
El semanario
italiano II Sabato del 30 de julio de 1988 publicó en exclusiva
el texto integral del discurso pronunciado el 13 de julio por el Cardenal
Ratzinger ante la Conferencia Episcopal Chilena a propósito
de los últimos acontecimientos del "caso Lefebvre".
De ese discurso transcribimos aquí los temas principales sobre
el estado de la Iglesia postconciliar.
• Doctrina:
"Muchos comentarios dan la impresión que todo ha cambiado
después del Vaticano II y que lo que lo ha precedido no tiene
ningún valor o, en el mejor de los casos, no lo puede tener
más que
a la luz del Vaticano II (...) muchos lo interpretan como si fuera
el superdogma que quita importancia a todo el resto.
"Esta impresión se encuentra particularmente reforzada
por hechos corrientes. Lo que antes estaba considerado como lo que
hay de más sagrado -la forma transmitida por la liturgia- aparece
degolpe como lo que hay de más prohibido y como la única
cosa que debe ser ciertamente descartada. No se tolera ninguna crítica
a los cambios después del Concilio; sin embargo, cuando están
en juego las viejas reglas o las grandes verdades de la fe -por ejemplo
la virginidad corporal de María, la resurrección corporal
de Jesús, la inmortalidad del alma, etc.- no se reacciona o
bien se lo hace con una moderación extrema. Yo mismo he podido
comprobar, cuando era profesor, que un obispo, que antes del Concilio
había despedido a un profesor irreprochable a causa de su hablar
un poco rústico, después del Concilio fue incapaz de
alejar a un docente que negaba abiertamente las verdades fundamentales
de la fe.
"Todo esto lleva a mucha gente a preguntarse si la Iglesia
de hoy es realmente la de ayer o si se la han cambiado por otra sin
avisarles (...) se ha olvidado a menudo y a veces suprimido con determinación,
la cuestión de la verdad: estamos aquí quizás,
frente al problema crucial de la teología y de la pastoral
de hoy. "La verdad apareció como una pretensión
muy elevada, un "triunfalismo" que no podía permitirse
más. Este processus se manifiesta claramente en la crisis en
que cayeron el ideal y la práctica misioneros (…)
"En efecto, se sacó y se saca la conclusión que
en el futuro hay que tender únicamentea que los cristianos
sean buenos cristianos, los musulmanes buenos musulmanes, los hindúes
buenos hindúes, etc. Pero ¿cómo se puede saber
cuándo alguien es "buen" cristiano o "buen"
musulmán?
"La idea de que todas las religiones no serían -propiamente
hablando- más que símbolos de lo que finalmente es lo
Incomprensible, gana rápidamente terreno en la teología
y ha penetrado ya profundamente en la práctica litúrgica".
• Liturgia:
"Después
del Concilio, muchos han elevado conscientemente "la desacralización"
al nivel de un programa, explicando que el Nuevo Testamento había
abolido el culto del Templo: el velo del Templo, que se desgarró
en el momento de la muerte de Cristo en la cruz, significaría
-según algunos- el fin de lo sagrado (...) Empujados por estos
razonamientos, se han abandonado los ornamentos sagrados; se ha despojado
a las Iglesias, todo lo que se ha podido, del esplendor que recuerda
lo sagrado; y se ha reducido la liturgia al lenguaje ya los gestos
de la vida ordinaria, por medio de saludos, signos comunes de amistad
y cosas parecidas".
El examen de conciencia
Sin embargo el Cardenal Ratzinger no tiene ninguna duda: en el "caso
Lefebvre", "con total certeza", la culpa no puede ser
imputada a la Santa Sede. No obstante, ahora que su Excelencia Monseñor
Lefebvre es, según él, un "hermano separado",
el Cardenal Ratzinger se siente en la obligación de aplicar
en su lugar, los criterios de esta "teología del ecumenismo",
que constituye el descubrimiento fundamental del Vaticano II.
Escuchémoslo:
"Sin ninguna duda, el problema planteado por Lefebvre no
ha finalizado con la ruptura del 30 de junio... Sería demasiado
cómodo dejarse ganar por una suerte de triunfalismo y pensar
que este problema dejó de existir a partir del momento en que
el movimiento de Lefebvre se separó netamente de la Iglesia.
Un cristiano no puede ni debe regocijarse jamás de una desunión.
A pesar que con total certeza, la culpa no puede ser atribuída
a la Santa Sede, es nuestro deber preguntarnos sobre los errores que
hemos cometido y los que estamos cometiendo. Los criterios con los
cuales se evalúa el pasado sobre la base del decreto sobre
el ecumenismo del Vaticano 11, como es lógico, deben valer
para el presente".
Más adelante el Cardenal Ratzinger dirá: "...ante
todo, debemos considerar esta situación como una ocasión
de hacer un examen de conciencia".
¿Es sincero el Cardenal? Suponiendo que lo sea, nos proponemos
ayudarlo en ese "examen de conciencia".
Movimientos sospechosos de herejía
"Estos últimos meses -dice el Cardenal Ratzinger-
hemos invertido un gran esfuerzo en el problema Lefebvre, esforzándonos
sinceramente en crear para su movimiento un espacio vital adecuado
en el seno de la Iglesia. Por esta razón la Santa Sede ha sido
criticada por varios lados. Se ha dicho que habría cedido al
chantaje del cisma; que no habría defendido al Concilio Vaticano
II con la fuerza que se imponía; que mientras trataba con gran
dureza a los movimientos progresistas, se mostraba exageradamente
comprensiva con la rebelión restauradora. El desarrollo de
los acontecimientos ha desmentido suficientemente estas aserciones.
El mito de la dureza del Vaticano antelas desviaciones progresistas
se reveló como una vana elucubración. Hasta hoy no se
han hecho esencialmente más que admoniciones y en ningún
caso se han aplicado penas canónicas propiamente dichas".
Podemos preguntarnos si el Cardenal Ratzinger sabe cuáles son
las verdades de la fe (sin hablar de la moral) que han sido arrancadas
de la conciencia de los católicos por lo que él llama
(por eufemismo) "los movimientos progresistas",
o a lo más cuáles son las "desviaciones progresistas".
El lo sabe porque ha hablado abundantemente de ellos en su libro Informe
sobre la fe; y también, muy brevemente, hace alusión
a ello en el discurso ante la Conferencia Episcopal Chilena, cuando
dice: "No se tolera ninguna crítica a los cambios
operados después del Concilio. sin embargo cuando están
en juego las viejas reglas o las verdades fundamentales de la fe -por
ejemplo la virginidad corporal de María, la resurrección
corporal de Jesús, la inmortalidad del alma, etc, no se reacciona,
o bien se lo hace con una moderación extrema".
El Cardenal Ratzinger sabe entonces perfectamente que estos "movimientos
progresistas" son, propiamente hablando, movimientos sospechosos
de herejía. Hasta llega a deplorar que contra estas herejías
y cuasi herejías, "no se reacciona o bien se lo hace
con una moderación extrema".
Un "signo de los tiempos"
Una cuestión
se plantea: ¿aquél que se expresa así no es 78
el mismo que algunas líneas más arriba había
subrayado los méritos de la Santa Sede al no reaccionar o por
hacerlo con una "moderación extrema"? Sí,
es la misma persona la que por un lado deplora cuando "están
en juego... las grandes verdades de la fe... no se reacciona o bien
se lo hace con una moderación extrema" y por otro lado
afirma que "el mito de la dureza del Vaticano ante las desviaciones
progresistas reveló ser una vana elucubración. Hasta
hoy, no se han hecho esencialmente más que admoniciones y en
ningún caso se han aplicado penas canónicas propiamente
dichas".
No hay que asombrarse ante estas contradicciones: se trata simplemente
de un signo de los tiempos. En efecto, es propio de la "perversión
modernista de la inteligencia", el "no encontrar
ya monstruoso el hábito de afirmar en un mismo discurso proposiciones
incompatibles" (1)
pues "el debilitamiento del sentido lógico es propio
del espíritu de nuestro siglo; y quita a la misma Iglesia (más
exactamente a los hombres de Iglesia) el temor a contradecirse"
(2).
Otra cuestión lógica e inevitable
Pero es peor aún.
Aquél que deplora que "cuando están en juego...
las grandes verdades de la fe... no se reacciona o se lo hace con
una moderación extrema" no es un observador ajeno
a la Iglesia o un simple sacerdote sin ninguna autoridad. Todo lo
contrario. Se trata del Prefecto de la Congregación Romana
para la Fe, ex Santo Oficio, quien después del Papa, o más
bien con el Papa, es el responsable más importante de la salvaguarda
de la Fe en la Iglesia.
Una cuestión lógica surge entonces en el espíritu:
¿por qué se expresa él como si no tuviera ninguna
responsabilidad en la materia?, "no se reacciona -dice-
o bien se lo hace con una moderación extrema".
¿Quién es entonces ese sujeto impersonal que tendría
el deber de reaccionar contra los herejes y las herejías y
no lo hace, o si lo hace, es con una deplorable moderación?
Evidentemente, no se trata de él mismo, Prefecto de la Congregación
para la Fe; no se trata de los obispos, ya que el Cardenal Ratzinger
trae el ejemplo del obispo rígido "antes del Concilio"
(es el Cardenal Ratzinger esta vez, quien remarca la línea
divisoria de las aguas) y reducido a la impotencia "después
del Concilio". Por otra parte, es impensable que el Cardenal
Ratzinger quiera criticar así públicamente al Papa.
No queda más entonces que los innumerables organismos colegiados
que han brotado como hongos venenosos en la Iglesia del Vaticano II,
en nombre de "la colegialidad" episcopal y de la
"descentralización".
El
"profesor" y el "cardenal"
Cuando el Cardenal Ratzinger publicó su Informe sobre la Fe,
se le preguntó:
"¿Quién se expresa en su libro: el Prefecto
del ex Santo Oficio o el «profesor» Ratzinger?"
(...)
Respuesta: "No me asombra que algunos hayan podido experimentar
dudas en este tema. Esta conversación refleja únicamente
mi posición personal. No compromete más que mi responsabilidad
personal, no pone en juicio más que mi competencia personal.
Sería totalmente distinto un documento de nuestra Congregación,
que nace de la responsabilidad colegiada, de un trabajo colectivo,
según consulta a Iglesias locales (3)".
Pues bien hay una "responsabilidad personal" pero
que sólo compromete al "profesor Ratzinger". Cuando
se convierte en "Cardenal Ratzinger", Prefecto de la Congregación
de la Doctrina de la Fe, pierde esta responsabilidad personal: es
cuestión entonces de "responsabilidad colegiada",
lo que constituye una verdadera contradicción in terminis.
En Informe sobre la Fe (4),
a la pregunta: "¿hay todavía verdaderamente «herejes»,
hay todavía «herejías»?, el "profesor
Ratzinger" responde:
"Por empezar, los remito a Id que responde el nuevo Código
de Derecho Canónico, promulgado en 1983, después de
veinticuatro años de trabajos que lo han recompuesto completamente
y perfectamente recolocado en la línea del renuevo conciliar.
En el canon, es decir en el artículo 751, dice. «se llama
herejía a la negación obstinada, después de la
recepción del bautismo, de una verdad que debe ser creída
con fe divina y católica, o la duda obstinada de esta verdad».
"En lo que concierne a las sanciones, el canon 1364 establece
que el hereje -a igual modo que el apóstata y el cismático-
incurre en excomunión lata sententiae. Esto vale para todos
los fieles, pero las sanciones son más severas contra el hereje
cuando es sacerdote. Usted ve, pues, que también para la Iglesia
postconciliar (por lo que valga esta expresión, yo no la acepto,
y explicaré por qué) existen herejes y herejías
nominados por el nuevo Código como «delitos contra la
religión y la unidad de la lglesia» y se ha previsto
la manera de defender de ellos a la comunidad" (pág.
24).
Por lo tanto a título personal, en su calidad de "profesor",
el Cardenal Ratzinger dice que la Iglesia, sociedad perfecta de institución
divina, tiene entre otros poderes, el poder de coerción, que
no se reduce a las "admoniciones", sino que consiste
justamente en aplicar a los negadores contumaces de las verdades de
la Fe, "penas canónicas propiamente dichas ", igualmente
previstas en el nuevo Código. Y también a título
personal en su calidad de "profesor", el Cardenal Ratzinger
sabe que la autoridad no puede renunciar al ejercicio del poder coercitivo
porque la Iglesia "debe velar sobre las cosas de las que
no es más que la depositaria" (pág. 23) y
que "la fe es «un bien común», una riqueza
de todos, comenzando por los pobres, los más desvalidos ante
las desviaciones" (pág. 25).
El "teólogo Ratzinger" también podría
explicar perfectamente que la herejía es de lejos mucho más
grave que el cisma, pues -como explica Santo Tomás (5)-
"el pecado contra Dios es más grave que el pecado
contra el prójimo" y la herejía es un "pecado
contra Dios mismo, en tanto El es la verdad primera sobre la cual
está fundada la Fe, mientras que el cisma se opone a la unidad
de la Iglesia, que es un bien por participación inferior a
Dios mismo".
El "profesor" Ratzinger podría explicarnos
todo esto y alguna cosa más. Pero cuando se vuelve Cardenal
Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, actúa
como si ignorase la enseñanza del "profesor". Y por
ejemplo, como si el canon 1364 no previera que "el hereje
al igual que el apóstata o el cismático incurre en excomunión
latae sententiae" y que las sanciones son agravadas contra
el hereje que es sacerdote; como si el Divino Fundador de la Iglesia
la hubiera dejado sin defensa, impotente frente a la agresión
de los herejes. Todo esto, porque el Cardenal Ratzinger en calidad
de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, no
tiene "responsabilidad personal": le ha sido quitada
para transformarla en una "responsabilidad colegiada"
anónima e impersonal. Lo que permite al Cardenal Ratzinger
deplorar públicamente que frente a las herejías y contra
los herejes "no se reacciona o bien se lo hace con una moderación
extrema".
Abuso del poder anónimo eclesial
Adivinamos así cual es ese "se" impersonal
del que habla el Cardenal Ratzinger. Este sujeto sin rostro y sin
nombre que debiera reaccionar y no reacciona, o lo hace con una "moderación
extrema", aún cuando los eclesiásticos en
los Seminarios o Universidades católicas enseñan a los
sacerdotes y a los futuros sacerdotes que la Santísima Virgen
no es virgen, que Nuestro Señor Jesucristo no resucitó
y entonces no es Dios, que nuestra alma no es inmortal... Con todas
las consecuencias previsibles para el futuro de la Iglesia y la salvación
eterna de las almas. Es esta misma responsabilidad impersonal y anónima
la que hace que "un obispo que antes del Concilio había
despedido a un profesor irreprochablea causa de su hablar un poco
rústico, ha sido después del Concilio, incapaz de alejara
un docente que negaba abiertamente las verdades de la fe".
Este sujeto impersonal es realmente tal, no una persona; está
constituído por diferentes organismos colegiados: es la colegialidad,
otro desgraciado descubrimiento del Vaticano II. Colegialidad que
ha constreñido a los obispos, de buen o mal grado, a abdicar
el poder propio y ordinario que tienen de derecho divino (6)
para dejárselo a la anónima "responsabilidad
colegiada" de las distintas conferencias episcopales.
El principio de colegialidad también ha quitado a los obispos
toda posibilidad de apelación a Roma, porque la Sede Romana,
cuya principal función por mandato divino es defender la Fe
(II Concilio de Lyon), también sacrifica cotidianamente este
deber por respeto a "la colegialidad". Al punto mismo que
el Prefecto de la Congregación Romana calificada anteriormente
ya justo título de "suprema", porque tiene
especialmente la guarda de la fe y la disciplina de la Iglesia, parece,
como nosotros mismos, no tener otras armas contra el error que la
simple... polémica.
Conclusión: hoy la estructura de la Iglesia está profundamente
alterada: el poder efectivo y real no está, como debiera estarlo,
en las manos del Papa y de los obispos, está acaparado por
un poder eclesial anónimo y tiránico, que ha podido
imponer una subversión total en materia doctrinal, litúrgica
y disciplinaria, sin que se sepa exactamente a quién acusar
y ante quién acusar.
Este "poder anónimo" también ha tenido un
rol decisivo en la "excomunión" de Monseñor
Lefebvre. Esta sanción era esperada desde hacía mucho
por la "colegialidad" episcopal francesa, que condicionó
todas las discusiones con Roma, como lo podemos comprender de la lectura
del discurso del Cardenal Ratzinger y como la prensa "católica"
francesa lo mostró en esos días.
Lo
que el Cardenal Ratzinger no deplora
El Cardenal Ratzinger deplora pues, que cuando las verdades de la
fe son cuestionadas "no se reacciona o bien se lo hace con una
moderación extrema". En el Informe sobre la Fe, sin embargo,
a la pregunta de saber "si le había costado pasar
de la condición de teólogo (aunque sujeto a la atención
vigilante de Roma) a la de control del trabajo de los teólogos",
el Cardenal Ratzinger responde: "Nunca hubiera aceptado este
servicio de la Iglesia, si mi deber hubiera consistido ante todo en
controlar. Con la reforma nuestra Congregación ha conservado,
por supuesto, los deberes de decisión que pueden entrañar
intervenciones de orden disciplinario, pero el Motu Proprio de Pablo
VI le da como objetivo prioritario un rol constructivo, el de «promover
la santa doctrina para dar nuevas energías a los mensajeros
del Evangelio" (pág. 20).
Entonces, el Cardenal Ratzinger está totalmente con el espíritu
del Motu Proprio Integrae Servandae de diciembre de 1965, por el cual
Pablo VI redujo a la impotencia al Santo Oficio. Al igual que Pablo
VI él tiene, en efecto, una predilección por el "método
de exhortaciones y admoniciones, que reclama pero no condena, advierte
pero no obliga, dirige pero no manda" (7).
Como Pablo VI que denuncia los males de la Iglesia, pero en ese mismo
acto revela una mentalidad que reduce la autoridad a una "función
puramente didáctica" (8),
el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe denuncia
los muy graves atentados sufridos en materia doctrinal, pero no lo
hace como juez; denuncia con franqueza, pero hechos, no personas,
muy feliz de no tener que condenar.
Sin embargo la Iglesia, despojada de su poder coercitivo, se encuentra
en el estado de una ciudad desarmada invadida por malhechores. Es
por eso que, conforme a la voluntad de su Divino Fundador, "entre
las partes integrantes del cargo supremo siempre se han contado los
actos de gobierno, que consisten en mandar y obligar y sin los cuales,
aún la enseñanza de las verdades de la fe quedarían
en puro enunciado teórico y escolar. Para mantener la verdad
es necesario:
1°) reprender el error desde lo alto de la
cátedra de enseñanza, lo que se hace refutando los argumentos
del error y demostrando que no concluyen;
2°) apartar al errado del puesto que ocupa,
lo que se hace mediante un acto de autoridad en la Iglesia.
Si este acto de autoridad pontificia falta (...) se comprueba
un «retraimiento de la mano del Señor, brevatio manus
Domini» (9)",
Es innegable que el Cardenal Ratzinger no puede o no quiere superar
los aspectos más notorios de la crisis actual. Y el aspecto
más grave de lo que él mismo denuncia, no se encuentra
en la existencia de herejes y herejías en el seno de la Iglesia:
eso ha existido siempre. El aspecto más grave y absolutamente
nuevo, es que esos herejes y esas herejías puedan multiplicarse
sin ninguna dificultad. Y eso porque el poder coercitivo de la Iglesia
ha sido paralizado por un Pontífice, Pablo VI, que habría
hecho suya la mentalidad de esos liberales que-escribía León
XIII en su encíclica Libertas "reconocen a la Iglesia...,
pero no le reconocen el origen y los derechos de una sociedad perfecta,
que tiene el poder real de hacer leyes, de juzgar, de castigar, sino
solamente la facultad de exhortar, de persuadir, de gobernar a los
que espontánea y voluntariamente se someten a ella",
y que "con tales ideas desnaturalizan el concepto esencial
de esta sociedad divina, a la que le reducen y debilitan la autoridad,
el magisterio, la influencia". Pablo VI tenía una
mentalidad liberal que desgraciadamente se perpetúa en sus
sucesores.
Conclusión lógica
Estando así las cosas en la Iglesia, todos los "Informes
sobre la Fe" del Cardenal Ratzinger, dejando aparte la satisfacción
que puede procurar a algunos, no hacen más que mostrar, si
fuera todavía necesario, el lastimoso estado de la Iglesia
y quitan toda esperanza, al menos en lo inmediato, de un renacimiento.
De la lectura de su discurso es evidente que no solamente la liturgia
y la doctrina católica han sido y siguen siendo todavía
desfiguradas muy gravemente "después del Concilio",
sino más aún -y esto es mucho más grave- que
en la Iglesia "después del Concilio" nadie
más es responsable, ni como acusado, ni como juez, estando
toda responsabilidad personal diluída en la "responsabilidad
colegiada".
Esto es evidentemente anormal en la Iglesia; es un estado extraordinario
que autoriza medidas extraordinarias: "Si un órgano no
ejerce sus funciones esenciales e indispensables, los otros órganos
tienen el derecho y el deber de utilizar el poder que tienen en la
Iglesia, para que la vida de la Iglesia esté garantizada y
que su fin sea alcanzado. Si las autoridades eclesiásticas
se niegan a ello, la responsabilidad de los otros miembros de la Iglesia
aumenta, pero también sus derechos (10)".
El mismo Cardenal Ratzinger testimonia en su discurso que Roma no
asegura más su función indispensable y los obispos tampoco,
o bien se encuentran en la imposibilidad de utilizar el poder que
tienen de derecho divino en la Iglesia para la salvación de
las almas. Por lo tanto, el mismo Cardenal Ratzinger prueba así
este estado de necesidad y el derecho que de él deriva, derecho
al que se refirió Su Excelencia Monseñor Lefebvre el
30 de junio de 1988. Es pues el Cardenal quien viene a confirmar la
inexistencia del famoso "cisma" y la invalidez de la excomunión
(11).
¿Es sincero el Cardenal Ratzinger? Si lo es, debiera sacar
de su discurso la conclusión lógica que se impone: todos
los males de la Iglesia y por consiguiente el estado de necesidad
cesarán cuando Roma vuelva a ser Roma guardiana de la Fe, y
de la disciplina de la Iglesia.
Entonces los obispos volverán a ser obispos pues "el relajamiento"
de la autoridad del Papa acarrea el relajamiento de todas las otras
autoridades de la Iglesia (12).
Entretanto, obrando y rezando a fin de que suene la hora de la misericordia
divina, es justo devolver al Cardenal Ratzinger su afirmación:
en el "caso" Lefebvre, para el pasado y para el presente,
sin ninguna duda, la responsabilidad debe ser atribuida a la Santa
Sede, cuya autoridad de derecho divino "cede y se desmorona bajo
los empujes centrífugos de la nueva eclesiología democratizante"
(13).
Promemoria para el Cardenal Ratzinger
En lo que concierne al contenido de este "discurso sobre la fe",
pronunciado por 'el Cardenal Ratzinger ante la Conferencia Episcopal
Chilena, brevemente hacemos observar esto:
1) La cuestión litúrgica no se reduce al tema
de "lo sagrado"
Aún si es celebrado sin ningún abuso y hasta acompañado
de canto gregoriano, el nuevo rito de la Misa se aleja de manera impresionante
de la teología católica, aproximándose al mismo
tiempo y de manera no menos impresionante a la teología herética
protestante que niega el sacerdocio ministerial, la Presencia Real
y el carácter Sacrificial de la Misa, reduciéndola a
una simple conmemoración. Los cardenales Ottaviani y Bacci,
enseguida y firmemente denunciaron esto: el Novus Ordo "se
aleja de manera impresionante, en el conjunto como era el detalle,
de la teología católica de la Santa Misa" (Breve
examen crítico del Novus Ordo Missae).
Los mismos protestantes de la Confesión de Augsbourg y
de Lorena, lo reconocieron:
"Hoy debiera ser posible a un protestante reconocer en la
celebración eucarística católica la cena instítuída
por el Señor (...) Nos interesa el uso de las nuevas plegarias
eucarísticas en las cuales nos reencontramos y que tienen la
ventaja de esfumar la teología del sacrificio (14)..."
Max Thurian, pastor calvinista de Taizé declara lo misrno:
que "uno de los puntos (del Novus Ordo) será quizás,
que comunidades no católicas podrán celebrar la Santa
Cena con las mismas plegarias que la Iglesia Católica"
(15). Por otra
parte puede ser por eso, que no tuvo ninguna dificultad en hacerse
ordenar sacerdote católico permaneciendo protestante.
El mismo Osservatore Romano del 13 de octubre de 1967 admitía
que "la reforma litúrgica ha dado un importante paso
adelante en el campo del ecumenismo y se ha aproximado a las formas
litúrgicas de la iglesia luterana".
Un observador profano, el filósofo existencialista N. Abbagnano
escribió en el diario italiano La Stampa del 15 de marzo de
1983:
"El Concilio Vaticano II ha eliminado o atenuado muchos aspectos
tradicionales del rito católico, acercándolo a la participación
total de los creyentes, que habrá sido el fundamento del luteranismo".
2) Los pretendidos "abusos" litúrgicos son,
en realidad, verdaderos "usos"
Los pretendidos "abusos litúrgicos" son en realidad
usos autorizados por la movilidad del rito que deja muy amplia iniciativa
a las conferencias episcopales, a sus comisiones y subcomisiones litúrgicas,
y que permite "la creatividad de la Asamblea" y de su "presidente".
Es en virtud de esta movilidad, que tan numerosas celebraciones se
transforman en profanaciones colectivas del Cuerpo y de la Sangre
de Cristo y que la misma validez de la Consagración no esté
más'garantizada como antes, por la estabilidad del rito fijado
por Roma.
3) El concepto de separación entre Concilio yTradición
no es fruto de una valoración exagerada
No es un 'estrechez de pensamiento" como lo afirma el Cardenal
Ratzinger, lo que "aísla al Concilio Vaticano II (de la
Tradición) y que provoca la oposición".
No. Ciertos textos del Concilio están realmente separados de
la Tradición y no pueden en ningún caso ser conciliados
con ella. No es solamente que "muchos comentarios dan la impresión"
que con el Vaticano II todo ha cambiado y lo que lo ha precedido no
tiene más valor. No. Existen textos del Concilio que han constituido
un cambio en relación a lo que precedía y que por consiguiente
necesitan una elección: o Vaticano II o la Tradición.
Textos como Nostra Aetate para las religiones no cristianas,
Unitatis Redintegratio para el ecumenismo y Dignitatis
Humanae sobre la "libertad religiosa" conducen efectivamente,
y con razón, "a preguntarse si la Iglesia de hoy es
realmente aquella de ayer o si se la ha cambiado por otra"
sin siquiera tomarse el trabajo de advertírselo a los católicos.
Existe un problema que no reside en una excesiva valoración
del Concilio, pero que es -hecho gravísimo querer conciliar,
contra toda lógica, "proposiciones incompatibles";
cosa evidentemente imposible para aquel a quien "la perversión
modernista de la inteligencia" es decir, "el debilitamiento
del sentido lógico" no le ha quitado "el temor de
contradecirse".
Es absolutamente imposible presentar todo el Vaticano II como "una
parte de la íntegra y única Tradición de la Iglesia
y de su fe". Salvo que se quiera para esto abolir los principios
de igualdad y de no contradicción, o inventar -lo que no nos
asombraría demasiado en esta época propicia a los "inventores"-
una noción- totalmente nueva de "Tradición"
en la cual habría lugar tanto para la verdad como para el error
correspondiente.
NOTAS
(1) R.
Th. Calmel O. P., Bréve apologie pour l'Eglise de toujours,
en Itinéraires, sept.-oct. 1987, pág. 11.
(2) R. Amerio, Iota
Unum, Paris, N. E. L., 1985, nª 38, pág. 71. (3) LeFigaro,
8-9 de junio de 1985 (cita reproducida del italiano).
(4) Paris, Fayard,1985,
pág. 24.
(5) Ha. IIae., q. 39,
a. 2.
(6) Cfr. Vaticano I,
Denzinger 1828. (7) R. Amerio, ob. cit, n4 65, pág. 129. (8)
Ob. cit., nª 66, pág. 131.
(9) Ob. cit., nª
65, págs. 128-129.
(10) C. May, Notwehr,
Widerstand und Notstand, Viena, Mediatrix-Verlag, 1984.
(11) Cfr. Courrier de
Rome, "Ni schismatiques ni excommuniés". (12) R.
Amerio, ob. cit., nª 65, pág. 127.
(13) Ob. cit., n4 322,
pág. 588.
(14) L'Eglise en Alsace,
enero de 1974, citado por L. Salleron, en La Nouvelle messe, Paris,
N. E. L., 2ª ed.1981, págs. 193-194.
(15) La Croix, 30 de
mayo de 1969, citado por L. Salleron, pág.
193.