La fractura temporaria
entre la unidad de fe y una pretendida "unidad de comunión"
con una jerarquía que omite, calla o altera la doctrina recibida
de Dios y transmitida por la Iglesia, crea en la Iglesia militante
una situación "extraordinaria", es decir
un estado no ordinario y no regular de las cosas. La situación
normal y ordinaria de la Santa Iglesia Católica quiere que
la jerarquía , en la orientación que tiene como misión
de darle desde el exterior, favorezca, o al menos no contradiga la
orientación que su Cabeza invisible le ha dado inicialmente
y que continúa dándole por la gracia (58).
En cambio, cuando la jerarquía contradice esta orientación
que Cristo dió y sigue dando y que nadie tiene derecho a cambiar,
se crea inevitablemente una situación de conflicto y de malestar
en la catolicidad. De conflicto entre la orientación que se
querría obligar a admitir y el sensus fidei de los católicos;
entre el eje de gobierno que se impone y la conciencia que todo Obispo
tiene, o al menos debería tener, de su propia misión.
De malestar entre los fieles que se ven agredidos en la Fe por aquellos
mismos que deberían ser los guardianes y maestros, y que se
encuentran entonces obligados en conciencia a resistir a aquellos
que querrían seguir como Pastores - lo que en tiempos normales
tendrían como deber. De malestar entre esos obispos que sienten
en conciencia el deber de resistir (que no lo hagan por diferentes
motivos es otra cuestión) a la Autoridad que tiene el deber
de asegurar la unidad de Gobierno en la Iglesia. Autoridad con la
cual quisieran y, en tiempos normales, deberían estar en comunión.
Esta situación "extraordinaria" en la Iglesia impone
por otra parte deberes extraordinarios para todos.
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