Fecisti nos
ad Te, Deus!
¡Oh Dios mío, para ti has hecho nuestro corazón!
Por qué está Jesucristo en la Eucaristía? Muchas
son las respuestas que pudieran darse a esta pregunta; pero la que
las resume todas es la siguiente: porque nos ama y desea que le amemos.
El amor, este es el motivo determinante de la institución de
la Eucaristía.
Sin la Eucaristía el amor de Jesucristo no sería más
que un amor de muerto, un amor pasado, que bien pronto olvidaríamos,
olvido que por lo demás sería en nosotros casi excusable.
El amor tiene sus leyes y sus exigencias. La sagrada Eucaristía
las satisface todas plenamente. Jesucristo tiene perfecto derecho
de ser amado, por cuanto en este misterio nos revela su amor infinito.
Ahora bien: el amor natural, tal como Dios lo ha puesto en el fondo
de nuestro corazón, pide tres cosas: la presencia o sociedad
de vida, comunidad de bienes y unión consumada.
El dolor de la amistad, su tormento, es la ausencia. El alejamiento
debilita los vínculos de la amistad, y por muy arraigada que
esté, llega a extinguirla si se prolonga demasiado.
Si nuestro señor Jesucristo estuviese ausente o alejado de
nosotros, pronto experimentaría nuestro amor los efectos disolventes
de la ausencia.
Está en la naturaleza del hombre, y es propio del amor el necesitar
para vivir la presencia del objeto amado.
Mirad el espectáculo que ofrecen los pobres apóstoles
durante aquellos tres días que permaneció Jesús
en el sepulcro. Los discípulos de Emaús lo confiesan,
casi han perdido la fe: claro, ¡como no estaba con ellos su
buen maestro! Ah! Si Jesús no nos hubiera dejado otra cosa
por ofrenda de su amor que Belén y el calvario, ¡pobre
Salvador, cuánpresto le hubiéramos olvidado! ¡Qué
indiferencia reinaría en el mundo!
El amor quiere ver, oír, conversar y tocar.
Nada hay que pueda reemplazar a la persona amada; no valen recuerdos,
obsequios ni retratos... nada: todo eso no tiene vida.
¡Bien lo sabía Jesucristo! Nada hubiera podido reemplazar
a su divina persona: nos hace falta El mismo.
¿No hubiera bastado su palabra? No, ya no vibra; no llegan
a nosotros los acentos tan conmovedores de la voz del Salvador.
¿Y su evangelio? Es un testamento.
¿Y los santos sacramentos no— nos dan la vida? Sí,
más necesitamos al mismo autor de la vida para nutrirla
¿Y la cruz? ¡La cruz... sin Jesús contrista el
alma! Pero ¿la esperanza...? Sin Jesús es una agonía
prolonga da. Los protestantes tienen todo eso y, sin embargo, ¡qué
frío es el protestantismo!, ¡qué helado está!
¿Cómo hubiera podido Jesús, que nos ama tanto,
abandonarnos a nuestra triste suerte de tener que luchar y combatir
toda la vida sin su presencia?
¡OH, seríamos en extremo desventurados si Jesús
no se hallara entre nosotros! ¡Míseros desterrados, solos
y sin auxilio, privados de los bienes de este mundo y de los consuelos
de los mundanos, que gozan hasta saciarse de todos los placeres...,
una vida así sería insoportable!
En cambio, con la Eucaristía, con Jesús vivo entre nosotros
y, con frecuencia, bajo el mismo techo, siempre a nuestro lado, tanto
de noche como de día, accesible a todos, esperándonos
dentro de su casa siempre con la puerta abierta, admitiendo y aun
llamando con predilección a los humildes! ¡Ah, con la
Eucaristía, la vida es llevadera! Jesús es cual padre
cariñoso que vive en medio de sus hijos. De esta suerte, formamos
sociedad de vida con Jesús.
¡Cómo nos engrandece y eleva esta sociedad! ¡Qué
facilidad en sus relaciones, en el recurso al cielo y al mismo Jesucristo
en persona!
Esta es verdaderamente la dulce compañía de la amistad
sencilla, amable, familiar e íntima. ¡Así tenía
que ser!
El amor requiere comunidad de bienes, la posesión común;
propende a compartir mutuamente así las desgracias como la
dicha. Es de esencia del amor y como su instinto el dar, y darlo todo
con alegría y regocijo.
¡Con qué prodigalidad nos comunica Jesús sus merecimientos,
sus gracias y hasta su misma gloria en el santísimo Sacramento!
¡Tiene ansia por dar! ¿Ha rehusado dar alguna vez? ¡Jesús
se da a sí mismo y se da a todos y siempre! Ha llenado el mundo
de hostias consagradas.
Quiere que lo posean todos sus hijos. De los cinco panes multiplicados
en el desierto sobraron doce canastos. Ahora la multiplicación
es más prodigiosa, porque es preciso que participen todos de
este pan.
Jesús sacramentado quisiera envolver toda la tierra en una
nube sacramental; quisiera que las aguas vivas de esta nube fecundasen
todos los pueblos, yendo a perderse en el océano de la eternidad
después de haber apagado la sed de los elegidos y haberlos
confortado.
Cuán verdadera y enteramente nuestro es, por tanto, Jesús
sacramentado.
La tendencia del amor, su fin, es unir entre sí a los que se
aman, es fundir a dos en uno, de modo que sean un solo corazón,
un solo espíritu, una sola alma.
Oíd a la madre expresar esta idea, cuando abrazando al hijo
de sus entrañas, le dice: "Me lo comería".
Jesús se somete también a esta ley del amor por El establecida.
Tras haber convivido con nosotros y compartido nuestro estado, se
nos da a sí mismo en Comunión y nos funde en su divino
ser.
Unión divina de las almas, la cual es cada vez más perfecta
y más íntima, según la mayor o menor intensidad
de nuestros deseos: In me manet et ego in illo. Nosotros permanecemos
en El y El permanece en nosotros. Ahora somos una sola cosa con Jesús,
y después esta unión inefable, comenzada aquí
en la tierra por la gracia, y perfeccionada por la Eucaristía,
se consumará en el cielo, trocándose en eternamente
gloriosa.
El amor nos hace vivir con Jesús, presente en el santísimo
Sacramento; nos hace partícipes de todos los bienes de Jesús;
nos une con Jesús.
Todas las exigencias de nuestro corazón quedan satisfechas;
ya no puede tener otra cosa que desear.
"Obras Eucarísticas de San Pedro
Julián de Eymard"