Pío X, “grande entre los más grandes Papas
de la Iglesia católica”, comprendió inmediatamente
la hora presente y en rápida síntesis, profundizó
todas las necesidades del momento.
Su primera encíclica es del 4 de octubre de 1903; en ella trataba
las líneas fundamentales, sencillas y claras, de su Pontificado:
“Instaurare omnia in Christo”; el mismo programa
de la “plenitud de los tiempos”, el mismo e idéntico
programa que él, hombre de acción rígidamente
rectilínea, había vivido y llevado a cabo en todos los
días como una gran batalla de fe y meta suprema de una continua
afirmación, de la cual no se había apartado ni un sólo
momento.
Para los hombres de intereses humanos era una palabra nueva, pero
para Pío X tenía ya 20 siglos. Reconducir a la humanidad
bajo el imperio de Cristo. Una tarea grandiosa.
Mas antes de que esta promesa de restaurar todas las cosas en Cristo
floreciese en maravillosa primavera de alma, llegando asta los rincones
más lejanos del mundo católico, dolores y amarguras
inexpresables iban a estrechar, como una inmensa corona de espinas,
el corazón del Papa que con firme intuición y gallardía
de atleta se disponía a enfrentarse a problemas y acontecimientos
con los que nadie antes que él se había enfrentado y
ni siquiera había osado superar.
Y las amarguras y los dolores venían de lejos y de cerca, del
Ecuador, de México, de Rusia y Portugal, de Alemania, de España,
Francia y hasta de Italia, último baluarte del mundo latino.
Siendo Patriarca de Venecia, el 9 de agosto de 1879, en el XIX Congreso
Eucarístico, había proclamado fuerte con solemne elocuencia
los soberanos derechos de Cristo: “Jesucristo es Rey y Rey
supremo, y como Rey debe ser honrado. Su pensamiento debe estar en
nuestras inteligencias; su moral en nuestras costumbres; su caridad
en las instituciones; su justicia en las leyes; su acción en
la historia; su culto en la religión; su vida en nuestra vida”.
Él sabía bien que la salvación de los individuos
y de las naciones estaba únicamente en la práctica positiva
de la doctrina del Maestro Divino: la doctrina que supera a todos
los tiempos y domina a todas las edades.
Por consiguiente, la ciencia y la civilización, la cultura
y la política, el derecho y la moral, el estado y la familia,
la sociología y la escuela, la vida pública y la vida
privada, en todas sus múltiples manifestaciones, debían
inspirarse no en las hábiles artes de una diplomacia inteligente
o en éxitos de la pequeñez humana, sino en las enseñanzas
inmutables del Evangelio, en la vida cristiana entendida en toda su
amplitud y en toda su profundidad: la vida que un día devolverá
a Cristo su Reino, el reino que está en el Sermón de
la Montaña, y no en las transacciones de aquí abajo.
Por eso, al anunciar Pío X su Pontificado al mundo, escribía
así: “Ante la sociedad humana sólo queremos
ser Ministro de Dios, de cuya autoridad somos depositarios. Los intereses
de Dios serán nuestros intereses, por los cuales estamos decididos
a desgastar todas nuestras fuerzas y hasta la vida misma, y si alguno
nos pidiese una consigna, como expresión de nuestra decidida
voluntad, siempre daremos ésta y no otra: Restaurar todas las
cosas en Cristo, para que Cristo sea todo en todos. Arrancados el
enorme crimen de la apostasía de todo orden sobrenatural, tan
propia de nuestro tiempo, en la que la sociedad ha caído, hay
que devolver el honor debido a las leyes santísimas y a los
consejos del Evangelio; afirmar la verdad y la doctrina de la Iglesia
acerca de la santidad del matrimonio cristiano, la educación
de la juventud, la posesión y el uso de los bienes, los deberes
hacia quienes llevan las riendas del gobierno, hay que restituir el
equilibrio entre las diversas clases sociales según las normas
de las prescripciones y de las costumbres cristianas.”
Y para que no pudiese surgir duda alguna acerca de la orientación
de su Pontificado, y para que nadie pudiese hacerse ilusiones o pretender
equívocos acerca de sus intenciones, no titubeó en aclarar
y concretar todavía con mayor precisión su programa
en el primer Consistorio del 9 de noviembre siguiente: “Misión
sublime la nuestra, porque se trata de algo que, sobrepasando estos
efímeros bienes de la tierra, se extiende hasta la eternidad,
abraza a todas las naciones y estimula nuestra solicitud hacia todos
los hombres, por los cuales Cristo murió. ´Restaurar
todas las cosas en Cristo´. Este es nuestro programa, como ya
lo hemos anunciado. Y puesto que Cristo es la verdad, nuestro primer
deber será, ante todo, enseñar, proclamar y defender
la verdad y la ley de Cristo. De ahí el deber de ilustrar y
de confirmar los principios de la verdad natural y sobrenatural, que
con tanta frecuencia en nuestros días, vemos, por desgracia,
oscurecidos y olvidados; consolidar los principios de dependencia,
de autoridad, de justicia y de equidad, que hoy día son conculcados;
orientar a todos según las normas de la moralidad, también
en los asuntos sociales y políticos; a todos, decimos, tanto
a los que obedecen como a los que mandan.
Sabemos muy bien que chocaremos con no pocos, que dirán que
nos ocupamos necesariamente de política. Pero cualquier juez
imparcial de las cosas puede ver que el Sumo Pontífice, investido
de Dios del Supremo Magisterio, no puede en absoluto separar las cosas
que pertenecen a la fe y a las costumbres de las cosas de la política.
Siendo, además, cabeza y primer Magistrado de la sociedad de
la Iglesia, es necesario que con los jefes de las naciones y con las
autoridades civiles tenga mutuas relaciones, si es que quiere que
en cualquier parte donde haya católicos se provea a su seguridad
y libertad, sin olvidar que, presididos por la fe, nuestro deber apostólico
también es el de confutar y rechazar los principios de la filosofía
moderna y del derecho civil, que hoy día están llevando
el curso de las cosas humana allá a donde no permiten las prescripciones
de la Ley eterna. En este punto, nuestra conducta, lejos de oponerse
al progreso de la humanidad, no hará más que impedir
que se precipite a la ruina total.”
Eran graves estos presupuestos con los que el Papa, que había
sido Párroco y Obispo, arrancaba su Pontificado, en una hora
en la que entre tantos partidos en que estaban divididos los hombres,
faltaba el mejor de los partidos: el “partido de Dios”.
No ignoraba que el Pontífice que quería restaurar todas
las cosas en Cristo no podía retroceder ante ningún
obstáculo, ni dejarse impresionar por objeciones o críticas;
no debía temer ante los desprecios o las incomprensiones, no
tomar en cuenta las amenazas, ni actitudes discordantes, siquiera
fueran de jefes de estado o de gobierno, sino dominando con la fortaleza
de Dios todos los acontecimientos, incluso los más arduos,
debía seguir adelante impertérrito hasta llegar a la
meta, dispuesto a quebrantar con mano de hierro la audacia de cualquiera
que intentase deformar la divina fisonomía de la Iglesia.
“La victoria será siempre de Dios –había
dicho poco antes de su primera Encíclica-, y la derrota del
hombre que se atreve a oponerse a Dios nunca estará más
cercana que cuando en medio del entusiasmo del triunfo se levanta
con mayor audacia.”
A los 68 años de edad, Pío X era todavía un hombre
robusto, lleno de vigor y de vida, con una entera seguridad en la
existencia de Dios y en la eterna juventud comunicada por Cristo a
su Iglesia. No había frecuentado la escuela de diplomacia,
pero tenía la diplomacia de la experiencia, poseía la
ciencia de los hechos, porque había escrutado al mundo desde
la cima de muchos observatorios y había dominado el horizonte
que había ido ensanchándose cada vez más.
Conocía a fondo la diplomacia del Evangelio que trastoca todas
las viejas y las nuevas diplomacias del mundo: tenía fuerza
de carácter, un corazón firme y una voluntad que vibraba
al rito profundo de una segura precisión de juicio, con la
fuerza de una fe viva, ardiente, inconfundible.
Así, mirando serenamente hacia la frontera de la eternidad,
dirigiendo el alto pensamiento y la acción fecunda a la restauración
de todas las cosas en Cristo, con indomable firmeza empezó
su Pontificado, que si bien en la complejidad de las vicisitudes durante
sus 11 años sintió más de una vez la amarga soledad
de Getsemaní, también tuvo la luz refulgente que brotó
de las tinieblas del Calvario cuando Cristo, muriendo, destruía
la muerte, y, resucitando, renovaba la vida.
Girolamo Dal-Gal, “Pio X, el Papa Santo”
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