Episodios de la Resurrección
Sor Anna Katharina Emmerich.
Vi como una gloria resplandeciente entre dos ángeles vestidos
de guerreros: era el alma de Jesús que, penetrando por la
roca, vino a unirse con su cuerpo santísimo. Vi los miembros
moverse y el cuerpo del Señor, unido con su alma y con su
divinidad, salir de su mortaja, radiante de luz.
Me pareció que en el mismo instante una forma monstruosa
salió de la tierra, de debajo de la peña. Tenía
cola de serpiente, cabeza de dragón, que levantaba contra
Jesús; me parece que además tenía cabeza humana.
Vi en la mano del Salvador resucitado una bandera flotante. Pisó la
cabeza del dragón y pegó tres golpes en la cola con
su palo: después el monstruo desapareció. He visto
con frecuencia esta visión en la Resurrección y he
visto una serpiente igual, que parecía emboscada, en la concepción
de Jesús. Me recordó la serpiente del Paraíso;
todavía era más horrorosa Pienso que esto se refiere
a la profecía: "El hijo de la mujer quebrantará la
cabeza de la serpiente". Todo eso me parecía un símbolo
de la victoria sobre la muerte; pues cuando vi al Señor romper
la cabeza del dragón, ya no vi el sepulcro.
Jesús, resplandeciente, se elevó por en medio de la
peña. La tierra templó: un ángel parecido a
un guerrero se precipitó del cielo al sepulcro como un rayo;
puso la piedra a la derecha y se sentó sobre ella. Los soldados
cayeron como muertos y estaban tendidos en el suelo sin dar señales
de vida (...)
En el momento en que el ángel entró en el sepulcro
y la tierra tembló, el Salvador resucitado se apareció a
su Madre en el Calvario (...)
Las santas mujeres estaban cerca de la pequeña puerta cuando
Nuestro Señor resucitó; pero no veían nada de
los prodigios que habían sucedido en el sepulcro. Tampoco
sabían que habían puesto guardia, porque no estuvieron
en la víspera, a causa del Sábado. Se preguntaban entre
sí con inquietud: "¿Quién nos levantará la
piedra de la entrada?” Querían echar agua de nardo y
aceite odorífero sobre el cuerpo de Jesús, con
aromas y flores: querían ofrecer al Señor lo más
precioso que habían podido encontrar para honrar su sepultura.
La que había llevado más cosas era Salomé. No
era la madre de Juan, sino una mujer rica de Jerusalén,
parienta de San José. Resolvieron poner sus aromas sobre
la piedra y esperar que algún discípulo viniera a levantarla
(...)
Vi a las santas mujeres acercarse al huerto: cuando vieron los faroles
y los soldados tendidos alrededor del sepulcro, tuvieron miedo
y se alejaron un poco. Pero Magdalena, sin pensar en el peligro,
entró precipitadamente en el huerto y Salomé la
siguió a cierta distancia; las otras dos, menos resueltas,
se quedaron a la puerta. Magdalena, al acercarse a los guardias,
tuvo miedo, y se volvió con Salomé; y las dos
juntas, pasando entre los soldados tendidos en el suelo, entraron
en la gruta del sepulcro. Vieron la piedra quitada; pero las
puertas estaban cerradas. Magdalena las abrió llena de emoción
y vio apartados los lienzos. El sepulcro estaba resplandeciente y
un ángel estaba sentado a la derecha sobre la piedra.
No sé si Magdalena oyó las palabras del ángel;
mas salió perturbada del huerto y corrió rápidamente
adonde estaban reunidos los discípulos. No sé tampoco
si el ángel habló a María Salomé, que
se había quedado a la entrada del sepulcro: la vi salir muy
de prisa del huerto detrás de Magdalena y reunirse a
las otras dos mujeres anunciándoles lo que había sucedido.
Se llenaron de sobresalto y de alegría al mismo tiempo,
y no se atrevieron a entrar en el huerto (...)
Estando en la entrada del sepulcro, vieron a dos ángeles
vestidos de blanco con trajes sacerdotales. Las mujeres se asustaron;
y cubriéndose los ojos con las manos, se prosternaron hasta
el suelo. Pero un ángel les dijo que no tuvieran miedo; que
no buscaran al Crucificado, porque había resucitado y
estaba lleno de vida. Les enseñó el sitio vacío,
les mandó que dijeran a los discípulos lo que habían
visto y oído; añadiendo que Jesús los precedería
en Galilea y que debían acordarse de sus palabras: "El Hijo
del hombre será entregado a las manos de los pecadores; lo
crucificarán y resucitará al tercer día". Entonces
los ángeles desaparecieron. Las santas mujeres, temblando
pero llenas de gozo, volvieron hacia la ciudad: iban conmovidas;
no se apresuraban y se paraban de cuando en cuando para mirar
si veían al Señor o si Magdalena volvía.
Mientras tanto, Magdalena llegó al Cenáculo;
estaba como fuera de sí y llamó con fuerza a la puerta.
Algunos discípulos estaban todavía acostados durmiendo;
otros se hallaban levantados. Pedro y Juan abrieron. Magdalena les
dijo desde afuera: "Han sacado al Señor del sepulcro;
no sabemos dónde lo han puesto". Después
de estas palabras, se volvió corriendo al huerto. Pedro y
Juan entraron en la casa y dijeron algunas palabras a los otros discípulos;
después la siguieron corriendo: Juan más de prisa que
Pedro. Magdalena entró en el huerto y se dirigió al
sepulcro, conmovida de cansancio y de dolor. Estaba cubierta de rocío;
su manto se había desprendido de la cabeza y de los hombros
y sus largos cabellos se veían descubiertos y flotantes. Como
estaba sola, no se atrevió a bajar a la gruta y se paró un
instante a la entrada. Se arrodilló para mirar dentro del
sepulcro por entre las puertas y, al echar atrás sus cabellos
que le caían sobre la cara, vio dos ángeles vestidos
de blanco sentados en las extremidades del sepulcro y oyó la
voz de uno de ellos que decía: "Mujer, ¿por
qué lloras? " Ella gritó en medio de su dolor
(pues no veía más que una cosa, no tenía más
que un pensamiento, a saber: que el cuerpo de Jesús no estaba
allí). "Se han llevado a mi Señor y no sé dónde
lo han puesto”. Después de estas palabras, viendo
el sepulcro vacío, salió y se puso a buscar acá y
allá. Le pareció que iba a encontrar a Jesús:
presentía confusamente que estaba cerca de ella, y la aparición
de los ángeles no podía distraerla: diríase
que no se veía que eran ángeles y no podía pensar
más que en Jesús. "¡Jesús no
está allí! ¿Dónde está Jesús?- La
vi errante de una lado a otro como una persona extraviada en
su camino. El cabello le caía por ambos lados sobre la cara.
Una vez tomó todo el pelo con las manos y, después,
lo partió en dos echándolo atrás. Entonces,
mirando a su alrededor, vio a diez pasos del sepulcro, al Oriente,
en el sitio donde el huerto sube en dirección a la ciudad,
aparecer una figura vestida de blanco entre los arbustos, a
la luz del crepúsculo y, corriendo hacia ese lado, oyó estas
palabras: "Mujer, ¿por qué lloras?” Ella
creyó que era el hortelano; y, en efecto, el que le hablaba
tenía una azada en la mano y sobre la cabeza un sombrero ancho,
que parecía hecho de corteza de árbol. Yo había
visto bajo esta forma al obrero de la parábola que Jesús
había contado a las santas mujeres en Betania poco antes de
su Pasión. No estaba resplandeciente de luz; pero se parecía
a un hombre vestido de blanco, visto a la luz del crepúsculo.
A estas palabras: "¿A quién buscas?", ella
respondió: "Si tú lo has tomado,
dime dónde está y yo iré por Él”. Y enseguida
se puso a mirar en derredor. Entonces Jesús le dijo con el
timbre habitual de su voz: "¡María!" Ella
conoció el acento y, olvidando la crucifixión,
muerte y sepultura, le dijo como otras veces: "¡Rabboni!" (Maestro).
Se puso de rodillas y extendió los brazos a los pies de Jesús.
Mas el Salvador, deteniéndola, le dijo: "¡No
me toques, pues aún no he subido hacia mi Padre! Vete a decir
a mis hermanos que subo hacia mi Padre y el suyo, hacia mi Dios
y el suyo”. Y desapareció (...)
Magdalena, después de la resurrección
del Señor
se levantó de prisa y, como si hubiese visto un sueño,
corrió otra vez al sepulcro. Vio sentados a los dos ángeles
que le dijeron lo que habían dicho a las otras dos mujeres
sobre la resurrección del Jesús. Entonces, segura del
milagro y de lo que había visto, buscó a sus compañeras
y las encontró en el camino que conduce al Gólgota.
Ellas andaban errantes, llenas de terror, esperando la vuelta
de Magdalena, y con vaga esperanza de encontrar a Jesús en
alguna parte. Toda esta escena no duró más que dos
minutos. Podían ser las tres y media de la mañana cuando
el Señor se le apareció, y apenas salía del
huerto cuando Juan entraba y, después, Pedro. Juan se paró a
la entrada del sepulcro; miró por la puerta entreabierta y
vio el sepulcro vacío. Pedro llegó entonces y bajó a
la gruta, donde vio los lienzos doblados, como se ha dicho. Juan
lo siguió y, a esta vista, creyó en la Resurrección.
Lo que Jesús les había dicho, lo que estaba en las
Escrituras, lo veían claro: y hasta entonces no lo habían
comprendido, Pedro tomó los lienzos bajo su capa y se volvieron
corriendo. Entonces vi a los guardias levantarse y recoger sus picas
y sus faroles. Estaban aterrados: salieron pronto del huerto
y llegaron presto a la puerta de la ciudad. Mientras tanto Magdalena
se juntó con las santas mujeres y les contó que había
visto al Señor en el huerto, y después a los ángeles.
Sus compañeras le respondieron que ellas también habían
visto a los ángeles. Entonces Magdalena corrió a Jerusalén,
y las mujeres se volvieron al huerto pensando, sin duda, encontrar
a los dos apóstoles. Al acercarse, Jesús se les apareció,
vestido de blanco, y les dijo: "Yo las saludo". Ellas se
echaron a sus pies, mas Él les dijo algunas palabras y parecía
indicarles algo con la mano, y desapareció. Entonces corrieron
al Cenáculo y contaron a los discípulos que habían
visto al Señor. Éstos no querían creerles ni
a ellas ni a Magdalena y calificaron cuanto les decían de
sueños de mujeres, hasta la vuelta de Pedro y de Juan.