De nada sirve invocar
en este punto un poder de "discernimiento" propio del Magisterio.
Un poder tal, en efecto, se ejerce sobre lo "nuevo" para
definirle la homogeneidad o la heterogeneidad respecto de lo "antiguo";
no se ejerce sobre lo "antiguo" más que para confirmarlo
y reproponerlo, esto porque lo "antiguo" es ese "tesoro
de familia" que no debe ser dilapidado sino guardado y transmitido
con celoso cuidado (64).
Ningún "discernimiento", en consecuencia, corresponde
al Magisterio en lo que concierne a las doctrinas ya definidas por
el Magisterio extraordinario infalible (el Papa ex cathedra o Concilio
dogmático). Ningún discernimiento tampoco a ejercerse
en lo extraído de las doctrinas explícitas, constante
y unánimemente enseñadas y sostenidas en la Iglesia,
porque esas doctrinas, en las condiciones enunciadas, comprometen,
al igual que los Concilios dogmáticos o las definiciones ex
cathedra, la infalibilidad de la Iglesia in docendo (Magisterio ordinario
infalible) e in credendo (infalibilidad pasiva de los creyentes).
Cuestionarlos, en efecto, "conduciría necesariamente a
decir que todos tos fieles de todos los tiempos, todos los santos,
los castos, los continentes, las vírgenes, todos los clérigos,
los sacerdotes, los obispos, los miles de confesores, los ejércitos
de mártires, un gran número de ciudades y de pueblos,
de islas y provincias, de reyes, de reinos y de naciones, en una palabra
el conjunto del mundo incorporado por la fe católica a Cristo,
que es cabeza, durante un tan gran número de siglos, habría
dado prueba de ignorancia, se habría equivocado, habría
blasfemado, sin saber lo que se debía creer" (65).
Es tan seguro que ningún error puede surgir en la Iglesia sin
suscitar la reacción de un determinado número, así
fuera limitado, de creyentes, que perciben la oposición al
Magisterio precedente (infalibilidad pasiva de la Iglesia), como es
cierto que, en un plazo relativamente corto, el Magisterio desechará
este error como cuerpo extraño al depósito de la fe
(infalibilidad activa) (66).
Es por eso que, en materia ya definida o dada por cierta por el Magisterio,
o aún solamente enseñada y creída constantemente
en la Iglesia, los mismos Concilios dogmáticos, en los cuales
los Obispos, cum Petro et sub Petro, sesionan como indices fidei,
es decir como aquellos que definen la Fe, no tienen más que
un derecho de examen aprobatorio o confirmatorio, mas no un derecho
de examen dubitativo o de puesta en duda. ¿Cómo un acto
del Magisterio "auténtico" no infalible, corno el
Vaticano II, tendría el poder de negar, de poner en duda o
aún solamente de volver sobre las decisiones o sobre una doctrina
explícita, cierta, constante de la Iglesia?
Se sigue que, sobre los puntos en que el último Concilio contradice
lo que en la Santa Iglesia ha sido enseñado y sostenido, particularmente
en materia de ecumenismo, de judaísmo, de falsas religiones
y de relaciones Iglesia-Estado, los católicos, moralmente seguros
del error, no deben al Vaticano II ningún respeto religioso
interno ni un silencio respetuoso (68);
bien por el contrario, estando la fe católica en peligro y
habiéndose revelado vano todo recurso a la autoridad, tienen
el deber expreso de manifestar públicamente su desacuerdo (69).
Comportarse o exigir que se comporte de otra manera, significaría
atribuir al Vaticano II una autoridad que no le corresponde.
Lo "antiguo", criterio de
discernimiento entre un desacuerdo herético y un desacuerdo
católico
Entonces, aún
si se quisiera hacer abstracción de los numerosos "abusos"
(70) a los
que el Concilio abrió ampliamente las puertas con su "prurito
de novedades", lo "nuevo" que sólo con los textos
conciliares ha hecho irrupción en la Iglesia, no es un desarrollo
legítimo, sino una auténtica corrupción doctrinal.
Cuatro hechos lo confirmarían si fuera necesario:
1) Lo "nuevo" del Vaticano II es a tal punto nuevo que se
puede, como todos lo hacen (el Cardenal Ratzinger inclusive), establecer
con precisión su acta de nacimiento: ("antes del Concilio"
"después del Concilio") (71).
Ahora bien, es propio de los errores doctrinales el estar fechados,
pero no lo es de la Fe católica que, como irónicamente
decía San Atanasio a los obispos arrianos, no es "un documento
imperial" (72).
2) Lo nuevo del Vaticano II es tan nuevo que ha provocado en todo
el mundo católico, como lo ha admitido el Cardenal Ratzinger,
la reacción del "sensus fidei", y como consecuencia,
la ruptura del consenso unánime en materia de fe, del que gozaba
la Iglesia antes del Vaticano II (73).
Y la reacción del "sensus fidei" en los católicos
suficientemente informados del tema (porque esperar una reacción
de aquellos que no están informados equivale, según
expresión de Melchor Cano (74),
a preguntarle el color de un objeto a un ciego), ésta reacción
entonces del "sensus fidei", al ser el eco del Magisterio
infalible de la Iglesia, es uno de los criterios de la divina Tradición
(75): es el
"murmur populi" del que habla San Agustín, murmullo
del pueblo que se levanta cuando la "quaestio" es de tal
naturaleza, que no puede escapar al conocimiento popular (76)
(es el caso de la "reforma" litúrgica); San Hilario
habla de "aures populi sanctiores quam corda sacerdotum"
(77): oídos
del pueblo más santos que los corazones de los sacerdotes,
cuando éstos, habiendo abandonado la integridad y la pureza
de la Fe católica, enseñan cosas que son contrarias
a lo que estos oídos estaban acostumbrados a oír; es
en una palabra, la expresión de la infalibilidad pasiva, por
la cual "cuando se toca alguna cosa que concierne a la fe, los
espíritus necesariamente se turban por esto: se toca en ese
momento a la Iglesia en su parte más viva y más sensible
y el Espíritu de verdad que la anima no permite que novedades
de este tipo surjan sin oposición" (78).
El desacuerdo progresista reviste un significado totalmente contrario,
a) porque no rinde testimonio del Magisterio constante
de la Iglesia, sino que al contrario, empuja a contradecirlo; el asentimiento
o disentimiento no tienen en la Iglesia valor en sí: no lo
tienen más que en la medida en que atesten una armonía
o una oposición del Magisterio actual de la Iglesia con su
Magisterio anterior; la Iglesia, en efecto, no es una democracia y
la infalibilidad de los fieles es una infalibilidad pasiva, es decir,
un efecto del Magisterio infalible.
b) Aquí también es lo "antiguo"
lo que determina el valor herético o católico del desacuerdo
de los fieles: de ningún modo se puede poner en el mismo plano
la "tendencia" que "parece reconocer como justo (solamente)
lo que es nuevo" y la tendencia que rechaza lo "nuevo"
por la única razón de su oposición a lo "antiguo".
3) Lo "nuevo" del Vaticano II es tan nuevo que lejos de
"conservar la doctrina precedentemente poseída" (79),
lucha por descartarla y no cesa de "molestar y de perseguir lo
antiguo", pretendiendo que corresponde a la "fe antigua"
cesar de "oponerse con todas sus fuerzas a la novedad" (80).
4) Lo "nuevo" del Vaticano II es tan nuevo que la Iglesia
ya lo había desechado como cuerpo extraño a su "tesoro",
es decir, a la Revelación divina. Los textos del Vaticano II,
en efecto, retoman a menudo literalmente los errores en materia de
ecumenismo, de relaciones Iglesia-Estado, de "libertad religiosa"
y de otras llamadas "libertades modernas". Ahora bien, es
imposible, aún terminantemente absurdo, que errores ya combatidos
y rechazados por—la Iglesia puedan, en un segundo tiempo, ser
reconocidos por ella como progresos doctrinales (81):
o bien la Iglesia se habría equivocado ayer, o bien se equivocaría
hoy.
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