Illum
oportet crescere, me autem minui.
"Conviene que Jesús crezca y que yo mengüe."
(JOANN., III, 30.)
Debemos honrar a san Juan como a modelo perfecto de adoradores. Estas
hermosas palabras son la divisa de la abnegación y del sacrificio
eucarístico: ¡que el santísimo Sacarmento crezca,
sea conocido y amado y que nosotros nos anonademos a sus pies! Ahora,
ved cómo san Juan, en las principales acciones de su vida,
ha sido modelo de adoradores. Su vida parece haber sido una adoración
continua, y en ella se encuentran los caracteres de la adoración
hecha según los cuatro fines del sacrificio, que es el mejor
de todos los modos de adorar.
La adoración.
-La adoración se hace arrodillado en el suelo y con la cabeza
inclinada: es éste un primer movimiento que nos lleva a reconocer,
a través del velo eucarístico, la majestad infinita
de Dios que allí se oculta. A este primer movimiento sucede
la exaltación de su grandeza y su amor.
Notad cómo la primera gracia concedida a san Juan es una gracia
de adoración. El Verbo se halla en el seno de María
e inspira a su Madre que vaya a visitar a santa Isabel, y María
lleva ante san Juan a su Dios y a su rey. Como san Juan no puede ir
a Jesús porque su madre es muy anciana para emprender este
viaje, Jesús se traslada allí. Así obra con nosotros:
no pudiendo nosotros ir a Dios, viene Dios a nosotros.
María desata el poder de su divino hijo al saludar a Isabel:
aun hoy Jesús está como atado y nada quiere hacer sin
María. La voz de María fué la del Verbo encarnado
Juan se agita en el claustro materno al oír esta voz y revela
a su madre el misterio de la presencia de Dios en María, haciéndoselo
comprender al mismo tiempo, como lo confiesa Isabel a María:
Exsultavit inf ans in utero meo(1).
Desde entonces Juan es precursor, ve a Dios y le adora en sus movimientos:
él le adora, y la alegría de estar en su presencia desborda
sobre su Madre.
¡Qué bueno fué nuestro Señor con san Juan!
Quiso bendecirle y dársele a conocer en el seno mismo de su
madre. ¡Qué grata debió serle esta adoración
de su precursor! ¡Era tan espontánea!
Jesús permaneció con él tres meses; uno y otro
estaban encerrados en el tabernáculo materno. Juan adoraba
constantemente a su Dios, y lo sentía tras el velo que lo separaba
de El. Uníos a esta tan buena adoración de san Juan,
tan viva y tan sentida, no obstante los velos y las paredes que lo
separan de nuestro Señor: Senseras Regem thalamo manentem
(2).
La acción
de gracias. -La acción de gracias descansa en la bondad,
en el amor de Jesucristo: no ve más que los dones y los beneficios;
se humilla para exaltar al bienhechor; se alegra por las gracias y
beneficios concedidos a él mismo y a los demás, y a
la Iglesia entera. Este sentimiento dilata el corazón.
Ahora bien; en el Jordán manifiesta el Bautista este doble
sentimiento de alegría y de gratitud. Considerad, en primer
lugar, la gracia que le concede nuestro Señor; porque la acción
de gracias parte siempre de un beneficio recibido y descansa en la
humildad. Pues bien; Juan va a bautizar a nuestro Señor. El
no le había visto nunca. El Padre celestial le había
dado una señal por la cual le reconocería. Jesús
se presenta entre la multitud de pecadores que esperaban el bautismo
de Juan y oían sus enérgicas exhortaciones a la penitencia;
Jesús guarda turno entre las filas de publicanos y soldados...
¡El que era rey e hijo de Dios!...; pero nada de privilegios
ni excepciones. ¡Entended esto, oh adoradores, y no tengáis
más protector que Jesucristo! San Juan se arroja a los pies
de Jesucristo: ¡Cómo! ¿Vos venís a mí?
Ego a te debeo baptizari, et tu venis ad me?
(3).
¡He aquí la humildad... la verdad! Los santos no se creen
jamás perfectos. Juan en estas palabras no habla de su ministerio:
Venis ad me, vienes a mí; y no dice: vienes a mi bautismo.
¡Qué delicadeza! El hablar de su ministerio hubiérale
erigido un pequeño trono, y ante Dios esto no conviene.
Jesucristo le dice: "Cumple el mandato de mi Padre" (4).
Como hombre verdaderamente humilde, san Juan obedece y le bautiza.
Una humildad falsa hubiese alegado cincuenta razones para excusarse;
pero san Juan obedece. Y cuando nuestro Señor se retira, él
no le sigue, sino que permanece en el puesto que le ha colocado la
obediencia. ¡Qué humildad!
Ved ahora cómo el Bautista transfiere al Señor toda
la gloria y todo el honor de la sublime función que acaba de
ejercer. Sus discípulos, los peores entre todos los aduladores,
queriendo honrarse con la gloria de su maestro, le manifiestan que
todo el mundo va tras Jesús. ¡Oh, y cuánto me
place!, responde san Juan. El amigo del esposo se coloca a su lado
y permanece de pie en su presencia, mas la esposa es exclusivamente
para su esposo: las almas no son sino para Jesucristo. El amigo está
sólo para servir al esposo. San Juan se goza de que el divino
esposo encuentre tantas esposas: "Mi alegría llega al
colmo viéndole crecer. ¡Es necesario que El aumente y
que yo disminuya, que El crezca y yo mengüe!"
¡Nada para él, todo para Jesús! Eso es lo que
nosotros debemos procurar: que crezca el reino de Jesucristo. ¡Qué
pena no poderle levantar un trono en todos los corazones!; por eso
nos postramos en su acatamiento..., nos achicamos y elevamos a Jesucristo
sobre su trono. Illum oportet crescere (5).
Esto tiene muchas aplicaciones en la práctica! Hoy no somos
nada, pero tal vez con el tiempo cuente entre sus adoradores a hombres
distinguidos. Entonces convendrá decirles. "¡Cuidado,
no andéis de puntillas pretendiendo creceros por vuestros talentos...
inclinaos y humillaos, para que sólo el Señor se haga
visible!" ¡Es tan hermosa nuestra vocación y el
objeto de la misma tan elevado! ... Se nos creerá adornados
de todas las virtudes, porque de hecho deberíamos tenerlas
todas para ser dignos de nuestra vocación. ¡Desgraciado
de aquel que quiera sostenerse en pie en la presencia del Señor!
¡No, rodilla en tierra! Illum oportet crescere, me
autem minui.
¡Oh, qué hermosa es la acción de gracias de aquella
alma que acepta los beneficios de Dios, reconociendo que por sí
misma nada es y nada merece y transfiriendo por ello mismo a Dios
la gloria que se le sigue!
La propiación o reparación. -La propiación les
una indemnización que ofrecemos a nuestro Señor y un
consuelo. Vasto campo se nos presenta aquí para cumplir nuestra
misión de adoradores; debemos reparar, interceder y hacer penitencia
por los pecados de los hombres. ¡El mundo es tan malo que hacen
más falta reparaciones que acciones de gracias!
Ved cómo san Juan hace oficio de reparación cuando dice:
"Ecce Agnus Dei, ecce qui tollit peccatum mundi"
(6): ¡He
aquí el cordero de Dios que borra los pecados del mundo! Predica
y señala la víctima reparadora, y después llora
y gime al ver la indiferencia de los hombres hacia el Salvador. Oíd
sus lamentos: "Medius vestrum stetit quem vos nescitis"
(7). En medio de vosotros
está uno a quien vosotros no conocéis. Quéjase
de que los grandes y los sabios no quieren seguir a Jesucristo, el
cual solamente se ve rodeado de algunos desvalidos. Por eso él
ofrece pública satisfacción, le adora como víctima.
Le ensalza por aquellos que le deprimen. "Yo-dice-soy indigno
aún de desatar la correa de su calzado." ¡Cómo
le resarce de tantos menosprecios!
La súplica o petición. -Juan había sido
encarcelado por su entereza en reprender el delito de un rey culpable.
Nadie se atreve a decir las verdades a los reyes: ¡se tiene
miedo! ¡Es una desgracia vivir al lado de los reyes! Sus discípulos
iban a verle y no creían todavía en Jesucristo. Juan
hace lo posible para lograr su conversión. Este es el verdadero
apostolado, es decir, conducir las almas a Jesús y hacer que
de tal modo se aficionen que ya no vuelvan sobre sí mismas.
Juan pide a nuestro señor Jesucristo que reciba a sus discípulos,
y en seguida se los envía para que éstos se conviertan
a la vista de la bondad y poder de Jesús. Obra el Señor
grandes prodigios y... ¡ellos no le adoran! ¡Oh, y cuán
necio es el corazón humano dominado por los prejuicios! La
envidia les dice que si Jesús crece, Juan llegará a
no significar nada. ¡Ellos no quieren desaparecer con él,
porque tienen el orgullo de casta y de camarilla y viven de la gloria
que rodea a su maestro!
Pero cuando hubieron visitado al Salvador quedó prendida en
sus corazones la fe y, muerto san Juan, se unieron a Jesucristo; su
conversión fué debida a las oraciones de san Juan.
¡Aquí tenéis un buen adorador! Amad mucho a san
Juan, que fué tan amado de nuestro señor Jesucristo.
Jesús lloró su muerte...: era su primo, su amigo y su
primer apóstol. Adorad, reparad como él y sabed sacrificaros
como él por la gloria de Jesucristo. Juan murió mártir
por causa de los crímenes de un rey, que son los que excitan
más la cólera de Dios. Acordaos siempre de estas palabras,
que son el lema de la santidad y del servicio eucarístico:
"Illum oportet crescere, me autem minui!" iQué
Jesús sacramentado sea ensalzado y yo humillado!
NOTAS:
(1)
Luc., 11, 44.
(2) Himno "Ut queant",
de la fiesta de san Juan.
(3) Matth., III, 14.
(4) Matth., ITI, 15.
(5) Joann., 111, 29.
(6) Joann., I, 29
(7) Joann., I, 26,
"Obras Eucarísticas de San Pedro
Julián de Eymard"