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REFLEXIONES
SOBRE EL MES Y LA FIESTA DEL SAGRADO CORAZÓN
San Pedro Julián de Eymard
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¿Queréis
conocer la vida del Corazón de Jesús? Está distribuida
entre su Padre y nosotros. El Corazón de Jesús nos guarda:
mientras el Salvador, encerrado en una débil Hostia parece
dormir el sueño de la impotencia, su Corazón vela: "Ego
dorinio et cor meum vigilat" ("Yo duermo, mi corazón
vigila"; Cantar de los Cantares, 5, 2).
Vela, tanto si pensarnos como si no pensamos en El; no reposa: continuamente
está pidiendo perdón por nosotros a su Padre. Jesús
nos escucha con su Corazón y nos preserva de los golpes de
la cólera divina provocada incesantemente por nuestros pecados;
en la Eucaristía, como en la cruz, está su Corazón
abierto, dejando caer sobre nuestras cabezas torrentes de gracias
y de amor.
Está también allí este Corazón para defendernos
de nuestros enemigos, como la madre que para librar a su hijo de un
peligro lo estrecha contra su corazón, con el fin de que no
se hiera al hijo sin alcanzar también a la madre. Y Jesús
nos dice: "Aun cuando una madre pudiera olvidar a su hijo,
Yo no os olvidaré jamás".
La segunda mirada del Corazón de Jesús es para su Padre.
Lo adora con sus inefables humillaciones, con su adoración
de anonadamiento lo alaba y le da gracias por los beneficios que concede
a los hombres sus hermanos; se ofrece como víctima a la justicia
de su Padre, y no cesa su oración en favor de la Iglesia, de
los pecadores y de todas las almas por Él rescatadas.
íOh Padre eterno! Mirad con complacencia el Corazón
de vuestro hijo Jesús. Contemplad su amor, oíd propicio
sus peticiones y que el Corazón eucarístico de Jesús
sea nuestra salvación.
Las razones por las cuales fue instituida la fiesta del Sagrado Corazón
y la manera que ha tenido Jesús de manifestar su Corazón
nos enseñan, además, que en la Eucaristía debernos
honrarlo y que allí lo encontraremos con todo su amor.
Delante del Santísimo Sacramento expuesto recibió Santa
Margarita María la revelación del Sagrado Corazón;
en la Hostia consagrada se manifestó a ella el Señor
con su Corazón entre las manos y dirigiéndole aquellas
adorables palabras, que son el comentario más elocuente de
su presencia en el Santísimo Sacramento: "¡He
aquí este Corazón que tanto ha amado ti los hombres!"
Nuestro Señor, apareciendo a la venerable Madre Matilde, fundadora
de una Congregación de Adoratrices, le recomendó que
amase ardientemente y honrase cuanto pudiese su Sagrado Corazón
en el Santísimo Sacramento, y se lo entregó como prenda
de amor, para que fuera su refugio durante la vida y su consuelo en
la hora de la muerte.
Y el objeto de la fiesta del Sagrado Corazón no es otro que
honrar con más fervor y devoción el amor de Jesucristo,
que lo hizo sufrir indecibles tormentos por nosotros e instituir también
para nosotros el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.
Para penetraros del espíritu de la devoción al Sagrado
Corazón de Jesús debéis honrar los sufrimientos
que padeció el Salvador y reparar las ingratitudes de que es
objeto todos los días en la Eucaristía.
¡Qué grandes fueron los dolores del Corazón de
Jesús! Pasó por todas las pruebas imaginables; fue víctima
de toda clase de humillaciones; las calumnias más groseras
se cebaron en su honra y lo persiguieron con el mayor encarnizamiento;
se vio harto de oprobios y abrumado por el menosprecio. A pesar de
todo, El se ofreció voluntariamente y nunca se quejó
de ello. Su amor fue más poderoso que la muerte, y los torrentes
de desolación no pudieron apagar sus ardores. Ciertamente,
todos esos dolores pasaron ya; pero siendo así que Jesucristo
los sufrió por nosotros, nuestra gratitud no debe tener fin-,
nuestro amor debe honrarlos como si estuviesen presentes ante nuestros
ojos. ¡Y el Corazón que los sufrió con tanto amor
está ahí... no muerto, sino vivo y activo; no insensible,
sino más amante todavía!
Mas, ¡ay!, aunque Jesús no pueda ya sufrir, los hombres
muestran con Él una ingratitud monstruosa. ¡ Esa ingratitud
al Dios presente, que vive con nosotros para conseguir nuestro amor,
es el tormento supremo del Corazón de Jesús en el Santísimo
Sacramento!
El hombre se muestra indiferente con ese supremo don del amor de Jesús:
no lo tiene para nada en cuenta: ni piensa siquiera en él,
y si alguna vez, a pesar suyo, se acuerda de él y Jesús
quiere despertarlo de su letargo, no es sino para procurar apartar
de su mente este pensamiento importuno. ¡El hombre no quiere
tener el amor de Jesús!
Más aún; aunque apremiado por la fe, por los recuerdos
de su educación cristiana y por el sentimiento que Dios le
ha puesto en el fondo del corazón, para adorar en la Eucaristía
a Jesucristo como a su Señor y volver a ocuparse en su servicio,
el impío se rebela contra este dogma, el más amable
de todos; llega hasta la negación del mismo, hasta la apostasía,
para no tener que adorarlo, y para no verse precisado a sacrificarle
un ídolo..., una pasión..., queriendo así continuar
esclavizado por sus vergonzosas cadenas.
Su malicia va más lejos todavía: no se contenta con
negar... ¡ni aun retrocede ante el crimen de renovar los horrores
de la Pasión del Salvador!
¡Se ven cristianos que menosprecian a Jesús en el Santísimo
Sacramento y a su Corazón, que tanto los ha amado y que se
consume de amor por ellos! ¡Para menospreciarlo se aprovechan
del velo que lo oculta a nuestra vista!
Lo insultan con sus irreverencias, con sus malos pensamientos, con
sus criminales miradas, estando en su presencia. ¡Se aprovechan,
para insultarlo, de esa paciencia inalterable, de esa bondad sin limites,
que todo lo sufre en silencio, como sufrió a los soldados impíos
de Caifás, Herodes y Pilatos!
Blasfeman sacrílegamente contra el Dios de la Eucaristía:
ya saben que su amor lo tiene mudo.
¡Llegan hasta a crucificarlo en su alma culpable, recibiéndolo
indignamente! ¡Se atreven a tomar este Corazón vivo y
a atarlo a su cadáver infecto, entregándolo al demonio
que los domina!
¡No, de ninguna manera; Jesús no sufrió en los
días de su Pasión tantas humillaciones como en su Sacramento!
La tierra es para Él un Calvario de ignominia.
¡En su agonía buscaba a quien lo consolase; en la cruz
pedía que se tuviese compasión de sus dolores...! ¡Por
eso, hoy más que nunca, es necesaria la satisfacción,
hace falta la reparación de honor para ofrecerla al Corazón
adorable de Jesucristo! Rodeemos la Eucaristía de
adoraciones y de actos de amor.
Al Corazón de Jesús, vivo en el Santísimo Sacramento,
¡honor, alabanza, adoración y dignidad regia por los
siglos de los siglos!
SAN
PEDRO JULIÁN EYAMARD (Tomado de sus "Obras Eucarísticas")