Hermosa es ciertamente la fiesta de
la Transfiguración de Jesús en el Tabor. Digamos algunas
palabras sobre sus relaciones con la transustanciación. Todos
los misterios tienen alguna relación con la Eucaristía;
y es que la Eucaristía los completa a todos. Todos se refieren
a la Eucaristía, y toca a la gracia descubrir lo que hay de
eucarístico en los misterios, para alimentar con ello la devoción
al Santísimo Sacramento.
Nuestro Señor elige a tres de sus discípulos y se traslada
con ellos a una elevada montaña para manifestar su gloria,
la gloria que Él oculta humillado en su carne. Iba a prepararlos
contra el escándalo de su pasión, a mostrarles quién
era real y verdaderamente.
Observad cómo la Eucaristía se instituye también
sobre una montaña, la de Sión, de muy otra celebridad
que el Tabor. Jesús tenía cierta predilección
por los montes: en ellos realizó varios de los actos mas importantes
de su vida. No le satisfacen los terrenos bajos..., aptos para producir
miasmas y engendrar enfermedades. La tierra es para los que sobre
ella se arrastran: por eso a las almas que quiere distinguir con especial
amor las atrae hacia sí, elevándolas sobre las cosas
de la tierra. La segunda transfiguración es más amable
que la primera y de mucha mayor duración. Se verifica en la
presencia de todos los apóstoles. La primera ocurrió
al aire libre..., porque la gloria tiene necesidad de extenderse;
la segunda, que es todo amor, tiene lugar en secreto y nuestro Señor
la concentra para hacerla más poderosa. Cuando se quiere demostrar
el afecto que se tiene a un amigo, se lo abraza. La caridad que nace
del celo por la salvación de las almas se extiende cuanto puede
para hacer el bien al mayor número posible de ellas. El amor
del corazón se concentra en el corazón y allí
se le tiene como aprisionado para hacerlo más fuerte. Se reúnen
sus rayos como en una lente..., como hace un óptico cuando
prepara su cristal para reunir en un punto todos los rayos y todo
el calor de la luz. Nuestro Señor se comprime, por decirlo
así, en el pequeñísimo espacio de la Hostia,
y así como se produce un gran incendio aplicando el foco ardiente
de una lente sobre las materias inflamables, así la Eucaristía
hace levantar llamas sobre aquellos que la reciben, abrasándoles
en su fuego divino.
En el Tabor, Jesús se transfigura mientras ora. Sus vestiduras
se volvieron blancas como la nieve y su rostro resplandeciente como
el sol; no se podía sufrir tal esplendor. Jesús ostenta
su gloria para dar a entender que su cuerpo, aunque tan flaco, al
parecer, es el cuerpo de un Dios; esta transfiguración, por
consiguiente, se verifica de dentro hacia fuera; Jesucristo dejó
escapar al exterior un rayo de aquella gloria que ocultaba por un
milagro perpetuo.
Pero Jesús no vino a darnos lecciones de gloria. Por eso la
visión del Tabor pasa prontamente y apenas dura un instante.
La transfiguración sacramental se hace de fuera hacia adentro,
y mientras en el Tabor Jesús rasgó el velo que ocultaba
su divinidad, aquí, por el contrario, comprime y aún
oculta su propia humanidad; la transfigura en una apariencia de pan,
hasta el punto que ni parece Dios, ni hombre, ni practica acto alguno
exterior. Jesucristo se queda como sepultado y las especies sacramentales
vienen a ser el sepulcro de su poder. Con la humildad vela su humanidad
tan amable y tan bella; de tal manera se une a los accidentes que
parece el sujeto de ellas: el pan y el vino hanse convertido en el
cuerpo y la sangre del Hijo de Dios. ¿Le veis en esta transfiguración
de amor y de humildad? Aunque esté oculto tras de una nube,
sabemos que el sol existe, Jesús es siempre Dios y hombre perfecto,
pero escondido por detrás de esa niebla del pan y del vino.
Así como en el primer milagro todo fue glorioso, aquí
todo es amable. No se le ve, ni se le toca; pero allí está
con todos sus dones. El amor, la gracia y la fe penetran a través
de los velos y reconocen sus rasgos divinos. El alma ve por la fe
y creer es verdaderamente ver.
Quisieran algunos ver a Jesús en el Santísimo Sacramento
con los ojos del cuerpo...; pero si los apóstoles no pudieron
resistir el esplendor de un solo rayo de su gloria, ¿qué
ocurriría ahora? El amor no sabe transfigurarse más
que en bondad, humillándose, achicándose y anonadándose.
¿Dónde hay más amor, en el calvario o en el Tabor?
Comparad y decidme luego si es el Tabor o el calvario el que ha convertido
al mundo. El amor rehúsa la gloria, la oculta y desciende.
Esto es lo que hizo el Verbo cuando se encarnó, cuando subió
al monte calvario, y ahora lo verifica más profundamente en
la Eucaristía. En vez de lamentamos debiéramos dar gracias
a Dios porque no renueva ya su Tabor. Los apóstoles, temblorosos,
yacía en tierra y todas las palabras que salían de la
boca divina eran bastante para aniquilarlos. ¡Los apóstoles
apenas si se atrevían a hablar a Nuestro Señor! ¡Aquí
en cambio se le habla y no se le teme, porque podemos aplicar nuestro
corazón al suyo y sentir su amor!
Además, la gloria, cuando menos, nos perturba el juicio. ¡Ved
cómo divaga San Pedro! Hasta ha perdido el buen sentido. ¡Habla
de reposo y de felicidad en tanto que Jesucristo se ocupa de sus sufrimientos
y de su muerte! ¡San Pedro no se acordaba ya de sus obligaciones!
Si nuestro Señor nos manifestase su gloria, no querríamos
separarnos de Él. ¡Estaríamos tan bien allí!
Fue necesario que el Padre celestial diese una lección a San
Pedro y le recordase que Jesucristo era su Hijo, a quien debían
seguir por todas partes hasta la muerte. Tened presente que cuando
se educa al hombre con mucho mimo y regalo, su educación no
resulta ni buena ni sólida, y el niño a quien se prodigan
excesivas caricias, no llega nunca a ser hombre de gran corazón.
Por esto, la transfiguración eucarística no se verifica
en el regocijo y la gloria, sino en la humillación y en secreto;
la gloria le seguirá después.
En la transfiguración eucarística no se ve a Moisés
ni a Elías, porque nada tienen que hacer allí. La Eucaristía
no es para ellos; pero los doce apóstoles, que serán
legisladores y los profetas del nuevo pueblo de Dios, sí que
toman parte en ella. Allí está la Santísima Trinidad,
aunque su operación es invisible. Legiones de ángeles
adoran a ese Verbo de Dios reducido a un estado tan próximo
a la nada. Allí estábamos nosotros, todos nosotros...,
Jesús ha consagrado nuestras hostias en su voluntad y en su
presciencia. É1 las ha contado y nosotros, por orden suya,
os las damos.
Observad ahora cómo la oración de un corazón
sencillo y recto siempre es escuchada, aunque no lo sea en cuanto
al modo como nosotros lo habíamos imaginado. Pedro había
pedido quedarse en la montaña. ¿Se lo negó Jesús?
No, no hizo más que retardar la gracia que imploraba. En la
Eucaristía ha instalado Jesús su tienda entre nosotros
y para siempre, y de esta manera podemos habitar con Él en
el Tabor eucarístico. No es ésta una tienda que se levanta
y se transporta continuamente día por día. Es una casa
que Él construyo y nosotros la habitamos día y noche.
Nosotros hemos conseguido más de lo que pedía San Pedro.
"Señor, cuán bueno es que estemos aquí".
Bien sabéis vosotros venir aquí cuando sentís
alguna pena o cuando os atormenta alguno dolor, y Jesucristo Sacramentado
es siempre el buen samaritano que os consuela. Él desahoga
su corazón en el vuestro, os espera y os trata, no como a gente
extraña, sino como a amigos y como a Hijos de familia.
¿No os ha dicho el Padre celestial: "He aquí mi
Hijo muy amado "? Efecto de un amor incomprensible, nos ha dado
a su Hijo. Nos lo ha dado en Belén, en el calvario y, sobre
todo, nos lo ha dado para siempre en el cenáculo. Jesús,
por su parte, se entrega al mismo tiempo. El Padre lo engendra cada
día y nos lo da a cada uno de nosotros. ¡Escuchémoslo!
Amemos y miremos con singular afecto esta fiesta de la transfiguración.
Es una festividad del todo eucarística. Venid a esta bendita
montaña donde se transfigura Jesucristo; pero no vengáis
a buscar la felicidad sensible ni la gloria, sino las lecciones de
santidad que da con su anonadamiento. Venid, sí, y hacer que
vuestro amor y abnegación os transfigure en Jesucristo Sacramentado,
esperando el día en que os transfiguréis en Jesucristo
glorioso en el cielo.
SAN
PEDRO JULIÁN EYMARD (tomado de "La transfiguración
eucarística ")