos y cristianos y combatir juntos el antisemitismo.
Asimismo, el rabino Yona Metzger (asquenazí) y el rabino Slomo
Amar (sefardí), sugirieron al Papa que se sume con un gesto
significativo a la celebración al año de Maimónides,
filósofo y teólogo de Córdoba (1135-1204).
La Jornada para el Diálogo con los Judíos ya existe
en Italia desde hace años y se celebra el 17 de enero, en la
víspera de la Semana de Oración por la Unidad de los
Cristianos. Es un día en el que judíos y católicos
se encuentran en conferencias, visitas a las sinagogas, o convivencias
para conocerse mejor.
Los rabinos expresaron el deseo de que, con motivo del octavo centenario
de la muerte del gran filósofo y teólogo judío
«Rambam» Maimónides, la Santa Sede preste (durante
un tiempo o incluso de manera indefinida) alguno de sus preciosos
manuscritos que se conservan en la Biblioteca del Vaticano para que
puedan ser expuestos en Israel.
Al mismo tiempo los rabinos pidieron que el Papa done un objeto de
culto judío en posesión de la Iglesia católica.
Interrogados sobre a qué objeto se referían, los rabinos
respondieron que dejaban a la discreción de Juan Pablo II la
facultad de escoger.
En su encuentro posterior con los periodistas, los dos rabinos insistieron
en el carácter «cordial», «cálido»
y «amigable» del encuentro. El rabino Metzger subrayó
que el Papa estuvo muy «atento» a todo lo que se le decía
y muy «cálido» al recibir sus huéspedes.
El rabino Amar reconoció que ese encuentro había «hecho
crecer la esperanza en la reconciliación y la fraternidad entre
las dos religiones», así como la «intensificación
de las relaciones», subrayando que el Papa y sus colaboradores
han utilizado en el pasado palabras «fuertes» para condenar
el antisemitismo.
Ante la pregunta sobre los rumores, según los cuales, en el
Vaticano se encuentra la «Menorá» (candelabro de
siete brazos del Templo de Jerusalén), los rabinos declararon
que no querían hacer consideraciones sobre «rumores».
Es una cuestión que debe dejarse al "Rey Mesías
", dijo sonriendo el rabino Amar, prosiguiendo "el diálogo
y la comprensión" en vez de plantear cuestiones que conducen
a desacuerdos.
Para el rabino Amar, la dificultad más grande entre las personas
y las comunidades es «la falta de comunicación»,
la imposibilidad de «comprender» o de «escuchar»
al otro, de manera que cada quien se queda en sus posiciones. «Hay
que hablar», insistió el rabino.
En el momento en el que nos hablamos «de manera auténtica»
se da «una semilla, un inicio de esperanza». Estos encuentros
interreligiosos, subrayaba, pueden «superar las dificultades
que se dan a nivel político».
El gran rabino Metzger reveló que en la audiencia tocaron el
tema de la lucha contra el antisemitismo y el terrorismo, diciendo:
«Ayer nos perseguían porque no teníamos Estado
y hoy porque lo tenemos». Reveló que ha lanzado un llamamiento
a los jefes religiosos musulmanes para que impidan el aumento del
terrorismo con pretextos religiosos.
Todos somos «hijos de Abraham», recordó, y es imposible
que «este padre se alegre al ver que los hermanos se matan los
unos a los otros». «¡Se ha derramado suficiente
sangre!», afirmó recordando el mandamiento «no
matarás».
Hay que volver a sentarse «en torno a una mesa» para hablar,
insistió el rabino Amar, pues cuando hay diálogo comienza
la solución. Hace falta «paciencia» y «tolerancia»
para construir «puentes» que conduzcan al diálogo
y que permitan «escuchar la sabiduría de los demás»,
cuando cada quien «piensa que tiene razón».
«Si todos tuviéramos esta disponibilidad, el mundo ya
sería diferente», concluía el rabino.
Comunicado
de Mons. Sean Brady, Arzobispo de Armagh – Primado de Irlanda
(94)
El
martes 27 de febrero, Día de la Memoria del Holocausto, señala
el aniversario de la liberación del campo de concentración
nazi de Auschwitz-Birkenau. Uno de los propósitos de señalar
este día es intentar y asegurar que los horrendos crímenes
cometidos durante el Holocausto nunca se repitan en ningún
lugar del mundo (...)
El racismo y la intolerancia siguen alzando sus inquietantes cabezas,
mucho más cerca, aunque en una proporción muy inferior,
y en contextos y circunstancias diferentes. Una sociedad verdaderamente
democrática y tolerante, libre de los males del prejuicio,
racismo y otras formas de intolerancia, reconoce y respeta en todo
momento la dignidad de todos sus ciudadanos, sin distinción
de raza, religión, sexo o condición social.
El Día de la Memoria del Holocausto nos llama a todos a trabajar
para construir tal sociedad. Que el Dios de Abraham, Alá
y Jesucristo, el Dios de la misericordia, justicia y
amor, nos dé fortaleza para contribuir en la construcción
de esa sociedad.
Maynooth,
27 de enero de 2004.
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