PARTICIPAR
todos los días en la santa Misa. Ello atrae las bendiciones
del cielo para el día. Oyéndola cumpliréis mejor
todos vuestros deberes y os veréis más fuertes para
llevar la cruz de cada día. La misa es el acto más santo
de toda la religión; nada tan glorioso para Dios ni tan provechoso
para vuestra alma como el oírla con piedad y con frecuencia.
Esta es la devoción privilegiada de los santos.
La misa encierra todo el valor del sacrificio de la cruz, que aplica
a cada uno: uno mismo es el sacrificio del calvario y el del altar,
iguales la víctima y el sacerdote, Jesucristo, que también
en el altar se inmola de un modo real y eficaz, aunque incruentamente.
i Ah! Si después de la consagración os fuese dado ver
en toda su realidad el misterio del altar, vierais a Jesucristo en
cruz, ofreciendo al Padre sus llagas, su sangre y su muerte para salvación
vuestra y la del mundo. Vierais cómo los ángeles se
postran alrededor del altar asombrados y casi espantados ante lo que
se ama a criaturas indiferentes o ingratas. Oyerais al Padre celestial
deciros como en el Tabor contemplando a su Hijo: "Este es mi
Hijo muy amado y el objeto de mis complacencias; adorad y servidle
de todo vuestro corazón."
Para caer en la cuenta de lo que vale la santa Misa, preciso es no
perder de vista que el valor de este acto es mayor que el que juntamente
encierran todas las buenas obras, virtudes y merecimientos de todos
los santos que haya habido desde el principio del mundo o haya de
haber hasta el fin, sin excluir los de la misma Virgen santísima.
La razón está en que se trata del sacrificio del hombre-Dios,
el cual muere en cuanto hombre, y en cuanto Dios eleva esta muerte
a la dignidad de acción divina, comunicándole valor
infinito. Infunde respeto el oír cómo el concilio de
Trento expone esta verdad: "Como en el divino sacrificio que
se ofrece en la misa es contenido y se inmola incruentamente el mismo
Jesucristo que una sola vez se inmoló de un modo incruento
en la cruz, enseña este santo Sínodo que este sacrificio
es verdaderamente propiciatorio y que alcanzaremos por este medio
en el momento oportuno misericordia, gracia y ayuda siempre que nos
acerquemos a Dios con corazón sincero y recta fe, con temor
y reverencia, contritos y penitentes. Porque, aplacado el Señor
por esta oblación, nos perdona nuestros crímenes y pecados,
por grandes que sean, otorgándonos la gracia y el don de la
misericordia. Una sola y una misma es la víctima ofrecida,
uno solo y uno mismo el que ahora se ofrece por ministerio de los
sacerdotes, y entonces se ofreció a sí mismo sobre la
Cruz, no habiendo más diferencia que la del modo de oblación.
Mediante este sacrificio incruento recíbense muy copiosamente
los frutos de aquel cruento, sin que, por consiguiente, se menoscabe
en lo más mínimo el valor de aquél. Según
la tradición de los apóstoles, este sacrificio es ofrecido
no solamente por los pecados, penas, satisfacciones y demás
necesidades de los vivos, sino también por los difuntos en
Cristo, cuyos pecados no están cabalmente purgados"
(1). ¡Qué lenguaje éste que emplea
la Iglesia!
Para glorificar sin cesar a su Padre, Jesús adoptó el
estado de víctima; para que, poniendo el Padre los ojos en
El, pueda bendecir y amar la tierra; para continuar su vida de Redentor,
asociarnos a sus virtudes de Salvador, aplicarnos directamente los
frutos de su muerte participando dentro de su ofrenda y enseñándonos
a sacrificarnos junto con El; y también para ponernos a mano,
como a María y a Juan, el medio de asistir a su sacrificio.
IV
Habiendo
Jesús reemplazado todos los sacrificios de la antigua ley por
el sacrificio de la misa, ha encerrado en éste todas las intenciones
y todos los frutos de aquéllos.
Conforme a las órdenes recibidas de Dios, los judíos
ofrecían sacrificios por cuatro fines, a saber: para reconocer
su supremo dominio sobre toda criatura; para agradecerle sus dones;
para suplicarle siguiera concediéndoselos y para aplacar su
cólera irritada por sus pecados. Todo esto lo hace Jesús,
y de un modo tanto más perfecto cuanto que en lugar de toros
y carneros se ofrece El mismo, hijo de Dios y Dios como su Padre.
Adora, por tanto, a su Padre; por todos los hombres, cuyo primogénito
es, reconoce que de El viene toda vida y todo bien; que sólo
El merece vivir, y que cuanto es, sólo por El existe; y ofrece
su vida para protestar que, por venir todo de Dios, de todo puede
El disponer libre y absolutamente.
Como Hostia de alabanzas, da gracias a su Padre por todas las gracias
que le ha concedido a El y, por medio suyo, a los hombres todos; hácese
nuestra perpetua acción de gracias.
Es víctima de propiciación, pidiendo sin cesar perdón
por los pecados que continuamente se renuevan, y desea asociar al
hombre a su propia reparación, uniéndoselo en la ofrenda.
Es, finalmente, nuestro abogado, que intercede por nosotros con lágrimas
y gemidos desgarradores; y cuya sangre clama misericordia.
V
Asistir
a la santa misa es unirse a Jesucristo; es, por tanto, para nosotros
el acto más saludable.
En ella recibimos las gracias del arrepentimiento y de la justificación,
así como ayuda para evitar las recaídas.
En ella encontramos el soberano medio de practicar la caridad para
con los demás, aplicándoles, no ya nuestros escasos
méritos, sino los infinitos de Jesucristo, las inmensas riquezas
que a nuestra disposición pone. En ella defendemos eficazmente
la causa de las almas del purgatorio y alcanzamos la conversión
de los pecadores.
La misa es para el cielo entero un motivo de gozo y produce a los
santos un aumento de gloria exterior.
VI
El
mejor medio de asistir a la santa misa es unirnos con la augusta víctima.
Haced lo que ella, ofreceos como ella, con la misma intención
que ella, y vuestra ofrenda será así ennoblecida y purificada,
siendo digna de que Dios la mire con complacencia si va unida a la
ofrenda de Jesucristo. Caminad al calvario en pos de Jesucristo, meditando
las circunstancias de su pasión y muerte.
Pero, por encima de todo, uníos al sacrificio, comiendo junto
con el sacerdote vuestra parte de la víctima. Así la
misa logra toda su eficacia y corresponde plenamente a los designios
de Jesucristo.
¡Ah! Si las almas del purgatorio pudieran volver a este mundo,
¡qué no harían por asistir a una sola misa! Si
pudierais vosotros mismos comprender su excelencia, sus ven tajas
y sus frutos, ni un solo día querríais pasar sin participar
en ella.
NOTAS:
(1) Sess. 22, cap. 2
"Obras Eucarísticas de San Pedro
Julián de Eymard"