LA PERFECCIÓN DEL AMOR
San Pedro Julián de Eymard

Suspectus es¡ mihi amor cui alud quid adipiscendi spes suffragari videtur.
Amor babet proemium, sed idquod amatur.
Praeter se non requirit causam non fructum: arpo quia amo; amo ut amem.

"El amor que espera obtener alguna otra cosa que no sea el amor mismo se, me hace sospechoso.
Hay un premio para el amor, pero es el objeto del amor. El amor no necesita ninguna otra causa ni fruto: amo porque amo, amo para amar".
(SAN BERNARDO, serm. xcv, in Cant).

Hay dos clases de amor de Dios. Con el primero amamos a Dios por nosotros mismos, a causa de los beneficios y de la recompensa que nos tiene preparada en el cielo. Uno se ama a sí mismo en Dios: es el amor de la ley. Es bueno este amor, muy bueno; el único que pide a todos el primer mandamiento. No puede exigirse más en estricto rigor; poseyéndolo se salva uno. Glorifica la bondad, liberalidad y munificencia de Dios para con nosotros y esto está muy bien. Pero la gratitud que deben algunas almas por razón de los beneficios privilegiados que de Dios han recibido les obliga a más. Dios nos ha colmado de gracias; no os ha dado tan sólo lo suficiente, sino hasta el exceso. En correspondencia, no os habéis de contentar con ser como el jornalero, el criado o el mercenario, pues que vuestras gracias os dan derecho a ser hijos de la familia. Y el hijo no trabaja solamente por el incentivo del salario. Su ley es el amor, que carece de límites. La medida del amor, dice san Bernardo, es amar sin medida: Modum diligendi Deum est diligere sine modo. Cierto que Dios no os ha obligado a tanto; pero es con el intento de proporcionaros la dicha de amar más allá de lo que pide. Y, además, ¡debiera avergonzarnos el que Dios se vea obligado a darnos la orden de amar! ¡Cómo! ¿Será necesario que a nosotros, criaturas racionales, colmados de sus dones, a nosotros que hemos visto el inmenso amor que nos profesa, tenga que decirnos: Amadme más que a las criaturas, más que el oro y los placeres, y a trueque de este amor os daré el paraíso? ¡Ni ese amor, ¡ay!, da el hombre a Dios!
En cuanto a nosotros, llamados por Dios a ser amigos suyos, ¿nos habremos de contentar con eso?, No, mil veces no. Demasiado liberal es Dios respecto de nosotros para que no lo seamos respecto de El. Pues nos deja el campo libre, amémosle cuanto podamos. Esta libertad, mueve al heroísmo del amor. Se quiere complacer, dar una grata sorpresa, y se hace mucho más que lo que se hiciera de tener fijada de antemano la labor. Dios nos ha dicho: Sponsabo te mihi in sempiternum; me desposaré contigo para siempre, y la esposa debe darse toda al esposo, perderlo todo, dejar todo por él: patria, parientes, familia, hasta su propio nombre y personalidad. Erunt duo in carne una.
Así es también el amor puro de Dios: Os amo, Dios mío, por Vos y sólo por Vos. No se excluyen el cielo ni la esperanza; pero no se hace consistir en ellos el motivo habitual y dominante. Bien sabemos que Dios será bueno y generoso con nosotros, si nosotros lo somos para con El. Lo que se dice es: Aun cuando no hubiera paraíso para recompensar mi amor, yo, Dios mío, os amaría, porque por ser quien sois, merecéis todo mi amor. Toda la recompensa que ambiciono es amaros: Fructus amoris, usus ejus. Haga lo que hiciere, lo haré para mostraros mi amor.
¿Y qué es eso para un Dios que tanto nos ama? Por cierto, no gran cosa. Eso hasta en la vida natural se hace. Ved a los pobres niños de París que desde tierna edad trabajan todo el día en las fábricas para sus pobres padres; se sacrifican por ellos y lo tienen por la cosa más sencilla; miran al amor y para nada piensan en lo que les cuesta el trabajo. Su propio amor es la recompensa: Amor habet praemium sed id quod amatur. ¿No hemos de hacer tanto por Dios? ¿Dejaremos que un padre de la tierra sea mejor tratado que nuestro Padre que está en los cielos? ¡Pero, padres y madres, si lo habéis hecho para vuestros hijos, sacrificándoos para su bien, únicamente por ellos! ¡ Si todo el mundo lo hace! ¿Ocurre en la calle una desgracia a un transeúnte? Al punto corréis a su socorro, sin embargo de que no le conocéis ni esperáis de él salario alguno. Siendo esto así, ¿cómo no sufrís por El, al ver que Dios es blasfemado, que Jesucristo vuelve a sufrir de nuevo su pasión? ¿Por qué no os abnegáis por su gloria?
Que nadie diga: Eso es demasiado para mí. La primera necesidad del amor es darse en mayor medida de lo que se debe. El demonio nos sugiere a menudo este consejo: No trates de practicar este amor de abnegación; bueno es para los santos, pero no has de tener tanto orgullo como para, contarte entre ellos.
Pero si no hay asomo de orgullo en eso! Amad sin medida y tened bien entendido que cuanto más améis, mejor comprenderéis vuestra nada y la santidad y majestad divinas.
Cuán inconsecuentes somos! Decimos siempre: Quiero quedarme a los pies de nuestro Señor, pues soy indigno de subir más arriba. ¡Cómo! ¿A los pies de nuestro Señor! Si es el puesto de la Virgen santísima! ¿Os tenéis por dignos de tanto? No pongáis tanto los ojos en aquello a que tengáis derecho ni en lo que merecéis; antes decid siempre: No he hecho lo bastante; más tengo de amar; he de ir siempre amando más y más. Nadie acá abajo merece ser amado por sí mismo y para sí mismo, sino tan sólo por el divino reflejo que en sí lleva. Mas Dios es nuestro supremo fin y merece que se le ame por sí mismo, pues es la santidad, el amor increado e infinito. Conocedle más y más, progresar continuamente en su amor, que nunca llegaréis a amarle cuanto merece. Un alma de oración crece siempre en amor, por lo mismo que comprende lo que es Dios: llega hasta amarle por medio del mismo Jesucristo, que inspira su amor y lo reviste de sus infinitos méritos; llega a amarle con amor en alguna manera infinito, que no podrá recompensarse dignamente sino con un infinito y eterno premio, pues es el mismo Jesús quien en ella ama.
Amad, por consiguiente; dad siempre, sin temor alguno a que deis demasiado., No pone nuestro Señor límites al amor que aconseja a sus amigos: "Amadme como me ha amado mi Padre y como yo mismo os amo; morad y vivid en el infinito amor con que amo a mi Padre." Amemos, por consiguiente, a Dios por El mismo, a causa de sus excelencias y porque lo merece, y sea éste el motivo que encauce y domine nuestra vida.
Para lograrlo, haced en primer lugar todo para su gloria; rendidle homenaje con todo lo que de bueno haya en vos otros u os proporcionéis por vuestras acciones. ¿Que para qué este sacrificio? Pues para dar gracias a la divina bondad, para glorificar el amor de Dios. Volved a menudo con gratitud sobre esta bondad: dadle gracias y alabadle; exaltadle, no tanto por lo que un día os ha de dar, cuanto por lo bueno, santo y feliz que es en sí mismo, y también porque os da conocer su bondad y felicidad y porque tiene a bien manifestarse a vosotros.
Sea en segundo lugar su voluntad la regla soberana de todo vuestro obrar. En cuanto ocurra, decid sin titubeos ni temores: Así lo quiere Dios y yo también. Su voluntad es la expresión de la bondad que me tiene. Cumplid todos vuestros deberes conforme a este pensamiento.
¿Que por qué querrá Dios, esto más bien que aquello? Es cosa que no me inquieta. Sería una falta de confianza y de respeto el preguntárselo. ¿No es acaso la misma bondad y sabiduría? ¿Por ventura no quiere mi bien y su gloria? ¿Puede haber algo imprevisto para El?
Querer conocer los motivos de la voluntad divina es, en último resultado, obedecer a la voluntad propia.
Sabéis que Dios quiere una cosa; eso basta lo demás no os concierne. Pero es difícil.-¿Qué importa? Es cosa en que sólo Dios tiene que ver. ¡Vos, oh Dios mío, lo queréis! Lo demás va de por sí.
Tal es la obediencia ciega y -pasiva; se obedece únicamente porque Dios es nuestro dueño. Así obró nuestro Señor durante toda su vida. "Ya está acabada la obra que me habéis encomendado. No puedo hacer ni decir nada si no es por orden de mi Padre." No bajó sino porque fue enviado por su Padre y para hacer en todo, libremente y por amor, su santa voluntad.
¿Cómo conocer la voluntad de Dios? Primeramente por los deberes que habéis de cumplir, por vuestros deberes de estado, sean cuales fueren. Cuando el deber nada diga, en el tiempo libre, hasta lo que sea del gusto de Dios podréis hacer si amáis de veras. -Quiero amar a Dios más que a mí misma, dice el alma amante. Dos cosas me conducen a Dios: la una me cuesta más, pero también agrada más a Dios, y ésta tengo de hacer. -Nada de incertidumbres ni de titubeos: de antemano y en todo quiero lo que mayor gusto dé a Dios. El estar mirando a lo que se da arguye no tener espíritu de familia: Hilarem datorem diligit Deus. Puro amor propio es el que os mueve si hacéis lo que a vosotros os gusta más y menos os cuesta; no satisfacéis más que a vosotros mismos.
En realidad nada hay que cueste al corazón amante. Cuando os cuesta dar algo a Dios no lo deis, que mucho más vale no darlo que darlo de mala gana. Claro que no hablo del hombre carnal, que siempre anda quejumbroso y no puede menos de quejarse; cómo le quitáis todo y le crucificáis, natural es que grite; dejadle gritar. Mas la voluntad superior, el hombre espiritual, debe dar sin que le pese. Es indudable que en la vida natural se hacen muchos sacrificios costosos, y se hacen sin lamentarse a quien los pide: bien merece Dios que obremos con él con igual generosidad.
Finalmente, y aquí se logra la perfección del amor, el alma amante llega a cifrar los actos de amor, sólo en lo que cuesta. Hasta el presente el alma, aunque sin buscarse, es cierto encontrábase siempre en sí misma. Así, trabajar para la gloria de Dios es alentador y consolador; poner la voluntad propia en la de Dios es beatificarte; siéntese que se va a pie firme, y, acaezca lo que acaeciere, no se inquieta por nada. Gózase de una paz divina. La voluntad de Dios bien seguida calma las curiosidades del espíritu, los afectos del corazón y hasta los sentidos. Puede ocurrir que como de paso tenga que sufrirse de esto o de aquello; pero en el fondo hay paz soberana; pues no hay guerra sino donde Dios no reina como soberano señor.
Mas aquí en la inmolación el amor encuentra su ejercicio. Pártese del principio de que no hay más amor verdadero que el que nace del sacrificio de sí en todo; sacrificios escogidos, he aquí la esencia del amor puro. Es lo que nuestro Señor expresaba con estas palabras: "No cabe mayor amor que el practicado al dar la vida por aquellos a quienes se ama."
Dios hace sufrir al alma que se le ha entregado, y sufrir incesantemente. ¡Arduo trabajo! Para tomar plena posesión del alma, Dios la aniquila y ocupa su lugar, y como quiera que la tentación de volver a ser ella renace sin cesar, Dios combate esta tentación y le hace padecer; anula su espíritu y sofoca su corazón.
Al entendimiento que no quiere rendirse a discreción, lo sumerge en tinieblas, en tentaciones contra la fe, la esperanza y la confianza en Dios, en el desaliento. No habrá paz. mientras rindiéndose del todo no renuncie el entendimiento a sus propias luces. Nada pueden los directores en semejante estado. Estos razonan, hablan de una bondad de Dios, que ya por ningún lado ve el alma, el pasado espanta y el porvenir hace temblar. ¿Qué hacer? Aceptarlo todo. Dios os quiere ver en tan rudo trance y no os indica el motivo. Lo que espera es que le digáis: No soy más que pecador, me someto a la prueba, haced cuanto os plazca. ¿Queréis que me vea agitado y atormentado? Pues yo también lo quiero. Así todo va bien. En lugar de ofreceros las buenas acciones que se presentan a mis ojos, os llevaré mi propia miseria que me mostráis. No amaré mi miseria, pero sí os glorificaré hasta por ella. Y Dios está aun entonces con vosotros. Puesto que Dios os quiere de esta manera, ¿qué os importa lo demás? Pero, sobre todo, no pretendáis examinar de demasiado cerca. Si decís: "¡Si Dios me desampara!, ¿qué va a ser de mí?", ¡os pondréis locos! Lo que Dios quiere saber es si le amáis más que vuestra voluntad aun sobrenatural; por lo demás, estad tranquilos, que hasta en el infierno le glorificáis. ¿Será que ambicionáis algo más que su gloria?
Respecto al corazón, ¡ah!, el corazón es de suyo tierno. Poco ha estaba en el paraíso y helo entre hielos y desgarramientos! Decir ¡amo! os parecerá una blasfemia. ¿Qué hacer? ¿Meter en razón al corazón o levantaros contra él? Eso no serviría sino para agravar la pena. Decid tan sólo: Cuán feliz era, Dios mío, cuando os amaba entre dulzuras; ahora me encuentro en tierra desolada y sin agua; pues bien, os amaré a vos más que la dulzura de vuestro corazón. Mi corazón me dice que no os amo. Pese a mi corazón, ¡os amaré por la voluntad!
Dios envía estos terribles asaltos a toda alma que quiere transformar en sí, no ciertamente para satisfacción propia, sino para hacerle merecer más. Gusta de atormentaros para que crezcáis en méritos y en gloria. Conoceréis que este estado proviene de Dios cuando continúa a pesar de todos los medios empleados para salir de él. ¿Es vuestra voluntad que os ame más que mi vida espiritual? Pues también la mía y ¡me sepulto vivo! Hasta tanto hay que llegar, si se quiere unir de veras como Dios. Quiere oro, no tierra ni aleaciones; la unión con Dios se suelda en el fuego. Cuando Dios pone a un alma en esta senda, cobra ésta una libertad interior increíble, libertad independiente de toda práctica, de todo estado particular. Su estado es su vida; puesto que Dios la ha puesto en él, ¿quién sino El la hará salir de él?
¡Pero si esto es embrutecerse!, diréis quizá. ¡Cómo! ¿Vamos a privarnos de toda acción y de toda iniciativa? Claro que sí-, como que éste es el sendero por donde Dios conduce a sus almas predilectas. ¿No las ama acaso tanto como puede amárselas? Contentaos con amaros como Dios os ama y dejaos en sus manos.
Decid a Dios con san Buenaventura: "Bien sé que me amáis más de lo que yo puedo amarme a mí mismo; ya no tengo por qué ocuparme de mí: para Vos este cuidado; sólo me ocuparé de Vos: Scio quia plus quam ego me diligis. De me igitur amplius non curabo, sed solum tuis deliciis inhaerebo: et tu me¡ curam habeto" (1).

(1) Stim. Am., p. II, c. 2.

"Obras Eucarísticas de San Pedro Julián de Eymard"

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