Planteado esto, está
claro que los teólogos posteriores al siglo XVIII, cuando ponen
el acento en el sujeto de la Tradición y entonces en el Magisterio
como "Tradición viva", hablan del Magisterio infalible
(21), en el
cual no hay duda que el objeto de la enseñanza, en virtud de
la asistencia divina, se identifica con el "depósito de
la Fe", es decir, con la Tradición en sentido objetivo.
Sin embargo, en este mismo Magisterio infalible, sujeto y objeto de
la Tradición permanecen bien diferenciados: el Magisterio infalible
no es, en si mismo, fuente de la Revelación; lo es solamente
para nosotros, tiene a su vez su fuente en las Sagradas Escrituras
y en la Tradición; nosotros abrevamos como en una fuente próxima
en el Magisterio infalible, y el Magisterio infalible, a su vez, abreva
en las fuentes lejanas y últimas de la Revelación (22).
El título de "Tradición viva", por el contrario,
no puede atribuirse de ninguna manera al Magisterio auténtico,
no infalible; el examen del objeto propuesto por éste a nuestra
conciencia, no solamente es lícito, sino que aún puede
resultar necesario. La Iglesia, en efecto, así como exige para
el Magisterio infalible un asentimiento firme, irrevocable, incondicional,
demanda para el Magisterio auténtico, un asentimiento relativo
y condicionado: condicionado sobre todo, por la fidelidad de la enseñanza
propuesta al depósito de la Fe (23).
Y es lógico: "la orden de creer firmemente sin examinar
el objeto (...) no puede obligar realmente, más que si la autoridad
es infalible" (24),
y la Iglesia jamás ha atribuido a lo falible los derechos de
la infalibilidad (25).
Vaticano II: el examen del objeto es lícito y necesario
El Vaticano II es un acto del Magisterio auténtico no infalible,
caracterizado además por la más grande imprudencia.
• No infalible
Lo atestan: el discurso de apertura de Juan XXIII, la notificación
del Secretariado del Concilio (16 de noviembre de 1964), los actos
mismos del Concilio, las repetidas afirmaciones de Pablo VI desde
la clausura del Concilio (26),
Su Santidad Juan Pablo II, que en los textos considerados habla solamente
de "Magisterio auténtico" y, finalmente el mismo
Cardenal Ratzinger, que en el discurso ante la Conferencia Episcopal
Chilena admitió:
"La verdad es que el mismo Concilio no ha definido ningún
dogma, y ha querido conscientemente expresarse en un nivel más
modesto, simplemente como un Concilio pastoral (27)".
La forma "extraordinaria" en la que este acto del Magisterio
auténtico se ejerció, a saber la de un Concilio ecuménico,
no acrecienta su autoridad, puesto que ésta depende del grado
(infalible o "simplemente" auténtico), y no de la
forma de ejercicio del Magisterio, que puede ser ordinario, es decir
ligado al simple ejercicio de la función papal o episcopal,
o bien extraordinario. Es por eso que se encuentra en la Iglesia un
Magisterio ordinario infalible y puede existir, como pasó con
el Vaticano II, un Magisterio extraordinario simplemente auténtico,
no infalible (28).
Resulta que el examen del objeto propuesto a nuestra aceptación
por el Vaticano II es lícito.
- Caracterizado por la más grande imprudencia
El Concilio Vaticano 11 es un acto del Magisterio auténtico
no infalible, guiado, por añadidura, por obispos no eminentes
"amore et studio doctrina ab Apostolis traditae ac pari detestatione
omnis novitatis" (29),
es decir por apego a la Tradición y por el horror a toda novedad,
sino más bien eminentes "amare et studio omnis novitates
ac detestatíone doctrinae ab Apostolis traditae", es decir
por un "prurito de novedades" y por aversión a la
Tradición; guiado también por "teólogos"
-los verdaderos autores del Concilio- anteriormente condenados por
el Santo Oficio porque acostumbraban despreciar las reglas de la Fe,
como demostró irrefutablemente el postconcilio. Esta característica
del Vaticano II está atestiguada con autoridad por el Cardenal
Ratzinger. A este "verdadero" Concilio... "ya en el
momento de las sesiones, después de más en más
durante el período que siguió, se opuso un pretendido
«espíritu dei Concilio» que, en realidad, es un
verdadero «anti-espíritu». Según este pernicioso
KonzilsUngeist, todo lo que es «nuevo» (o presuntamente
tal ¡cuántas herejías han reaparecido en estos
años, presentadas como novedades!) siempre sería, fuera
lo que fuera, mejor que lo que ha sido o que lo que es. Es el anti-espíritu
según el cual la historia de la Iglesia debiera comenzar a
partir del Vaticano II, considerado como una especie de punto cero
(30)".
La impostura
Exigir para el Concilio Vaticano II, Magisterio auténtico no
infalible, el asentimiento ciego debido sólo al Magisterio
infalible, constituye -hay que decirlo- una impostura: es atribuir
al último Concilio una autoridad que la Iglesia no le reconoce
y que los mismos hombres de Iglesia no se arriesgaron nunca a reconocerle
apertis verbis. Polemizando con los protestantes, S. Harent escribía:
"Aún en el orden eclesiástico y religioso, se concibe
todavía un tribunal falible, siempre que se contente con, recordar
las verdades ya definidas o profesadas por todos los cristianos, con
urgir su aplicación con medidas disciplinarias, excomuniones:
pero que semejante tribunal pretenda zanjar definitivamente y sin
apelación una controversia de fe, es decir, una cuestión
nueva y libremente discutida y quiera, por su decisión, obligar
a la fe cristiana, a la fe soberanamente firme e inquebrantable, a
ir en un sentido más que en otro, es lo falible usurpando lo
que no conviene más que a lo infalible, es una tiranía
de conciencias (31)".
Es a esta pretensión y hasta una pretensión peor, que
los católicos se encuentran hoy en el deber de resistir. Peor,
porque lo que se quiere imponerles de una manera inadmisible no concierne
a una materia nueva y sometida a la libre discusión, sino por
el contrario, una materia ya zanjada, como lo veremos, por el Magisterio
de la Iglesia.
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