“Cor
meum ibi cunctis diebus”
“Mi corazón estará allí todos los días”
(III Reyes, IX, 3)
Deseaba San
Pablo que los habitantes de Efeso conocieran, por la gracia de Dios
Padre, de quien procede todo don, la incomparable ciencia de la caridad
de Jesucristo para con el hombre. Nada podría desearles más
santo, más hermoso ni más importante. Conocer el amor
de Jesucristo y estar llenos de él es el reino de Dios en el
hombre. Estos son precisamente los frutos de la devoción al
Sagrado Corazón de Jesús, que vive y nos ama en el Santísimo
Sacramento. Esta devoción es el culto supremo del amor. Es
el alma y el centro de toda la religión, porque la religión
no es otra cosa que la ley, la virtud y la perfección del amor,
y el Sagrado Corazón de Jesús contiene la gracia y es
el modelo y la vida de este amor. Estudiemos tal amor delante de ese
foco en el cual está ardiendo por nosotros.
La devoción al Sagrado Corazón tiene un doble objeto:
propónese, en primer lugar, honrar por medio de la adoración
y del culto público, el corazón de carne de Jesucristo,
y, en segundo lugar, tiende a honrar aquel amor infinito que nos ha
tenido desde su creación y que todavía está consumiéndole
por nosotros en el Sacramento de nuestros altares.
De todos los órganos del cuerpo humano el corazón es
el más noble. Hallase colocado en medio del cuerpo como un
rey en medio de sus estados. Está rodeado de los miembros más
principales, que son como sus ministros y oficiales, él los
mueve y les imprime actividad, comunicándoles el calor vital
que en él hay acumulado y reservado. Es la fuente de donde
emana la sangre por todas las partes del organismo, regándolas
y refrescándolas, Esta sangre, debilitada por la pérdida
de principios vitales, vuelve desde las extremidades al corazón
para renovar su calor y recobrar nuevos elementos de vida.
Lo que es verdad, tratándose del corazón humano en general,
lo es también verdad tratándose del Corazón de
Jesús. Es la parte más noble del cuerpo del Hombre-Dios
unido hipostáticamente al Verbo, por lo cual merece el culto
supremo de adoración que se debe a Dios solo. Es necesario
notar que en nuestra veneración no debemos separar el Corazón
de Jesús de la divinidad del Hombre-Dios; está unido
al la divinidad por indisolubles lazos, y el culto que tributamos
al Corazón no termina en él, sino que pasa a la Persona
adorable que le posee y a la cual está unido para siempre.
De aquí se sigue que pueden dirigirse a este Corazón
divino las oraciones, los homenajes y las adoraciones que dirigimos
al mismo Dios. Están equivocados todos aquéllos que
al oír estas palabras “Corazón de Jesús”,
piensan únicamente en este órgano material, considerando
el Corazón de Jesús como un miembro sin vida y sin amor,
poco más o menos como se haría tratándose de
una santa reliquia; se equivocan también aquéllos que
juzgan que esta devoción divide la persona de Jesucristo, restringiendo
a1 corazón sólo el culto que debe tributarse a toda
la Persona. Estos no se fijan en que, al honrar el Corazón
de Jesús no suprimimos lo restante del compuesto divino del
Hombre-Dios, ya que al honrar a su Corazón lo que en realidad
pretendemos es celebrar todas las acciones, la vida entera de Jesucristo
que no es otra cosa que la difusión de su Corazón al
exterior.
Así como en el sol se forman y de él dimanan los rayos
ardientes que fertilizan la tierra y comunican mayor vigor a todo
lo que tiene vida, así también parten del corazón
esas dulces y vigorosas energías que llevan el calor vital
y la fuerza a todos los miembros del cuerpo. Si languidece el corazón,
todo el cuerpo languidece con él; si el corazón sufre,
todos los miembros sufren igualmente; en este caso, las funciones
del cuerpo se entorpecen y todo el organismo se para. Por modo semejante
la función del Corazón de Jesús consistió
en vivificar, fortalecer y conservar todos los miembros del cuerpo
de Jesús, todos sus órganos y sentidos, mediante la
acción continua que en ellos ejercía; de tal modo que
el Corazón de Jesús fue el principio de las acciones,
afectos y virtudes de toda la vida del Verbo encarnado.
Como el corazón es el foco del amor en sentir de los filósofos,
y como el móvil de toda la vida de Jesús fue el amor,
de aquí que tengamos que referir a su Corazón Sacratísimo
todos los misterios de la vida de Jesús y todas sus virtudes.
"Tan natural es al fuego el quemar como al corazón el
amar -dice Santo Tomás-, y como en el hombre es el órgano
principal del sentimiento, parece conveniente que el acto exigido
por el primero de todos los preceptos se haga sensible o se simbolice
por medio del corazón."De la misma manera que los ojos
ven y los oídos oyen, así también el corazón
ama; es el órgano de que se sirve el alma para producir los
afectos y el amor. En el lenguaje vulgar se confunden estos dos términos,
y se emplea la palabra corazón para significar el amor y viceversa.
El Corazón de Jesús fue por ende el órgano de
su amor; cooperó en la obra de su amor siendo el principio
y el asiento del mismo amor; experimentó todas las sensaciones
de amor que pueden conmover al corazón humano con la diferencia
de que, amando el alma de Jesucristo con un amor incomparable e infinito,
su Corazón es una hoguera inmensa de amor de Dios y de los
hombres, y de esta hoguera salen de continuo las llamas más
ardientes y más puras del amor divino. Esas llamas le abrasaron
desde el primer instante de su concepción hasta el último
suspiro de su vida y después de la Resurrección no han
cesado ni cesarán jamás de abrasarle. El Corazón
de Jesús ha producido y produce cada día innumerables
actos de amor, cada uno de los cuales da más gloria a Dios
que la que pueden darle todos los actos de amor de los ángeles
y de los santos. Por consiguiente, entre todas las criaturas corporales,
es la que más contribuye a la gloria del Criador y la que más
merece el culto y el amor de los ángeles y de los hombres.
Todo lo que pertenece a la Persona del Hijo de Dios es infinitamente
digno de veneración. La menor parte de su Cuerpo, la más
ligera gota de su Sangre, merece la adoración del cielo y de
la tierra. Las cosas más viles se hacen dignas de veneración
merced al contacto de su carne, como sucede con la cruz, con los clavos,
con las espinas, con la esponja, con la lanza y con todos los instrumentos
de su suplicio; ¿cuánta más veneración
no se le deberá a su Corazón, cuya excelencia es tanto
más notable, cuanto más nobles son las funciones que
ejerce y más perfectos los sentimientos que produce y acciones
que inspira? Porque no hay que perder de vista que si Jesucristo nació
en un establo, si vivió pobre en Nazaret y murió por
nosotros, a su Corazón lo debemos. En este santuario se formaron.
todas las resoluciones heroicas y todos los divinos propósitos
que llevó a la práctica durante su vida. Su Corazón
debe, por lo tanto, ser honrado no menos que el pesebre, en el cual
mira el alma fiel a Jesús cuando viene al mundo pobre y abandonado;
como debe también ser honrada la cátedra desde la cual
Jesús nos íntima aquel amoroso mandato: "Aprended
de mí que soy manso y humilde de corazón"; como
debe serlo la cruz en que el alma le ve expirar; como se debe honrar
el sepulcro de donde salió inmortal, y el Evangelio eterno,
que enseña al hombre a imitar todas las virtudes de que Jesús
es acabado modelo.
El alma devota del Sagrado Corazón de Jesús se ejercitará
muy especialmente en actos de amor divino, puesto que este Corazón
es ante todo el asiento y el símbolo de ese amor; y como el
Santísimo Sacramento es la prenda sensible y permanente del
amor, en la Eucaristía el alma encontrará al Corazón
de Jesús, y de este Corazón eucarístico aprenderá
a amar.
Queriendo Jesucristo ser siempre re amado por el hombre debe manifestarle
siempre su amor; y así como para vencer y conquistar nuestro
corazón tuvo Dios necesidad de hacerse hombre de hacerse sensible
y palpable, así también para que su conquista quede
asegurada debe continuar haciéndole sentir un amor sensible
y humano. La ley del amor es perpetua y la gracia que necesitamos
para poder amar, debe serlo también; el sol de amor no debe
ponerse nunca para el corazón del hombre porque de lo contrario
se enfriaría éste y llegaría a morir helado por
el frío de la muerte y del olvido. El corazón del hombre
no se entrega sino a seres vivos y sólo admite uniones con
otro amor actual que él siente y que le da pruebas actuales
de su existencia.
Pues bien, todo el amor de la vida mortal del Salvador, su amor infantil
en el pesebre, su amor lleno de celo apostólico por la gloria
de su Padre durante su predicación, su amor de víctima
sobre la cruz, todo esos amores se hallan reunidos os y triunfantes
en su Corazón glorioso que vive en el Santísimo Sacramento.
Aquí debemos buscarle para alimentarnos de su amor. También
está en el ciclo, pero para los Ángeles y los santos
ya coronados. En la Eucaristía está para nosotros: nuestra
devoción al Sagrado Corazón debe ser, por consiguiente,
eucarística, debe concentrarse en la divina Eucaristía
como en el único centro personal y vivo del amor y de las gracias
del Sagrado Corazón para con los hombres.
¿Por qué separar al Corazón de Jesús de
su cuerpo y de su divinidad? ¿No es cierto que por su Corazón
vive en el Santísimo Sacramento y que por él se halla
su cuerpo vivificado y animado? Jesús resucitado no muere ya.
¿Por qué separar ya su corazón de su Persona
y querer hacerle morir, por decirlo así, en nuestro espíritu?
Este Corazón vive y palpita en la Eucaristía, no ya
con la vida del Salvador pasible y mortal, capaz de tristeza, de agonía,
de dolor, sino con una vida resucitada y consumada en la bienaventuranza.
Esta imposibilidad de sufrir y de morir no disminuye en nada la realidad
de su vida; al contrario, la hace más perfecta. ¿Ha
podido, acaso, la muerte llegar hasta Dios?... Muy al revés,
El es el manantial de la vida perfecta y eterna.
El Corazón de Jesús vive en la Eucaristía, supuesto
que su cuerpo está allí vivo. Es verdad que este Corazón
divino no está allí de un modo sensible, ni se le puede
ver, pero lo, mismo ocurre con todos los hombres. Este principio de
vida conviene que sea misterioso, que esté oculto: descubrirlo
sería matarlo; sólo se conoce su existencia por los
efectos que produce. El hombre no pretende ver el corazón de
un amigo, le basta una palabra para cerciorarse de su amor. ¿Qué
diremos del Corazón divino de Jesús? El se nos manifiesta
por los sentimientos que nos inspira, y esto debe bastarnos. Por otra
parte, ¿quién sería capaz de contemplar la belleza
y la bondad de este Corazón? ¿Quién podría
tolerar el esplendor de su gloria ni soportar la intensidad del fuego
devorador de su amor, capaz de consumirlo todo? ¿Quién
se atrevería a dirigir su mirada a esa arca divina, en la cual
está escrito con letras de fuego su Evangelio de amor, en donde
se hallan glorificadas todas sus virtudes, donde su amor tiene su
trono y su bondad guarda todos sus tesoros? ¿Quién querría
penetrar en el propio santuario de la divinidad? ¡El Corazón
de Jesús! ¡Es el cielo de los cielos, habitado por el
mismo Dios, en el cual encuentra todas sus delicias! ¡No, no
vemos el Corazón eucarístico de Jesús; pero lo
poseemos..! ¡Es nuestro!
"Obras Eucarísticas de San Pedro
Julián de Eymard"