DEBERES EXTRAORDINARIOS DE LOS LAICOS


Acusados de no estar en comunión con la Iglesia militante, los laicos responden con Santa Juana de Arco: Sí, yo me uno, pero "Dios sea servido primero". Acusados de desobedecer al Papa explican que "el Espíritu Santo fue prometido a los Sucesores de Pedro, no para que ellos revelen una nueva doctrina; sino para que bajo Su asistencia conserven en toda su pureza y expongan fielmente la Revelación transmitida por los Apóstoles que es el depósito de la Fe" (59) y que "el poder del Papa no es ilimitado: no sólo porque El no puede cambiar nada de lo que es de institución divina (suprimir la jurisdicción episcopal, por ejemplo) sino porque puesto para construir y no para destruir (2 Cor.10) está obligado por la ley natural a no sembrar la confusión en el rebaño de Cristo" (60).
Y en su corazón gimen con Santa Catalina (61): "Santidad, haced que no me queje de Vos a Jesús Crucificado. No puedo quejarme ante otros pues Vos no tenéis superiores sobre la tierra".
En la práctica, aferrados a la doctrina y a las costumbres tradicionales de la Iglesia, resisten a las "novedades" queridas, alentadas o permitidas desde arriba, creyendo contra toda apariencia humana y esperando contra toda esperanza humana que la desorientación pasará porque "las Puertas del Infierno no prevalecerán" y la Esposa de Cristo "no puede perder el recuerdo" de la divina Tradición (62).
Su santa "objeción de conciencia" parece lacerar la unidad visible de la Iglesia: los católicos sufren pero saben que no son responsables; saben sobre todo que no les está permitido actuar de otra manera. Aman a la Iglesia y profesan firmemente el Primado de Pedro; están prontos a obedecer a su Sucesor en la medida en que él actúe como Sucesor de Pedro; pero saben también que, en el estado extraordinario de cosas que viven, tienen el deber de resistirle incluso a él o a quien actúe en su nombre, "en el Nombre de Uno más grande" (63).
La decisión de su sensus fidei está confortada por la gran teología católica: San Agustín, San Cipriano, San Gregorio en el comentario del famoso episodio de Antioquía, Torquemada, Banez, Vitoria, Suarez, Cayetano, San Roberto Belarrnino, Santo Tomás de Aquino y otros autores seguros enseñan que "el peligro para la fe" y el "escándalo público", particularmente en materia doctrinal, hacen no sólo lícito sino justo resistir públicamente a la jerarquía y al Pontífice mismo.
Lícito porque "así como es lícito resistir al Pontífice que agrede al cuerpo, así también es licito resistir al Papa que agrede a las almas o que turba el orden civil, y con mayor razón al Papa que intenta destruir a la Iglesia", (64)
Justo porque con la Fe está en juego la propia salvación eterna y la de los otros, y con la salvación, la gloria que el hombre debe a su creador según el plan divino. Es a su Ley Eterna que deben referirse todas las relaciones naturales y sobrenaturales entre las criaturas. Nadie está exento.(65) Es por ello que Santo Tomás escribe: "Si hubiera un peligro para la Pe, los subordinados estarían obligados a reprender a sus prelados incluso públicamente" (66) y Cayetano dice: "Se debe resistir al Papa que destruye abiertamente a la Iglesia". (67)


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