Christus
vita vestra. "Jesucristo vuestra vida". (COL., m,:
4).
Es
preciso que vivamos de la Eucaristía. Y como la Eucaristía
es amor, tenemos que perfeccionar nuestro amor. Hay que renovar a
diario el foco para inflamarse uno a sí mismo. Nos hace falta
fortalecer el amor en nosotros mismos antes de difundirlo afuera con
las obras exteriores. Puesto que tan a menudo recibimos al amor encarnado,
todo nuestra vida no debiera ser otra cosa que el desenvolvimiento
y la expansión del amor. Quienquiera no se esfuerce en perfeccionarlo
en su corazón no adelantará nunca. Sed de veras discípulos
de Jesucristo, vivid de amor. Como el Espíritu santo ha depositado
en vuestros corazones el espíritu de amor, es menester amar
con magnanimidad, generosa y soberanamente. Aunque Dios diversifica
sus dones hasta el infinito, hay, con todo, algunas inclinaciones
que se encuentran por igual en muchas almas a las que quiere El santificar
por un mismo camino. De ahí nacen las sociedades religiosas
en que se juntan corazones dotados por Dios de iguales propensiones.
En cuanto a vosotros que queréis santificaros por la Eucaristía,
debéis vivir de la vida interior y del todo oculta que lleva
Jesús en el santísimo Sacramento. La Eucaristía
es fruto del amor de Jesucristo y el amor reside en el corazón.
Para hacernos sentir esta verdad no se nos muestra Jesucristo; no
percibimos su cuerpo ni gustamos su sangre, ni hay nada de sensible
en la Eucaristía. Así quiere Jesús que vayamos
hasta su amor, al fondo de su corazón.
Jesús practica en el santísimo Sacramento algunas virtudes
de su vida mortal, pero de una manera invisible y del todo interior.
Está en continua oración, contemplando incesantemente
la gloria de su Padre y suplicándole por nosotros, para con
esto enseñarnos que en la oración reside el secreto
de la vida interior; que hay que cuidar de la raíz del árbol
para recoger buenos frutos; que la vida exterior, tan estimada del
mundo, no es otra cosa que flor estéril, si no va alimentada
por la caridad que produce los frutos. Sed, por tanto, contemplativos
de Jesús, si queréis lograr feliz éxito en vuestras
obras. Los apóstoles se quejan de no tener tiempo bastante
para orar y crean diáconos que los alivien en el ministerio
exterior. Durante su vida pública Jesucristo se oculta a los
ojos de la muchedumbre, se retira, se esconde para orar y contemplar;
¿cómo, pues, queremos nosotros llevar una vida puramente
exterior? ¿Por ventura tenemos un fondo de gracias más
rico, de fuerzas más sólidas para el bien que los apóstoles?
¿No es para nosotros el ejemplo de nuestro Señor? Toda
piedad que no se nutre de oración, que no se recoge en su centro;
que es Jesucristo, para reparar sus pérdidas y renovar la vida,
flaquea y acaba por morir.
En vano andan los predicadores solícitos por predicar; su palabra
será estéril en tanto no se alimente con la oración.
He de decirlo: a la ausencia de esta vida de oración se debe
este proverbio, repetido por los que van a un sermón: Vamos
a recoger flores. No son flores lo que debéis llevar de nuestras
predicaciones, sino frutos de virtud y de buenos deseos. Mas los frutos
no se maduran sino en la oración, ni se recogen fuera de ella.
Por eso, orad mucho por los ministros de la palabra de Dios, pero
no pidáis para ellos más que una cosa: que sean varones
de oración. Un alma que ora salva al mundo, unida como está
a Jesucristo orando en el fondo del tabernáculo.
Todas las virtudes proceden de Dios, y de la Eucaristía sobre
todo se complace Jesucristo en hacerlas bajar sobre nuestras almas
como torrentes de gracia mediante los ejemplos que en ella nos da.
Pero estos ejemplos debemos nosotros verlos, ser atentos a ellos,
estudiarlos, asimilárnoslos. ¿Dónde podremos
aficionarnos más a la humildad que a los pies de la sagrada
Hostia? ¿Dónde encontrar más hermosos ejemplos
de silencio, de paciencia y de mansedumbre?
Exteriormente, Jesucristo no practica en el santísimo Sacramento
aquellas grandes virtudes de su vida mortal; su sabiduría no
proclama ya sus divinas sentencias; de su poderío y de su gloria
ya nada aparece; su vida eucarística consiste en ser Jesús
pobre, pequeñuelo, sencillo. Pobreza mansedumbre, paciencia,
he ahí lo que muestra; ¡y qué atención
más delicada por su parte! Las grandes ocasiones de practicar
virtudes heroicas son raras en la vida y nos falta valor para sacar
provecho de las mismas. ¿Habremos, pues, de desesperar y abandonaremos
la vida de piedad so pretexto de que nada podemos hacer por Dios?
En la vida eucarística, en que nos enseña que la santidad
se ejercita sobre todo en las pequeñas ocasiones, ha puesto
Jesús el remedio contra esta tentación. Su anonadamiento,
así como la ausencia de la vida exterior, nos enseñan
que lo que hay de más perfecto es la vida interior, compuesta
por entero de actos de corazón, de ímpetus de amor y
de unión a sus intenciones. ¡Oh! Dios ama con predilección
a los humildes, a los pequeñuelos que viven a sus pies bajo
la celestial influencia de su corazón. Por lo demás,
la vida de oración no excluye el celo por la salvación
de las almas. El alma interior sabe trabajar sin dejar de estar recogida
y sin que el recogimiento sea obstáculo para obrar exteriormente,
así como Jesús se hace sentir sin que nuestros ojos
le vean. El pecador que ora siente la dulzura de su Corazón-
establécese entre Jesús y el alma una corriente que
nadie ve, un diálogo que nadie oye; nadie distingue este obrar
de Jesús en el fondo del corazón, pera ¡cuán
real es, sin embargo! ¡Oh! Hagamos que nuestro amor y nuestro
celo sean semejantes a los de Jesús, es decir, que sean del
todo ocultos e interiores.
No deis por perdidos los momentos que pasáis al pie del altar,
que, estando el grano sepultado en el surco, se declara su fecundidad;
el trato eucarístico, he ahí la semilla de las virtudes.
No faltan en nuestros días almas consagradas a toda suerte
de obras de celo; se las ensalza mucho, a veces demasiado; pedid para
que el fondo del corazón guarde proporción con el celo
exterior; pedid que esas almas se nutran con la oración.
¡Ea!, que vuestras virtudes se vuelvan atrayentes y amables
para el prójimo; revestíos para eso de la mansedumbre
de Jesucristo, pues nada hay tan amable como la sencillez y el carecer
de toda pretensión; todos bendicen la virtud que se oculta
y no mete ruido; la paciencia que mana del corazón sin asomo
de violencia, la caridad muy sencilla y como del todo natural; he
ahí los frutos de la vida oculta, alimentada con la recepción
de Jesucristo y con la contemplación de los ejemplos de la
vida eucarística.
"Obras
Eucarísticas de San Pedro Julián de Eymard"