"Si
alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí
mismo, lleve su cruz y sígame"
"Que
tome su cruz. La cruz suya." Que este hombre, que esta mujer
excepcional tome con alegría, abrace con entusiasmo y lleve
sobre sus hombres con valor su cruz y no la de otro; su cruz, que
mi sabiduría fabricó para él, con número,
peso y medida; su cruz, cuyas cuatro dimensiones tracé por
mi propia mano con extraordinaria exactitud, esto es, su grosor, su
longitud, su altura y su profundidad; su cruz, que yo mismo le he
labrado de un trozo de la llevada por mí en el Calvario, cual
rasgo de la infinita bondad con que le amo; su cruz, que es el mayor
presente que puedo hacer a mis elegidos en esta tierra; su cruz, compuesta
en cuanto a su grosor de pérdidas de bienes, de humillaciones,
de menosprecios, de dolores, de enfermedades y de penas espirituales,
las cuales, por permisión mía, le acompañarán
todos los días hasta la muerte; su cruz, compuesta en cuanto
a su longitud: de una cierta duración de meses o de días
en que se verá estrujado por la calumnia, postrado en su lecho,
reducido a mendigo y a ser presa de las tentaciones, de las arideces,
abandonos y otras congojas espirituales; su cruz, compuesta en cuanto
a su anchura: de todas las circunstancias las más duras y las
más amargas, ya vengan de parte de los amigos, de los criados
o de sus familiares; su cruz, en fin, compuesta en cuanto a su profundidad:
de las penas más ocultas con que le afligiré, sin que
te sea dado hallar consuelo en las criaturas, las cuales, por orden
mía, le volverán las espaldas y se le unirán
a mí para hacerle padecer.
"Que la lleve" y que no la arrastre, ni la arroje
de sí, ni la recorte, ni la oculte. Es decir, que la lleve
erguida, sin impaciencia ni repugnancia, sin queja ni crítica
voluntaria, sin partijas ni miramientos naturales, sin rubor y sin
respeto humano. Que la ponga sobre su frente, diciendo con San Pablo:
"No me gloriaré en otra cosa, sino en la cruz de nuestro
Señor Jesucristo."
Que la lleve a cuestas a ejemplo de Jesucristo, a fin de que esta
cruz se transforme en arma de sus conquistas y en cetro de su imperio,
según aquello que dijo Isaías: "su imperio está
sobre su hombro."
Por último, que la grabe en su corazón por el amor,
para transformarla en zarza ardiente que de noche y de día
se abrase en el puro amor de Dios, sin que llegue a consumirse.
"Que lleve la cruz." Nada hay tan necesario, tan
útil, tan dulce y tan glorioso como el padecer algo por Jesucristo.
En realidad, mis queridos amigos de la Cruz, todos sois pecadores;
nadie hay entre vosotros que no merezca el infierno, y yo, más
que ninguno. Es menester que nuestros pecados sean castigados en este
mundo o en el otro: si lo son aquí abajo, no lo serán
en el otro.
Si de acuerdo con nosotros, Dios los castiga acá, será
un castigo amoroso; será la misericordia que reina en este
mundo la que castigará y no la rigurosa justicia; será
castigo ligero y de poca duración, acompañado de dulzuras
y de méritos y seguido de recompensas en el tiempo y en la
eternidad.
Mas si el castigo indispensable a los pecados que hemos cometido queda
reservado para el otro mundo, será la justicia inexorable de
Dios, que todo lo lleva a sangre y fuego, la que ejecutará
la condena.
Castigo espantoso, indecible, inconcebible, sin compasión,
sin piedad, sin mitigación, sin méritos, sin límites,
sin fin. No, no tendrá fin; ese pecado mortal que en un instante
cometisteis, ese mal pensamiento voluntario que escapó a vuestro
conocimiento, esa diminuta acción contra la ley de Dios, de
tan corta duración, será castigado por toda una eternidad,
mientras Dios sea Dios, con los demonios en los infiernos, sin que
ese Dios de las venganzas se apiade de vuestros espantosos tormentos,
de vuestros sollozos y de vuestras lágrimas, aunque fueran
capaces de hendir los peñascos.
¿Pensamos en esto, queridos hermanos y hermanas, cuando tenemos
alguna pena en este mundo?
¡Cuán felices somos pudiendo hacer un cambio tan ventajoso,
de una pena eterna e infructuosa, por una pasajera y meritoria, llevando
la cruz con paciencia! ¡Son tantas las deudas contraídas!
¡Cuántos pecados cometidos, para cuya expiación,
aún después de una contrición amarga y una confesión
sincera, habremos de padecer siglos enteros de purgatorio, por habernos
contentado con hacer penitencia muy liviana en este mundo! Satisfagamos
amistosamente en este mundo, llevando perfectamente nuestra cruz.
En el otro, todo hay que pagarlo estrictamente, hasta el último
maravedí, hasta la última palabra ociosa. Si lográramos
arrancar de manos del demonio el libro de muerte en que lleva anotados
todos nuestros pecados y el castigo que merecen, ¡qué
"debe" tan enorme hallaríamos y qué encantados
estaríamos de padecer aquí abajo, durante años
enteros, antes de haber de sufrir un solo día en la otra vida!
¿No os preciáis, mis amigos de la Cruz, de ser amigos
de Dios o de querer llegar a serlo? Decidíos a apurar el cáliz
que es forzoso beber para ser amigos de Dios. Excelente cosa es anhelar
la gloria de Dios, pero desearla y pedirla sin decidirse a padecerlo
todo es una locura, una petición estrafalaria. Es menester,
es una necesidad, es una cosa indispensable, no hay otro medio de
entrar en el reino de los cielos si no es por multitud de tribulaciones
y de cruces.
Os gloriáis, y no sin razón, de ser hijos de Dios. Gloriaos
asimismo de los castigos que este Padre amoroso os ha dado, de los
que os dará en adelante, pues sabido es que castiga a sus hijos.
Si nos os contáis en el número de sus amados hijos,
pertenecéis, como dice San Agustín, al número
de los réprobos. Quien no gime en este mundo cual peregrino
y extranjero, no podrá alegrarse en el otro como ciudadano
del cielo. Si de tiempo en tiempo no os envía el Señor
alguna cruz señalada, es porque ya no se cuida de vosotros,
es que ya se ha enojado con vosotros, es que ya no os considera sino
como extraños, ajenos a su casa y protección, o como
hijos bastardos que, no mereciendo tener parte en la herencia de su
padre, tampoco merecen sus cuidados y protección.
Amigos de la cruz, discípulos de un Dios crucificado, el misterio
de la cruz es un misterio ignorado por los gentiles, repudiado por
los judíos, menospreciado por los herejes y por los católicos
ruines; pero es el gran misterio que debéis aprender prácticamente
en la escuela de Jesucristo y que únicamente en ella aprenderéis.
En vano rebuscaréis en todas las academias de la antigüedad
algún filósofo que la haya encomiado; en vano apelaréis
a la luz de los sentidos o de la razón; nadie sino Jesucristo
puede enseñarnos y haceros saborear este misterio por su gracia
victoriosa.
Adiestraos, pues, en esta sobreeminente ciencia, bajo las normas de
tan excelente Maestro, y poseeréis todas las demás ciencias,
ya que las encierra a todas en grado eminente. Ella es nuestra filosofía
natural y sobrenatural, nuestra teología divina y misteriosa,
nuestra piedra filosofal, la cual, mediante la paciencia, trueca los
más toscos metales en preciosos, los dolores más punzantes
en delicias, las humillaciones más abyectas en gloria. El que
de vosotros mejor sepa llevar su cruz, aun cuando sea un analfabeto,
será el más sabio de todos.
Oíd al gran San Pablo, que al bajar del tercer cielo, donde
aprendió arcanos desconocidos de los mismos ángeles,
no sabe ni quiere saber otra cosa que a Jesucristo crucificado. Alégrate,
pues, tu, pobre ignorante; tu, humilde mujer sin talento y sin letras;
si sabéis padecer gozosamente, sabéis más que
cualquier doctor de la Sorbona que no sepa sufrir tan bien como vosotros.
SAN Luis MARÍA GRIGNION DE MONTFORT (Tomado
de su "Carta a los amigos de la Cruz")