Flagelación de Jesús
Sor Anna Katharina Emmerich.
29. Pilatos, juez cobarde y sin resolución, había
pronunciado muchas veces estas palabras, llenas de bajeza: "No
hallo crimen en Él; por eso voy a mandarle azotar y a darle
libertad". Los judíos continuaban gritando: "¡Crucificadlo! ¡crucificadlo!".
Sin embargo, Pilatos quiso que su voluntad prevaleciera y mandó azotar
a Jesús a la manera de los romanos. Al norte del palacio de
Pilatos, a poca distancia del cuerpo de guardia, había una
columna que servía para azotar. Los verdugos vinieron con
látigos, varas y cuerdas, y las pusieron al pie de la columna.
Eran seis hombres morenos, malhechores de la frontera de Egipto,
condenados por sus crímenes a trabajar en los canales y en
los edificios públicos, y los más perversos de entre
ellos hacían el oficio de verdugos en el Pretorio. Esos hombres
crueles habían ya atado a esa misma columna y azotado hasta
la muerte a algunos pobres condenados. Dieron de puñetazos
al Señor, le arrastraron con las cuerdas, a pesar de que se
dejaba conducir sin resistencia, y lo ataron brutalmente a la columna.
Esta columna estaba sola y no servía de apoyo a ningún
edificio. No era muy elevada; pues un hombre alto, extendiendo el
brazo, hubiera podido alcanzar la parte superior. A media altura
había anillas y ganchos. No se puede expresar con qué barbarie
esos perros furiosos arrastraron a Jesús: le arrancaron la
capa de irrisión de Herodes y le echaron casi al suelo. Jesús
abrazó a la columna; los verdugos le ataron las manos, levantadas
por alto a un anillo de hierro, y extendieron tanto sus brazos en
alto, que sus pies, atados fuertemente a lo bajo de la columna, tocaban
apenas al suelo. El Señor fue así extendido con violencia
sobre la columna de los malhechores; y dos de esos furiosos comenzaron
a flagelar su cuerpo sagrado desde la cabeza hasta los pies. Sus
látigos o sus varas parecían de madera blanca flexible;
puede ser también que fueran nervios de buey o correas de
cuero duro y blanco. El Hijo de Dios temblaba y se retorcía
como un gusano. Sus gemidos dulces y claros se oían como una
oración en medio del ruido de los golpes. De cuando en cuando
los gritos del pueblo y de los fariseos, cual tempestad ruidosa,
cubrían sus quejidos dolorosos y llenos de bendiciones, diciendo: "¡Hacedlo
morir! ¡crucificadlo!". Pilatos estaba todavía
hablando con el pueblo, y cada vez que quería decir algunas
palabras en medio del tumulto popular, una trompeta tocaba para pedir
silencio. Entonces se oía de nuevo el ruido de los azotes,
los quejidos de Jesús, las imprecaciones de los verdugos y
el balido de los corderos pascuales. Ese balido presentaba un espectáculo
tierno: eran las sotavoces que se unían a los gemidos de Jesús.
El pueblo judío estaba a cierta distancia de la columna, los
soldados romanos ocupando diferentes puntos, iban y venían,
muchos profiriendo insultos, mientras que otros se sentían
conmovidos y parecía que un rayo de Jesús les tocaba.
Algunos alguaciles de los príncipes de los sacerdotes daban
dinero a los verdugos, y les trajeron un cántaro de una bebida
espesa y colorada, para que se embriagasen. Pasado un cuarto de hora,
los verdugos que azotaban a Jesús fueron reemplazados por
otros dos. La sangre del Salvador corría por el suelo. Por
todas partes se oían las injurias y las burlas. Los segundos
verdugos se echaron con una nueva rabia sobre Jesús; tenían
otra especie de varas: eran de espino con nudos y puntas. Los golpes
rasgaron todo el cuerpo de Jesús; su sangre saltó a
cierta distancia, y ellos tenían los brazos manchados. Jesús
gemía, oraba y se estremecía. Muchos extranjeros pasaron
por la plaza, montados sobre camellos y se llenaron de horror y de
pena cuando el pueblo les explicó lo que pasaba. Eran viajeros
que habían recibido el bautismo de Juan, o que habían
oído los sermones de Jesús sobre la montaña.
El tumulto y los griegos no cesaban alrededor de la casa de Pilatos.
Otros nuevos verdugos pegaron a Jesús con correas, que tenían
en las puntas unos garfios de hierro, con los cuales le arrancaban
la carne a cada golpe. ¡Ah! ¡quién podría
expresar este terrible y doloroso espectáculo! La horrible
flagelación había durado tres cuartos de hora, cuando
un extranjero de clase inferior, pariente del ciego Ctesifón,
curado por Jesús, se precipitó sobre la columna con
una navaja, que tenía la figura de una cuchilla, gritando
en tono de indignación: "¡Parad! No peguéis
a ese inocente hasta hacerle morir". Los verdugos, hartos, se
pararon sorprendidos; cortó rápidamente las cuerdas,
atadas detrás de la columna, y se escondió en la multitud.
Jesús cayó, casi sin conocimiento, al pie de la columna
sobre el suelo, bañado en sangre. Los verdugos le dejaron,
y se fueron a beber, llamando antes a los criados, que estaban en
el cuerpo de guardia tejiendo la corona de espinas.
30. Vi a la Virgen Santísima en un éxtasis continuo durante
la flagelación de nuestro divino Redentor. Ella vio y sufrió con
un amor y un dolor indecibles todo lo que sufría su Hijo. Muchas
veces salían de su boca leves quejidos y sus ojos estaban bañados
en lágrimas. Las santas mujeres, temblando de dolor y de inquietud,
rodeaban a la Virgen y lloraban como si hubiesen esperado su sentencia
de muerte. María tenía un vestido largo azul, y por encima
una capa de lana blanca, y un velo de un blanco casi amarillo. Magdalena,
pálida y abatida de dolor, tenía los cabellos en desorden
debajo de su velo. La cara de la Virgen estaba pálida y desencajada,
sus ojos colorados de las lágrimas. No puedo expresar su sencillez
y dignidad. Desde ayer no ha cesado de andar errante, en medio de angustias,
por el valle de Josafat y las calles de Jerusalén, y, sin embargo,
no hay ni desorden ni descompostura en su vestido, no hay un solo pliegue
que no respire santidad; todo en ella es digno, lleno de pureza y de
inocencia. María mira majestuosamente a su alrededor, y los
pliegues de su velo, cuando vuelve la cabeza, tienen una vista singular.
Sus movimientos son sin violencia, y en medio del dolor más
amargo, su aspecto es sereno. Su vestido está húmedo
del rocío de la noche y de las abundantes lágrimas que
ha derramado. Es bella, de una belleza indecible y sobrenatural; esta
belleza es pureza inefable, sencillez, majestad y santidad. Magdalena
tiene un aspecto diferente. Es más alta y más fuerte,
su persona y sus movimientos son más pronunciados. Pero las
pasiones, el arrepentimiento, su dolor enérgico han destruido
su belleza. Da miedo al verla tan desfigurada por la violencia de su
desesperación; sus largos cabellos cuelgan desatados debajo
de su velo despedazado. Está toda trastornada, no piensa más
que en su dolor, y parece casi una loca. Hay mucha gente de Magdalum
y de sus alrededores que la han visto llevar una vida escandalosa.
Como ha vivido mucho tiempo escondida, hoy la señalan con el
dedo y la llenan de injurias, y aún los hombres del populacho
de Magdalum le tiran lodo. Pero ella no advierte nada, tan grande y
fuerte es su dolor. Cuando Jesús, después de la flagelación,
cayó al pie de la columna, vi a Claudia Procla, mujer de Pilatos,
enviar a la Madre de Dios grandes piezas de tela. No sé si creía
que Jesús sería libertado, y que su Madre necesitaría
esa tela para curar sus llagas o si esa pagana compasiva sabía
a qué uso la Virgen Santísima destinaría su regalo.
María viendo a su Hijo despedazado, conducido por los soldados,
extendió las manos hacia Él y siguió con los ojos
las huellas ensangrentadas de sus pies. Habiéndose apartado
el pueblo, María y Magdalena se acercaron al sitio en donde
Jesús había sido azotado; escondidas por las otras santas
mujeres, se bajaron al suelo cerca de la columna, y limpiaron por todas
partes la sangre sagrada de Jesús con el lienzo que Claudia
Procla había mandado. Eran las nueve de la mañana cuando
acabó la flagelación.